Capítulo 29
Pero ¿cómo era posible? ¿Quién había filtrado la información?
Isaac no dejaba de hacer preguntas, atónito, y parecía estar al borde del colapso, a pesar de que Anyu le aseguraba que la señora Brown parecía tenerlo todo bajo control, que la cámara era segura y que la recuperación del huevo era solo una medida de precaución.
Tan pronto como llegaron al taller, Anyu buscó un lugar donde esconderlo. La caja fuerte era demasiado obvia.
Por la noche, mientras todos dormían, Anyu utilizó su cuchillo para sacar dos ladrillos de la pared, cerca de su mesa de trabajo.
Con la ayuda de Isaac, construyó un nicho oculto y colocó dentro la caja que contenía el huevo de Fabergé.
Después, volvió a colocar los dos ladrillos en la pared, ocultando el nicho.
No era el lugar más seguro, pero era la única opción viable por el momento. Y solo dos personas en el mundo sabían dónde estaba el Huevo de Invierno: ella e Isaac.
Dos días después, Anyu estaba trabajando en el taller cuando Isaac le dijo que la señora Brown tenía mensajes importantes para ellos y les pedía que fueran a su mansión.
Volvía a llover. El taxi en el que iban avanzaba lentamente y era difícil ver a través de las ventanillas.
Después, dejó de llover; el taxi tocaba el claxon en cada esquina.
El conductor, un joven con un cigarrillo en la boca, maldecía, murmurando algo sobre los soldados japoneses que inundaban las calles.
—¿Dónde están? —preguntó ella. Trabajaba todo el día en el taller y rara vez prestaba atención a la gente de fuera.
—¿No los ves? ¡Están por todas partes! —Se sacó el cigarrillo de la boca y señaló a unos hombres que salían de un restaurante de dos pisos con dos mujeres de vestidos floreados—.
Bailan con nuestras mujeres y se las llevan a la cama, sobornándolas con dinero y vestidos.
Son una mala influencia. Ayer, se pelearon con unos gánsteres y les dispararon. ¡Van a apoderarse de Shanghái!
Ella miró por la ventana. Era cierto que entre los peatones había muchos soldados japoneses uniformados.
Pensó en Confucio y rogó que no se hubiera visto envuelto en los disturbios.
Su ausencia la había hecho cambiar de rumbo y volver con Isaac, por lo que estaba agradecida, pero también añoraba volver a verlo.
—No pueden apoderarse de Shanghái —dijo, pero recordó lo que había leído en el periódico.
El Ejército de Kwantung japonés, que según los rumores había asesinado al jefe militar Zhang, había invadido Manchuria el año anterior, expulsado al ejército del joven mariscal y establecido un Estado títere, Manchukuo, con el último soberano de la derrocada dinastía Qing, Puyi, como emperador.
—Me pregunto si la señora Brown tendrá noticias del señor Walters —dijo Anyu, cambiando de tema.
—Es posible. Samuel también me preguntó por el señor Walters —dijo Isaac.
—Samuel está muy preocupado por él, ¿verdad?
El conductor refunfuñó y finalmente se detuvo ante la mansión de la señora Brown, custodiada por cuatro hombres con impermeables que reconocieron a Isaac y les hicieron señas para que entraran.
La señora Brown los esperaba en su salón esmeralda. Tenía té y galletas preparados, pero estaba paseándose de un lado a otro, sumida en sus pensamientos. Tras un breve intercambio de cortesías, preguntó: —Anyu, Isaac dijo que creías que había una filtración. ¿Cómo lo supiste?
Anyu mencionó su conversación con Bellefeuille y dijo: —Confieso que solo fue una corazonada, porque usted es una mujer prudente y no hará ningún anuncio hasta estar segura de quién es el infiltrado.
La señora Brown suspiró.
—Aún no he descubierto quién es. ¿El señor Lebedev? ¿El señor Tang? ¿El señor Petrov?
—¿Encontró al señor Walters? —preguntó Anyu.
—Sí.
—¿Dónde estaba?
—En el río.
Isaac soltó un suspiro. La angustia lo agobiaba desde la visita de Anyu a la bóveda.
—Recibí una llamada de la policía esta mañana y lo identifiqué —dijo la señora Brown.
—¿Lo saben los demás? —preguntó Isaac.
—Llamé al señor Lebedev, al señor Tang y al señor Petrov y les advertí de la filtración.
Todos estaban conmocionados, como pueden imaginar.
Quiero reiterar que la policía del Asentamiento está investigando este caso; no dejarán piedra sin remover.
Sea quien sea el autor, el señor Du o sus matones, les garantizo que se los hará responsables.
—Me preocupa su seguridad, señora Brown —dijo Anyu en voz baja.
La dama británica sonrió y señaló a sus guardaespaldas, que se encontraban en los rincones.
Anyu respiró hondo.
—En el caso hipotético de que le ocurra algo, señora Brown, ¿qué planes tiene para la cámara secreta?
La señora Brown la miró y Anyu se dio cuenta de que la dama había pensado detenidamente en los tesoros del gremio.
—Por el momento, la tengo cerrada con llave. No podrás entrar. En cuanto encuentre un lugar seguro, organizaré el traslado. Mientras tanto, lo siento, pero el gremio no podrá satisfacer sus pedidos de piedras preciosas. Por ahora, deberán arreglarse con lo que tienen.
Anyu asintió. Contaba con suficientes piedras preciosas para trabajar durante los siguientes seis meses, pero encontrar un lugar seguro para todas esas coronas de diamantes y tesoros… Era más fácil decirlo que hacerlo.
Cuando Anyu e Isaac salieron por el portal de la mansión de la señora Brown, había asomado el sol.
Una bandada de palomas graznó y voló hacia el tejado de otro edificio de la calle.
Anyu miró hacia arriba. Bajo el tejado, cerca de la ventana del segundo piso, un hombre vestido con uniforme militar y gorra sostenía unos prismáticos y miraba fijamente hacia delante: hacia la mansión de la señora Brown.
Estaba segura de que no estaba observando pájaros.
Durante días, Anyu intentó no pensar en la crisis del gremio y se sumergió en la fabricación de joyas.
Una tarde, terminó de fumar y entró en el taller.
Se detuvo de golpe: Samuel, frente a su mesa de trabajo, se guardaba algo en el bolsillo.
Sorprendido, salió corriendo. Con el ceño fruncido, Anyu se dirigió al montón de paquetes de los conjuntos Buen Amor que debía entregar a sus clientes al día siguiente y contó las cajas.
Faltaba una: una caja que contenía un broche.
Corrió hacia la tienda a oscuras. Samuel ya estaba fuera.
—¡Samuel! ¡Espera!
Se había metido en un taxi.
Anyu dudó sobre qué hacer. Él se había llevado el broche y ella tenía que recuperarlo. Con su bolso en la mano, paró un coche para seguirlo.
Delante de ella, Samuel se detuvo en un gran hotel, la Casa Sassoon, y entró en el edificio.
Anyu nunca había estado allí, pero sus clientes lo admiraban y decían que era más lujoso que el Hotel Majestic.
Tenía un aspecto elegante, con suelos de mármol en damero, lámparas de cristal y grandes jarrones de porcelana azul con ramos de flores frescas.
En algún lugar sonaba una agradable música y algunos huéspedes estaban sentados en un sofá estilo Chesterfield de color rosa intenso, fumando.
Encontró a Samuel en un restaurante, inclinado hacia una mujer con una diadema plateada en el pelo. Le resultaba conocida, pero no recordaba dónde la había visto.
Samuel parecía encantado; la tomó de una mano y le entregó la caja que contenía el broche. Él tenía un aspecto magnífico, los ojos tiernos y ansiosos, y el rostro iluminado por la luz dorada de la lámpara de araña. Estaba enamorado de esa mujer.
En el vestíbulo, Anyu sacó un Lucky Strike de su bolso y empezó a fumar. Estaba a punto de terminarse el paquete cuando apareció Samuel.
—Samuel —lo llamó en voz baja.
Él frunció el ceño, pero se acercó.
—¿Me has seguido?
—¿Quién es esa chica?
—¿Qué chica?
—Samuel. Te vi con ella.
—La señorita Rose, para que lo sepas. ¿Qué haces aquí?
—Te llevaste el broche. Lo necesito de vuelta.
—¿Qué broche?
—El que le diste.
—¡No le di nada!
La gente los miraba. Anyu pensó, demasiado tarde, que no debería haberle pedido el broche. Samuel tenía veintisiete años y necesitaba una novia más que nada en el mundo. Había otras formas en las que podía ayudarlo. Se levantó y salió del hotel sin decir nada.
En el taller, Anyu trabajó hasta el amanecer para terminar otro broche para su cliente. Pagaría por el oro y los diamantes de su propio bolsillo. No le contó nada a Isaac sobre Samuel ni sobre su encuentro clandestino en el hotel.
Unos días más tarde, Isaac entró en el taller y le preguntó si estaba preparada para participar en el Concurso Anual de Joyeros.
La señora Brown, que seguía investigando el asesinato del señor Walters, había recibido un mensaje de los representantes de la reina consorte de Inglaterra, María, que era coleccionista de joyas y pedía tres broches como regalo para el gobernador de Hong Kong y su personal.
El diseño ganador sería elegido por la reina y la comisión era de seis mil dólares.
Anyu ya no buscaba prestigio ni comisiones, ya que había ganado mucho de ambos, pero miró a Samuel.
—¿Te interesaría competir?
Samuel la miró a ella y, después, a su padre.
—Paso. No podré ganar.
—¿Qué te parece si diseñamos la pieza juntos? Yo seré la diseñadora jefa y tú serás mi asistente. Si ganamos, se reconocerá tu habilidad. Serás un maestro joyero.
—¡Es una idea maravillosa! —exclamó Isaac.
—Pero, padre…
—Por cierto, Samuel, la señora Brown estuvo en una fiesta con la señorita Rose el otro día. Le mostró un broche Buen Amor y le dijo que era un regalo tuyo. ¿Por qué no me lo contaste? —preguntó Isaac.
Samuel soltó el martillo de cincelado con el rostro pálido.
—Él me lo contó —dijo Anyu—. Me lo pidió y yo le dije que sí. Se me olvidó incluirlo en la lista y decírtelo. Lo siento. —Si Isaac descubría el engaño de Samuel, no lo perdonaría.
—Es muy generoso de tu parte. No sabía que la conocías —dijo Isaac asintiendo con la cabeza.