La joyera china Capítulo 25
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Capítulo 25

Bellefeuille celebraba una fiesta en la mansión.

— Ma chérie —la saludó con la mano cuando ella entró en el salón de baile—. Ven a conocer al estimado señor Moller, propietario de una empresa naviera que controla los barcos y astilleros de la costa este de China, presidente del Club Hípico de Shanghái, y a su hija, la señorita Irena.

Anyu sonrió y se acercó a ellos. De camino a casa, había estado pensando.

Tenía que empezar su vida con Pierre de alguna manera.

Era un hombre generoso, carismático, rico, y la amaba.

La boda se realizaría en dos meses; pronto sería su esposa y estaba dispuesta a desempeñar ese papel.

Socializar con los clientes era una obligación inevitable, aunque ya no deseara ser joyera.

—Encantada de conocerlos.

El padre y la hija eran el reflejo el uno del otro; estaban hombro con hombro, a la misma altura; tenían el mismo cabello color ónix brillante y lustroso, y ambos llevaban gafas con montura dorada.

Parecía que se querían profundamente, un dúo sólido de padre e hija, abrazados, que charlaban sobre un espectáculo acrobático que habían visto en el centro de atracciones Great World, ajenos a Bellefeuille, a ella y a las personas que los rodeaban.

De vez en cuando, se inclinaban y se daban un beso en la mejilla.

Bellefeuille le guiñó un ojo.

—El señor Moller es un padre cariñoso. Quiere hacerle un regalo a su hija por su decimoctavo cumpleaños. Un regalo extraordinario para esta ocasión tan especial. Naturalmente, pensó en ti. ¿Qué te parece?

No podía creer que Bellefeuille la pusiera en ese aprieto. ¿Acaso no lo habían hablado?

—Yo…

—Un conjunto —dijo el señor Moller—. Me gustaría un collar, unos pendientes, un broche y un anillo para mi preciosa hija. Debe tener al menos dieciocho diamantes de talla rosa y dieciocho tipos de piedras preciosas para celebrar su decimoctavo cumpleaños.

—¡Dieciocho diamantes! —exclamó Bellefeuille.

—No se preocupe por el precio. ¿Tiene algún diseño en mente? Estoy ansioso por verlo. —Moller besó a su hija en la mejilla. La hija se rio y le devolvió el beso.

—Por supuesto. Será un honor para Anyu diseñar un regalo tan exclusivo para su hija.

Moller se rio. Para empezar, dijo, estaría encantado de hacer un depósito de mil dólares. Bellefeuille asintió y le aseguró que se crearía el regalo de cumpleaños más bonito para su hija.

Anyu lo llevó aparte.

—Pierre, ya hemos hablado de esto. Juré no volver a diseñar ni fabricar joyas. No puedo diseñar un regalo de cumpleaños para la hija del señor Moller.

—¿Podrías hacer una excepción? Solo una. Son mil dólares, solo el depósito. ¡Y habrá más!

—No puedo.

—¿Vas a rechazar un encargo tan lucrativo?

—¿No podrías darle este encargo a alguien de tu tienda?

—El señor Moller solicitó específicamente que fueras tú quien diseñara el regalo. No puedo echarme atrás.

—Pero yo no he aceptado.

—Tienes que ayudarme, ma chérie. ¡Eres la joyera más famosa de esta ciudad!

Anyu se dio cuenta de que esa era la verdadera razón por la que le había pedido matrimonio: quería utilizarla para su negocio.

—Pierre, escúchame. No puedo aceptar el encargo.

Él le dio la espalda y se puso a charlar con sus invitados. Durante el resto de la velada, estuvo de mal humor y no le dirigió la palabra.

Pero a la noche siguiente, cuando entró en el dormitorio, estaba radiante de alegría.

—He encontrado una solución perfecta, ma chérie : una solución lógica desde el punto de vista comercial y que, a la vez, respeta tus deseos.

Ella dejó la revista de moda que estaba leyendo.

—¿Cuál es?

—Haré que uno de mis joyeros diseñe el regalo para la hija del señor Moller y le diré que es una creación tuya. Puedes echarle un vistazo si quieres, pero no tienes que mover ni un dedo.

Ella se incorporó.

—No puedes hacer eso. Es deshonesto.

—¿Deshonesto?

—Simplemente no puedo permitir que otras personas firmen con mi nombre joyas que yo no he creado.

—Ah, entonces ¿no las diseñarás tú y tampoco permitirás que las diseñen otros? No seas egoísta.

—No soy egoísta. Es mi nombre el que quieres usar. —Su nombre, su reputación.

—¿Y rechazarías una gran comisión de un empresario de renombre?

Se retiró, furioso.

Bellefeuille estuvo de mal humor durante los días siguientes. Se quejó de la comida y le arrojó la bandeja a la cara a la amah . Contó que, finalmente, el señor Moller había encargado el regalo a la Casa Clemente.

Anyu se sintió mal por haberle hecho perder el encargo e intentó consolarlo.

Con un camisón de Chanel y sin nada debajo, lo esperó, hojeando revistas de moda y sirviéndose vino en una copa, ya que a Bellefeuille le gustaba beber antes de acostarse.

Pero él no fue al dormitorio ese día, ni al siguiente.

Anyu llamó por teléfono al Club Shanghái, que Bellefeuille solía frecuentar. El hombre que atendió el teléfono colgó cuando oyó su voz. Durante un mes, Bellefeuille no se acercó a su cama.

Ante las insistentes preguntas de Anyu, su amah le susurró, retorciéndose las manos y con la respiración entrecortada, que Bellefeuille había llevado a otra mujer a la casa y dormía en la habitación de invitados.

Atónita, Anyu salió al pasillo. Alcanzó a oír la risa de una mujer y las exclamaciones de Bellefeuille desde dentro; Anyu escuchó, temblando y con los puños apretados.

Con un cigarrillo en la mano, buscó la maleta que había llevado a su dormitorio al llegar a la casa, pero su amah le dijo que Bellefeuille la había arrojado a la basura, junto con todo su contenido, hacía mucho tiempo.

Tampoco encontró sus ahorros. Metió todo lo que pudo en una maleta que le dio la amah , apagó el cigarrillo en el cenicero de porcelana y salió de la habitación.

Su amah se frotaba las manos en la puerta y le preguntaba con la mirada: “¿Adónde irás?”.

Ella dudó. Después de todos esos meses, se enfrentaba de nuevo a una pregunta para la que no tenía respuesta. No tenía hogar, ni dinero, ni nadie a quien recurrir.

Temblando, Anyu dejó caer la maleta.

Le vino bien que Bellefeuille no se acostara con ella durante los días siguientes.

Cuando oía el motor del coche, se asomaba al patio interior y miraba desde la ventana para ver a la pareja que ahora era inseparable: la nueva amante de Bellefeuille, con una estola negra de marta cibelina y un sombrero que parecía una caja.

Anyu recordaba haberla visto en alguna fiesta: era la señorita Lucy.

Unos días más tarde, Anyu se despertó con náuseas. En el baño, vomitó; cuando llamó a la amah , se dio cuenta de que no le había bajado la regla. Tras calcular los días, descubrió que había concebido hacía unos dos meses.

Se desplomó en la silla de respaldo alto; sintió frío.

Tenía veintiún años; nunca había considerado la posibilidad de ser madre ni la idea de concebir un hijo con Bellefeuille, especialmente en el momento en que se habían distanciado.

A él no le gustaría. ¿O tal vez sí? ¿Quizás esto renovaría su interés en ella y haría que volviera a amarla?

Se sintió cansada, abrumada por una ola de letargo.

Cuando cerró los ojos, dormitó; entraba y salía de un sueño en el que vagaba en medio de una tormenta de nieve.

Sentía a su lado a su madre, que la llamaba por su nombre y le preguntaba qué le pasaba y si había vuelto a hacer enfadar al casero.

Pero no podía verla. Se giraba, buscaba, extendía la mano hacia ella, pero lo único que veía eran copos de nieve.

Anyu se despertó con la imagen de Madre vívida en su mente. ¿Era esa una señal de que la castigaría? ¿O una pista de que Bellefeuille querría a esa criatura?

Pensó que le gustaría ser madre y tener a alguien a quien cuidar.

Podría cantarle una nana al pequeño, llevarlo a pasear por el jardín, cargarlo a caballito y enseñarle a dibujar, a hacer un anillo o un collar.

Y le contaría, en voz baja, la belleza del huevo imperial de Fabergé que había cambiado su vida.

Se envolvió en una bata de piel y sonrió. Se preguntó cómo sería su bebé. ¿Sería un niño? ¿Una niña? ¿Tendría talento para el dibujo?

Dos días más tarde, por fin se encontró en el comedor con Bellefeuille; vestido con su pijama de seda ahumada y de mal humor, reprendía a los sirvientes porque el café estaba tibio.

—Pierre, ¿dónde estuviste? Te he estado esperando. Tengo algo emocionante que contarte. —Le tomó la mano y la apoyó sobre su vientre.

Él miró primero el vientre y luego el rostro de Anyu. Le brillaron los ojos bajo la luz de la lámpara de araña.

—¿Qué pasa, ma chérie ?

—Tengo buenas noticias. Estoy embarazada.

Él se levantó y fue a servirse un whisky. Después, se bebió el vaso de un trago. Durante un largo rato, caminó de un lado a otro delante del reloj de bronce dorado.

Anyu odiaba tener razón: a él no le importaba. Pero ella ya lo había decidido. El bebé era suyo y ella se haría cargo de él, aunque tuviera que nacer fuera del matrimonio.

—Me voy a la cama.

Más tarde, llegó Bellefeuille. Parecía que había bebido demasiado, pero hablaba con claridad.

Estaba encantado con su embarazo y esperaba que se mantuviera en forma para la inminente ceremonia nupcial.

Le sugirió que siguiera una dieta saludable rica en carne y queso en todas las comidas, y dijo que ya había concertado una cita con un médico para que la examinara.

El médico llegó al día siguiente, la felicitó y le recetó unas píldoras para garantizar un embarazo fácil.

Bellefeuille sonreía mientras paseaba con ella por el jardín, salpicando la conversación con planes y promesas.

Una vez que ella diera a luz, él planearía un viaje a Francia para presentarla a su familia, y el niño se criaría en París.

¿Ella estaría de acuerdo en mudarse?, le preguntó.

Anyu asintió. Era una decisión fácil: iría a dondequiera que su hijo la necesitara.

Dos días después, Anyu se vio atormentada por un dolor de cabeza insoportable. El médico le recetó una infusión de hierbas, un cuenco de líquido color ámbar que desprendía un fuerte olor a ginseng y anís estrellado.

—¿Esto le hará daño a mi bebé? —preguntó ella mirando el cuenco con desconfianza.

—Es para la salud del feto —respondió el médico.

Se lo bebió todo. Bebería cualquier cosa por la salud de su hijo.

Para su consternación, se sintió peor a medida que pasaban los días. Le latía la cabeza, sentía el pecho como aplastado por un ladrillo y estaba demasiado débil para levantarse de la cama. Un día, se despertó empapada en sudor y se dio cuenta de que estaba sangrando.

La amah volvió a llamar al médico. Este dijo que solo se trataba de molestias leves debidas al embarazo y le recomendó que siguiera bebiendo la infusión de hierbas y guardara reposo.

Pero dos días después, Anyu comenzó a sangrar profusamente y notó que su cuerpo expulsaba trozos de carne o membrana. Un dolor intenso le atravesó el abdomen y la sangre empapó toda la cama.

Debió de desmayarse, porque cuando volvió en sí, estaba tumbada en una camilla estrecha en un hospital; los ecos de gemidos y chillidos resonaban en el pasillo.

Bellefeuille estaba a su lado y le dijo que se cuidara y que no se preocupara por nada más; después, una monja católica con un hábito negro y una cruz dijo: “Opio, opio”, y otra monja dijo “Pobre niña, pobre niña”, como si fuera una oración.

Después, el dolor desapareció.

Los días se desplegaban en una espiral interminable de fuego y agonía, las noches eran un mar sin estrellas ni madre.

Les dio la espalda a las monjas católicas que le ofrecían pizcas de opio para aliviar el dolor; se sentía incapaz de abrir la boca para hablar, porque si lo hacía, gritaría y lloraría.

Se cubrió la cabeza con la manta de algodón e hizo el duelo por la vida no nacida, perdida antes de que tuviera la oportunidad de prosperar.

Ella había deseado esa vida que la convertiría en alguien, la vida que le daría una familia, la vida que marcaría la diferencia para ella.

Habría luchado por ello y habría cambiado todo su mundo para protegerla, tal y como su madre había hecho por ella.

¿Había pedido demasiado? ¿Qué había hecho mal para merecer esa desesperación?

Se oyó la voz de Bellefeuille y ella bajó la manta; lo añoraba. La habitación estaba a oscuras, olía a alcohol, humo y colonia, y ella estaba sola. No sabía si estaba alucinando o si Bellefeuille estaba cerca.

—¿Cuántos días necesitará para recuperarse? Lleva aquí dos semanas. —Era la voz de Bellefeuille de nuevo: estaba al otro lado de la pared, fuera de la habitación. La puerta estaba entreabierta y la voz se colaba a través de ella.

—Una semana más como mucho.

Era la voz de un hombre, pero ella no sabía de quién.

—¿Cuánto le diste?

—Un cuenco por la noche y otro por la mañana, tal y como usted me indicó, monsieur.

—¿Seguro que no le diste demasiado? ¿Por qué está tan enferma?

—Es posible que su cuerpo haya tenido una reacción adversa a la hierba, monsieur.

—Asegúrate de que sobreviva. No quiero que muera.

—Dele tiempo. Aún es joven. Se recuperará.

Hubo un silencio.

—¿Lo sabe?

—Lo dudo.

—Bien. No debe enterarse nunca. No tengo intención de criar a un bastardo medio chino.

Anyu se estremeció. Miró el cuenco que contenía la infusión de hierbas, la infusión que, según le habían dicho, fortalecía su cuerpo, la infusión que su amah le había dado todos los días desde que le revelara su embarazo a Bellefeuille. Todos esos días la había bebido sin sospechar nada.

Temblando, levantó el cuenco y lo lanzó contra la pared.