La joyera china Capítulo 41
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Capítulo 41

Con una sierra en la mano, Anyu cortó un hueso de sepia blanco.

Un polvo fino se le esparció sobre los dedos y se acumuló en la mesa mientras ella movía la sierra hacia delante y hacia atrás.

Cuando el hueso se partió en dos mitades, dejó la sierra, tomó un cuchillo y comenzó a tallar la forma de una cesta de dos pulgadas en el interior blando.

Había oído hablar a Isaac de este método de fundición directa y había visto a algunos joyeros utilizarlo en el taller de Kawashima.

Le gustaba el proceso de fundición con hueso de sepia; era un método muy práctico, dado que disponía de herramientas y fondos limitados.

En Hong Kong abundaban los mariscos, por lo que los huesos de sepia también eran fáciles de conseguir: se podía comprar una docena por un dólar.

Con ese método, había elaborado dos mitades de cáscaras de huevo y una flor blanca de cinco pétalos con estambres dorados.

Habían pasado cuatro años desde su llegada a Hong Kong.

Con la ayuda del señor Dearborn y Esther, había abierto una joyería en un barrio concurrido de Causeway Bay.

No vendía joyas: solo ofrecía un servicio de reparación.

En sus cajones, guardaba muchas piezas rotas que sus clientes atesoraban: un anillo oxidado con una garra aplastada, un collar de plata con un gancho roto y un broche hueco sin la gema.

Pertenecían a una abuela de voz fuerte con una cuantiosa dote, a una joven viuda frívola que se ganaba la vida vendiendo gelatina de hierba y a un hombre sordo que esperaba sorprender a su hija, que iba a casarse.

Como siempre, pulía cuidadosamente las piezas, enderezaba los ángulos y soldaba los ganchos rotos.

Cobraba tarifas módicas, pero trataba cada pieza con el mismo cuidado que un encargo real.

En ese barrio tan concurrido, nadie conocía sus orígenes ni su fama anterior; solo la conocían como Anyu, de Harbin.

Le gustaba Hong Kong, el mar, las colinas, los barcos y el aire cálido. Su vida, tal y como había pedido en sus oraciones, era serena. Durante el día, reparaba y elaboraba joyas; por la noche, desplegaba la estera de ratán y convertía la zona en su dormitorio.

Cuando no trabajaba, o cuando tenía la vista demasiado nublada para trabajar con las pinzas, visitaba las calles de la colina.

Compraba bolas de pescado a los vendedores ambulantes, veía a los lugareños romper huevos en un vaso con alcohol y beber de un trago la mezcla de yema de huevo cruda, y regateaba con los vendedores de nueces y abanicos de papel.

Había cumplido treinta y dos años y había aumentado un poco de peso; caminaba encorvada, lo que la hacía parecer mucho mayor, y en ocasiones se sentía como una anciana confundida, con violentos ataques de jaqueca y una tos que le robaba toda la energía.

A veces se sentía sola y por las noches echaba de menos a Confucio.

Se había casado con él dos meses después de llegar a Hong Kong.

Tuvieron una ceremonia alegre a la que asistieron el señor Dearborn, Esther y Matthew, todas las personas que le importaban.

Llevó puesto un collar con un medallón de oro que le había regalado Esther, la tercera joya que poseía, el único collar que podía lucir libremente, y Confucio se puso un esmoquin con faldones.

Disfrutaron de un festín de pescado blanco sazonado con cebolleta, almejas bañadas en salsa de judías negras y gambas fritas con ajo picado, y todos bebieron demasiado vino.

Después de la ceremonia, Anyu subió a una montaña hasta el monasterio de Tsing Shan con Confucio, quemó incienso y pidió una vida feliz y tranquila juntos.

Después, atraídos por su atmósfera serena, peregrinaron al monasterio una vez al año, para renovar su devoción mutua.

Habían vivido felices durante tres años hasta que a Confucio lo atropelló un coche el año anterior.

Había muerto en el hospital, con Anyu aferrándole las manos.

“La vida es un ladrón que disfruta mostrando sus trucos de prestidigitación”, había dicho él.

Cómo deseaba Anyu que Confucio hubiera hecho trampa y ganado, para poder pasar toda su vida con él.

Guardó las cenizas de Confucio en el mismo monasterio de Tsing Shan. No tuvieron hijos, pero ella tenía a Matthew, que era lo único que le importaba en esos días.

Cada minuto con Matthew le llenaba el corazón de alegría.

Iba a buscarlo a la escuela, le preparaba fideos chinos, lo llevaba a la playa y a los mercados, y le enseñaba a hacer joyas.

Había acertado al pensar que Matthew tendría talento para la joyería.

Aprendía rápido, tenía manos hábiles y una aptitud natural para el dibujo y el razonamiento espacial.

La primera vez que soldó, ella le guio los dedos a medida que se derretía el alambre de plata.

Matthew se rio e insistió en hacerlo él mismo; se chamuscó las cejas y el pelo, pero aprendió rápidamente a sostener el soplete como un joyero experimentado.

Cuando terminó una cadena a los ocho años, ella sintió que había ganado una comisión considerable.

Esther y el señor Dearborn habían sido buenos con ella. La apoyaron económicamente cuando llegaron, pero la ley racial discriminatoria de Hong Kong les impedía vivir todos juntos, por lo que los Dearborn vivían en Central.

El negocio de exportación del señor Dearborn había despegado en Hong Kong, y solo tuvo que regresar a Shanghái dos veces.

Esther prosperó en Hong Kong. Mantuvo en secreto su identidad judía y era más feliz cuando la llamaban estadounidense.

Su llamativa belleza la convertía en el centro de todas las reuniones; su cojera le valió muchos comentarios empáticos.

Tenía reuniones sociales con muchas mujeres británicas y expatriadas de la India y Australia, y su círculo incluía a mujeres de la élite más rica de Hong Kong: Margaret Mak (la primera esposa de Robert Ho Tung), Hilda Selwyn-Clarke (la esposa de Selwyn Selwyn-Clarke) e incluso Ursula Boxer (la esposa del mayor Charles Boxer).

Una serie de toses estremeció a Anyu; dejó la sierra y se puso de pie.

Su taller, un espacio cerrado sin ventanas, carecía de la ventilación adecuada, pero era seguro y necesario.

Esa zona era conocida por los ladrones astutos que robaban con largas pértigas provistas de ganchos; cualquier cosa que se encontrara en una habitación con una ventana abierta estaba expuesta al robo.

Tomó la radio que había sobre la mesa y la encendió.

Los dos presentadores, con su refinado acento británico, mantenían una acalorada discusión: “El nuevo gobernador, sir Mark Young, ha restablecido la Línea de los Bebedores de Ginebra en los Nuevos Territorios. Es lo suficientemente fuerte como para resistir cualquier asalto”.

“Los japoneses atravesarían esa línea en un día”.

“Imposible. Los soldados japoneses son conocidos por su mala vista y no podrían avanzar por la noche”.

“¿Mala vista?”.

“¡Todo el mundo lo sabe! No son rivales para nuestra guarnición. Permítame recordarle que contamos con miles de unidades bien entrenadas de los Royal Scots y de la India, y con una fuerza de artillería superior que incluye cañones pesados y de largo alcance. Nuestra Fuerza Aérea posee hidroaviones armados, bombarderos torpederos y pilotos experimentados”.

Últimamente, la radio solo hablaba del inminente ataque japonés a la isla y de cómo defender la colonia.

Anyu no recordaba cuándo había empezado todo eso.

Cuando llegó a Hong Kong, hacía cuatro años, la radio solo hablaba de automóviles, de la reina y de los clubes hípicos.

Le entristeció saber, tras su partida, que los japoneses habían tomado el control total de la ciudad vieja de Shanghái y que, desde entonces, habían atacado más ciudades del sur.

Las fuerzas japonesas ocupaban ahora Cantón, una ciudad vecina de los Nuevos Territorios de Hong Kong.

Era deprimente. Los japoneses habían ganado todas las guerras, desde Harbin hasta Shanghái y Cantón. ¿Cuándo terminaría todo?

Apagó la radio. La conversación le trajo pesadillas de Kawashima, de pie en el muelle, con su espada lista para atacar.

Una plaga. Esa época venenosa, ese hedor de guerra, esa codicia del Ejército japonés.

El reloj dio las dos; Anyu se limpió las manos con un trapo, se dirigió a la puerta y salió.

La envolvió el aire húmedo y cálido; se protegió los ojos con la mano y miró hacia la calle cuesta abajo.

En unos minutos, Matthew se acercaría a ella saltando, sin aliento, con el cabello dorado como un ópalo de fuego que deslumbraba a todos los transeúntes.

Le había preparado un delicioso tentempié: sopa de semillas de loto mezclada con pétalos de bulbo de lirio y endulzada con azúcar en piedra, que le había llevado casi toda la mañana.

Le dedicaba toda su atención a ese niño dorado, pero siempre quería hacer más.

—¡Matthew, Matthew! Ahí estás. ¿Tienes hambre? —Lo vio subir la cuesta, vestido con su uniforme escolar de pantalones negros y camisa blanca; la bolsa le rebotaba contra la pierna.

Matthew la miró y frunció los labios.

Tenía diez años, ya era tan alto como ella y hablaba con fluidez chino e inglés.

Asistía a una escuela para niños británicos y estadounidenses, y Anyu era su cuidadora siempre dispuesta.

Últimamente, el chico estaba de mal humor.

Una vez le había dicho que no fuera a buscarlo a la escuela y, cuando tenía amigos cerca, se dirigía a ella como amah .

Anyu no se ofendió. La forma en que Matthew la trataba no afectaba lo que ella pensaba de él: era un niño especial y talentoso.

—Matthew, mira lo que te he preparado hoy.

—Tengo que irme. —Le tiró la bolsa a los brazos y echó a correr por la calle, donde otro niño con uniforme escolar lo saludaba con la mano.

—¡Espera, espera! ¿Adónde vas? —Cerró la puerta con llave y lo siguió.

—Voy a casa de Henry. No me sigas.