Capítulo 28 #3
—¿Qué quieres? —Anyu echó el humo por la ventana abierta de la cocina, sosteniendo el que debía de ser su trigésimo cigarrillo del día.
Era imposible trabajar sin fumar. El tabaco le daba energía y le mantenía la mente despierta, para que no tuviera necesidad de dormir.
Solo dormitaba en el taller durante dos o tres horas al día, eso era lo único que necesitaba.
Pero fumar en el taller era peligroso, así que, como solución, se tomaba descansos para fumar en la cocina, con la ventana abierta.
—El señor Walters tenía previsto entregar los diamantes, pero no ha aparecido.
—Tu padre lo sabe, ¿verdad?
Samuel dudó.
—¿El señor Walters dijo cuándo vendría?
—No.
—Pareces preocupado. ¿Por qué estás preocupado?
Samuel se dio la vuelta para marcharse, pero se detuvo.
—¿Mi padre te dio la Aurora de Medianoche?
—¿De qué estás hablando?
—No deberías haber vuelto. —Salió de la cocina.
No entendió el descontento de Samuel; tampoco su pregunta. Anyu terminó de fumar y volvió al taller para trabajar en sus encargos. Se dio cuenta de que Isaac no estaba por allí.
Más tarde, estaba forjando un anillo cuando sintió que le tocaban el hombro. Levantó la vista.
—Isaac, ¿dónde estabas?
—No pude encontrar al señor Walters —dijo con voz débil.
—Ah.
—La señora Brown ha pedido verte en la cámara secreta.
La tienda de cubertería tenía el mismo aspecto de siempre: apagada, con el cartel de “Cerrado” colgado en la puerta. Dentro, Anyu dio la respuesta codificada a los guardias sijs y descendió por las escaleras que había debajo de la estatua de la diosa de la paz. Isaac esperó fuera, en la calle.
Era la segunda vez que Anyu visitaba la cámara secreta desde su regreso. La primera visita al lugar había sido breve, pero necesaria: ansiaba ver el huevo; después de verlo, había regresado al taller para trabajar.
La cámara estaba en silencio. Cruzó la sala, vigilada por los guardias, y se encontró frente a la señora Brown, que sostenía una maleta con doce compartimentos llenos de bolsitas con joyas. La luz era tenue y el aire olía a la fragancia de la señora Brown, no a cigarrillos.
—Creo que aquí tengo todo lo que necesitas —dijo la señora británica, entregándole el libro de contabilidad y la maleta.
Anyu inspeccionó los diamantes, los contó y firmó el libro de contabilidad con su nombre. El gremio había sido amable con ella; sin su apoyo, nunca habría completado los conjuntos a tiempo.
—Me sorprendes, señorita Anyu. Me han impresionado las líneas de joyería que has creado.
—Estaré encantada de hacer algo para usted también si lo desea.
—¿Desde cuándo eres tan amable?
Era una pregunta espinosa, pero Anyu pensó que el tono de la señora Brown se había suavizado.
Aún recordaba lo que Bellefeuille había dicho sobre ella.
La había acusado amargamente de ocultar su secreto y la había difamado insinuando que llevaba una vida promiscua, pero Anyu se daba cuenta de que, bajo su actitud distante, la señora Brown era, en realidad, una mujer digna con un ojo perspicaz y una líder segura de sí misma.
—¿Por qué no pudo venir el señor Walters a la tienda?
—Bueno, iba a contártelo. Ha desaparecido.
—¿Desaparecido?
—Llevamos un mes buscándolo, pero estoy desconcertada. Es sordo, vive solo, es un hombre discreto y su círculo social es reducido. Solo unas pocas personas lo conocen en Shanghái. Quizá se metió en problemas en el momento y el lugar equivocados.
Anyu recordó que Bellefeuille había mencionado que el señor Du estaba interesado en la señora Brown.
—¿Cree que el señor Du tiene algo que ver con esto?
—¿El gánster? Normalmente permanece alejado de los extranjeros, y la policía del Asentamiento lo mantiene a distancia. Pero ahora que lo mencionas, pediré que lo investiguen. Encontraremos al señor Walters.
El señor Walters trabajaba para el Gremio de Maestros Artesanos y era una persona crucial vinculada a la señora Brown y a la agrupación.
—¿Está usted a salvo, señora Brown?
Ella ladeó la cabeza.
—Querida, qué pregunta. ¿Hay algo que tengas que decir?
Anyu miró fijamente a la señora y, después, se dio la vuelta para mirar los tesoros y la cámara: Isaac había dicho que los maestros joyeros habían tardado seis meses en construirla; ese lugar era incluso más seguro que el dormitorio del generalísimo.
—¿Puedo echar un vistazo a mi huevo?
—Por supuesto. —La señora Brown se dirigió hacia él; el taconeo de sus zapatos resonó en el suelo de mármol.
Anyu llegó frente al estante donde se encontraba la caja de cristal. Presionó el lado de su anillo de sello para dejar ver el águila bicéfala y la colocó dentro del cristal. La caja se abrió y sacó el estuche que contenía su huevo.
—Si me lo permite, señora Brown, me gustaría llevármelo a casa.
La señora se quedó en silencio por un momento.
—Es tu huevo.
Anyu guardó el estuche en el bolsillo de su abrigo y, aferrando con una mano la maleta, se dirigió hacia la salida.
Cuando salió de la tienda de cubertería, estaba lloviendo. Isaac la esperaba en un banco del parque con un paraguas. Ella se metió debajo.
—Tengo todos los diamantes que necesitamos para la línea Buen Amor. Y el huevo. Debemos encontrar un lugar seguro en nuestra tienda y esconderlo.
—¿Qué? ¿Por qué te lo has llevado?
—Tengo que hacerlo. Ella lo sabe, pero no me lo ha dicho.
—¿Sabe qué?
—El gremio está en peligro; hubo una filtración.