La joyera china Capítulo 26
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Capítulo 26

Nueve días después, Anyu fue dada de alta del hos pital.

Su amah fue a buscarla; el señor Bellefeuille estaba ocupado con una nueva línea de joyería que estaba a punto de salir al mercado, murmuró.

Anyu se puso un vestido negro de manga larga, un pañuelo de seda y un abrigo negro, y salió cojeando por el pasillo del hospital.

Fuera, el cielo era un rostro pálido salpicado de nubes con forma de lágrimas colosales; el viento se le metió en la garganta y casi la ahoga.

Se cubrió la boca con la mano enguantada y bajó las escaleras hasta la calle, donde las esperaba un taxi.

En el coche, Anyu tenía muchas preguntas para hacerle a la amah , pero decidió no formularle ninguna.

Se daba cuenta de que su sirvienta sabía lo del té de hierbas, pero no le iba a pedir que rindiera cuentas.

La anciana solo había hecho lo que le habían ordenado.

¡Pero Bellefeuille…! La había drogado y le había provocado un aborto; la había engañado y le había mentido durante todos esos meses y no había tenido el valor de enfrentarse a ella.

Cuando lo viera en casa, se enfrentaría a él y no lo perdonaría.

Miró por la ventana. Por milésima vez, pensó en la vida que había concebido. ¿Era un niño o una niña? Nunca lo sabría.

El taxi se detuvo. Anyu se aferró a la puerta y salió lentamente para amortiguar el dolor que le atravesaba el abdomen.

Entonces, parpadeó. Frente a ella no estaba la gran mansión de Bellefeuille, sino un edificio de apartamentos de tres pisos, con el yeso descascarado y las ventanas oxidadas.

Y ella estaba parada en una calle estrecha y llena de baches, no en la avenida arbolada.

Estaba tan preocupada que ni siquiera se había fijado en la dirección durante el trayecto hasta allí.

Se volvió hacia la amah .

La mujer se quedó mirando fijamente su delantal de encaje negro. Le dijo que era una residencia temporal que el señor Bellefeuille había encontrado para ella.

Fue entonces cuando Anyu se fijó en la maleta negra que llevaba su sirvienta.

Se dio cuenta de que, después de todo, no tendría que enfrentarse a él.

Bellefeuille, que la había convencido para que se casara con él, la había seducido con sus palabras melosas y sus vestidos de seda, que la había mantenido en su casa palaciega y la había hecho abortar, se había dado cuenta de que Anyu ya no le era de utilidad y la había echado.

La amah la condujo a una escalera de piedra.

Anyu pasó tambaleándose junto a un grupo de mujeres que lavaban ropa en un barreño y subió; sentía un dolor agudo en el estómago cada vez que subía un escalón.

Al llegar al segundo piso, entró en un apartamento de una sola habitación con muebles sencillos.

La amah dejó la maleta a sus pies, murmuró que el alquiler estaba pagado por adelantado por seis meses, le deslizó unas monedas en la mano y se marchó.

Anyu se sentó en el borde de la cama. Poco a poco, los ojos se le acostumbraron a la penumbra de la habitación: vio el suelo de madera agrietado, las paredes cubiertas de hollín y una cuerda que colgaba de una bombilla y le rozaba el hombro, como una horca.

La miró fijamente, temblando. “¡Madre! ¡Ay, Madre!”.

Cuando era niña, pensaba que su madre era ingenua, estúpida, por haberse convertido en el juguete de un hombre.

Nunca había pensado que seguiría sus pasos.

Pero allí estaba, sola, usada, marcada, desdichada, en un apartamento lúgubre, igual que su madre, y peor aún: no tenía medios para mantener a un hijo ni un hogar para sí misma.

¿Qué habría dicho su madre si hubiera estado allí?

Tenía veintiún años, pero era una tonta.

Durante seis meses y trece días, había vivido con un hombre que ella creía que la amaba.

Había tenido algunas reservas sobre él desde el momento en que se conocieron, pero aun así se había dejado llevar por él y se había enamorado.

¿Cómo no se había dado cuenta de lo resbaladiza y fría que era su mente, un terreno traicionero y helado?

Anyu se despertó sobresaltada. Se incorporó, confundida.

Tenía la cara húmeda y el pelo empapado de lágrimas.

Sin saber cómo, se había quedado dormida.

Le dolía la cabeza y se sentía peor que antes.

La habitación estaba a oscuras; se oía el sonido del agua corriente en la planta baja y alguien tenía un ataque de tos.

Nunca había sentido tanto frío. Se frotó los brazos y abrió la maleta que le había dejado la amah .

Dentro había vestidos de noche, zapatos, sombreros y algunas joyas, entre ellas el broche de mariposa de Belperron.

No había mantas. Se envolvió en cinco vestidos, pero seguía temblando.

Alguien llamó a la puerta. ¿Bellefeuille? Si era él, le daría un portazo en las narices y le diría que se largara. No había nada que pudiera decirle a ese hombre que no contuviera odio, odio, odio. En un movimiento que le provocó un dolor agudo en todo el cuerpo, abrió la puerta de un tirón.

En el pasillo, un anciano que sostenía un erhu , un instrumento musical de dos cuerdas, estaba delante de la puerta del apartamento vecino; se volvió hacia ella.

Anyu respiró con dificultad sin saber qué hacer.

Después, inspiró profundamente y se dirigió hacia el rellano.

En lo alto de la escalera, miró hacia abajo.

Los músculos del abdomen gritaban de dolor y le temblaban las piernas.

Se obligó a dar otro paso, y luego otro, hasta llegar a la acera rota y llena de basura.

En la calle, tuvo que detenerse para recuperar el aliento.

Hacía frío, el aire invernal era pálido como la salmuera.

Lentamente, sin pensar adónde iba, avanzó arrastrando los pies por la calle, pasando junto a los barberos que tenían tijeras en la mano, los limpiadores de cerumen con sus finas cucharas de metal, los casamenteros que blandían carteles con signos del Zodíaco y los adivinos que hacían sonar tablillas de bambú.

Oyó a los cocheros que le gritaban, la empujaron los ejecutivos con gafas, la escupieron los ancianos con mala vista y flemas, y la detuvieron jóvenes sonrientes que hacían girar cuchillos en las manos.

Ella no los veía; seguía arrastrando los pies.

¿Cómo era posible sentirse tan sola rodeada de gente?

Debió de haber caminado durante horas cuando se dio cuenta de que estaba de nuevo frente a su apartamento.

En cuanto apoyó la cabeza en la cama, se quedó dormida.

Durante los días siguientes, se levantaba cuando las calles se volvían ruidosas, comía unos bizcochos que había encontrado en la maleta y caminaba y caminaba hasta que oscurecía.

Se dio cuenta de que eso era lo que haría: caminaría hasta que cada lágrima de su desgracia la abandonara, hasta que su alma encontrara la paz.

Con el dolor incrustado en el abdomen, pasaba pesadamente por delante de las tiendas repletas de clientes, los bares llenos de humo y los rascacielos art déco cerca del Bund.

Vio a mujeres jóvenes a la moda con sombreros de piel o estilo cloche , chicas que llevaban vestidos con aberturas hasta los muslos, prostitutas que fumaban cigarrillos junto a los altos muros de las fortalezas que rodeaban la Ciudad Vieja.

Vio peleterías, boutiques de ropa, tiendas de automóviles, ferreterías, tiendas que vendían jabón, grandes almacenes, templos, herboristerías, burdeles, fumaderos de opio y joyerías.

Una vez, se detuvo ante una tienda que le pertenecía a Bellefeuille y observó el interior.

Todas las joyas, todos los hermosos broches de oro a la venta, todas las flores de oro que él había elaborado. No podía permitirse mirarlas.

No recordaba cuántos días había caminado por la ciudad, pero pronto dejó de padecer dolor en el vientre.

Se sintió más saludable, se le fortalecieron los músculos de las piernas y podía caminar desde el amanecer hasta el atardecer sin fatigarse.

También perdió parte de su belleza por estar al sol; tenía manchitas oscuras como semillas de sésamo esparcidas por los pómulos y la piel se le puso áspera como una cáscara de maní.

Posaba la mirada en muchas personas: las madres que llevaban de la mano a sus hijos, las parejas jóvenes que compartían un plato en mesas cuadradas, los actores de rostros pintados que cantaban ópera tradicional de Pekín ante un pequeño grupo de personas en la plaza.

Los envidiaba a todos; envidiaba su compañía, autoindulgencia y dedicación.

Deseaba no estar sola. Entonces, se dio cuenta de que a ella también la habían amado: Madre, que había muerto buscando comida para ella, y Confucio e Isaac, que también la habían cuidado.

Sin embargo, ¿qué había hecho ella por ellos?

Había sido caprichosa y había tratado a su madre con frialdad, y había alejado a Confucio e Isaac cuando no consiguió de ellos lo que quería.

Se dio cuenta de que no era una buena persona; había sido obstinada, egoísta e ingrata.

¿Y Pierre Bellefeuille? Quizás él era su castigo.

Un día, llegó a una zona de muros derribados y casas en ruinas. Ladrillos, vigas y muebles se amontonaban en las calles; la gente cocinaba arroz en un rincón bajo un techo derruido.

Anyu no sabía qué había sucedido en esa zona. ¿Una inundación? ¿Un incendio? Pero allí estaban esas personas, después de la destrucción, después de haber perdido sus hogares, reconstruyendo su vida.

Esa noche, cuando volvió a su apartamento, tomó las pocas monedas que le había dado la amah y compró un plato de sopa wonton en la calle.

Sentada en un banco, saboreó cada gota de la sopa, abundante en carne picada y con fragante aroma a cebollín.

Era su comida favorita y había olvidado lo deliciosa que era.

En el apartamento, abrió la maleta: el pequeño bolso que había comprado en unos grandes almacenes, los sombreros redondos estilo pillbox , los vestidos de Chanel, el vaporoso vestido rosa que Bellefeuille había elegido para ella y el broche de mariposa de Belperron.

Acarició la seda suave, pensando en aquellos días de extravagancia, aquellas veladas de champán en las que había lucido vestidos que no eran suyos e imaginado la boda que no estaba destinada a ocurrir, y supo que, mientras viviera, lloraría por el hijo que podría haber sido suyo.

Era hora de olvidarlo todo: las cicatrices, las fantasías y el pasado disperso.

Llevó los vestidos, los sombreros y el broche de mariposa de Belperron a una tienda y lo empeñó todo.