La joyera china Capítulo 28 #2
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Capítulo 28 #2

—Hay una leyenda china llamada “Los amantes mariposa”.

Cuenta la trágica historia de una chica de la familia Zhu y un chico de la familia Liang.

Zhu conoció a Liang en la escuela y se enamoraron.

Se juraron amor eterno y se comprometieron a ser fieles el uno al otro.

Pero el padre de Zhu arregló su matrimonio con otro hombre.

Cuando Liang se enteró, murió de pena. La boda de Zhu se interrumpió por una tormenta, que llevó a la comitiva hasta la tumba de Liang, donde Zhu lloró y juró que nunca volverían a separarse.

Al pronunciar estas palabras, un trueno abrió la tumba y Zhu cayó dentro.

Cuando la volvieron a abrir, la pareja había desaparecido y salieron volando un par de mariposas.

Como ves, la mariposa simboliza el amor eterno en la cultura china.

Isaac asintió.

—Una historia conmovedora. ¿Cómo llamarás a este conjunto?

—Amor Eterno.

—Me gusta. Le llevaré estos diseños a la señora Brown.

Creo que le gustará verlos. Solo hay un problema, Anyu —dijo sosteniendo el broche con la inscripción “IM”—.

El nombre de un artista es eterno; sobrevive al artista, eclipsa una época y perdura más que un imperio.

Como diseñadora de este conjunto, creo que tienes derecho a crear tu propio sello de fabricante.

Le ofrecía la oportunidad de utilizar su propia firma, la firma con la que soñaba todo joyero que se preciara. Ella lo pensó un momento. Con la sierra de joyero, grabó cuidadosamente una letra más en el broche.

Ahora, ella formaba parte del nombre de él: “IMA”.

Isaac le besó la frente. Luego, con el brazo derecho en cabestrillo y la caja que contenía las joyas bien guardada en el bolsillo, salió de la tienda con el tío David para reunirse con la señora Brown, que había concertado una cita con un grupo de compradores privados, dos que trabajaban para el Banco de Shanghái y algunas esposas de diplomáticos. Por la tarde, regresaron.

—¿Cuánto tiempo te llevará completar otro conjunto? —preguntó Isaac.

—Tres semanas como máximo —respondió ella.

—¿Y una docena?

—Tres meses. ¿Por qué?

La esposa de un diplomático había hecho un pedido de una docena de conjuntos Amor Eterno.

Habían transcurrido dos meses, y no tres, cuando dejó el paño de pulir y se limpió las manos manchadas.

Había completado una docena de conjuntos Amor Eterno.

Delante de ella estaban los estuches con las joyas: collares con colgantes de mariposas, broches de mariposas, anillos de mariposas, brazaletes de mariposas y pendientes de mariposas.

Sonrió. Su trabajo acababa de empezar: aparecieron más pedidos en el estante cuando se corrió la voz de que había regresado.

Entonces, un día, mientras Anyu soldaba uno de sus collares Amor Eterno, Esther comenzó su trabajo de parto en la cocina.

Toda la casa se sobresaltó. Samuel fue a buscar al señor Dearborn al apartamento de la pareja, pero no lo encontró.

Por fin, lo localizó en su tienda en el Asentamiento.

Isaac cerró la joyería, las tías gemelas hirvieron agua y Anyu llevó una palangana y toallas; tenía la boca seca y el corazón le latía con fuerza por el miedo, pero esperaba ayudar.

Oh, pobre Esther. Sus gritos desgarradores podrían haber partido el apartamento por la mitad.

A medianoche, Esther, bañada en sudor, dio a luz a un niño: Matthew.

Anyu echó un vistazo al bebé, que estaba en brazos de Esther: tenía los ojos cerrados, las manos curvadas cerca de la barbilla como si estuviera contemplando algo, arrugas en la frente y algunas protuberancias blancas y granos rojos en las mejillas.

Era tan pequeño, delicado; la cara era una maravilla que la fascinaba, y los dedos de las manos y los pies, tan diminutos como cacahuates.

Pensó en la vida que ella había perdido.

Si hubiera tenido a su bebé, ¿también habría sido tan pequeño?

Esther le entregó a Matthew para que lo sostuviera; Anyu estaba nerviosa.

Con cuidado, extendió los brazos y recibió al bebé.

Cuando lo tocó, comenzó a temblar; era como si tuviera el mundo entero en sus manos.

Debía tener cuidado o lo dejaría caer y lo rompería.

¡Pero no pesaba nada! ¡Era más ligero que un martillo!

¡Y estaba llorando! ¿Por qué lloraba? Anyu se rio, con los ojos desbordados de lágrimas.

El bebé de Esther, el bebé de Esther. Le había robado el corazón desde el momento en que llegó y lo tendría para siempre. Anyu parpadeó para contener el llanto.

Después de devolvérselo a Esther para que lo amamantara, Anyu se dirigió a su mesa de trabajo y comenzó a dibujar un pez dorado.

Al día siguiente, creó otra serie de diseños, Amor Puro.

Isaac los llevó a una reunión de joyeros. El director de un banco encargó dos docenas del conjunto Amor Puro, que incluía anillos, collares y broches.

Con el nacimiento de su bebé, Esther se tomó un descanso de la tienda.

La joyería quedó sin personal. Siempre que podía, Anyu ayudaba con las ventas.

A diferencia de su experiencia anterior en el mostrador, ahora, hablar con los clientes le parecía una distracción relajante y educativa.

La generación más joven venía con un propósito: un compromiso, un cumpleaños o un regalo de perdón.

Los clientes mayores eran diferentes. Compraban porque querían y no necesitaban que los incitaran a sumergirse en su pasado, en sus peleas con sus hijos y en sus disputas con sus nueras.

Hablaban sin parar; enumeraban sus dolencias, desde dolores en los tobillos hasta infecciones urinarias.

Pero también podían ser emotivos: una anciana italiana compartió una conmovedora historia sobre su deseo de tener un medallón personalizado para guardar las pocas canas de su esposo recientemente fallecido, con quien había estado casada durante cincuenta y cinco años.

Anyu escuchaba a los clientes con paciencia, sonreía y les hacía sugerencias.

“Un buen joyero hace joyas, pero un maestro joyero construye vínculos”.

Por fin entendía lo que Isaac había dicho.

Un día, un hombre bajito con un sombrero fedora negro entró en su tienda.

Quería hablar de su madre. Era una mujer vivaz, dijo, a la que le gustaba conducir coches y disparar.

Una década atrás, su casa se incendió y ella se lanzó al interior para rescatar a su institutriz china.

La institutriz se salvó, pero la madre del hombre falleció en el incendio.

Le consultó a Anyu si podría diseñar un collar en honor a su madre. Había acudido personalmente a la tienda porque admiraba sus diseños. Su madre se llamaba Laura y él era Lawrence Kadoorie, propietario del famoso edificio Marble Hall e hijo de Horace Kadoorie, uno de sus antiguos clientes.

Anyu había descubierto que los Kadoorie eran una familia judía que se había trasladado a Shanghái hacía años.

Habían llegado sin nada y habían triunfado como empresarios, y eran conocidos por su generosa caridad hacia los pobres.

La conmovieron la heroica historia de la madre y el profundo vínculo entre ella y su hijo, y quiso crear un colgante para honrar ese amor especial, así como el espíritu resiliente de la familia como inmigrantes en Shanghái.

Para ella, las joyas no solo tenían valor por los diamantes y el oro que contenían, sino que también significaban mucho más: eran un símbolo de esperanza, una gema de recuerdos y un emblema de la convicción de eternidad.

Dos semanas más tarde, creó su tercer conjunto, Buen Amor: tenía una libélula con dos alas en tremblant , cuyas vetas estaban formadas por diamantes en forma de L, un zafiro cabujón para el tórax y un abdomen alargado elaborado con jadeíta rectangular engastada en oro.

Los ojos de Lawrence Kadoorie se iluminaron cuando ella le puso el colgante en las manos.

“Una libélula”, dijo sonriente. Como buen conocedor de la cultura china, sabía que la libélula, venerada por su capacidad para andar sobre el agua, desplazarse por la tierra y volar por el aire, se consideraba un amuleto de buena suerte, un augurio positivo y de prosperidad, y un símbolo de adaptabilidad.

Pero además, según la tradición, la libélula era la protectora de los niños y mensajera de los seres queridos que están en el mundo espiritual.

Cuando él la exhibió en una fiesta en su residencia, el Marble Hall, la ciudad estalló de emoción. Llovieron los elogios: “Una combinación perfecta entre la fantasía oriental y la estética occidental”.

“Una exquisita conjunción de oro y piedras preciosas”.

Buen Amor se convertiría en la línea de joyería más solicitada del año 1932.

Todo iba exactamente como ella había imaginado: sus creaciones llevaron a la Casa Mandelburg a la cima de la fama, y la marca, que había sufrido un revés tras su partida, recuperó su estatus icónico para convertirse en la más apreciada de la ciudad.

Esto era precisamente lo que ella quería para Isaac, para su familia. La familia de ella.

Entonces, una tarde de marzo de 1933, Samuel entró en la cocina, donde ella estaba fumando.

Tenía el pelo rubio peinado con esmero, con raya en medio, y los ojos grises intensos.

Esther le había contado que no había vuelto a jugar y, por lo que Anyu sabía, Samuel, a los veintisiete años, se había volcado de lleno al negocio familiar y trabajaba durante todo el día.

Por las noches salía y, cuando volvía, ella alcanzaba a oler un ligero aroma en sus trajes.

Pero Samuel no se mostraba del todo cordial con ella desde su regreso. A veces le creaba pequeños inconvenientes, acaparando las herramientas que ella necesitaba.

—¿Otra vez fumando? —le dijo.