La joyera china Capítulo 33
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Capítulo 33

Cuando recuperó la conciencia, Anyu oyó voces irreconocibles que resonaban en lo que parecía un pozo oscuro y amorfo.

Un dolor punzante le atravesaba el pecho y casi no podía respirar ni levantar los brazos.

Alguien le tiraba del hombro, arrastrándola y maldiciendo.

Se quitó de encima esa mano y parpadeó. Estaba boca abajo, tumbada sobre un montón de cristales rotos en la acera, y tenía un pie atrapado bajo el asiento del taxi; la sangre brotaba y le goteaba por la pierna.

Se incorporó y logró sacar el pie. Pero, por un momento, se sintió desconcertada.

La bala la había alcanzado y el diamante le quemaba en el pecho, pero no sangraba. De alguna manera, estaba viva, ilesa.

Un desconocido la insultaba y le decía que saliera de su coche. Su coche. Haciéndole caso omiso, se puso de pie.

—¿Isaac? ¡Isaac!

Él yacía en el asiento trasero, empapado en sangre, sin el maletín.

Anyu se subió y lo abrazó, le acarició la cara, las manos callosas y los hombros.

Se había ido su mentor, su amado, la persona que más había creído en ella.

La había besado y le había dicho que no podía perderla.

Y lo habían matado. ¿Qué iba a hacer ella ahora?

Oyó ruidos y el conductor volvió a gritar instándola a que saliera de su taxi.

—Llévenos de vuelta a nuestra tienda —dijo Anyu temblando. Necesitaba ayuda. No podía hacer eso sola. Había perdido a Isaac. Tenía que decírselo a Esther, a Samuel y al tío David. A todos. Tenía que explicárselo y… no, alguien tenía que explicarle a ella lo que había pasado.

El conductor negó con la cabeza.

—¡Llévenos de vuelta a nuestra tienda! —gritó.

Un rato después, el coche se puso en marcha; los sacos de arroz, las balanzas y la multitud quedaron atrás. Cuando finalmente llegaron a la tienda, Anyu besó a Isaac y abrió la puerta del coche. “Ahora vuelvo”, quería decirle .

No supo cómo salió del coche y entró en la tienda. De pie ante las vitrinas de cristal transparentes, en un estado casi catatónico, se quedó sin palabras. ¿Qué podía decirles? ¿Qué dirían ellos? De pronto, sintió miedo.

Pero nadie se acercó a ella; nadie le preguntó por qué había vuelto y estaba sola.

Parpadeó. Todo parecía extraño. Las cortinas de terciopelo estaban rasgadas, el cristal del mostrador, hecho añicos, y los collares y broches habían desaparecido.

No había clientes, no estaban Samuel ni Esther ni el tío David.

Había tanto silencio en la tienda que Anyu alcanzaba a oír su propia respiración entrecortada.

Caminó arrastrando los pies hacia un collar Buen Amor que estaba cerca de una vitrina rota y lo levantó. Durante un momento, se quedó mirando el hermoso collar que había creado, incapaz de comprender. Se tambaleó hacia la puerta que estaba detrás de la cortina y entró en el pasillo.

Parecía interminable, un túnel oscuro. Le dolía la cabeza; se detuvo, apoyó la mano en la pared e hizo un esfuerzo por enderezar las rodillas.

Entonces, los vio: las tías gemelas caídas en el suelo, con profundos cortes en el pecho; Samuel, cerca del umbral del taller, y el tío David, tendido en un charco de sangre al pie de la caja fuerte.

La pared donde ella había escondido el huevo de Fabergé se había derrumbado; la caja había desaparecido.

Anyu se estremeció.

El asesinato de Isaac en el taxi, la pérdida del Huevo Kawashima y, ahora, este crimen sangriento en la tienda. Debía de ser una pesadilla. Cuando despertara, volvería a ver a todos. Y a Esther también. Esther le diría que solo había sido un mal sueño.

Se oyó un crujido en la puerta y, después, unos pasos. Alguien había entrado en la tienda.

Anyu se puso de pie de un salto. Salió tambaleándose del taller, al pasillo y a la tienda, y allí, cerca del mostrador, estaba Esther, con el rostro bañado en lágrimas.

—Anyu, ¿sabes… lo que ha pasado? Mi padre…

mi padre… está en la calle —dijo Esther.

Su voz impecable, que había encantado a muchos clientes, temblaba y le caían las lágrimas a borbotones—.

No lo entiendo. No entiendo lo que está pasando, Anyu.

¿No se suponía que ibas a entregarle el huevo a Kawashima?

¿Se lo entregaste? ¿Por qué… por qué él… ?

—Te lo diré —dijo Anyu—. Te lo diré.

Pero no pudo decir ni una palabra más. Se quedó allí de pie, tambaleándose, mirando todo, pero sin ver nada. Entonces Esther se le acercó y Anyu se abalanzó sobre ella y se echó a llorar.

Anyu casi no recordaba lo que hizo durante los días siguientes. Esther estuvo ocupada organizando los funerales y las shivas . Cuando Anyu finalmente tuvo un momento para sí misma, se retiró al taller y no salió de allí.

Dentro, se paseaba desde la puerta hasta el horno, de ahí hasta la caja fuerte vacía y, después, hasta su mesa de trabajo.

Una ruta precisa. Diez pasos aquí, doce allá y diez otra vez.

El taller olía como siempre, con el olor acre del óxido, la acetona, el humo y el metal.

Veía a Isaac en todas partes: en el mango de bambú del marco de la sierra, en la punta del soplete frío, en la superficie brillante de los armarios.

Veía su figura encorvada, los ojos atentos, la camisa negra con el bolsillo en el que guardaba lápices y una lupa, y la sonrisa incondicional.

Aún sentía la satisfacción que demostraba mientras grababa superficies, pulía anillos y aplicaba capas de esmalte.

Sentía los dedos callosos, la fuerza con que la había aferrado y los besos que le había dado en los labios.

Entonces, todos los martillos de cincel, las sierras de joyero y los alicates nadaban ante sus ojos, le dolía la cabeza y volvía a ver la imagen de Isaac bañado en su propia sangre dentro del coche.

La rabia le ardía por dentro. ¿Quién lo había hecho?

Anyu fumaba cuando estaba despierta y fumaba hasta que se quedaba dormida.

Pasaron los días, o los meses.

—¿No deberías levantarte del suelo ya? —dijo Esther.

Cuando ocurrió el ataque a la tienda, Esther se había ido con Matthew a una cita con el médico. Si hubieran estado en la joyería, también los habría perdido a ellos. Pero pobre Esther. En un fatídico día, había perdido a su padre, a su hermano, a su tío y a sus tías.

—Me levantaré. —Pero Anyu permaneció donde estaba, apoyada contra la pared. Sacó un cigarrillo y se lo dio a Esther.

Esther tomó el cigarrillo y se sentó en el suelo con ella. Fumaron en silencio. La casa estaba demasiado silenciosa, sin las voces de los hombres, sin el sonido de los martillos al golpear el yunque, sin las charlas en voz baja de las tías.

—Quiero averiguar quién ha hecho esto —dijo Anyu.

—¿Crees que el asesinato de mi padre y la matanza en la tienda están relacionados?

No podía ser una coincidencia. Los ladrones se habían llevado el Huevo Kawashima y el anillo de sello (no se había dado cuenta de que le faltaba hasta hacía poco), pero también querían el huevo de Fabergé, y después de que Isaac revelara su ubicación para salvarla a ella, le habían disparado.

Lo que no entendía era si esos crímenes los habían cometido las mismas personas o dos grupos distintos. ¿Y quiénes eran?

—¿Viste las caras de los secuestradores del coche?

Anyu negó con la cabeza.

—Solo les vi las piernas y las manos.

—Mi padre engañó a la muerte tantas veces antes de que escapáramos a Shanghái… Bombardeos, tiroteos, accidentes de ferry, incluso enfermedades. Era afortunado, siempre lo fue. —Esther se secó la cara.

—Eso es porque tenía el Diamante de la Vida.

—¿Tenía?

—Me lo dio a mí.

—¿Qué?

Ella lo llevaba puesto. Y ahora lo entendía: el calor abrasador del diamante después de que le dispararan. La bala debió de impactar en el diamante. Isaac había dicho que quien lo llevara consigo tendría el poder de evadir la muerte.

—Le quitaste su diamante.

—Yo…

—Te acostaste con mi padre.

—¿Qué? No, no, Esther. No fue así.

—Sabía lo que pasaba entre ustedes dos, por supuesto que lo sabía. Pero pensaba que tenías integridad y honor, y que no irías demasiado lejos. Él era veinticinco años mayor que tú.

—No hicimos… Me ascendió a diseñadora jefe de la Casa Mandelburg.

Esther se puso de pie.

—No deberías haberlo aceptado. El diamante era suyo y lo había salvado muchas veces. Si lo hubiera tenido encima, aún estaría vivo.

Anyu quería llorar.

—Debería haber sido de Samuel, no tuyo. ¡Samuel, mi hermano!

—Lo sé… Lo sé… Descubriré quién ha sido, lo prometo.

—¿Y saberlo lo hará revivir? ¿Me devolverá a mi hermano? —Esther se marchó.

Anyu oyó cerrarse la puerta de la tienda.

Se quedó sentada durante mucho tiempo. Después, se levantó del suelo y se dirigió a la sala.

Cerró la puerta tras de sí y salió a la calle.

No sabía adónde ir, pero necesitaba tiempo para pensar.

Esther estaba abrumada por el dolor y Anyu no podía culparla por ello.

Tenía que averiguar quién había matado a los Mandelburg y les había robado el huevo de Fabergé y el Kawashima.

Era un crimen premeditado y los ladrones sabían quiénes eran y qué tenían. Entonces, se detuvo. ¿Cómo se habían enterado de que Isaac tenía el huevo de Fabergé? Por lo que ella sabía, solo los miembros del gremio y la familia de Isaac estaban al tanto del huevo.

Pero no. Había otra persona. Se estremeció.

— Rickshaw, rickshaw.

Anyu saltó del rickshaw y le arrojó una moneda al conductor.

Después corrió hacia la mansión de Pierre Bellefeuille y llamó con fuertes golpes a la puerta.

La puerta de hierro forjado con enredaderas de hojas se abrió un poco y ella entró corriendo y bajó por el sendero de granito hacia el inmenso edificio de columnatas de mármol.

Vio algunas caras conocidas: el mayordomo Huang, la amah , el cocinero y otros sirvientes.

Los ignoró y llamó a Bellefeuille a gritos.

En el jardín, cerca de una estatua, lo encontró degustando pasteles a la sombra con dos acompañantes femeninas que llevaban sombreros.

—¡Cómo pudiste! —Se abalanzó hacia él para abofetearlo, pero el mayordomo la detuvo.

—Mira quién está aquí. No recuerdo haberte invitado, mademoiselle. —Bellefeuille dejó su taza sobre la mesa.

—Isaac está muerto. ¡Han asesinado a su familia!

Él levantó las cejas.

—¿Cómo? ¿Qué ha pasado? Estaba ascendiendo rápidamente en el mundo de la joyería. Hace solo unos meses, había recibido un gran encargo.

—¡Tú sabes lo que pasó!

—No entiendo a qué te refieres. —Tuvo la indecencia de sonreír y negar con la cabeza mirando a sus acompañantes.

—¡Tú! ¡Tú lo hiciste! ¡Tú los asesinaste! —Anyu temblaba. Odiaba todo de ese hombre: los ojos, la voz, las manos. ¿Cómo había llegado a creer que podría compartir la vida con él?

—¿Asesinar? No. Esto es indignante. ¿Por qué iba a matar yo a tu amante?

—Fuiste tú. ¡Sé que fuiste tú!

Bellefeuille frunció el ceño.

—Ten cuidado, mademoiselle. Es muy grave acusar a alguien de asesinato en la Concesión Francesa. Mi tolerancia no es ilimitada, a pesar del pasado que compartimos.

—Me preguntaste por los huevos de Fabergé en aquel baile. Dijiste que tu cliente quería comprar uno, pero yo me negué. Así que contrataste a los sicarios y nos robaste. Lo mataste a él y a su familia. ¡Maldito!

Él entornó los ojos.

—Te recomiendo que te marches. Tu comportamiento es infantil, estás abrumada e inconsolable por el dolor. Desparramas acusaciones maliciosas y difamatorias. No lo voy a tolerar.

Lo negaba todo. Por supuesto.

Ella no podía pensar con claridad, estaba llena de furia.

—Creí en ti, me acosté contigo y casi te di un hijo. Y, sin embargo, me engañaste y me hiciste abortar a nuestro bebé. Lo dejé pasar. Pero por esto, por esta crueldad, por este asesinato a sangre fría, nunca te perdonaré.

—¡Basta! Soy un hombre honorable, protegido por la ley vigente en la Concesión Francesa, y de ninguna manera toleraré tus calumnias.

El mayordomo la sujetó por los brazos y la sacó del jardín.

—¿Dónde está mi huevo? ¡Devuélvemelo!

Bellefeuille cruzó las piernas y se recostó en el banco de metal. Entonces, dos brazos fuertes levantaron a Anyu y se la llevaron. Ella cerró los ojos para no ver la sonrisa de satisfacción en el rostro del francés.

—Hoy estoy de buen humor, así que déjame darte un consejo, mademoiselle. Eres muy joven. Con el tiempo, sabrás que estas cosas son simplemente parte de la vida. En Shanghái hay crímenes y hay víctimas, pero nunca se sabe quién es la mente que está detrás.

Él disfrutaba con su dolor; él era parte de esa horrible conspiración, pero no tenía el huevo.

¿Quién era su cómplice? ¿Quién se había llevado el huevo de Fabergé? ¿Y el Kawashima?

Mientras se alejaba de la mansión, tambaleante, Anyu pensó en otro hombre.