Capítulo 36 #2
Siguiendo la hilera de hombres que salían del edificio, recorrió un pasillo cubierto hasta llegar a un comedor, donde tomó una bandeja y aceptó un huevo duro, un trozo de tofu frito, avena y encurtidos de dos sirvientes que sostenían cucharones.
Comió de pie junto a la pared; los hombres se sentaron en cuclillas o en el suelo.
Después, sonó la campana. Salieron en fila al espacio que estaba frente a la sala de cinco ventanales e hicieron estiramientos de brazos y piernas mientras se oía una canción japonesa en la radio.
Cuando volvió a sonar la campana, Anyu entró en el taller.
Los ruidos del metal al serrarlo o limarlo y el de los martillos al golpear contra los yunques llenaban la habitación.
Anyu dibujó de memoria el diseño del huevo.
Recordaba cada detalle: las líneas rectas, los círculos y triángulos inmaculados, las sombras y los reflejos.
Recordaba haberle mostrado el diseño a Isaac, el trayecto en taxi, sus gritos desgarradores —“casi te pierdo”— y sus besos.
El lápiz se le resbaló de las manos; se le llenaron los ojos de lágrimas.
De pronto, se sintió abrumada por el dolor que se le había acumulado en el corazón durante los últimos meses.
—No llores. No les gusta —le susurró el joyero que estaba a su lado, un hombre de unos cuarenta años.
Anyu sorbió por la nariz y se secó los ojos con la manga.
—Si te ven llorar, te llevarán y te azotarán en el patio para que todos lo vean. —El joyero no dejó de trabajar en su grabado ni levantó la cabeza.
Azotada.
—Sigue dibujando. No dejes que nos vean hablar.
Anyu asintió, pero no podía concentrarse mientras escuchaba la voz baja de su vecino, casi inaudible bajo el ruido de las limas.
El taller funcionaba bajo reglas estrictas: cualquier signo de pereza se castigaba con diez latigazos; las quejas, también con diez latigazos; el robo, con la decapitación.
—¿Cómo viniste a parar aquí? —le preguntó su vecino—. Te reconozco. Eres la maestra joyera de la Casa Mandelburg, ¿verdad?
Ella asintió y le explicó su situación lo más brevemente posible; su vecino suspiró.
Se apellidaba Cai. Su familia tenía un pequeño negocio en Hong Kong, donde fabricaban joyas para las esposas de los funcionarios británicos y portugueses.
Había llegado allí porque le habían prometido un buen sueldo y un contrato por dos años.
Pero ya llevaba dos años y cuatro meses confinado en el taller porque no había podido terminar los huevos a tiempo.
Después, el señor Cai le habló de los otros joyeros: al hombre al que le faltaba una oreja, dijo, lo habían secuestrado en Qingdao cuando la ciudad fue atacada por los japoneses, y el joyero que estaba tres bancos más allá había perdido a toda su familia y necesitaba un trabajo. Llevaban allí un año.
Al mediodía, Kawashima llegó al edificio.
Vestida con el uniforme completo y la gorra de oficial del Ejército Imperial Japonés y una espada enfundada en la mano, recorrió la sala evaluando cada pieza que tenían los joyeros en las manos.
Después, se acercó a Anyu; los ojos negros eran inexpresivos como un estanque oscuro.
—Pronto tendrás tu huevo —dijo Anyu.
—Quiero verlo cuando lo termines.
—Como desees.
Después de que Kawashima abandonara el edificio, Anyu pidió un descanso para fumar.
El señor Tanaka no parecía muy contento.
—Cinco minutos. Fuera del edificio.
Anyu tomó un paquete de cigarrillos y una caja de cerillas y salió al porche. De pie junto a una columna roja, encendió un cigarrillo y observó a Kawashima subir por un puente en forma de media luna cerca de un bosque de bambú, en la colina.
Cada día era una repetición del anterior.
Comer. Trabajar. Dormir. Comer. Trabajar.
Dormir. El ejercicio era obligatorio y los horarios, rígidos, pero las comidas eran nutritivas: un plato de sopa de col, patatas y cacahuates y un trozo de carne o pescado; de vez en cuando, había manzanas.
Fuera de los dormitorios, siempre había un guardia que vigilaba de cerca.
Ocho días después de llegar al taller, Anyu fue testigo de una brutal paliza a un esmaltador acusado de manipular de manera descuidada las piedras preciosas y destruir los hilos de oro. El pobre esmaltador fue azotado y terminó con una pierna rota.
Más tarde, el último día de enero, cinco semanas después de haber comenzado a trabajar en el taller, caminaba hacia su habitación con el señor Cai cuando él le susurró que había una visitante preguntando por ella en la puerta.
El guardia le había dicho a la mujer que se marchara, pero ella había insistido en quedarse debajo del ginkgo.
¿Una visitante?
—¿Kawashima permite visitas?
El señor Cai negó con la cabeza.
—No. Pero la visitante tiene pasaporte estadounidense. Se lo mostró al guardia. Si fuera china, la habrían golpeado. El guardia no pudo echarla.
—¿Dónde está?
—Sigue junto al ginkgo. Puedes verla desde la ventana.
Anyu corrió a la habitación que compartía con los otros joyeros y miró por la ventana.
Bajo el ginkgo había una imagen que nunca podría olvidar: Esther, con su largo vestido amarillo de algodón y un amplio sombrero de paja con una cinta roja de seda, se abanicaba la cara.
Caminaba de un lado a otro, levantando y bajando las piernas, como en una hermosa danza bajo el sol de la tarde.
¿Cómo sabía Esther que estaba encerrada allí dentro?, se preguntó Anyu. ¿Se lo había dicho el guardia? Oh, Esther. Ya no estaba enfadada con ella; la había perdonado. Anyu sintió que se le humedecían los ojos.
“ ¡Esther! ¡Esther! ”. Quería gritar para llamar su atención, pero estaba demasiado lejos. Desesperada, Anyu tomó una palangana de cobre y la inclinó hacia el sol. La giró una y otra vez, haciendo que la luz se moviera en el aire, hasta que finalmente Esther se detuvo y se volvió en su dirección.
Anyu agitó las manos. Y allí, Esther, de pie junto al ginkgo, también levantó las suyas. Anyu se rio. Esther la había visto. Sabía que estaba viva.
Llegó febrero; el último día del mes, Esther volvió a aparecer bajo el ginkgo.
Le mostró al guardia un documento que debía de ser un pasaporte, su pasaporte estadounidense, y le permitieron quedarse.
Se quedó bajo el ginkgo durante unos veinte minutos, paseándose, agitando las manos, y después se marchó.
A partir de entonces, se estableció una rutina. Esther iba a verla al atardecer del último día de cada mes.
Pasaron ocho meses. Anyu no logró escapar del taller ni ver a Kawashima. Pero terminó el Huevo Kawashima, una pieza brillante con preciosas incrustaciones de jadeíta y diamantes, y con la sorpresa dentro: una espada samurái.
Pidió entregárselo personalmente.
—¿Me permite? Ella me dijo que se lo diera yo misma.
—Ah, ¿sí? —dijo el señor Tanaka mientras lo guardaba en un estuche de terciopelo.
—Lo mencionó cuando llegué el año pasado —dijo Anyu—. Estoy segura de que querrá hacerme algunas preguntas. ¿O prefiere responderlas usted en mi nombre?
—De acuerdo. Puede venir conmigo.
Anyu se desató el delantal, se quitó los guantes y siguió al señor Tanaka. Varios joyeros de rostro demacrado la miraron con curiosidad, preguntándose qué le daba el privilegio de abandonar su puesto de trabajo.
Era casi mediodía y la luz del sol se filtraba a través de las copas de los árboles en plena floración.
Algunas flores rosadas desplegaban sus pétalos, una ardilla correteaba por un tronco y un cardenal se posaba sobre una pata en la punta de una ramita, ajeno a la posibilidad de caer.
Esta visión de la vida, un escape del martillo y la soldadura, le llenó el corazón de optimismo.
Se dio cuenta de que el señor Tanaka no se dirigía hacia el bosque de bambú. En cambio, cruzó el puente y fue hasta un edificio de techo azul. Las puertas estaban cerradas; un guardia le hizo señas para que se alejara, hablando en japonés.
—Está recibiendo a un invitado —dijo el señor Tanaka—. Deberíamos volver otro día.
—¿Podemos esperar?
—No le gusta que la molesten. —El señor Tanaka parecía malhumorado.
Anyu no tuvo más remedio que marcharse con el señor Tanaka.
—¿Qué es este edificio?
—Su sala de exposiciones.
¿Kawashima guardaba allí su Huevo de Invierno como un trofeo?
Mientras cruzaban el puente cerca del bosque de bambú, vio un Citroën negro aparcado en la grava. Se detuvo para mirarlo. No era un tipo de coche que se viera con frecuencia en Shanghái y ella solo conocía a un hombre que tuviera uno.
El señor Tanaka le entregó el huevo a Kawashima en ausencia de Anyu.
La oportunidad de enfrentarse a Kawashima se esfumó.
Durante los siguientes diez meses, Anyu recibió el encargo de fabricar el huevo imperial de coronación, un regalo que el zar Nicolás II le había hecho a la zarina Alexandra para su coronación, en 1896.
En su interior había una réplica de un carruaje perfectamente diseñado con ruedas giratorias, un escalón plegable y puertas que se podían abrir y cerrar.
Una vez terminado, Anyu pidió entregar el huevo personalmente a Kawashima, pero se le denegó la petición.
Entonces, le informaron de que el Huevo Kawashima se había roto y que debía hacer otro.
—¿Roto? —No podía creerlo. El huevo estaba hecho de un material sólido y adornado con diamantes y otras piedras preciosas. A pesar de las malas condiciones en las que había trabajado, sabía que su artesanía había sido impecable—. Quiero ver a Kawashima y preguntarle qué pasó.
—No está disponible —dijo el señor Tanaka.
Le quedaban seis meses de contrato. Tenía tiempo suficiente para terminar el huevo, pero estaba de mal humor.
Aún no había descubierto el paradero de su Huevo de Invierno ni había tenido la oportunidad de ver a Kawashima.
Echaba de menos a Esther, que seguía yendo cada mes, pero a quien solo veía desde lejos, y echaba de menos la tienda y al pequeño Matthew; echaba de menos a Confucio. Los echaba mucho de menos.
Unos días más tarde, Anyu enfermó. Todo empezó con una pequeña quemadura en la mano cuando se le resbaló el soplete; después, la herida se infectó y estuvo un mes en cama, temblando y con fiebre alta.
Cuando por fin le bajó la fiebre, volvió al taller.
Pero los humos y los productos químicos le irritaban los ojos y le provocaban dolores de cabeza; un dolor sordo en el pecho la atormentaba.
Le costaba concentrarse. Cuando calentaba piezas de plata fina sobre un ladrillo refractario, el metal se encogía hasta formar una bola porque se distraía y se olvidaba de que estaba fundiendo.
Incluso sobrecalentaba el latón y no se daba cuenta hasta que los humos nocivos del zinc la hacían toser.
Para noviembre, dos meses antes de que terminara su contrato, solo había terminado la cáscara del huevo de piedra lunar, el primer paso de la elaboración, y se había desmayado tres veces y se había hecho una herida en la cabeza.
Fatigada, incapaz de sostener la sierra, la enviaron a la cama para que se recuperara.
—No puedo liberarte del contrato si no terminas tu huevo —le advirtió el señor Tanaka con sequedad.
Estaba prisionera; se dio cuenta de que tal vez moriría allí.
Llegó la víspera de Año Nuevo. Anyu se acercó a la ventana con la esperanza de ver a Esther, que había ido todos los meses.
Fuera azotaba una tormenta; las ráfagas y la lluvia golpeaban las paredes del edificio; todas las puertas, los muros y los árboles se fundían con la tormenta.
No podía ver nada más que las nubes negras, la lluvia torrencial y los relámpagos cegadores que le provocaban un dolor punzante en los ojos.
Esther no se presentaría con esa tormenta; probablemente se había dado por vencida y no iría a verla. Al fin y al cabo, era Nochevieja. Debía de estar celebrándola con Matthew y el señor Dearborn.
Con un dolor persistente detrás de los ojos, Anyu miró fijo hacia la tormenta, en busca del vestido amarillo y el sombrero rojo.
Al principio no vio nada, pero entonces se enderezó: pudo distinguir a una mujer con un paraguas rojo que estaba al otro lado de la calle.
Cojeaba bajo el ginkgo, con un brazo cruzado sobre el cuerpo como si tuviera frío; entonces, el viento se abalanzó sobre ella y se le rompió el paraguas. La tormenta la empapó al instante.
Esther había ido, a pesar de la lluvia; cada mes aparecía allí, de pie bajo el ginkgo, para hacerle saber a Anyu que no estaba sola, que no la habían olvidado.
En silencio, Anyu lloró lágrimas de felicidad. La amaban. Sí, la amaban.
Al día siguiente, se sentó ante su mesa de trabajo, decidida a terminar el último ornamento que haría en esa prisión.