Capítulo 37
Ocho meses después, tras días y noches de trabajo esclavo en el taller y tras sufrir una enfermedad que duró meses, tras dos años, ocho meses y veinticinco días en la residencia de Kawashima, Anyu terminó su segundo Huevo Kawashima.
El día en que debía presentarlo, insistió en entregarlo ella misma.
Era su última oportunidad de encontrarse cara a cara con la mujer que le había robado su huevo y, ahora, años de vida.
El señor Tanaka, tras una larga pausa, accedió.
Con cuidado, Anyu colocó su adorno en una caja forrada de terciopelo negro.
Le había llevado más tiempo de lo habitual terminar el huevo, debido a sus dolores de cabeza, su creciente sensibilidad a la luz y al ruido, y su devastadora pérdida de visión.
La larga exposición a los productos químicos del taller le había causado estragos en el cuerpo y la había hecho víctima de todo tipo de dolencias.
Anyu tomó la caja y salió del taller. Desde su llegada, el número de joyeros había disminuido. Algunos se habían marchado, a otros habían vuelto a golpearlos y el señor Cai, que había enfermado, había fallecido seis meses antes.
Fuera del edificio, el señor Tanaka estaba de pie, mirando algo en la lejanía.
Ella siguió su mirada. Se había construido un campamento cerca del grupo de pinos que estaban al otro lado de la puerta roja.
Había marinos japoneses con uniformes caqui y gorras con visera que transportaban rifles y pistolas que descargaban de unos camiones.
Parecía que la ambición de Kawashima de apoderarse del país estaba dando sus frutos.
En aquellos días, Anyu había visto aparecer grandes contingentes de soldados en el patio que estaba frente al taller, y las raciones de comida para los joyeros habían disminuido.
Se decía que se la daban a los marinos, que transportaban bombas y armas de fuego desde un buque de guerra amarrado en el río Huangpu hasta la residencia de la princesa.
Y muy pronto llegarían los pilotos de los aviones de combate japoneses.
Habían circulado rumores de un conflicto entre los militantes japoneses y el Gobierno chino nacionalista que estaba en el poder.
Pero era la primera vez que ella veía a los marinos con sus propios ojos.
Todavía le costaba creer que los japoneses, que habían invadido su ciudad natal, se estuvieran preparando para invadir Shanghái.
—Tendré que inspeccionar su ropa antes de que salga del edificio; luego, la llevaré a la sala de exposiciones de la princesa —dijo el señor Tanaka.
—Solicito un momento a solas con ella —dijo Anyu.
El señor Tanaka asintió, cruzó el puente y la condujo hacia el edificio de techo azul. Ella aminoró el paso. Cerca del peral estaba de nuevo el Citroën negro.
—No me dijo que tenía visita —gruñó el señor Tanaka.
—Esperaré —dijo Anyu sosteniendo la caja con el Huevo Kawashima. No tenía intención de volver al taller.
Fue entonces cuando oyó un estruendo atronador a lo lejos. Tembló el suelo y el edificio vibró.
—¡Ha empezado! ¡Ha empezado! —El señor Tanaka corrió hacia el campamento de los marinos, donde los soldados miraban al cielo con una sonrisa—. ¡Ha empezado el bombardeo! ¡Movilícese!
¿Bombardear Shanghái? Anyu se sintió desolada. Se volvió hacia el Citroën negro; dentro, el chófer de Bellefeuille, con su librea, estaba sentado en el asiento del conductor, dando golpecitos al volante.
Subió corriendo la escalera de piedra y entró en el edificio de ventanas enrejadas.
Kawashima no estaba dentro. La habitación era tranquila, espaciosa, llena de armarios, mesas y estanterías de cristal; dentro de las estanterías había réplicas de los huevos de Fabergé: el Huevo de Gallina, el Huevo Mosaico y el Huevo de la Coronación que ella había realizado.
Era la sala de exhibiciones de Kawashima.
Cualquier otra persona habría sido más discreta con los valiosos huevos incrustados de diamantes, pero Kawashima no parecía preocupada por que sus tesoros pudieran ser objeto de robo.
Anyu, con el estuche en la mano, observaba la exposición con sentimientos encontrados.
No se podía negar su belleza, su excepcional valor y su magnífica artesanía, pero al ver el brillante resplandor, no podía evitar pensar en las interminables horas de trabajo, los rostros pálidos, las miradas apagadas y las almas cansadas de los joyeros enfermos.
¿Qué valor tenía crear arte si los artistas eran esclavos?
Anyu sintió un mareo y se tambaleó hacia delante; estuvo a punto de chocar contra las estanterías.
Tras recuperar el equilibrio, se miró en el espejo.
Casi tres años de prisión habían pasado factura: tenía el pelo ralo y canoso cerca de las orejas, la piel pálida, manchada y ennegrecida, irregular como una lámina de plata grabada, y la espalda encorvada. Solo tenía veintisiete años.
Un gemido. Débil. Provenía de la habitación contigua, a su izquierda. Lentamente, se acercó de puntillas y miró dentro. Se quedó boquiabierta.
Kawashima, vestida con su uniforme, se sujetaba el estómago con una mano y empuñaba una espada con la otra, en medio de un charco de sangre. Frente a ella había una figura de pie, un hombre vestido con un traje morado, un hombre al que desearía no haber conocido nunca: Pierre Bellefeuille.
Él no la vio, ya que le daba la espalda, pero ella alcanzó a ver lo que empuñaba. Una pistola.
—Mi paciencia tiene un límite —dijo Bellefeuille.
—No saldrás vivo de aquí —dijo Kawashima levantando la espada.
—Prueba de nuevo.
—Eres una comadreja —jadeó Kawashima.
—Teníamos un trato. Tú te quedas con el huevo y yo me llevo los tesoros. Te lo pregunto de nuevo. ¿Dónde están mis tesoros?
—Ya te lo he dicho muchas veces, no sé nada de ellos. Cuando llegué a la cámara secreta, todos los tesoros habían desaparecido.
—¿Desaparecido? ¿Cómo es posible que hayan desaparecido todos?
—La mujer británica debe de haberlos trasladado.
—Siempre con la misma tontería. Mentirosa. Tú los robaste. Lo sé.
El misterio de tres años se desveló ante Anyu.
Bellefeuille había estado trabajando con Kawashima, y Kawashima era la clienta que le había pedido que comprara el tesoro de los Romanov.
Habían acordado que ella le quitaría el huevo de Fabergé a Isaac y asaltaría la cámara secreta, y él se quedaría con el botín de los maestros artesanos.
Y ahora Bellefeuille había ido a reclamar porque no había recibido su parte.
—Dame mis tesoros o me llevaré tus huevos —dijo Bellefeuille y se volvió hacia su derecha, donde estaban las estanterías de cristal que contenían cuatro huevos: el Tercer Huevo Imperial de Pascua, elaborado por Peter Carl Fabergé; el Huevo del Querubín y el Carro; el Huevo Malva, y el que le pertenecía a Anyu, el Huevo de Invierno.
Esos tesoros imperiales no aparecían en los bocetos del taller y parecían ser auténticos objets d’ art de Fabergé.
—¡Quédate donde estás! —gritó Kawashima.
El disparo resonó al mismo tiempo que un arco blanco destellaba en el aire. Y, después, se hizo el silencio en la habitación. Anyu se quedó quieta, con el corazón en un puño.
Un ruido sordo. La pistola se le resbaló a Bellefeuille de la mano y él cayó de lado. Kawashima jadeó; la sangre goteaba de la espada y le brotaba del muslo.
Anyu entró en la habitación y se acercó a Bellefeuille.
Un charco de sangre se extendía debajo de él; tenía el rostro contraído, los ojos furiosos; le temblaban los párpados.
Por fin, se quedó quieto. Había sido un amante mediocre, un joyero malévolo y un ser humano de moral repugnante, pero al verlo sin vida, Anyu sintió lástima por él, un hombre devorado por la codicia.
Al menos su muerte había sido rápida e indolora.
—Lo has matado —dijo Anyu.
El rostro de Kawashima se retorció de dolor.
—Se lo merecía.
Anyu volvió a sentirse mareada. Veía borroso y le parecía que el charco de sangre fluía hacia ella.
—Lo mataste antes de que tuviera oportunidad de preguntarle cómo sabía que Isaac tenía el Huevo de Invierno.
—Se enteró por una mujer que tenía una aventura con el hijo de tu maestro.
La señorita Rose trabajaba para él.
—Ya veo. Entonces, ¿qué tipo de ayuda te ofreció?
—Sin su ayuda, no habría sabido dónde estaba tu maestro.
Casi lo acorralé en Harbin, pero se me escapó de las manos.
Era lo suficientemente astuto como para cambiarse el nombre en Shanghái.
Cuando conocí al francés y le dije que quería comprar los huevos, pensó en tu maestro, pero no me lo dijo inmediatamente.
Resultó que le había echado el ojo a la señora Brown.
Llevaba años recopilando secretos sobre ella y siguiéndolos a ella y a sus compinches.
Después, se enteró de la existencia de la cámara secreta, pero, dada su estricta seguridad, no pudo entrar en ella hasta que le mostré el anillo de sello de la mujer británica.
Anyu sintió una punzada de dolor en el corazón.
Bellefeuille la había visto antes con el anillo y no había sospechado nada, pero ver que la señora Brown llevaba el mismo, sin duda, habría despertado sus sospechas.
No le habría llevado mucho tiempo descubrir el águila bicéfala y abrir la cámara secreta.
—También me dio buenos consejos y me dijo que tendría más posibilidades de éxito si te utilizaba como moneda de cambio. Creía que eras muy importante para ese viejo joyero, y tenía razón.
—¿Él planeó el robo?
—Nunca subestimes el corazón ennegrecido de un amante amargado que sangra bilis de venganza.
Anyu cerró los ojos.
—Y tú hiciste todo el trabajo sucio. Contrataste a unos delincuentes para que nos secuestraran en el coche y mataste a la familia de Isaac, a la señora Brown y al resto de los miembros del gremio. Cometiste todos esos crímenes atroces por un huevo.