Capítulo 37 #2
—¡Es mío! ¡Tenía tres huevos de Fabergé auténticos y ahora tengo cuatro! —Con los ojos enrojecidos y los labios temblorosos, se apoyaba en la espada. Si no le hubieran disparado, Kawashima ya habría acuchillado a Anyu.
Anyu se quedó mirando los adornos de la estantería.
—Cuatro huevos de Fabergé auténticos, incluido mi Huevo de Invierno. ¿Por qué te obsesionan tanto?
—Me gustan. Desde pequeña me han atraído las cosas bonitas y crecí rodeada de ellas: zapatos con zafiros, brazaletes de diamantes.
Podía tener todo lo que pidiera. ¡Nací en el clan Aisin Gioro!
¡Mis antepasados fundaron la gran dinastía Qing!
Después, me lo quitaron todo y me convertí en una mendiga, una huérfana en otro país.
—Los huevos nunca fueron regalos de tus padres, como tú asegurabas.
—¿Qué importa? Esos huevos fueron creados para los Romanov, y yo soy la hija de la gran dinastía Qing. Tengo sangre imperial, por lo que deberían pertenecerme. Vendo las réplicas cuando estoy aburrida y busco los auténticos. Es divertido.
“¿Divertido?”.
—¿Sabes lo que significa este huevo para mí?
Fue creado con la ayuda de mi mentor y se lo regalaron los zaristas, que no querían que cayera en manos de los rebeldes.
Desde que se lo confiaron, mi mentor fue perseguido por gente codiciosa como tú.
Lo protegió con su vida y solo reveló su escondite para salvarme cuando tus ladrones nos secuestraron.
—Anyu se detuvo para recuperar el aliento.
La princesa levantó un poco el pie.
—¿Lo entiendes? Este huevo no es simplemente un adorno; es la esencia de su legado, su genio y su sacrificio, y prometí protegerlo mientras viviera, pero aun así, si pudiera darte el huevo a cambio de su vida y la de su familia, lo haría.
—¡Es mi huevo!
—Ya tienes tres. ¿No es suficiente?
—¿Suficiente? Quiero más. Quiero encontrar todos los huevos imperiales de Fabergé. Tengo que coleccionarlos todos. Los cincuenta.
Anyu meneó la cabeza.
—Estás obsesionada y eres codiciosa. He sido tu prisionera durante dos años y medio. Se acabó. Me voy a casa. Necesito recuperar mi huevo.
—Ven a buscarlo. —Kawashima puso la mano en la empuñadura de la espada.
Anyu sabía lo que habría ocurrido si Kawashima no hubiera sido herida dos veces: una estocada y un golpe de precisión mortal. Pero, al final, debía darle las gracias a Pierre.
—Casi no puedes mantenerte en pie. No te tengo miedo.
Kawashima levantó la espada deliberadamente.
—Muy bien, entonces.
Anyu recogió la pistola que se le había caído a su antiguo amante. Nunca había usado un arma antes, pero con solo mirar detenidamente, el cañón, el cerrojo dentro del receptor, el mecanismo del gatillo y el pestillo de bloqueo, supo cómo funcionaba. Al fin y al cabo, era joyera.
—Bájala.
Anyu sujetó el arma con firmeza, con ambas manos.
—Asesinaste a Isaac y a su familia. Te mataré.
Apretó el gatillo.
Bang. Kawashima se quedó inmóvil; después, la espada se le resbaló de las manos y cayó al suelo.
¿Estaba muerta? Anyu no tuvo tiempo de pensar.
Se le nubló la vista; le temblaban las manos.
Meneó la cabeza para recuperarse. Después, se volvió hacia la estantería de cristal que alojaba los cuatro huevos y disparó.
El cristal se hizo añicos. Metió la mano y tomó la caja que contenía el Huevo de Invierno.
Con el adorno a salvo en su bolsillo, Anyu corrió hacia el Citroën. Llamó a la ventanilla.
—Por favor, sácame de aquí.
—¿Señorita Anyu? ¿Es usted? —El chofer parecía atónito.
—Rápido, rápido. —En el campamento, los marinos y el señor Tanaka se habían marchado, dejando montones de rifles cerca de sus sacos de dormir.
—¿Dónde está monsieur Bellefeuille? —El chofer miró a su alrededor frenéticamente.
El suelo seguía temblando. ¿Seguían bombardeando los japoneses?
—No puede venir. ¡Arranca, ahora!
A regañadientes, el chofer arrancó el coche y salió rebotando por la carretera.
Anyu miró atrás. Desde la ventana trasera alcanzó a ver a Kawashima, empapada en sangre, arrastrándose por el umbral y blandiendo su espada.
A Anyu se le encogió el corazón. Kawashima seguía viva.
No iba a dejar que le quitaran su huevo sin luchar.
—¡Vamos, vamos!
—El portón principal está cerrado —dijo el chofer reduciendo la velocidad.
—¡Sigue conduciendo!
—¡Está loca!
Pero entonces, tal y como Anyu esperaba, el chofer aceleró y el coche atravesó el portón a toda velocidad.
Una gran fuerza la golpeó y la lanzó hacia atrás.
Sintió que se le salían los ojos de las órbitas y que la cabeza le chocaba contra algo duro.
Una lluvia de ladrillos cayó sobre ellos; los escombros le picaban en los ojos.
Finalmente, el coche redujo la velocidad y se detuvo.
El chofer gimió, pero estaba bien. Anyu salió del coche a gatas y pisó la calle.
Reinaba un silencio inquietante. No había rickshaws , ni coches, ni peatones.
Había oído los bombardeos, pero parecía que esta zona se había salvado.
No había agujeros en el suelo ni edificios derrumbados, solo algunos montones de postigos rotos y tejas.
Tosió, se limpió la sangre que se le metía en los ojos y se palpó el bolsillo para asegurarse de que la caja estaba a salvo dentro. Después, comenzó a caminar en dirección a la tienda de los Mandelburg, con la esperanza de encontrar a Esther.