Capítulo 35
Alguien llamaba a la puerta.
Anyu dejó de barrer el suelo de la cocina, pero se quedó con la escoba en las manos.
Se preguntó quién estaría fuera. La tienda llevaba cerrada un mes, o varios meses, no lo recordaba, y sus días no eran más que una repetición de limpiar, quitar el polvo de las estanterías y barrer el suelo.
No podía fabricar joyas. Cuando se sentaba ante la mesa de trabajo, jugueteaba con los alicates y los martillos, con la mente a mil por hora.
¿Quién había matado a la señora Brown? ¿Quién había robado la cámara secreta? ¿Dónde estaban los tesoros?
Después, se quedaba de pie como en trance en medio de la tienda, mirando las molduras del techo, las ventanas, en las que faltaban las cortinas de terciopelo, y los estantes vacíos, sin los cristales.
Los medios que había usado para descubrir la identidad de los ladrones y asesinos no la habían llevado a ninguna parte.
No sabía qué más hacer ni cómo reabrir la tienda.
Era la diseñadora jefa de la casa y dependía de ella mantener el negocio en marcha, pero había perdido a Isaac y el Huevo de Invierno que le habían confiado, y ella también estaba perdida en la tormenta de dolor, rabia y desesperación.
Casi no sentía nada; tenía las manos entumecidas, el corazón endurecido, y lo único que deseaba era hundirse en la bóveda del dolor, dormir en la espiral de la tristeza y ahogarse en la oscuridad que sería su salvación. Si es que había salvación.
Bajó la cabeza y siguió barriendo desde la pared hasta la mesa vacía, desde el fregadero hasta la puerta trasera. El roce de la escoba resonaba en el pequeño espacio.
Los golpes persistían.
Anyu fue a la tienda y miró por la ventana.
Era Confucio, que llevaba una corona de crisantemos blancos. Tenía el rostro más delgado, las cejas más gruesas, la camisa rota cerca del cuello y los zapatos cubiertos de barro.
—Pasa. Qué sorpresa verte por aquí. Pensé que habías muerto. ¿Dónde estuviste? —dijo Anyu; un destello de felicidad le surgió en el pecho. Había pensado en él y, sí, lo había echado de menos.
—De vacaciones. —Parecía arrepentido.
—Deben de haber sido unas vacaciones terribles. No has engordado.
—Y que lo digas. El hotel tenía unas condiciones higiénicas pésimas y al personal le gustaba responder a mis peticiones a golpes.
—Ya veo. ¿Cuánto tiempo estuviste en la cárcel?
—El suficiente para saber que recuperaste el título de mejor joyera y que, después, te robaron. —Confucio le entregó la corona de flores—. Para tu mentor. Mi más sentido pésame. Tienes suerte de haber sobrevivido.
—Te has enterado.
Echó un vistazo a la tienda vacía.
—Mis hombres me contaron lo del secuestro y los asesinatos en la tienda.
Es lo más sangriento que he oído nunca. Todo le ocurrió en el mismo día a la familia rusa.
Pregunté por ahí. Me dijeron que el taxista estaba muerto de miedo, pero que recordaba las caras de los dos ladrones.
No tardé mucho en averiguar quién los había contratado.
—¿Sabes quién los contrató?
—Vas a odiarme si te lo digo. Pero lo hecho, hecho está. No se puede devolver la vida a los muertos.
—Tienes que decírmelo. ¿Quién los contrató?
—Si el rumor es cierto, a los dos matones se los vio hablando con un japonés después del robo. Se reunieron con él en un restaurante cercano y le entregaron la caja que habían robado del taxi.
Un japonés.
—¿Qué aspecto tenía?
—Era bastante bajo, delgado, y llevaba una espada samurái. Mis hombres dicen que vive en una mansión enorme que antes albergaba a soldados japoneses. Se llama Maison Iwar.
La residencia de Kawashima. Desde la muerte de Isaac, Anyu no había pensado en ella. Pero no tenía sentido.
—Ella pagó un depósito de mil dólares por el huevo. ¿Por qué me robaría su propio huevo el día de la entrega? No parece lógico.
—¿Para no tener que pagar el resto? Quién sabe. —Confucio se encogió de hombros.
—No lo creo.
Los ladrones también habían exigido saber el escondite del Huevo de Invierno.
—Bueno, eso es lo que me dijeron mis hombres.
Anyu frunció el ceño.
—Mírame, Anyu. Tienes que dejarlo pasar.
—No. Tengo que averiguar quién lo hizo.
—¿Quieres una opinión profesional? Tanto el robo en la calle como lo que ocurrió en la tienda fueron obra de delincuentes muy habilidosos. Mataron limpiamente y dejaron pocos rastros. No eres rival para ellos.
—Espera. Dijiste que mataron limpiamente.
—Sí, los ladrones tenían armas.
—Pero al tío, a Samuel y a las tías no les dispararon. Sus heridas no eran de bala. Los mataron con un cuchillo. O con una espada.
Confucio suspiró.
—¿Podría ser ese asesino un espadachín?
—Es posible. No lo sé. Me muero de hambre. ¿Tienes hambre? Podemos ir a comer algo.
—No tengo hambre.
—Está bien. Ahora ya sabes que he vuelto y que estaré por el barrio. Nos vemos.
Anyu abrió la puerta para dejar salir a Confucio.
Después, se sentó en la silla que estaba cerca del mosquitero, sacó un cigarrillo y comenzó a fumar.
El robo y la matanza en la tienda tenían que estar relacionados, cometidos por el mismo grupo de delincuentes o incluso por el mismo asesino.
Si lo que decía Confucio era cierto, entonces los ladrones, que también habían robado el Huevo Kawashima del coche, debían de haber recibido instrucciones del japonés para matar a Isaac y averiguar el paradero del Huevo de Invierno; el japonés también debía de haber organizado la matanza del tío David, de Samuel y de las tías, así como el robo del Huevo de Invierno.
¿Quién era ese japonés? ¿Conocía a Isaac? Anyu se olvidó de fumar. ¿No había mencionado Isaac a un oficial japonés de Harbin que lo perseguía? ¿Podrían ser la misma persona?
Y Kawashima, ¿había robado su propio huevo para ahorrar dinero?
¿Estaba involucrada en el crimen? También llevaba una espada.
Anyu no la había visto usarla, pero ¿llevaría una princesa una espada solo por motivos ceremoniales?
Todas eran preguntas para las que no tenía respuesta.
Pero sabía una cosa: una vez que descubriera la identidad del japonés, estaría un paso más cerca del asesino y del ladrón que se había llevado su Huevo de Invierno y el Huevo Kawashima.
Anyu subió al ático, se puso una túnica y unos pantalones grises y se guardó un monedero con algo de dinero en el bolsillo. Después, abrió la puerta de la tienda.
Esther se hallaba fuera con Matthew. Él se zafó de los brazos de su madre y corrió hacia Anyu, riendo; el pelo le brillaba como el oro. Una cosita adorable.
—¡Matthew! —Anyu se inclinó y lo abrazó; sintió los latidos del corazón del pequeño contra el suyo, el cuerpecito, la piel suave, y olió su dulce aroma. Cerró los ojos para grabar todas esas sensaciones en su memoria.
—Lo vas a malcriar —dijo Esther.
Anyu lo soltó.
—Voy a la residencia de Kawashima. Ahora vuelvo.
Esther se cruzó de brazos y frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Busco a un hombre que está en su residencia. Creo que podría ser el asesino.
Esther negó con la cabeza.
—Se han ido. No puedes traerlos de vuelta.
Ah, Esther. Seguía llorando la pérdida de su familia, seguía enfadada con ella. ¿Qué podía decir? Ojalá hubiera sido ella y no Isaac ni Samuel. Anyu se llevó la mano derecha al pecho para palpar el diamante que tenía bajo la túnica de algodón, la forma irregular de la piedra, su tamaño discreto.
—Quiero que sepas que tu padre era muy importante para mí. Él me enseñó el oficio de la joyería. Me dio una vida y mucho más. Me convirtió en quien soy hoy. Lo amaba.
—¿Qué importa eso ahora?
Anyu quería abrazarla. Esther, su amiga, su hermana, su bendición. ¿Volverían a sentirse cercanas alguna vez?
—Solo quiero que lo oigas de mí.
Esther bajó la cabeza y sollozó.
—Adiós, Esther. —Anyu salió de la tienda y cerró la puerta tras de sí.
En la calle, Anyu paró un rickshaw. Este avanzó dando tumbos por las calles llenas de banderas, las tiendas con ventanas enrejadas y las bicicletas aparcadas bajo los robles y los nogales desnudos.
Anyu se dio cuenta de que estaba a punto de terminar el año.
Qué horrible había sido 1934. Los meses se habían fundido en un turbio charco de lágrimas.
Se preguntó cómo podría encontrar al japonés y qué haría si se topaba con Kawashima. ¿Tenía algo que ver con los asesinatos?
Finalmente, llegó a la residencia. Era un complejo tradicional chino con altos muros grises que se extendían hasta el final de otra calle; fuera, un frondoso ginkgo se inclinaba hacia un lado como un paraguas azotado por el viento.
El enorme portón principal estaba custodiado por dos leones de piedra con melenas onduladas y un soldado con el uniforme caqui del Ejército Imperial Japonés.
Sobre el portón, grabadas en la piedra, había dos palabras: Maison Iwar.
Anyu pasó por el portón y oyó un grito gutural, casi de rabia, que provenía del interior, seguido del sonido de una campana. Frunció el ceño, incapaz de entender el significado de esos sonidos. Por lo que podía ver, no se trataba de una residencia normal y corriente.
¿Cómo podía entrar en un edificio con muros tan altos y una puerta vigilada?
Se desvió hacia una calle lateral y vio una escoba abandonada cerca de un restaurante. La tomó, volvió a la Maison Iwar y comenzó a barrer hasta recoger montones de hojas doradas en forma de abanico en el suelo. Con su túnica tenía un aspecto modesto. Podía pasar por una barrendera.
Llevaba dos horas barriendo cuando vio una flota de camiones que avanzaban ruidosamente por la calle. Se detuvieron frente a la mansión y se abrió el portón.
El guardia hizo un gesto con la mano y los camiones, haciendo rugir los motores, entraron lentamente en la residencia.
Sosteniendo su escoba, Anyu se deslizó junto a la rueda trasera del último camión para ocultar las piernas a la vista del guardia que estaba al otro lado, y se coló dentro.
No sabía qué iba a encontrar una vez que entrara; por lo que sabía, podría haber un ejército de soldados imperiales japoneses que le dispararían como si fuera un blanco.
Pero solo había un soldado, que gritó algo, y ella se señaló la oreja, negó con la cabeza y levantó la escoba que tenía en la mano. El soldado frunció el ceño y le indicó que se apartara.
El corazón le latía con fuerza; barrió una losa de piedra en el rellano que estaba cerca de la pared; por el rabillo del ojo, alcanzó a ver más soldados en un jardín a su izquierda, que tenía senderos sinuosos y altas farolas de piedra.
Cuando avanzó a lo largo de los arbustos bien podados, vio a lo lejos una hilera de edificios de tres ventanales con pilares carmesíes, un estanque rodeado por un bosquecillo de sauces y un pabellón vacío con una mesa de piedra en el centro.
En el aire flotaba un fuerte olor a estiércol y animales.
Cuando miró a través de un grupo de pinos, vio los establos a lo largo de la pared, un caballo de color chocolate que estaba pastando y un grupo de hombres con petos de cuero que paleaban estiércol dentro de unas carretillas.
Se dio cuenta de que Confucio no había descrito en detalle el aspecto del hombre japonés y que le costaría identificarlo.
Llegó el atardecer. Anyu rodeó una farola de piedra que había cerca de un pino y se detuvo para enjugarse la cara.
Estaba cansada y tenía frío; sentía el cuerpo muy tenso.
Si algún soldado hubiera descubierto quién era ella en realidad, habría muerto en un segundo.
Entonces, volvió a oír un extraño coro de gritos.
Siguiéndolos, llegó a un patio donde había varias columnas de soldados que empuñaban espadas anchas.
Estaban practicando algún tipo de esgrima, y al frente del grupo había un hombre de pelo rapado que llevaba un pañuelo amarillo atado a la cabeza y empuñaba una espada samurái que blandía como un rayo.
Sus movimientos eran fluidos; las estocadas, decisivas, y sus pasos, ligeros como las hojas caídas del otoño.
Anyu se quedó mirando, con el corazón en un puño.
Había algo inquietante en el aspecto de aquel hombre.
Se le ocurrió pensar que no debería haber ido allí; era una trampa. Anyu sintió el impulso de huir.
Acababa de darse la vuelta y dar tres pasos cuando oyó una voz detrás de ella.
—Hola.
Dejó caer la escoba y se encontró cara a cara con la persona de la que se decía que era una princesa: Kawashima, vestida con un uniforme caqui, un pañuelo amarillo alrededor de la cabeza rapada y una espada en la mano.