Capítulo 38
El camino hasta la tienda le llevó más tiempo del que había previsto.
En varias ocasiones, Anyu, agotada, tuvo que apoyarse en los postes telefónicos para recuperar fuerzas; afortunadamente, a pesar de tener la cara manchada de sangre y la camisa hecha jirones, pocas personas le prestaron atención.
Muchos se apresuraban o miraban al cielo.
Vagamente, oyó algunos estallidos que resonaban a lo lejos.
Los aviones de combate japoneses estaban bombardeando el distrito de Zhabei y la Ciudad Vieja, las zonas donde vivían los chinos, según decían.
Cuando giró hacia la calle conocida, llena de carteles comerciales, aceleró el paso. La puerta de la tienda estaba abierta y entró de golpe.
Ya no era una joyería, sino un sitio de venta de paquetes de cigarrillos y botellas de whisky y ginebra importados. El señor Dearborn debía de haber convertido el local en una de sus tiendas. No había nadie detrás del mostrador.
—¡Esther! —gritó—. ¡Esther!
Nadie respondió. Se dirigió al pasillo, a la cocina y al taller, cerrado con llave.
Subió las escaleras, no encontró a nadie y bajó.
Había señales de presencia humana: utensilios y fotos en las habitaciones; en una pared, un retrato del señor Dearborn, Esther y Matthew. Debían de haber salido un rato.
Anyu se preguntó qué hacer. Estaba agotada y quería descansar un poco, pero no podía quedarse, por miedo a que Kawashima la persiguiera.
Durante un momento, se sentó en una silla cerca de la estantería. Entonces, como en un sueño, oyó un ruido y vio una sombra que se apresuraba hacia ella desde la puerta principal.
—¿Anyu? ¡Anyu! ¡Eres tú! ¡Gracias a Dios! ¡No puedo creer que estés aquí!
Era Esther. Estaba preciosa, con un vestido rojo, un bolso de piel y un collar art déco de oro con zafiros redondos y facetados. A su lado estaba Matthew, con su peto azul marino y sus zapatos con cordones de color chocolate; ahora era todo un hombrecito. ¡Cómo había crecido!
Anyu quería reír, pero, en cambio, lloró.
—¡Esther! Me alegro mucho de verte. Me preguntaba dónde estabas. Te veía debajo del ginkgo. Siempre. Siempre venías.
Esther también lloraba.
—Me hubiera gustado poder hablar contigo, pero no permitían visitas. Mírate… Oh, Anyu.
—Tengo un aspecto horrible, lo sé.
Esther se rio.
—Dios mío. Me alegro tanto de que estés viva. Podrías haber muerto. ¿Qué es toda esa sangre que tienes en la cara? ¿Estás herida?
—Me golpeé la cabeza. Estoy bien. —Se secó los ojos, pero, a pesar de su determinación por mantenerse erguida, se tambaleó. Esther la sujetó.
—Ya está. Te sostengo. ¿Qué necesitas? ¿Qué te traigo? ¿Un poco de avena? ¿Un poco de whisky? ¿Un cigarrillo?
—No necesito nada.
—¡Te he echado de menos! No sabía que te iban a soltar hoy.
—Se oyó un claxon en la calle y Esther dijo—: Oh, Anyu, podría estar hablando contigo toda la vida, pero tenemos que irnos.
Aquí no estamos seguros. Los japoneses están bombardeando Shanghái.
Los nacionalistas están contraatacando desde el aire.
—¿Adónde van?
—Estábamos listos para ir a un refugio en el consulado estadounidense hasta que Patrick regresara de su viaje de negocios, pero olvidé los pasaportes y tuvimos que volver. Quizá puedas venir con nosotros. ¿Quieres?
—No puedo.
Matthew, escondido detrás de su madre, la miraba a escondidas. Si pudiera abrazarlo, sería muy feliz. ¿Aún la recordaba? Durante dos años y medio, había soñado con reunirse con Esther y Matthew, pero ¿quién iba a imaginar que, cuando llegara el momento, tendría que volver a decirles adiós?
—¿Por qué?
—Me escapé de la residencia de Kawashima. Ella me iba a matar. Me preocupa que no vaya a rendirse.
—¿Qué pasó?
—Fue ella quien mató a tu padre y a toda tu familia y nos robó.
—¿Kawashima?
Anyu sacó el estuche del bolsillo de su camisa.
—Mira. Lo he recuperado.
Esther respiró hondo.
—El Huevo de Invierno. No sabría decirte cuántas veces he oído hablar de él, pero mi padre nunca me lo enseñó. Debes cuidarlo bien. Eres la diseñadora jefa de la Casa Mandelburg.
Le gustó oír eso: “Diseñadora jefa de la Casa Mandelburg”. Su casa. Su marca. Lo único que quería era seguir creando joyas y restaurar la gloria de la casa.
—Pero no puedo quedarme contigo. Tengo que irme de la ciudad. Kawashima está viva. Me temo que te pondría en peligro.
Esther dudó.
—No quiero que te vayas.
Ojalá Esther supiera lo mucho que ella deseaba estar con ella y con Matthew.
—¿Adónde irás?
—Creo que iré a Harbin. Es el único lugar que conozco. Iré en tren.
—¿Ahora?
Anyu asintió.
—Necesitarás que alguien te lleve a la estación. Vamos, déjame buscar nuestros pasaportes y te llevaré. Al menos, podremos pasar unos minutos juntos.
Anyu no pudo rechazar la oferta. Cuando Esther volvió con sus pasaportes, salieron. Había anochecido y los esperaba un coche. Anyu se metió dentro tras Esther y, al ver al conductor, gritó.
—¿Confucio? —¡Estaba al volante!—. ¿Qué haces aquí?
—Anyu, ¿eres tú? —Abrió los ojos con sorpresa—. ¿Cuándo saliste?
—Hoy, hace un momento. Pero ¿por qué estás aquí?
—Confucio ha estado trabajando para Patrick desde que te fuiste.
Es nuestro chofer. Me está cuidando, ya que Patrick está en Hong Kong.
También nos informó de los planes japoneses de atacar hace una semana, y por eso pudimos salvar nuestra mercancía.
—Esther subió a Matthew a su regazo—. A la estación, Confucio. Anyu quiere ir a Harbin.
Anyu sonrió radiante. Confucio había aprendido a conducir; la había escuchado y había encontrado un trabajo respetable.
Se había dejado crecer la barba y, con su sombrero fedora castaño, parecía un hombre decente.
Era imposible confesar lo que sentía, pero mientras estaba en la residencia de Kawashima, lo había echado de menos.
—¿Harbin? ¿Por qué? —preguntó Confucio mientras arrancaba el motor.
—No puedo quedarme en Shanghái. No es seguro para mí ni para los demás si me quedo —respondió Anyu. El coche comenzó a moverse y ella se volvió hacia Matthew—. Matthew, ¿te acuerdas de mí?
Él asintió con la cabeza, con sus ojos azules inocentes y atentos.
Anyu extendió los brazos; Matthew la miró durante un par de segundos y, después, se acercó a ella. El corazón de Anyu estalló de alegría. Tenía seis años y seguía siendo su pequeño Matthew.
—¿Te duele? —le preguntó mirándola fijamente.
—¿La cara? —Se limpió la frente—. Solo es sangre. No me duele nada.
Él le entregó algo: un tractor rojo en miniatura, meticulosamente detallado, con ruedas, un remolque y un diseño elegante y realista.
—¿Te gusta?
—Es muy bonito.
—Puedes jugar con él si quieres. Te hará sentir mejor.
Se hace así. —Sostuvo la figurita del granjero sentado, giró el volante y, después, abrió el compartimento delantero del motor para mostrar el motor y la cabina: su nuevo y famoso tractor de juguete Graham-Bradley.
Tenía dedos muy hábiles. Sería un joyero con mucho talento.
—Mierda. —Confucio estaba dando marcha atrás con el coche.
—¿Qué pasa? —preguntó Anyu. El coche dio un volantazo. En la oscuridad, alcanzó a ver que giraban hacia una amplia vía cerca de la avenida Joffre, pero un autobús de dos pisos, que echaba humo, había bloqueado la calle.
—El Ejército Imperial Japonés está vigilando las calles.
¿Kawashima estaba tratando de impedir que ella huyera?
Confucio giró rápidamente el volante y se metió en un callejón estrecho donde la gente llevaba sacos de arena para hacer barricadas. Todos los edificios estaban a oscuras para no atraer a los bombarderos.
—¡Agárrense! —Giró bruscamente hacia otra calle y, durante un momento angustioso, el coche dio un salto y evitó por poco chocar contra las vallas blancas que había cerca. Finalmente, salió de las callejuelas sinuosas y llegó a una amplia avenida.
—Tendremos que dar un rodeo.
Fue entonces cuando Anyu oyó un ruido fuerte. Uno de los neumáticos había reventado.
—¡Mierda! —gritó Confucio de nuevo mientras zigzagueaba por la calle, deseando que el coche avanzara, esquivando los escombros que se interponían en su camino. Finalmente, el coche redujo la velocidad y se detuvo. Confucio apagó el motor y salió.
Anyu lo siguió. En la penumbra, pudo distinguir los tradicionales edificios chinos amurallados y varias casas de dos pisos. No sabía dónde estaba, pero se dio cuenta de que se hallaban lejos de la estación y del consulado.
—Confucio, ¿podrías llamar a un taxi y llevar a Esther y Matthew al consulado? —dijo Anyu. Con el neumático pinchado, ella no podía llegar a la estación, pero Esther aún podía ir al consulado en taxi.
—Claro que sí —dijo Confucio.
—¿Y tú? —Esther salió del coche de la mano de Matthew.
—Encontraré la manera de llegar a la estación de tren.
—Estuve pensando, Anyu. No quiero que vayas a Harbin. No tienes familia allí. Patrick está en Hong Kong, ¿por qué no vas allí? Él te cuidará. Hay barcos en el muelle del Asentamiento Internacional que zarpan hacia Hong Kong todos los días, y el Asentamiento no es blanco de los bombardeos.
—¿Hong Kong?
—Allí estarás a salvo. Gobiernan los británicos.
Podría ser una buena idea. Estaría lejos de Shanghái, pero seguiría en contacto con Esther y Matthew. Anyu acarició la cabeza de Matthew. Qué maravilloso sería poder verlo crecer.
—Iré a Hong Kong.
—Conozco una manera segura de llegar al muelle. Yo te llevaré —dijo Confucio.
—¿Sin coche?
—Sí.
—Prefiero ir contigo al muelle, si no te molesta que te acompañe, Anyu. Mi pierna puede obligarte a ir más despacio, pero prefiero no dejarte sola, y es difícil encontrar un taxi con los bombardeos —dijo Esther.
“Prefiero no dejarte sola”. Anyu sintió que una oleada de calidez le recorría el cuerpo.
Esther, que la había visitado todos los meses, que le había hecho saber que no la había olvidado, cuyo amor y constancia la habían alimentado durante las horas más oscuras de su encarcelamiento.
Esther, su amiga, su hermana, su bendición.
—Claro. —Anyu besó a Esther en la mejilla y tomó la mano de Matthew—. Vamos.
—Síganme —Confucio se adentró en un callejón oscuro.