Capítulo 32
Cuando salieron a la calle, el sol, que había pro yectado sus gloriosos rayos dorados sobre los tejados, había desaparecido.
Una enorme nube con forma de garra se cernía sobre los edificios.
El aire parecía gris como el metal, ruidoso con una cacofonía de chirridos de ruedas y cláxones de coches, pero la brisa era agradable, con un toque de calor veraniego.
La Maison Iwar, situada en la Concesión Francesa, estaba a poca distancia.
Anyu paró un taxi y se subió primero; Isaac, con el maletín que contenía el Huevo Kawashima dentro de un estuche de joyería, se sentó a su lado en el asiento trasero.
La calle junto a la tienda estaba concurrida, como siempre, llena de trabajadores que cargaban palos de bambú, de peatones, rickshaws y coches. Y algunos jeeps militares japoneses.
Anyu sacó sus cigarrillos y encendió uno. No era poca responsabilidad viajar con joyas por valor de dos mil dólares y en el vehículo de un desconocido.
—¿Es paranoico decir que la visión de los soldados japoneses siempre me trae recuerdos desagradables de Harbin? —dijo Isaac.
Anyu sabía lo que pensaba: no había olvidado al oficial japonés. La presión de entregar el costoso huevo debía de causarle aún más nervios.
—Todo irá bien. Ya casi hemos llegado.
En el cruce cerca de la botica, el coche se desvió hacia un lado y giró por una calle estrecha donde el cielo estaba surcado por largos palos de tender la ropa que sobresalían de las ventanas del segundo piso del edificio.
Una vez que salieron, llegaron a una amplia avenida donde un grupo de hombres con corte de pelo militar pesaban sacos de arroz en una enorme balanza.
Los trabajadores deslizaban el peso sobre la balanza, discutiendo y gritando.
No había suficiente espacio para pasar. El taxi se detuvo; el conductor gruñó y dio marcha atrás lentamente.
Anyu miró hacia atrás. Cerca del callejón que acababan de dejar, aparecieron hombres con largas túnicas negras de luto que llevaban pancartas, monjes budistas que enarbolaban peces de madera y músicos que tocaban címbalos, trompetas y suonas : era un cortejo fúnebre.
Con el camino bloqueado en ambas direcciones, el coche giró hacia la calle que estaba a su derecha y avanzó despacio, hasta que volvió a detenerse bruscamente.
Ella estiró el cuello, mirando hacia atrás, preguntándose si habrían quitado los sacos de arroz, pero vio dos figuras con trajes y sombreros occidentales que corrían hacia su coche.
Quizá fue por la forma en que los hombres se bajaron los sombreros para cubrirse los ojos, o quizás por la forma en que movían los brazos. Anyu se alarmó.
—Mira. Esos hombres.
Isaac aguzó la vista.
—¿Quiénes son?
—No lo sé. —Anyu golpeó el asiento del conductor—. ¿Podría arrancar, por favor?
Pero era demasiado tarde. Los dos hombres ya estaban junto a ellos. Uno golpeó la ventanilla del lado de Isaac.
Anyu estaba a punto de advertirle que no bajara la ventanilla cuando esta se rompió y una lluvia de cristales afilados entró en el taxi. Gritando, Anyu levantó el brazo para protegerse la cara.
—¿Qué pasa? ¿Quiénes son ustedes? —gritó Isaac, retorciéndose y luchando contra la mano que se había introducido para abrir la puerta. El otro hombre se había abalanzado sobre ella.
—¡Arranque, arranque! —gritó Anyu.
Pero se abrió la puerta del lado del conductor y este huyó. Estaban atrapados.
A Anyu se le cortó la respiración. No tenían armas para protegerse e Isaac estaba perdiendo la pelea.
Entonces, la ventanilla de su lado también se rompió y una mano se abalanzó sobre ella para aferrarla por el cuello.
La levantaron del asiento y la cabeza golpeó contra el techo.
Quería gritar, pero tenía la garganta oprimida.
Con la visión borrosa, alcanzó a ver una mano cerca de Isaac que abrió la puerta de un golpe. Llevaba una pistola.
—¡Suéltala! ¿Qué quieres? ¿Dinero? Te daré el dinero. Tengo dinero. ¡Suéltala!
Anyu no podía respirar porque el hombre la aferraba por el cuello. Oía la música fúnebre, atravesada por un lamento lejano, estridente, despiadado y sombría, y la voz de un hombre, apenas audible, se elevó por encima de la caótica locura:
—¡Fabergé, Fabergé!
—No lo tengo —dijo Isaac.
Ella pateó, luchando por respirar, pero le empujaron la cabeza hacia un lado y un dolor agudo le atravesó el cuello y la paralizó.
—¡Suéltala!
Todo el coche se sacudió. Anyu vio llamas abrasadoras que estallaban como la punta de un soplete. No era así como había imaginado la muerte, y no, no podía morir, quería seguir haciendo joyas.
De pronto, sintió que podía respirar. El aire fresco le entró en los pulmones; se dejó caer en el asiento tosiendo, inhalando, sin ver nada.
Isaac la llamaba.
—Anyu, Anyu, ¿estás bien?
Hizo un esfuerzo por incorporarse, tanteando para encontrarlo, aún sin poder ver, pero sintió que él la abrazaba, con el cuerpo tembloroso y el rostro mojado por las lágrimas. La besó en la frente, en los ojos, en la nariz, en los labios.
—Dios, casi te pierdo. No puedo perderte.
Entonces, se dio cuenta de lo que él había hecho.
—Oh, no, Isaac.
—Todo va a salir bien. Todo saldrá bien.
Ella lloraba, pero se sentía agradecida. Por haber escapado por los pelos de ese loco secuestro, por estar tan cerca de Isaac, por ver la profundidad de su amor por ella. Él tenía razón: todo saldría bien. Ella seguía allí con él; estaban a salvo; estaban vivos.
Hubo un repentino estruendo de cristales rotos. Anyu levantó la vista y, esta vez, su visión fue tan clara como el cristal, como un diamante: fuera del coche, una pistola apuntaba hacia ella.
Bang.
Un dolor agudo le atravesó el pecho y la fuerza del impacto la lanzó hacia atrás contra la puerta.
Esta se abrió de golpe y ella cayó del coche y se desplomó en el suelo.
Lo único que oía eran los gritos enfurecidos de Isaac y la música de las suonas , que se iba apagando.
Y gritó al ver a Isaac, con la cara ensangrentada, medio tumbado en el asiento trasero, moviendo la boca y con la mano levantada en el aire, como si exigiera que cesara esa barbarie de violencia.
Después, estalló otro disparo que le abrió el pecho a Isaac.