La joyera china Capítulo 40
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Capítulo 40

Cincuenta y ocho días después, Anyu llegó al puerto de la isla de Hong Kong.

La luz del sol brillaba como oro puro y el aire era cálido y húmedo, con aroma a algas mohosas y pescado fresco.

Las gaviotas rozaban el agua del puerto Victoria; las barcas de juncos con velas negras y ocres navegaban por las costas bordeadas de corales y palmeras esmeralda, y parecía que los monasterios, con tejados rojo rubí, flotaban entre las nubes en la lejanía, al otro lado de las verdes colinas de Kowloon.

“Kowloon”, según se decía, significaba “nueve dragones” en chino: recibía ese nombre de los dragones divinos que dormían bajo las montañas, a los que no se debía molestar para que no desataran accidentes, enfermedades o muerte como castigo.

Anyu levantó la mano para protegerse los ojos y miró hacia fuera.

La gente del barco había dicho que todo lo que había en Hong Kong lo habían traído los primeros colonizadores: los árboles de llama del bosque provenían del sur de Asia; las frangipani de cinco pétalos, de Hawái, y las buganvillas de color rosa intenso, de Sudamérica.

También se decía que las historias de Hong Kong crecían en las grietas de las calles empinadas que zigzagueaban entre los barrios marginales y las tabernas; que el amor de Hong Kong podía buscarse en los ecos silenciosos de los peces de madera y en el humo del incienso que olía a olíbano y pimienta; que las lágrimas de Hong Kong se veían en el aleteo de los pájaros sol de cola bifurcada, en las conchas moteadas de los percebes y en las lapas de lengua gelatinosa.

Se decía que toda la gente adoraba Hong Kong: ministros y amantes, cocineros y ladrones, aldeanos y vagabundos, y también que Hong Kong era único, porque era una isla para los refugiados, un atolón para los fieles y un puerto para todas las aves migratorias.

Con Confucio, Esther y Matthew a su lado, Anyu, con el Diamante de la Vida bajo la camisa y la bolsa que contenía el Huevo de Invierno, bajó por la rampa.