La joyera china Capítulo 23
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Capítulo 23

Más tarde, Anyu le dijo a Bellefeuille que necesi taba recoger sus cosas en la tienda de los Mandelburg. Bellefeuille intentó disuadirla.

—Aquí tienes todo lo que necesitas —le dijo, pero ante su insistencia, la llevó a la tienda en su coche. Anyu salió; él esperó dentro del coche con su chofer.

Esther no aprobaría su decisión, pensó Anyu mientras se acercaba a la tienda y llamaba a la ventana.

Esther la vio y salió.

—¡Anyu! ¿Dónde has estado? Estaba preocupada por ti. Te busqué por todo el hotel, pero no te encontré. ¡Pasa!

—No puedo. Vine a recoger mis cosas, mis vestidos y algo de dinero.

—¿Por qué?

—Me voy —respondió—. Me voy a casar con Pierre Bellefeuille.

Esther se sobresaltó y tropezó con su pierna tullida.

—Estás bromeando. ¿Acaso lo conoces? Nunca te interesó. Has rechazado todas sus invitaciones…

Anyu podría haberle explicado el rechazo de Isaac y la noche que había pasado en la mansión de Bellefeuille, pero no había tiempo suficiente.

—¿Podrías traerme mis cosas? Sabes dónde están.

—¿Y papá? ¿Quieres hablar con él?

—No. No quiero verlo.

—¿Y tus encargos?

—Los he terminado todos. Aún no he empezado con los nuevos diseños. Que tu padre les devuelva el dinero a los clientes. ¿Puedes traerme mis cosas?

Esther asintió con la cabeza. Cuando volvió, llevaba una maleta negra y fruncía el ceño.

—No entiendo por qué haces esto, pero volverás, ¿verdad?

Anyu no respondió. Le quitó la maleta de las manos a Esther y se subió al coche. No se volvió para mirar a su amiga, pero sabía que Esther la estaba mirando y que, a esa hora, Isaac debía de estar trabajando en el taller.

A Pierre Bellefeuille no le llevó mucho tiempo preparar la lista de invitados.

Todos eran conocidos suyos; Anyu solo invitó a Esther.

La organización de la fiesta, a cargo del mayordomo Huang, avanzó a una velocidad vertiginosa.

Contrató una banda, instaló luces festivas en el pasillo y el atrio, y elaboró meticulosamente un menú que consistía en una sopa espesa, carnes de ternera, cordero, aves y caza, y terminaba con pudín, pasteles, gelatina, natillas, queso y ensalada.

La lista de bebidas ocupaba diez páginas e incluía jerez, champán, cerveza y oporto.

Anyu se enteró de que Pierre Bellefeuille tenía cuarenta y siete años.

Era un hombre exigente, e inflexible en su exigencia de que su gusto, comida, ropa y joyas reflejaran su refinada herencia cultural.

Exigía que le sirvieran el café muy caliente, que le plancharan la ropa de dormir y le cepillaran las pantuflas.

Era muy riguroso con las rutinas y los hábitos: llevaba su agenda con el mismo celo con el que cuidaba su guardarropa, repleto de trajes a medida, vestuario estilo Napoleón y otras prendas.

Era un francés orgulloso, aunque nunca había visitado París, un dato que, según su conocimiento, nadie sabía en Shanghái.

Lo que la gente sí sabía era lo que Bellefeuille anunciaba con gusto: su padre era un tallador de diamantes de Saint-Amand-Montrond, ciudad famosa por tener gran cantidad de talleres de orfebrería, y había perdido la fábrica de joyas de su familia durante la Gran Guerra.

Cuando se le presentó la oportunidad, Bellefeuille se aventuró al extranjero y llegó a Shanghái.

Llevaba viviendo allí desde 1919; era uno de los extranjeros más ricos de la ciudad y poseía cinco joyerías y una mansión en un terreno de seis hectáreas dentro de la Concesión Francesa.

A Anyu le asignaron una amah (Bellefeuille insistió en ello), una mujer de mediana edad que llevaba una cofia de encaje y una blusa con un lazo.

Parecía tímida: nunca alzaba la vista para mirar a Anyu a los ojos.

Hablaba chino mezclado con el dialecto local y ordenaba toda la ropa y las revistas de manera silenciosa y eficiente.

Con el objetivo de, como decía Bellefeuille, “adquirir refinamiento en el arte de recibir”, Anyu comenzó a tomar clases de etiqueta para convertirse en anfitriona.

En el salón, que olía a fragancias importadas de París, Anyu observó a un equipo de asistentes personales que le mostraron las reglas para beber vino, cortar filetes de ternera con tenedor y cuchillo, comer sopa con una cuchara, doblar servilletas y poner la mesa.

Los afilados cubiertos la alarmaron. Cualquier persona china sabría que era tabú colocar cuchillos delante de los invitados, pero los instructores fruncieron los labios y le dijeron que debía aprender las costumbres francesas.

Después de aquello, la recibió un grupo de estilistas, cuatro mujeres y dos hombres, junto a varios carros cargados con prendas diseñadas, según le dijeron, por los íconos de la moda de París.

Le dieron lecciones sobre tejidos, estilos, diseñadores y sus vestidos característicos, y sobre cómo combinarlos con gorros de ganchillo o sombreros de ala ancha.

Había montones de revistas para leer, fotos de mujeres a la moda para examinar y catálogos de accesorios para elegir.

Después, llegó un grupo de costureras para tomarle las medidas y ofrecerle una amplia selección de piezas de seda, tejidos ligeros y brocados.

A continuación, llegaron un maquillador y su asistente, que le indicaron que se sentara frente a un gran espejo con marco dorado mientras ellos convertían su rostro en un lienzo.

Era agotador y confuso hablar con las personas que fruncían el ceño ante su comportamiento poco refinado, y se sentía como una muñeca al practicar movimientos e incluso aprender a hablar y sonreír.

Era una vida muy diferente a la de martillar una tira de oro bajo una lámpara.

Con cuidado, probó los deliciosos pasteles y degustó los vinos tintos importados de Burdeos; hojeó los catálogos de los últimos diseños de moda y joyería en un francés críptico; incluso aprendió a saborear lo que se decía que era un elemento cultural básico de la civilización occidental, el infame café amargo.

Llegó el día de la fiesta.

No había invitado a Isaac, pero él ya debía de haberse enterado del compromiso. ¿Estaría triste?

Por la mañana, se dio un baño perfumado con pétalos de rosa y comenzó a vestirse en la habitación de invitados.

Un equipo de cinco peluqueros y maquilladores se ocupó de ella.

Antes del anochecer, con el pelo ya recogido con elegancia, se puso un vestido rojo de Chanel y un brazalete con zafiros y diamantes.

Comenzó la fiesta.

De pie junto a Bellefeuille, Anyu saludó a los invitados en la entrada del salón de baile de techos altos.

Había doscientas personas, entre ellas, muchos funcionarios de la Concesión Francesa, el jerarca de la Concesión, el jefe del Departamento de Policía, banqueros estadounidenses y magnates, de los que Anyu no había oído hablar, acompañados de sus esposas.

Estaba nerviosa, a pesar de su compostura tranquila, y sonrió con cortesía y abrazó y besó a los invitados como exigía la etiqueta.

Ninguna de las personas que le importaban asistió a su fiesta de compromiso: Esther no estaba a la vista e Isaac no había sido invitado.

Anyu pensó en Confucio, a quien había dejado de ver.

Deseaba no haber sido tan impulsiva y no haber roto el vínculo.

Le gustaba montar en bicicleta con él, y él había sido amable con ella, a pesar de ser un delincuente.

Y su madre. Cómo deseaba que ella hubiera estado allí.

Se dio cuenta, con una punzada de tristeza, de que lo más desgarrador de ser huérfana no era vivir una vida sin raíces, sino una vida sin amor.

“Felicidades, felicidades, felicidades”.

Las voces subían y bajaban, y la risa de Bellefeuille subía y bajaba.

Más tarde, pronunció un elocuente brindis lleno de orgullo y júbilo.

A continuación, se sirvió la suntuosa comida que había organizado el mayordomo.

Al final, varios empleados del Hotel Majestic contratados para la ocasión sirvieron tazas de café y repartieron cajas de puros.

Anyu no tocó ni un solo plato. El vestido le apretaba demasiado en los brazos, lo que le impedía moverse, y el corazón le latía con fuerza. Nunca se había sentido tan nerviosa. ¿Estaba cometiendo un error al comprometerse?

Comenzó a sonar la música. Algunos invitados bailaban.

Anyu se sintió mareada, sentada en un sofá contra la pared.

Entonces, se levantó para ir al baño. Ya había pasado por la sala de fumadores cuando oyó la voz de Bellefeuille desde dentro.

Volvió sobre sus pasos. La sala estaba tan llena de humo que ocultaba los rostros de los hombres.

—¿Qué hay de tu amante? —preguntó un hombre con acento francés.

—¿Cuál? —bromeó otro.

Hubo una carcajada estruendosa.

Anyu tomó una copa de champán de un camarero que pasaba y volvió al salón de baile. No se le escapaba que Bellefeuille tenía un elenco promiscuo de parejas.

Cerca de la puerta del salón de baile, vio a Esther, la hermosa Esther de cabello dorado, con un elegante vestido azul que le llegaba hasta los tobillos y un amplio sombrero de seda, majestuosa como una diosa del amanecer, tomada de la mano del señor Dearborn.

—¡Esther! —Anyu dio un salto y saludó a su amiga—. Has venido. Me alegro mucho. Pensé que habías decidido no hacerlo. ¿Dónde estabas?

—Estábamos sentados en otra sala. —La cojera de Esther parecía un paso de baile; ella sonreía—. No me hubiera perdido tu fiesta de compromiso por nada del mundo, Anyu. Mírate. Me encanta tu vestido. ¡Estás espléndida! ¿Verdad que está espléndida, cariño? —Le dio un codazo al señor Dearborn.

—Parece Mary Pickford. —El señor Dearborn sostenía su cigarro.

—Mary Pickford es una actriz famosa —aclaró Esther, inclinándose hacia el señor Dearborn.

—Tengo muchos vestidos como este. Te los puedo enseñar, Esther. Te encantarán.

—Estoy segura de que sí. Perdona que te lo pregunte, pero ¿por qué lo elegiste a él?

—Es complicado.

—Te hemos echado de menos.

¿En plural? ¿Incluido Isaac?

—Mi padre también te echa de menos.