La joyera china Capítulo 34
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Capítulo 34

En una casa de té que estaba en la calle Nankín y que funcionaba como la oficina del señor Du, Anyu les anunció a los hombres del gánster que estaba allí para denunciar un delito.

Las llevaron a ella y a Esther, que había insistido en acompañarla, ante el señor Du, que se encontraba en el segundo piso.

Lentamente, Anyu describió el delito cometido en la joyería.

Cuatro muertos. La tienda saqueada. La muerte de Isaac había ocurrido fuera de la tienda, por lo que el gánster se negó a escuchar esa parte de la historia.

Las cuotas de protección solo cubrían la joyería, no a los propietarios ni al personal que estuviese fuera del local.

El hombre las miró a ambas.

—La tienda rusa de la calle Julu. Lo recuerdo. Es muy desafortunado. Mis condolencias.

—Nos preguntábamos si tiene algún sospechoso. —Anyu lo observó.

El líder de la banda, que había enviado a sus secuaces a cobrar las cuotas de protección, no había vuelto a entrar en la tienda desde que había robado el collar.

Había envejecido; las orejas parecían alas y se había vuelto más cruel.

Se decía que había formado una alianza con el generalísimo Chiang Kai-shek, quien deseaba contar con el poder de la banda del señor Du para luchar contra los ejércitos japoneses que invadían la ciudad.

—¿Sospechosos? Todavía no.

Estuvo tentada de preguntarle si él mismo había ordenado a sus hombres que cometieran el delito.

—¿Seguirán investigando?

—Por supuesto que sí.

—Hemos perdido gran parte de nuestras joyas —dijo Esther y le entregó un inventario de lo que faltaba y de los daños causados en la tienda.

Las habían dejado casi sin nada: se habían llevado todas las joyas, el contenido de la caja fuerte, los alambres de oro, los tubos de plata y las piedras preciosas.

—Inspeccionaré la tienda para verificar su relato. No puedo prometerle que vayan a recuperarse los artículos, señorita. Los robos como este son muy frecuentes en Shanghái y solo contamos con un número limitado de hombres.

—Y un huevo —dijo Anyu.

—¡Un huevo! Eso sí que es curioso. ¿Por qué le importa un huevo?

Anyu tomó a Esther del brazo y se dio la vuelta para marcharse. Al parecer, el señor Du no sabía nada sobre los huevos de Fabergé. No había sido él.

En la calle, Anyu se sintió mareada. Casi no había comido nada en los últimos días y le dolía la cabeza.

—Me voy a casa —dijo Esther y se alejó.

Anyu sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo. Estaba vacío. Lo arrojó, frustrada. Todavía había una persona más que podía ayudarla en la investigación y Anyu contaba con ella.

Cuando dobló en la calle donde se encontraba la mansión de la señora Brown, la luz del día se estaba desvaneciendo y se habían encendido las farolas.

A lo lejos, Anyu alcanzó a ver el majestuoso edificio neoclásico inglés protegido por árboles altos.

No había pedido una cita y se preguntó si le negarían la entrada, pero esperaba que los guardaespaldas de la señora Brown la reconocieran y la dejaran pasar.

A medida que se acercaba, vio una nube oscura mezclada con chispas de fuego que se elevaba por encima de los árboles.

Provenía de la mansión de la señora Brown o de algún lugar cercano.

Sorprendida, aceleró el paso. Mucha gente se agolpaba en la calle, mirando, señalando, y se sentía el olor acre y se oían el crepitar de la madera y el estruendo de los cristales rotos.

Cuando llegó a la mansión, se le aflojaron las rodillas.

El portón del jardín estaba abierto y una multitud de hombres con largas túnicas se apresuraban a entrar con cubos de madera llenos de agua.

Bajo el manto de la oscuridad, salían espirales de humo por las ventanas con marcos rojos, el fuego crepitaba y todo el balcón se vino abajo.

—¿Qué ha pasado? —le preguntó a un hombre que salía corriendo con la cara cubierta de hollín.

—El peor incendio que he visto nunca. —La empujó a un lado.

Anyu oyó un grito: un grupo de hombres salió de la nube nauseabunda y corrió hacia el césped que había cerca de la entrada, llevando una camilla. Los seguían un médico con un botiquín, el cónsul británico, al que Anyu había conocido en los banquetes, y su personal vestido con trajes cruzados.

—Dios mío —dijo una voz.

Anyu se estremeció. El cabello rubio de la mujer había quedado carbonizado y tenía quemaduras terribles en el rostro, pero igual Anyu pudo reconocer quién era.

—Hay más cadáveres dentro del edificio —dijo alguien.

Anyu miró los dedos de la señora Brown: estaban desnudos. Con el corazón apretado por el miedo, corrió hacia la Cámara de las Gemas y los Tesoros.

Cuando llegó por fin a la tienda de cubertería, estaba agotada y sentía náuseas.

Pero, tal y como temía, encontró la puerta abierta y no había rastros del guardia sij.

En el jardín donde se encontraba la estatua de la diosa de la paz, el panel secreto que conducía a la puerta subterránea estaba abierto.

Jadeó para recuperar el aliento y luego se deslizó dentro.

El aire subterráneo olía a rancio. Con las piernas temblorosas, siguió adelante. Había un haz de luz que venía de lejos. Se protegió los ojos con la mano.

—¿Quién está ahí?

Nadie respondió.

Cuando se acercó, vio una linterna caída en el suelo.

Se paró frente a ella, sin atreverse a recogerla.

Se obligó a entrar en la cámara secreta, con el corazón destrozado.

En el suelo yacían los guardias, el señor Petrov y el señor Tang.

Las estanterías que contenían la corona de la esposa del emperador mogol Shah Jahān, el collar de diamantes que había pertenecido a Catalina la Grande, el antiguo collar de Tiffany fabricado en 1870 y el espléndido Huevo Conmemorativo de Alejandro III estaban vacías.