La joyera china Capítulo 41 #2
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Capítulo 41 #2

La casa de Henry estaba situada en el Pico, la montaña más alta de Hong Kong, que presumía de tener las mejores vistas de la isla, pero el barrio le prohibía la entrada a Anyu.

Hong Kong era extraño en ese sentido: los espacios y lugares públicos estaban separados para los blancos y los chinos.

El teleférico que llevaba al Pico le estaba prohibido, al igual que la primera clase del Star Ferry e incluso los parques botánicos públicos.

No estaba acostumbrada a que la trataran como a alguien inferior a los demás: en Shanghái, aunque algunos clubes les denegaban la entrada o la afiliación a los chinos, la división racial se había difuminado discretamente y, como famosa joyera, nunca la habían rechazado en ningún sitio por su raza.

Pero así era como los altivos británicos blancos gobernaban Hong Kong, según ella había aprendido: ensalzando descaradamente sus privilegios, distanciados de los chinos como ella, de quienes se burlaban llamándolos “gusanos”.

Pero Matthew tenía que merendar! Debía de estar hambriento.

Anyu corrió cuesta abajo, a cierta distancia de Matthew, para no molestarlo, pero pronto lo perdió de vista.

Distraída, casi chocó con un vendedor ambulante de pantuflas: iba cubierto de ellas, colgando de su cuello como un collar y con un montón más apiladas sobre la cabeza.

Anyu se detuvo, recogió las pantuflas que se le habían caído al vendedor, se apartó de un salto y siguió corriendo cuesta abajo.

Entonces, vio a Matthew rodeado por un grupo de jóvenes chinos locales.

Parecía que estaban burlándose de él y de su amigo Henry.

Un joven con pantalones beige rotos tiró de la bolsa de Henry; otro empujó a Matthew.

Henry aprovechó una oportunidad y huyó, pero Matthew se tambaleó hacia atrás, perdió el equilibrio y cayó en una zanja.

Los jóvenes se rieron y le dieron una patada en el hombro.

—¡Paren! —Anyu corrió por la calle y se abalanzó sobre los granujas, extendiendo los brazos para golpearlos—. ¡Paren! ¡Déjenlo! ¡Sinvergüenzas! No se atrevan a tocarlo. ¡Basta!

Algunos huyeron, pero el joven de los pantalones rotos seguía atacando a Matthew. Anyu le dio un golpe en la cabeza y lo empujó a un lado.

—¡Déjalo en paz, matón!

—¡Fantasma blanco! ¡Fantasma británico blanco! ¡Pronto desaparecerán todos ustedes! —le gritó a Matthew mientras retrocedía.

—¡Vete! ¡O llamaré a los cipayos para que te arresten! —amenazó Anyu.

La mayoría de los chinos pensaban que Matthew era británico, por sus rasgos y color de piel. Ella se acercó para sacarlo de la zanja. Tenía los pies enterrados en la basura y arañazos en la frente y el codo. Le quitó algunos restos del hombro y el pelo y le frotó el brazo.

—¿Quiénes son esos granujas? ¿Los conoces?

—No —gimió Matthew con el rostro sonrojado por la humillación.

—¿Cuánto tiempo llevan acosándote?

Matthew se encogió de hombros.

—Aparecieron de la nada.

—¡Sinvergüenzas!

—Henry y yo íbamos a jugar al billar a su casa. Este año ya no hay más clases.

—¿Tan pronto?

—Algunos profesores se han ido de la isla. Dicen que los británicos están acabados, tía. Todos ellos. A los que están en Inglaterra los asesinarán los alemanes, y a los que están en Hong Kong, los japoneses. Hong Kong ya no les pertenecerá.

Los chinos de la isla detestaban a los británicos tanto como los británicos los detestaban a ellos.

Desde el estallido de la guerra en Europa, los transeúntes, e incluso sus clientes, no dejaban de comentar la lucha de los británicos en la guerra contra Alemania.

Cada noticia de una victoria alemana venía acompañada de regodeo y de cuestionamientos sobre la capacidad de los británicos para gobernar la isla.

La opinión general era que el poderoso imperio donde antes nunca se ponía el sol acabaría hundiéndose en el fondo del mar, y todas las colonias se rebelarían contra sus amos y los ahogarían con piedras.

—Tonterías. Los japoneses no pueden tocar a los británicos. Vamos a casa. ¿Tienes hambre?

Matthew caminaba detrás de ella.

—Los cipayos están planeando un motín, tía. ¿No lo sabías?

—¿Qué?

—Las autoridades británicas les ordenaron que cambiaran sus turbantes de tela por cascos de acero y se rebelaron. Dijeron que iba en contra de su religión. Henry me lo contó.

—Oh. —No podía creer que los policías indios que trabajaban para el gobierno británico se arriesgaran a hacer algo así. Durante mucho tiempo se los había elogiado por su lealtad a la reina.

—¿Están acabados los británicos?

—Por supuesto que no. Y tú eres estadounidense; aquí estás a salvo. Vamos a casa, tu madre viene a cenar.

Anyu esbozó una sonrisa alentadora, pero las noticias como esa la ponían nerviosa.

Había habido más disturbios de los que ella lograba recordar: el éxodo de las mujeres y los niños británicos el año anterior, las huelgas de los trabajadores de los astilleros de la Armada Real y las disputas sobre la inmigración de aquellos etiquetados como “impuros”, a quienes los británicos menospreciaban.

Pero si los británicos se hundían en el fondo del mar, la espuma de la guerra los devoraría a todos.