Capítulo 39
En la oscuridad, se apresuraron a seguir adelante.
Anyu alzó a Matthew en brazos cuando este se cansó; Esther estaba decidida a seguir el ritmo, y Confucio los guiaba.
Anyu casi no veía lo que tenía delante ni hacia dónde se dirigían mientras oía el eco de sus pasos por las callejuelas estrechas.
Los bombardeos en el distrito norte y en la Ciudad Vieja habían cesado, pero habían comenzado los enfrentamientos callejeros entre los nacionalistas y los japoneses.
Se oían los disparos de las ametralladoras y las explosiones de las granadas a lo lejos.
Tropezando y sin fuerzas, Anyu se detenía de vez en cuando, sosteniendo a Matthew y permaneciendo cerca de Esther.
Tomarían un ferry en el distrito de Nantao y navegarían hacia el norte por el río Huangpu hasta el muelle del Asentamiento, dijo Confucio. El paso por el agua, un medio de transporte habitual para los lugareños pobres, era desconocido para los extranjeros, pero era una ruta segura.
Debían de llevar horas corriendo cuando Anyu sintió que el aire cambiaba: olía a río, a tierra, a pescado, se oía el sonido del agua al romper y había un fuerte olor a almejas podridas y juncos; vio algunas barcas amarradas a lo largo de la orilla.
La noche en ese lugar era tranquila. No había aviones de combate aterradores en el cielo, ni llamaradas devastadoras sobre los tejados, ni los horribles chirridos de los neumáticos.
Habían entrado en un refugio apartado. Cerca de la orilla, Confucio fue a negociar con un barquero, y los tres esperaron en el muelle; cuando el barquero les hizo un gesto con la mano, se acercaron al transbordador.
La embarcación era estrecha y pequeña, con capacidad para cinco personas.
Anyu ayudó a Esther a acomodarse en una tabla horizontal cerca de la popa y se sentó a su lado; Matthew se acurrucó entre ellas y se aferró al borde del barco mientras este se deslizaba en la oscuridad.
Era la primera vez que Anyu subía a un barco y la sensación era diferente a estar en un tren o en un coche.
Era como si estuviera dejando atrás una tierra de dificultades y se dejara llevar por aguas calmadas, con la brisa nocturna que le acariciaba el rostro, el cielo estrellado, las siluetas de las barcas que se mecían en el pantano y el vaivén constante del barquero.
De vez en cuando, se oían los graznidos de los patos, el croar de los sapos y el aleteo de las aves nocturnas.
Había algo espiritual en estar cerca del agua.
Dejó escapar un largo suspiro. Había sido un día largo desde que había escapado del taller de Kawashima, y ahora lo único que deseaba era estar a salvo y llevar una vida tranquila.
—Nunca he estado en Hong Kong —dijo Esther.
—Yo tampoco —afirmó Anyu.
—¿Estarás bien?
—El señor Dearborn está allí. Estaré bien. ¿Vendrás a visitarme?
—Justo estaba pensando en eso. Hace tiempo que quiero ir a Hong Kong. —Esther se quedó callada—. Confucio, ¿cuándo llegaremos al muelle?
—Muy pronto —respondió él.
En la oscuridad, Anyu solo podía ver la silueta de Confucio y su sombrero. No había tenido oportunidad de hablar con él y, de pronto, deseó que el viaje en barco durara más.
—Esther, ¿cómo conociste a Confucio?
—Vino a mi tienda a buscarte. Lo reconocí. Me preguntó si necesitaba personal. Patrick necesitaba un chofer, así que lo contraté. Aprendió a conducir —dijo Esther.
—Es un hombre generoso —agregó Confucio.
Un hombre de Boston, recordó Anyu. Había sido bueno con Esther.
—¿Cómo te ha ido en los últimos tres años, Confucio?
Él se rio entre dientes.
—Soy un joven prometedor, ya lo sabes.
—¿Cuántos hijos tienes ahora?
—¿Hijos? ¿Por qué iba a tener hijos?
—¿No te has casado?
—Estoy casado con el coche del señor Dearborn.
Anyu sonrió.
El paisaje comenzó a cambiar: el puerto era visible más adelante. Una empalizada de vigas doradas brillaba a lo largo de la costa; las bombillas iluminaban los inmensos cruceros, los veleros y los juncos. El viento traía ritmos de jazz pulsantes y risas lejanas.
Cuando llegaron al muelle, Anyu desembarcó y miró a su alrededor con cautela.
Parecía que todo seguía como de costumbre: las familias se reunían en la pasarela para despedir a los pasajeros; los trabajadores, cargados con equipaje voluminoso, cruzaban una plataforma hacia el barco; el aire estaba lleno del sonido de las sirenas y de la corriente del agua.
No había soldados japoneses uniformados.
—Confucio —lo llamó Esther cuando él se dirigía a la taquilla—. Tres billetes, por favor. Dos adultos y un niño.
—¡Esther! —exclamó Anyu.
—Más vale que vaya de visita ahora —dijo—. Será una gran sorpresa para Patrick.
—Oh, qué feliz soy. Volveremos a estar juntos. —Anyu casi se echó a llorar de alegría. Se inclinó sobre Matthew y lo besó en la cara, y luego a Esther. Cuando Confucio volvió de la taquilla, le dio un billete azul a ella y dos a Esther.
—Las sorprenderá saber que hay muchos billetes disponibles para Hong Kong. Les toca en el próximo barco; el embarque acaba de comenzar.
Anyu tomó el billete y miró hacia el barco, donde el marinero agitaba una bandera y silbaba.
—Puedes venir conmigo —le dijo en voz baja a Confucio—. Si quieres.
A Confucio le brillaron los ojos a la luz de la taquilla. Extendió la mano para tomar la de ella.
—Sí que quiero.
—¿De verdad?
—Mira. —En la palma de la mano tenía otro billete a Hong Kong. Solo de ida—. Estaba esperando el momento adecuado para decírtelo.
Ella se rio y lo abrazó. Era maravilloso. Él iría a Hong Kong con ellos. Tendrían una nueva vida juntos. Y esta vez, él ya no era un gánster; esta vez podrían vivir la vida que habían planeado. Estaban destinados a estar juntos.
Esther sonrió y le susurró algo al oído a Matthew. El niño se acercó y tomó la mano de Anyu. Juntos, los cuatro se dirigieron a la pasarela y se unieron a la multitud que llevaba maletas.
Hubo un alboroto en la calle. Anyu dio un respingo y miró hacia atrás.
Cerca del poste telefónico, al otro lado de la calle, estaba Kawashima, con el hombro vendado con una tira de tela blanca, marchando hacia el muelle con cuatro soldados japoneses. La multitud, presa del pánico, corría desde la calle hacia el muelle.
—Mantengamos la calma y embarcaremos rápidamente —dijo Anyu.
—Tengo una pistola —dijo Confucio.
—No la uses, por favor. Si disparas, llamarás su atención. Actúa con normalidad.
La gente se agolpaba con rapidez; una multitud de personas se apresuraba a su alrededor. Anyu alzó a Matthew, temiendo perderlo, y le dijo a Esther que se mantuviera cerca. Estaban a solo unos metros de la popa del barco. Una vez que embarcaran, el capitán plegaría la plataforma y zarparían.
Tardaron más de lo que ella quería, pero finalmente embarcaron; Anyu sintió cómo vibraba la cubierta; las maletas de la gente le golpeaban las costillas. Cuando los últimos pasajeros abordaron, un marinero levantó la plataforma y el barco se alejó de la orilla. Ella soltó un largo suspiro.
—Estuvo cerca —dijo Esther.
—Lo logramos.
—Mira. —Confucio señaló el muelle.
Anyu dejó a Matthew en el suelo y se aferró a la barandilla. En la penumbra, el muelle se alejaba, oscuro como una isla abandonada, pero había una silueta de pie, con una espada afilada en la mano.
Anyu se tocó el bolsillo donde guardaba a salvo el Huevo de Invierno.
Por fin había escapado de Kawashima.
En el interior, el barco estaba húmedo y abarrotado de pasajeros.
Anyu encontró cuatro asientos cerca de una ventana y se sentó.
Hasta entonces, no se había dado cuenta de lo agotada que estaba.
Esa misma mañana todavía se encontraba en la residencia de Kawashima y ahora se dirigía a Hong Kong con Matthew, Esther y Confucio.
Matthew se sentó a su lado.
—¿Qué tienes en el bolsillo?
—Un juguete.
—¿Puedo verlo?
—Te lo enseñaré un día de estos.
El barco se mecía y varias maletas se deslizaron hasta sus pies.
Se oía un murmullo de voces, la gente se chocaba hombro con hombro y se disculpaba.
A su lado, un hombre que fumaba en pipa decía: —Créeme, Shanghái se ha convertido en un montón de escombros y la guerra va a durar varios años.
Los nacionalistas pueden contraatacar, pero no tienen ninguna posibilidad.
Los japoneses se llevarán todo lo que puedan, y lo que no, lo destruirán. Es hora de salir de aquí.
Más tarde, Anyu salió de la cabina para tomar aire fresco. Solo había unas pocas personas en la cubierta; el rugido de las olas le llegaba a los oídos. Se inclinó sobre la barandilla y miró hacia delante.
La noche era oscura; la costa de Shanghái estaba iluminada por luces doradas que se iban desvaneciendo mientras las observaba; había una brisa suave que traía una melodía que sonaba como la voz de un hombre, casi inaudible.
Tenía un nudo en la garganta. No podría volver a esa ciudad ni podría trabajar como maestra joyera durante el resto de su vida.
Se despedía de la ciudad que había sido su hogar, de los años brillantes de creación y artesanía como una de las mejores diseñadoras del mundo.
Si le hubieran dado otra oportunidad, se habría quedado para cautivar a sus clientes con sus creaciones y reconstruir el nombre de su mentor.
Habría vivido como joyera de la Casa Mandelburg y habría muerto como diseñadora jefa de la Casa Mandelburg en esa ciudad.
Sin embargo, también estaba agradecida, porque tenía el Huevo de Invierno y el Diamante de la Vida, había persistido y sobrevivido, y había disfrutado de la fama, visto la codicia y aprendido sobre el amor.
Había llegado a esa ciudad como huérfana y se marchaba como guardiana.
Tenía a su querida familia, las personas que la cuidaban, por las que daría su vida para protegerlas, que eran su bendición.
No veía el rostro de Kawashima ni quería pensar en ella, pero la princesa estaba ahí fuera, buscándola. Excepto que no volvería a tener el huevo en sus manos, nunca más, mientras Anyu estuviera viva.