Capítulo 23 #2
A Anyu se le hizo un nudo en la garganta.
—¿Cómo…?
—¿Quién es esta hermosa dama? —preguntó Bellefeuille al acercarse.
—Mi amiga Esther Mandelburg —la presentó Anyu.
—La hija de Isaac Mandelburg. Ya veo. Es un placer. —Bellefeuille asió a Anyu del brazo—. Ma chérie , el señor Morris está esperando para hablar contigo.
No quería irse todavía. ¡Solo había intercambiado unas pocas palabras con Esther! Había tantas cosas que quería preguntarle. ¿Cómo sabía que Isaac la echaba de menos? ¿La había mencionado?
— Ma chérie?
—Te buscaré más tarde, Esther.
—Aquí estaré, Anyu.
—Pronto será la señora Bellefeuille, señorita Mandelburg. —Bellefeuille se rio entre dientes.
Esther la miró.
—A pesar de todo, Anyu, siempre serás parte de la familia Mandelburg.
“Oh, Esther”.
—Por aquí. —Bellefeuille la hizo desviarse hacia unos joyeros que trabajaban para él y un grupo de hombres trajeados y sus esposas.
—Enhorabuena, señorita Anyu —dijo el señor Morris, propietario del periódico North China Daily News —. Es una fiesta de compromiso preciosa.
Ella esbozó una sonrisa forzada. Esther estaba hablando al oído del señor Dearborn en un rincón.
—Señorita Anyu, estoy muy agradecido por los gemelos que ha diseñado. Necesito unos cuantos más. ¿Debería visitar la Casa Bellefeuille para ver sus últimas creaciones?
—Por desgracia, señor Morris, he decidido renunciar a mi carrera como joyera.
—¿Renunciar a su carrera? ¿Por qué?
—Pausar su carrera —dijo Bellefeuille—. Será por un tiempo.
¡Se va a casar! Señor Morris, puede encontrar cualquier joya que le guste en la Casa Bellefeuille.
Anyu siempre estará ahí. ¿Podríamos hablar en privado?
—La llevó a un rincón donde los invitados no pudieran oírlos—.
Ma chérie , no pretenderás abandonar tu carrera, ¿verdad?
—Claro que sí.
Él suspiró.
—Estoy desolado. Iba a pedirte que diseñaras una pieza para el concurso anual.
—Pierre, no puedo. No quiero competir.
Él volvió a suspirar.
—¿Podrías al menos posponer por el momento el anuncio de tu decisión? Nuestro compromiso merece una celebración y no quiero estropearla.
—De acuerdo. —Anyu se bebió el champán y buscó entre la multitud. No encontró a Esther ni al señor Dearborn.
“Siempre serás parte de la familia Mandelburg”.
Esa noche, cuando terminó la fiesta, mientras el salón de baile se quedaba vacío y la música se desvanecía en la oscuridad, con Bellefeuille empujando dentro de ella, Anyu solo podía pensar: ¿se arrepentía Isaac de haberla rechazado?; ¿la echaba de menos, como decía Esther?; ¿iría a verla?
Dos semanas después de su fiesta de compromiso, Isaac aún no la había visitado.
Ella estaba ocupada. Cada día aparecían vestidos elegantes en su habitación: uno de noche, lila y negro con espalda drapeada diseñado por Madeleine Vionnet; un vestido de gasa de seda bordada de Coco Chanel, y un delicado conjunto de dos piezas que realzaban la figura de una manera sensacional, de la legendaria Jeanne Margaine-Lacroix.
Sobre el tocador había cajas de joyas: un elegante collar de estilo eduardiano con filigrana e hilos de oro sedosos; un collar art déco de oro y ónix, y el más reciente broche de esmeralda, con forma de estrella de mar, de la Casa Boivin de París.
Había cócteles, encuentros bulliciosos para presenciar las carreras en el hipódromo y lujosos bailes en los hoteles, y en todas partes su prometido la presentaba como la joyera más popular de Shanghái.
Ella conversaba con los funcionarios italianos, los magnates de Shanghái, los diplomáticos británicos, los arquitectos húngaros, el jefe de policía francés y sus encantadoras acompañantes.
En octubre, unos días después del concurso de joyería, en el que se proclamó ganadora a la Casa Clemente, Anyu se encontró con la señora Brown, rodeada de sus guardaespaldas.
Cuando la multitud que tenía alrededor se dispersó y se le presentó la oportunidad, Anyu se situó de manera que pudiera verla.
La señora Brown le hizo un gesto para que se acercara. Le estudió el rostro, el vestido de noche de Madeleine Vionnet y luego la mano, sin guante, que lucía el anillo de sello y el de compromiso.
—Así que es cierto. Has cambiado de casa.
—Me voy a casar —dijo ella.
La señora Brown se enderezó con una mirada que parecía desconfiada.
—¿Cuándo es la boda?
—En enero.
—Supongo que lo tienes decidido.
Ella asintió.
—Imagino que esta decisión se tomó tras una cuidadosa deliberación. Por supuesto, es tu vida personal. ¿Isaac te dio su bendición?
—Como usted ha dicho, es un asunto personal. —Entonces, Anyu vio a Bellefeuille de pie, retenido por los guardaespaldas de la señora, incapaz de acercarse.
—Ahí está. Señora Brown, supongo que conoce a mi prometido, ya que ha ganado el concurso varias veces. ¿Me permite volver a presentárselo?
No estaba segura de si Bellefeuille podía oírla, pero él observaba a la señora Brown con una mirada intensa.
—No, no te lo permito —dijo la dama británica. Después, se marchó sin felicitarla.
La señora Brown no había cambiado, seguía siendo una mujer de hielo. Y condescendiente. ¿Cómo se atrevía a tratarla como si fuera un accesorio de Isaac?
De vuelta a casa con Bellefeuille en el coche, el humor de Anyu se ensombreció aún más.
Había asistido a muchas fiestas y todo Shanghái conocía su compromiso con Bellefeuille, pero no se había cruzado con Isaac ni una sola vez.
Era cierto que él no era muy sociable, pero si hubiera querido verla, habría aparecido en algún sitio.
Parecía que a Isaac le era indiferente su compromiso, o tal vez tenía el corazón de hierro, impermeable a la tristeza.
Sacó un Lucky Strike de la cigarrera, encendió una cerilla y comenzó a fumar. Había terminado tres cigarrillos cuando se dio cuenta de que Bellefeuille le estaba hablando.
—¿Sí?
El coche estaba lleno de humo, así que bajó la ventanilla.
—No debería sorprenderme que tú y la señora Brown tengáis una relación cordial, pero confieso que me sorprendió mucho que ella te concediera su atención.
—Bueno, gané su concurso todos los años que participé. Nos conocemos desde hace tiempo.
Bellefeuille dejó escapar un gemido.
—¿Por qué estás molesto?
Hubo un silencio.
Anyu se enderezó.
—No puedo creer que no lo haya visto antes. Ella fue tu amante. Trató de evitarte. Fue por eso. ¿Qué pasó?
—Todo eso quedó en el pasado. No hace falta sacarlo a colación. —El tono de Bellefeuille era sombrío.
Anyu dio una larga calada a su cigarrillo.
—Al final lo descubriré, ya sea por ti o por otra persona.
—Tuvimos una pelea. Ella creyó que la había engañado, así que me rechazó y se acostó con otros hombres, y luego adoptó como nuevo perrito faldero a tu antiguo maestro.
—¿Cuándo empezó su relación con Isaac?
—Uno o dos años antes de que ganaras el premio. ¿De qué otra manera Isaac Mandelburg, un artesano pobre de una tienda de poca monta, que no tenía clientela ni capital, podría haber dirigido una joyería?
Anyu encendió otro cigarrillo.
—Por mí, podría haberse acostado con cualquier hombre, pero ¿Isaac Mandelburg?
Ese hombre es un don nadie. Y ella nunca fue sincera conmigo, me ocultaba sus secretos cuando estábamos juntos.
Es una mujer poderosa, por supuesto, ya lo sabes.
Tiene una amplia red de contactos y está bien relacionada con la élite de Shanghái e incluso con los representantes reales de la reina consorte de Inglaterra, María de Teck, en Hong Kong.
Pero me ocultaba con quiénes trabajaba y se negaba a presentarme a esas personas.
Sospecho que también dirige un negocio de contrabando que trafica con el tesoro de los Romanov en Shanghái.
Era la primera vez que Anyu oía hablar de los tesoros de los Romanov a alguien que no fuera Isaac.
—Eso sí, no seguirá con su negocio de contrabando mucho tiempo. Se rumorea que el señor Du se ha enterado de su riqueza. Está muy interesado en ella.
—¿El señor Du?
—El jefe gánster ha descubierto algunas pistas que indican que es posible que ella trabaje para un grupo relacionado con Peter Carl Fabergé, quien creaba objets d’art para los Romanov y otros hombres ricos.
Los objets d’art de Fabergé, como sabes, son tesoros históricos únicos, por su magnífico diseño, su importancia histórica y su perfección artística.
Anyu se sentía mareada después de cinco cigarrillos. Le costaba ordenar sus pensamientos. ¿Cuánto sabía Bellefeuille? No podía decir que le cayera bien la señora Brown, pero aun así le preocupaba el huevo, su huevo, y había jurado lealtad al gremio.
—El señor Du dijo que el grupo se hacía llamar el Gremio de Maestros Artesanos y que se ocupaba de gestionar la mayoría de los diamantes que se vendían a los zares de Rusia.
Era un grupo oculto a cargo del comercio de piedras preciosas en todo el mundo y, en un momento dado, estuvieron estrechamente relacionados con Thomas Cullinan, el hombre que descubrió el diamante Cullinan, que forma parte de las joyas de la Corona británica.
Según los rumores, los maestros artesanos se esconden en Shanghái.
—He oído que fueron encarcelados o asesinados por los bolcheviques.
Bellefeuille se volvió hacia ella.
—¿Cómo lo sabes? ¿Te lo dijo tu antiguo maestro?
—¿Por qué iba a decírmelo él? Yo provengo de Harbin. Allí vivían muchos rusos.
Él asintió.
—Claro. Pero imagínate, un gremio con vastos recursos de diamantes y piedras preciosas en todo el mundo.
Algo en el tono de voz de Bellefeuille le dio escalofríos a Anyu.
Habían pasado tres meses desde que había dejado a los Mandelburg.
Anyu se dio cuenta de que Bellefeuille seguía siendo un misterio.
No terminaba de entenderlo. A veces, la colmaba de afecto y elogios y la convencía de que estaba enamorado de ella, pero al momento siguiente se mostraba distante, incluso cruel, y la criticaba por su juventud, su ingenuidad y su falta de conocimientos y cultura.
También ponía en duda su talento artístico.
Un día, ataviada con un vestido largo con volantes rosas y un sombrero a juego, Anyu se estaba poniendo un par de guantes cuando se dio cuenta de que le quedaban demasiado ajustados.
Había engordado después de asistir a tantos banquetes y fiestas, pero aún no había visto ni sabido nada de Isaac.
Se preguntaba qué le estaría pasando y si acaso se preocupaba por ella.
A veces, cuando miraba el anillo de sello, pensaba en el valioso huevo guardado en la Cámara de las Gemas y los Tesoros.
Cuando examinaba el joyero que le había regalado Bellefeuille, pensaba en los datos con que se identificaban las joyas: nombre, año, tipo de joya, tamaño, metal, piedras preciosas y técnicas utilizadas.
Cuando se rociaba perfume en el brazo, sentía como si percibiera los olores químicos del taller.
Cuando se ponía un guante de seda sobre el feo muñón del dedo que le faltaba, pensaba en aquellos días locos en los que había buscado sin descanso el collar de copos de nieve.
Recordaba aquellas tardes trabajando junto a Isaac, aprendiendo las técnicas de soldadura, serrado y esmaltado; le parecían tan lejanas y, sin embargo, tan cercanas.
Echaba de menos el olor acre de la acetona, la sensación de ver cómo el metal se derretía bajo el calor del soplete y la satisfacción de doblar y retorcer los hilos de oro.
Echaba de menos el Huevo de Invierno, su delicada forma, su belleza translúcida, y lo que más echaba de menos, aunque nunca lo admitiría, era el rostro de Isaac, la sonrisa, la manera educada en que se giraba hacia un lado para toser y la mirada intensa de los ojos mientras serraba.