Capítulo 36
—Eres tú —dijo Kawashima.
Anyu tragó saliva, no por lo afilado de la espada de la princesa ni por su agilidad, sino por la mirada de sus ojos: eran los ojos de una asesina.
—¿Quién eres?
Sin la peluca de pelo largo y el kimono, había perdido por completo su cautivadora feminidad.
—Soy Yoshiko Kawashima; también me llaman Ryosuke Kawashima.
—¿Eres mujer? ¿Hombre?
—Soy mujer.
—Entonces, ¿por qué el corte de pelo militar y el uniforme? ¿Es una especie de disfraz?
—No importa cómo lo llames. Prefiero llevar uniformes de hombre.
—Sabía que no me decías la verdad cuando nos conocimos. ¿Acaso eres siquiera una princesa?
—¿Por qué debería explicártelo? Pero, bueno, ya que te has atrevido a visitarme, te lo has ganado. Todo lo que te dije es cierto. Nací en el seno de la nobleza china y fui adoptada por un samurái japonés. Soy japonesa.
—Entonces, ¿por qué estás aquí, en China?
La princesa se rio.
—Quieres restaurar el poder de tu familia.
—China pertenece a mi familia. Pronto se inclinará ante nosotros. El gobierno de Manchukuo es solo el principio; mi primo ya ocupa el Trono del Dragón. ¡El emperador Puyi, el gran gobernante! Es su derecho de nacimiento.
—Pero la dinastía Qing desapareció hace mucho tiempo.
—La estamos restaurando. Ha sido un recorrido largo y tortuoso. Si yo hubiera nacido hombre, habría conquistado China hace años.
—¿Te refieres a ti o al Ejército de Kwantung japonés?
Kawashima entornó los ojos.
—El ejército sigue mis órdenes. Pero ya es suficiente. Tú y yo tenemos asuntos pendientes, joyera. Me debes el Huevo Kawashima. ¿Dónde está mi huevo?
—Nos robaron de camino a tu residencia.
—Me enteré. Es una lástima.
—¿Por qué nos pediste que te entregáramos el huevo en el último momento?
La princesa negó con la cabeza.
—Eso es asunto mío. No tengo por qué decírtelo. Encargué un huevo y les di un depósito de mil dólares, pero no recibí el pedido. ¿Cómo piensas saldar la deuda?
Anyu no sabía qué responder. Podía acusar a Kawashima del robo, pero no tenía pruebas y, como cliente, tenía derecho a recibir el huevo que había encargado.
—Te reembolsaré el depósito, como corresponde. ¿Serías tan amable de aceptar el depósito a plazos? —La caja fuerte, donde se guardaban los ahorros de la familia y el inventario de joyas, también había sido robada.
—No necesito el depósito. Encargué un huevo y espero recibirlo. ¿No es eso lo que acordó hacer tu maestro? —Había un matiz sutil de amenaza en la voz.
—Sí…
—Pero él está muerto. ¿Honrarás su palabra?
—Lo haré, y como diseñadora jefa de la casa, lo crearé para ti.
—Bien. Me alegra que hayamos llegado a un acuerdo. Te pido que fabriques mi Huevo Kawashima aquí.
—¿Aquí?
—Te ofrezco la oportunidad de reparar la reputación de tu casa, así como una oportunidad de empleo.
Anyu hubiera preferido morir antes que trabajar para una sospechosa de asesinato.
—Con todo respeto, debo rechazar la oferta.
Kawashima entornó los ojos. Anyu mantuvo la cabeza alta.
—No tienes elección. Si no aceptas, anunciaré a todo Shanghái que tu casa se quedó con el dinero y no cumplió nuestro acuerdo.
Lo último que quería, tras la muerte de Isaac, era dañar su nombre.
—Muy bien. Trabajaré para ti durante seis meses hasta terminar el huevo.
—Te ofrezco un contrato de dos años —dijo Kawashima.
—No necesito dos años para crear un huevo.
—Es el tiempo mínimo de empleo requerido.
Anyu se dio cuenta de que Kawashima quería utilizarla, pero quizás ella también la usaría: podría adentrarse en su guarida y descubrir si era ella la verdadera autora intelectual de los asesinatos. Y si lo era, Anyu recuperaría su Huevo de Invierno y vengaría la muerte de los Mandelburg.
—Dos años. ¿Honrarás tu palabra y me liberarás tras cumplir ese contrato?
—Soy una samurái. El honor está en mi sangre.
—Acepto tu oferta.
—¡Chizuko! —ordenó la princesa—. Llévala al taller.
La asistente, la chica de cara regordeta, apareció a su lado con una lámpara.
—Por aquí —le dijo a Anyu.
—¿El taller?
La asistente no respondió y Anyu la siguió mientras se desviaba por un sendero que estaba a la izquierda.
Por un instante, se sintió invadida por el arrepentimiento.
¿Qué estaba haciendo? Se esclavizaría allí durante dos años.
Debería haber estado pensando en restaurar la tienda.
Sin ella, la Casa Mandelburg dejaría de existir. ¿Qué pensaría Esther si no volvía?
A la luz parpadeante de las farolas, atravesó un pequeño bosque de bambú, pasó por debajo de un marco de madera rojo y llegó a un edificio de una planta con cinco ventanas, decorado con aleros curvos tradicionales chinos y frontones con dragones.
Un japonés vestido con un kimono negro salió a recibirla; era el capataz, el señor Tanaka, le dijo la asistente, y condujo a Anyu a una habitación cercana donde le pidieron que se quitara la ropa.
La asistente dijo que era una rutina inspeccionar la ropa antes de entrar en el taller y después de salir, para evitar robos. Anyu se desnudó.
Sin otra cosa encima que el collar del Diamante de la Vida, esperó; al cabo de un rato, la asistente volvió con su ropa. Anyu se vistió y la llevaron al taller.
Dentro, la habitación estaba impregnada del humo vaporoso de la soldadura, el humo espeso del horno de esmaltado y fuertes olores químicos; a través de la pálida neblina, notó que había unos treinta hombres.
Algunos estaban sentados ante mesas de trabajo alineadas a lo largo de las paredes; otros se habían reunido junto al horno, cerca de las estanterías que contenían huevos esmaltados en el fondo de la sala, y otros se encontraban alrededor de mesas semicirculares irregulares, midiendo, tallando o serrando.
Nadie volvió la cabeza hacia ella ni dejó de trabajar.
Tenían entre cuarenta y cincuenta años, barbas blancas como el papel, rostros color óxido marcados por arrugas y cicatrices, y dedos manchados de hollín.
Desaliñados, parecía que no se habían bañado en un año.
Algunos jadeaban, seguramente por haber inhalado demasiado del humo nocivo de la fundición; otros tenían los ojos extrañamente enrojecidos y sus movimientos eran laboriosos y letárgicos.
La habitación, tan amplia como el salón de baile de la señora Brown, resonaba con el ruido de martillos y sierras, pero, extrañamente, no se oían voces humanas.
—La llevaré a su mesa de trabajo —dijo el señor Tanaka.
Con el ceño fruncido, Anyu se abrió paso entre los grupos de mesas para llegar a una que estaba al fondo de la sala.
El señor Tanaka le dio instrucciones: tendría su propia cinta métrica, una sierra de joyero, hojas de papel blanco, alicates, una lima y otras pequeñas herramientas manuales, pero el equipo de soldadura y las máquinas de fundición se compartían; tendría que rellenar formularios para solicitar láminas de soldadura, alambres, papel de calco, herramientas de pulido, piedras preciosas, diamantes, cobre, latón o cualquier otro metal y restos al capataz.
Se le explicó el horario del día: a las seis en punto, al sonar la campana, debía levantarse de la cama, desayunar en la sala contigua al taller, hacer ejercicio, trabajar, almorzar, trabajar, cenar y trabajar. A las diez, hora de acostarse.
Trabajo, trabajo, trabajo.
—Puedes empezar a trabajar mañana —dijo el señor Tanaka.
—¿Qué están haciendo? —preguntó Anyu mirando a su alrededor.
—Los tesoros.
La llevó hasta un grupo de hombres que estaban en un rincón estirando el cuello para examinar los bocetos que estaban colgados.
Una mirada bastó para que Anyu se quedara boquiabierta.
Los bocetos formaban un collage de dibujos de huevos de Fabergé, desde el primer Huevo de Gallina, presentado al zar Alejandro III en 1885, hasta el Huevo del Renacimiento, hecho de ágata opaca; el Huevo del Capullo de Rosa, de esmalte guilloché rojo vibrante adornado con diamantes de talla rosa, y el Huevo de la Coronación, adornado con esmalte guilloché amarillo brillante acentuado con tiras de oro.
También estaban los dos últimos huevos, creados para la emperatriz viuda y la emperatriz Fiódorovna: el Huevo de la Orden de San Jorge y el Huevo Militar de Acero.
Un total de cuarenta huevos. El suyo, el Huevo de Invierno, no formaba parte del collage .
—¿Por qué conserva las ilustraciones de los adornos rusos?
—Por orden de su alteza Kawashima, los joyeros de aquí están obligados a fabricarlos.
—¿Todos ellos?
El señor Tanaka asintió con la cabeza.
Anyu se dio cuenta de que Kawashima estaba obsesionada con los huevos de Fabergé y, por el aspecto de los bocetos, sabía sus nombres, quiénes habían sido los maestros artesanos y las fechas en que se habían fabricado.
Debía de haberle llevado años de investigación descubrir los detalles del tesoro de los Romanov.
¿Una coleccionista obsesiva de objets d’art como Kawashima llegaría al extremo de conspirar y cometer asesinatos por un huevo de Fabergé auténtico?
Sonó la campana que señalaba el final de la jornada laboral.
El señor Tanaka la condujo a una habitación que estaba en el segundo piso del edificio adyacente.
Era pequeña, pero estaba limpia; tenía una puerta corrediza de bambú y papel.
No había muebles ni cama, solo una lámpara en el suelo.
Entonces, el señor Tanaka abrió un armario y le entregó ropa de cama enrollada: el suelo estaba reservado para sus compañeros joyeros.
Ella, como mujer, dormiría en el armario para tener privacidad.
Si Kawashima tenía el Huevo de Invierno, ¿dónde lo guardaría?
Al día siguiente, al sonar la campana, Anyu se despertó y abrió el armario.