La joyera china Capítulo 24
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Capítulo 24

Entonces, una tarde de noviembre, su amah le dijo que un hombre llamado Isaac Mandelburg quería hablar con ella fuera de la mansión.

A Anyu le dio un vuelco el corazón. Por fin.

Era un día soleado, algo poco habitual. El aire otoñal era fresco y resplandecía con la luz dorada del sol que se filtraba a través de las copas de los plátanos de la calle; las hojas caían lentamente.

Fuera de la mansión, cerca de un árbol imponente, estaba Isaac, vestido con su habitual camisa, pantalones negros y sombrero fedora, con la cabeza gacha y tocándose el sombrero con la mano, como para asegurarse de que no se lo había olvidado.

Corrió hacia él. Isaac se arrepentía de haberla rechazado; le pediría que volviera con él. Si le pedía matrimonio, ella dejaría a Bellefeuille en ese mismo instante.

—Isaac —dijo ella. “Isaac. Isaac”.

Él levantó la cabeza. Estaba más delgado.

Alrededor de la barbilla se le extendía una barba incipiente, y una pizca de agotamiento le marcaba el rostro tenso; algo le nublaba los ojos, una sombra inquietante.

Sacó un pañuelo, tosió dentro y luego lo dobló con el cuidado que ella le había visto tener a menudo en el taller.

Se le ablandó el corazón. Él había sufrido de verdad.

Qué tontos habían sido al atormentarse mutuamente.

Tantos meses de preocupación, ansiedad y dudas.

—¡Oh, mírate! Preciosa como una princesa. —Señaló el vestido rosa de tafetán con un lazo, el sombrero a juego con encaje.

Anyu sonrió.

—Me alegra mucho que hayas venido.

—Tenía intención de visitarte, pero oí que estabas muy ocupada con las fiestas. Espero que te vaya bien.

—No podría estar mejor.

Isaac asintió con la cabeza, como si se hubiera quedado sin palabras.

—¿Cómo está Esther?

Isaac le dijo que estaba bien, trabajando en la tienda.

—¿Y Samuel, el tío David y las tías? —Efectivamente, ella también había pensado en ellos.

—También están bien. —El tío David había sufrido una caída en la que se lesionó el tobillo; Samuel pasaba tiempo en el taller cuando quería; las tías habían tenido un resfriado en verano, pero se habían recuperado, dijo Isaac, y luego sacó un sobre de su bolsillo—.

Olvidé mencionar que Esther se va a casar con el señor Dearborn.

Quiso que te diera esta invitación. Espera que asistas a su boda. Significaría mucho para ella.

—Por supuesto que iré. —Anyu se la guardó en el bolsillo—. Me alegro por ella. Se merecen el uno al otro.

Isaac asintió con la cabeza y fijó la vista en un edificio de estilo europeo que estaba al otro lado de la calle, con contraventanas de madera moradas y un balcón de hierro forjado negro, donde había una maceta con flores rosas a la sombra. De nuevo, silencio.

¿Por qué Isaac no le pedía que dejara a Bellefeuille? ¿Por qué no le decía que quería que volviera?

Isaac carraspeó.

—Quizá sea egoísta de mi parte pedirte esto, Anyu, pero me pregunto si querrías volver a nuestra tienda.

Hemos perdido el apoyo del señor Walters desde que nos dejaste, y el costo de comprar diamantes y gemas a otros proveedores es elevado.

Además, hemos tenido que devolverles el dinero a algunos clientes que perdieron interés en nosotros.

No podemos llevar adelante la tienda sin ti.

—¿Como tu sucesora?

—Sí.

Se le encogió el corazón. Se quedó mirando un montón de hojas caídas a sus pies, una mezcla de naranja, dorado, carmesí y caléndula, los colores de las piedras preciosas: el ámbar, las piedras lunares y el topacio.

Recordó cuando leía los elementos distintivos descritos en el cuaderno de Isaac y los consejos sobre cómo identificarlas por su color, brillo, dureza, propiedades ópticas y dispersión.

—No te casarás conmigo, ¿verdad? Eliges a la señora Brown.

—La señora Brown y yo tenemos una relación, sí. Es una relación que honro y por la que me siento agradecido. Pero no tendremos el privilegio de celebrar nuestro santo matrimonio. Ella no lo desea.

—Entonces, ¿por qué no me eliges a mí?

—Créeme, ojalá pudiera —dijo con voz ronca—. Desde que llegaste, he querido cuidar de ti y deseo darte todo lo que tengo: verte crecer y triunfar, y cuidar de ti. Te quiero, por supuesto, Dios sabe cuánto te quiero.

El corazón de Anyu dio un salto de alegría.

—Pero solo en otro mundo, en otra vida, recibiría la bendición de tenerte como esposa.

—¿Por qué?

—Soy un hombre sencillo, hijo de un joyero, soy padre.

Vengo de una familia tradicional; tengo unos principios que considero sagrados, que definen quiénes somos y qué tipo de vida llevamos.

Y soy veinticinco años mayor que tú. Eres más joven que mi hijo y mi hija.

Como judío sujeto a la Halajá , no se me permite casarme con una no judía.

—No me importa la ley religiosa, Isaac.

Él sonrió con sequedad.

—Ahí está. Esa es otra cosa que me encanta de ti: tu ardiente determinación, tu idea de vivir la vida sin ataduras. Y haces que parezca sencillo, admirable. Me dejas sin palabras, Anyu. Ojalá fuera veinte años más joven y hubiera nacido en este país, para así tener el privilegio de pedir tu mano.

Hubiera sido mejor que le dijera que no la amaba; ¿qué iba a hacer ella con el hecho de que nunca podrían estar juntos a pesar de su afecto?

—Siempre te amaré, Anyu.

Odiaba esa actitud tranquila y su seguridad. Levantó la barbilla.

—Está bien. Me voy a casar con Pierre Bellefeuille.

—Supongo que lo conoces lo suficientemente bien.

—Eso no es asunto tuyo.

—Quizá sepas, Anyu, que los franceses rara vez se casan con mujeres chinas en Shanghái.

¿Cómo se atrevía a menospreciarla? ¿A insinuar que era ingenua y que sería un juguete en manos de Bellefeuille?

Ella no era un juguete; sabía lo que hacía.

Pierre Bellefeuille había coqueteado con otras mujeres; al fin y al cabo, era un soltero muy popular en Shanghái, pero la amaba, la mimaba con vestidos y joyas y había organizado una lujosa fiesta de compromiso para presumir de ella como su prometida.

Isaac no quería casarse con ella y quería destruir su relación con el hombre que le daría un futuro.

No permitiría que Isaac arruinara su felicidad.

—No quiero volver a verte, Isaac Mandelburg.

Él suspiró.

—Toma. —Anyu se quitó el anillo de sello y se lo lanzó a las manos.

Él se quedó rígido, como si le hubieran dado un fuerte golpe, inmóvil.

—Rechazo ser tu sucesora. Puedes quedarte con tu huevo de Fabergé. Ya no me interesa. A partir de ahora, no tengo nada que ver contigo.

—Espera, Anyu. ¿Seguirás diseñando joyas?

—Aún no lo he anunciado, pero si quieres saberlo, he decidido dejar mi carrera como joyera.

—No quieres ser joyera. —Su voz era débil.

—Me convertí en maestra joyera a los dieciocho años, he visto el huevo de Fabergé y lo he tenido en mis manos. ¿Qué me ha aportado? Nada —dijo deliberadamente.

—Espero que cambies de opinión, Anyu, y continúes con tu carrera, aunque decidas casarte con otro hombre, aunque ya no trabajes en mi tienda. Ha sido un honor ser tu mentor.

Anyu se dio la vuelta, caminó por el sendero bordeado de macetas y cerró la puerta tras de sí.

Durante toda la tarde, sintió un fuego en el estómago y ganas de golpear el yunque y dar puñetazos a la pared. Hojeó revistas y no paró de arrancar páginas. Se fumó dos paquetes de Lucky Strike.

Incapaz de dormir, salió de su dormitorio; caminó descalza por el suelo de mármol, atravesó las puertas francesas y entró en la réplica del jardín de Versalles.

Se sentó en un banco frío, fumando, mirando las siluetas de los dioses y las fuentes, oyendo el viento impetuoso que azotaba las ramas de los sauces.

Había cortado el último vínculo con Isaac; no volvería a verlo.

¿Por qué lo había hecho? ¿Por qué no podía olvidar lo que sentía por él y regresar a su tienda?

Y al devolverle el anillo de sello, la visión del huevo, su espectacular imagen, permanecería fuera de su alcance.

Se miró el dedo desnudo, sin el anillo, y fue como si una parte de ella se hubiera desgarrado.

Un vacío febril, doloroso, le arañaba el estómago.

¿Por qué todo tenía que terminar así? ¿Por qué era tan difícil amar a alguien?

Se le enfriaron los dedos, tenía los pies helados y, aun así, se quedó allí sentada, atrapada en el jardín de la locura. “Te estás volviendo loca”, se dijo. “Te estás volviendo loca”.

Fumó y observó cómo una voluta de humo incendiaba la tela de la oscuridad.

El día de la boda de Esther, un animal salvaje invadió el jardín.

Volcó los parterres, devoró las flores y las hojas y causó estragos en la mansión.

Los sirvientes, armados con escobas y sartenes, rastrearon todo el jardín, buscaron en los rincones de las fuentes y los bancos, pero no lo encontraron.

Dijeron que podría haber sido un mono ardilla, un gato montés, una rata o un mapache en busca de peces en el estanque.

Anyu observaba el caos desde detrás de las puertas francesas. Bellefeuille decía algo, pero ella casi no podía oírlo. Entonces, finalmente se dio cuenta de que él le estaba pidiendo que se reuniera con sus joyeros.

—¡Te admiran! ¿Podrías hacerles una visita al taller?

—¿Por qué?

—Están ansiosos por reunirse contigo.

—Ya me reuní con ellos. Dos veces.

Se preguntó si Bellefeuille estaba tratando de atraerla de nuevo al oficio de joyera.

Con un regalo en mano —un frasco de perfume francés importado de París—, Anyu fue al restaurante donde Esther celebraba su boda.

Era un establecimiento modesto, decorado con dos lámparas rojas colgadas en la puerta principal, escondido entre una hilera de viviendas sin pretensiones con techos grises.

En el interior no había ninguna banda de música, algo a lo que Anyu estaba acostumbrada, pero estaba abarrotado de hombres y mujeres, y sonaba una melodía familiar que provenía de un gramófono: la canción de boda de Esther, que ella tarareaba antes de acostarse.

Isaac aplaudía y se balanceaba con un traje de satén nuevo y el rostro radiante de felicidad.

Y allí estaba Esther, magnífica con el vestido de novia blanco que Anyu le había comprado tres años atrás, gritando y riendo, aferrándose con todas sus fuerzas a la silla que llevaba un grupo de hombres.

A su alrededor, la gente vitoreaba y bailaba.

Una energía efervescente colmaba el aire, impregnada de la intimidad de la familia y del afecto incondicional de quienes se amaban unos a otros.

Anyu recordó que una vez, cuando iban en el coche para visitar clientes, Esther le había preguntado si, en caso de poder elegir, preferiría la vida de esposa o la de maestra joyera.

Anyu había respondido con rotundidad que la habilidad de crear joyas era la posesión más valiosa de una mujer y que ser reconocida como maestra joyera era lo que daba sentido a su vida.

Anyu ya no estaba tan segura, al ver a Esther, hija, hermana y, ahora, esposa, vivir una vida que ella no había podido tener. Y se dio cuenta de que se había equivocado. La posesión más valiosa de una mujer, su riqueza más preciada, no era ser conocida, sino ser amada.

Le entregó el regalo al camarero que estaba en la puerta y se marchó llorando.