La joyera china Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

Una tarde, se apoyaron en el alféizar de la ventana y observaron a los niños jugar con fuegos artificiales en la calle. Los vendedores habían cerrado sus puestos temprano y la calle era un parque infantil. Encendieron bengalas y se les iluminaron los rostros con la luz brillante.

—¿Por qué has venido, Confucio?

—No puedo mantenerme alejado.

Le gustaría que ella lo conociera como hombre, no como gánster, añadió Confucio.

Había nacido en una familia rica, con el futuro planeado para él, dijo.

Pero cuando su padre murió, su madre contrajo neumonía y agotó la riqueza de la familia con cada cuenco de hierbas.

De joven, había conseguido una beca de estudios en la universidad, pero un magistrado sobornó a la institución y la beca se le concedió al hijo de ese magistrado.

Cuando Confucio protestó, lo expulsaron por desobediencia.

Desde entonces, no había conseguido un trabajo decente.

No era un hombre valiente ni un buen gánster que cometiera delitos como si fuera su vocación.

Su lema era “Es mejor ser un cobarde vivo que un temerario muerto”.

En el fondo, se sentía culpable por robar el dinero o las posesiones de la gente, y cada noche, antes de acostarse, juraba dejarlo, pero esos juramentos se disolvían tan rápido como el rocío de la mañana al salir el sol.

—Lo único que puedo decir es que la vida es un ladrón que disfruta mostrando sus juegos de manos. La mayoría de nosotros somos jugadores incompetentes y la mayoría somos perdedores. Pero aquí estamos, en la mesa de juego; más vale que finjamos ganar y nos divirtamos, ¿no crees? —dijo Confucio.

Ella lo pensó. ¿Quién hubiera pensado que acabaría en un apartamento lúgubre como le había ocurrido a su madre?

—Pero tú sigues siendo un gánster.

—Si lo piensas bien, tú eres más gánster que yo —dijo él.

—¿Por qué?

—Porque tienes nueve dedos.

Levantó la mano. El muñón, donde antes estaba el meñique, parecía un dátil arrugado. Aún recordaba el impacto y el dolor cuando la bala le había atravesado el dedo.

—Si no fuera por ti, habría muerto.

—Sin duda. Pero nunca te habría dejado morir.

Ella no dijo nada. Confucio era amable con ella, pero quizás estuviera equivocada también esta vez. En la calle, más niños salían corriendo y gritando de los edificios, con bengalas en las manos; siguió con la mirada a esos pequeños duendecillos que le recordaban al hijo que había perdido.

—Esos mocosos —dijo él—. Quiero tener diez como ellos.

Ella se volvió hacia él.

—Supongo que todavía quieres casarte —dijo él.

—Sí, dentro de cincuenta años.

—Allí estaré.

Ella lo besó profundamente. ¿Y si se estaba jugando todo por nada? Se arriesgaría. Y algún día le hablaría a Confucio sobre el hijo que había perdido.

Hicieron planes: él la llevaría a visitar a su madre, que vivía en una modesta habitación en el distrito de Hong Kou, y cuando se venciera el acuerdo de alquiler de su apartamento, Anyu podría elegir entre vivir con ellos o buscar otro lugar.

Anyu sintió ganas de sonreír. ¿Tendría una vida doméstica normal, con familiares y un hogar?

—Espero que encuentres algo decente que hacer —dijo ella.

Confucio vaciló.

—Mañana haré un último trabajo y, después, lo dejaré.

Pero al día siguiente, Confucio no apareció.

Preocupada, Anyu lo buscó. Restaurantes.

Casas de juego. Fumaderos de opio. Incluso en un burdel.

Fuera de una casa de juego, encontró a su amigo Yong, con la cara ensangrentada.

El pobre hombre tenía las rótulas destrozadas y las costillas rotas.

Había habido una pelea entre bandas y la policía los había arrestado. Confucio había huido.

Anyu rogó que estuviera ileso, escondido en algún lugar seguro y cuidándose. Y cuando llegara el momento, él la encontraría y volverían a estar juntos. O quizá no. Quizá no estaban destinados el uno para el otro.

Las otras joyerías chinas también se negaron a ofrecerle trabajo, alegando que la había formado un extranjero, y las únicas opciones de empleo que le quedaban eran como criada o lavandera.

Anyu no podía creer que ese fuera a ser su destino.

A menudo pensaba en Isaac, al que seguía queriendo.

Y en el huevo. Y en Esther: “Siempre serás parte de la familia Mandelburg”. ¿Debería volver?

Se miró los dedos; tenía las yemas redondas y lisas, ya que llevaba casi un año sin tocar herramientas. Echaba de menos la joyería: la alegría de diseñar, serrar una placa de oro y ver cómo un trozo de metal se transformaba en sus manos. Ojalá alguien le diera otra oportunidad de ser joyera.

Un día de junio, pasó por delante de un quiosco.

Echó un vistazo al North China Daily News y se detuvo.

En la parte inferior, en letras grandes, aparecía la noticia: una joyería rusa había sido robada.

El anciano propietario, que se había defendido con uñas y dientes, había resultado herido; el ladrón había escapado.

Era la tienda de Isaac.

Anyu estaba preocupada. ¿Estaba herido el tío David?

¿E Isaac? Quería saber cómo estaban y cuánto habían perdido y, sobre todo, quería disculparse con Isaac por su terquedad.

Había cometido el error de dejarlo. Debía respetar su deseo: él no podía casarse con ella, y eso estaba bien. Ella solo quería ser joyera.

Al día siguiente, al amanecer, Anyu se levantó de la cama. Tomó su maleta, que contenía sus pocas pertenencias, y salió del apartamento. En la calle, comenzó a caminar mirando hacia delante, hacia el único lugar al que quería ir, el único lugar al que realmente pertenecía.