La joyera china Capítulo 28
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Capítulo 28

Aún era temprano; la luz del amanecer se derra maba sobre los tejados grises como una capa de pintura nacarada.

Las calles estaban en silencio; aquí y allá, aparecía un hombre y luego desaparecía, un carruaje pasaba traqueteando y un rickshaw chirriante circulaba a toda velocidad.

Anyu pasó por delante de las tiendas con ventanas enrejadas, los balcones con sus jaulas de mimbre colgantes para pájaros y la acera húmeda por la lluvia de medianoche, y por primera vez se sintió como en casa en esa ciudad.

Le gustaba Shanghái incluso más que Harbin: Shanghái, con su yuxtaposición de miseria y sofisticación, su vanidad y su torpeza, su desnudez y su fingimiento.

Y le gustaba más aún a esa hora, el momento antes del despertar, el momento antes de que el mundo se desgarrara y se redibujara de nuevo.

Anyu giró hacia la calle donde se encontraba la tienda de los Mandelburg.

El sol estaba saliendo; a lo lejos, el local tenía el mismo aspecto que ella recordaba: modesto, enmascarado por la pálida niebla, encajado entre dos edificios de ladrillo rojo.

Cuando llegó frente a la tienda, alcanzó a ver la pintura descascarada alrededor del elegante letrero y los paquetes de cigarrillos vacíos que cubrían el suelo.

Se detuvo un momento antes de llamar a la puerta, recordando su llegada hacía más de cinco años.

Entonces tenía dieciséis años; era una niña asustada y solitaria, llena de dudas, y ahora tenía veintiuno: era una mujer herida y solitaria, sin más dudas.

Y estaba dispuesta a suplicar, a pedir perdón y a hacer lo que fuera necesario para volver a formar parte de la familia Mandelburg.

Anyu empujó la puerta.

La tienda estaba iluminada; las filas de joyas llenaban las vitrinas. Esther estaba limpiando el mostrador con un trapo. Levantó la vista, con sorpresa en los ojos, y se le extendió por el rostro una amplia sonrisa.

—¡Anyu!

Anyu le devolvió la sonrisa.

—Buenos días, Esther. Llegas temprano.

—Siempre soy la primera en llegar a la tienda.

Anyu cambió la maleta a la mano izquierda.

—Me enteré del robo. Estaba preocupada. Por eso he venido.

—Bueno, ya sabes que puedes venir cuando quieras.

Las palabras de su amiga eran más valiosas que el oro.

—¿Saben quién les robó? ¿Qué se han llevado?

—Algunos collares. El señor Du dice que lo está investigando. Dijo que era un insulto que alguien socavara su autoridad y robara en una tienda que está bajo su protección. Ya veremos.

Esther rodeó el mostrador en forma de L. Anyu se quedó sin aliento.

—¡Estás embarazada!

Esther sonrió y se acarició el vientre que abultaba bajo el vestido holgado.

—Estoy de siete meses. Pronto, muy pronto, nacerá mi bebé, pero trabajaré hasta que mi bebé me diga que pare.

Anyu no podía apartar los ojos de Esther; estaba preciosa. La mirada de los ojos grises, que antes era penetrante, se había suavizado; tenía el rostro radiante e incluso su voz sonaba melodiosa, sin ese tono afilado.

—Mi padre está en el taller. ¿Voy a buscarlo?

Anyu cambió la maleta a la mano derecha, cada vez más nerviosa.

—¿Por qué no entras? —Esther inclinó la cabeza señalando hacia la puerta del pasillo—. Estará encantado de verte.

Anyu aferró la maleta con las dos manos y entró en el pasillo. Estaba húmedo, oscuro y estrecho, como antes. Un aroma dulce flotaba en el aire. Una de las tías debía de estar cocinando arroz.

La puerta del taller estaba entreabierta; la empujó para entrar. Isaac, Samuel y el tío David estaban sentados en sus mesas de trabajo de joyeros, con sus herramientas en mano. Isaac estaba ocupado con una pieza de metal en la sierra de joyero.

Anyu entró. El olor a metal, polvo y productos químicos la recibió como a una vieja amiga. Dejó la maleta cerca de la puerta. Su mesa de trabajo seguía allí, con toda la superficie ocupada por la cinta métrica de metal, los martillos, las sierras de joyero y los alicates.

—Buenos días —dijo.

Todos se volvieron hacia ella. Hubo un momento de silencio, incómodo, a medida que se detenían el zumbido y el chirrido de las herramientas. Luego se oyó ruido, sillas que se arrastraban por el suelo, carraspeos y susurros. Sintió cómo el calor le subía a la cara y el corazón le latía con fuerza.

Isaac estaba frente a ella y ahora alcanzó a ver que tenía el brazo derecho en cabestrillo, con una venda de tela: era él, y no el tío David, quien estaba herido. Tenía otra venda en la frente y los labios hinchados, pero sus ojos sonreían.

—¿Por qué te quedas ahí parada? ¿No vas a tu mesa?

Esto era mejor de lo que había esperado.

—Sí —dijo, agradecida—. Voy a mi mesa.

—Bien. Si quieres ver los pedidos, ya sabes dónde están.

Aliviada, se dirigió a la pared que estaba cerca de la caja fuerte y echó un vistazo a la bolsa que contenía las hojas de los formularios de pedido. Solo había cinco. Tomó uno: era un pedido de un anillo.

—Quizá te interese saber que, tras el robo, padre ha decidido hacer cambios en el modelo de negocio. Se reducirá la cantidad de mercancía de la tienda. Hay pocos pedidos de clientes —dijo Samuel sosteniendo su regla.

—Ya veo —carraspeó—. Encontraremos nuevos clientes.

Se sentó en su taburete. El pedido era sencillo; no le llevaría mucho tiempo terminarlo.

Tomó la sierra de joyero. El mango de roble estaba frío, era suave y se ajustaba perfectamente a su mano, como antes.

Pero fue una tortura. Parecía que todo le llevaba más tiempo, incluyendo serrar, hacer un engaste y hasta pulir.

Se sentía torpe, tenía los dedos rígidos y las piezas de metal eran resbaladizas.

Cuando dejó el martillo para estirar los dedos, vio que habían pasado horas y que el tío David y Samuel se habían ido a almorzar.

Isaac se acercó a ella.

El corazón le latía cada vez más rápido; no podía evitarlo, ¡lo había echado tanto de menos! Pero se recompuso. No podía permitirse revivir viejas fantasías y penas. A partir de ahora, enterraría su amor y se centraría en su trabajo.

—Terminaré esto en unas horas. Estoy bastante oxidada.

—Ya volverás a controlarlo.

—Gracias.

—No puedo expresar lo feliz que estoy de tenerte de vuelta.

Anyu sonrió.

—Quiero empezar de nuevo.

—Ya veo. —Se dirigió a su mesa de trabajo, abrió un cajón y le entregó un anillo de oro: el anillo con la piedra lunar, el anillo de sello con el emblema del águila bicéfala.

—Entonces, necesitarás esto.

Ella lo sostuvo en la palma de la mano, temblando.

—El huevo es tuyo. Ha estado esperando tu regreso.

Ella no sabía qué decir, ahogada por las lágrimas. Él le deslizó el anillo en el dedo.

—Eres mi única sucesora y te amo más de lo que puedes imaginar. Pero la vida no siempre nos da lo que queremos, ¿verdad? Quizás en los buenos tiempos te des cuenta de que hay un amor que es silencioso, hay un amor que es eterno, que puede no verse, pero se siente.

Anyu quería llorar. No volvería a hablar de amor delante de él, pero no dejaría de amarlo.

—Quiero crear algo nuevo, algo único. Pero no tengo inspiración. No puedo dibujar.

—Dibuja lo que haya en tu corazón. Dibuja lo que la vida te ha mostrado a lo largo de tu camino. Sobre todo, dibuja las cosas buenas de la vida: tienes tu libertad.

Libertad.

Esa noche, Anyu se acostó en la cama que Esther le había preparado en el ático y escuchó los suaves ronquidos de las tías.

Esther, que ahora vivía con el señor Dearborn en su apartamento, ya no se quedaba allí por la noche; solo estaban las tías y ella.

Anyu palpó la suave piedra lunar del anillo de sello y desbloqueó el águila bicéfala que había debajo.

Recorrió con el dedo las cabezas, las alas, las garras.

Podía sentir el huevo cerca, esperándola; sí, lo visitaría pronto, muy pronto.

Era suyo, había dicho Isaac, ¿o era ella quien le pertenecía al huevo?

Sintió que su energía fluía al pensar en el adorno, en su arte y belleza superiores, revitalizada por la corriente de inspiración que ya la había nutrido una vez.

Volvió a pensar en las palabras de Isaac.

“Tienes tu libertad”. Quizás la libertad era saber que había cometido errores en el pasado, pero que podía hacer lo correcto en el futuro; la libertad era vivir la vida que deseaba, amar a ese hombre de la manera que necesitaba y crear joyas tal y como las imaginaba.

Saltó de la cama y bajó corriendo las escaleras hasta el taller. Estaba cerrado con llave. Volvió a subir veloz al ático, sacó el cuaderno de bocetos que Isaac le había devuelto y se sentó a la mesa del desayuno. A la luz de la lámpara, comenzó a dibujar un broche con forma de mariposa.

Por la mañana, cuando Isaac, Samuel y el tío David abrieron el taller, ella ya había terminado el dibujo y estaba lista para serrar.

Isaac estudió su dibujo, contó el número de piedras preciosas que necesitaba y contactó al señor Walters.

Después, Anyu comenzó a trabajar; utilizó oro de veinticuatro quilates en lugar de platino y lo estiró hasta dejarlo muy fino para las vetas de las alas de la mariposa; además, usó un diamante amarillo en forma de pera de 1,5 quilates para cada ala delantera y trasera, y dos diamantes amarillos de talla marquesa para el tórax y el abdomen.

Durante veinte horas seguidas, no habló ni durmió; cuando los párpados amenazaban con cerrársele, salía del taller, fumaba un cigarrillo tras otro en la cocina y volvía con energía renovada.

Cuando le dolía el estómago por el hambre, devoraba un huevo duro y un tazón de avena.

Quince días después, utilizando la técnica de fundición a la cera perdida, completó un conjunto: un collar, un anillo, un broche, un brazalete y un par de pendientes.

Isaac sostuvo el broche con los ojos llenos de asombro.

—Una mariposa.