Capítulo 22
Muchos años después, Anyu se preguntó qué habría sido de su vida si simplemente hubiera hecho lo siguiente: ¿y si hubiera bebido menos?
; ¿y si se hubiera tragado el orgullo, hubiera olvidado el rechazo de Isaac y hubiera vuelto a la tienda con Esther, fingiendo que nada había pasado?
; ¿y si hubiera sabido que el amor no tiene que ver con la venganza, ni con la posesión, ni con la dignidad?
El amor, como aprendería más tarde, tenía que ver con soltar.
Pero estos pensamientos no estaban en su mente cuando se despertó al día siguiente, envuelta en un resplandor de luz plateada impregnada de un espeso olor a perfume.
No se oía la respiración rítmica de Esther, ni el zumbido de los mosquitos y las moscas que había en el ático, ni el bullicio de los timbres de las bicicletas que pasaban por la calle.
Se quedó acostada allí, incapaz de moverse, presa del pánico, atormentada por un dolor de cabeza insoportable que amenazaba con destrozarla.
Le costaba ordenar sus pensamientos o comprender lo que había sucedido, aunque recordaba algunos momentos en el hotel, su conversación con Isaac, el desencanto y la ira.
—Bonjour. Hace un día precioso. ¿Desayunamos?
Se dio la vuelta, sobresaltada. Junto a la cama estaba Bellefeuille, vestido con una bata de seda con ribetes de piel.
Aún no se había peinado el pelo corto; dos mechones salpicados de canas le sobresalían a los lados de la cabeza.
Los brillantes ojos castaños centelleaban; el rostro resplandecía con algo parecido a una luz de satisfacción.
El recuerdo de Bellefeuille secándole las lágrimas y el trayecto hasta su mansión le volvió a la mente.
Anyu casi gimió. ¿Qué había hecho? En su estado de embriaguez, se había permitido ser vulnerable y convertirse en el tipo de mujer fácil que ella despreciaba.
¿O era Bellefeuille también culpable, por seducirla con su amabilidad y aprovecharse de ella?
No podía creer que hubiera sido tan estúpida.
Se incorporó, se vio los hombros desnudos y se desesperó aún más.
—¿Dónde está mi ropa?
—Tu vestido estaba roto. No te levantes todavía. Tengo algo para ti.
Bellefeuille se volvió hacia un armario tallado en nogal de estilo Luis XV y abrió un cajón. Cuando se dio la vuelta, sostenía un pequeño joyero de terciopelo. Lo abrió.
Dentro había una brillante mariposa con dos diamantes de talla rosa en las antenas, zafiros multicolores en las alas delanteras y berilos azules, amatistas y esmeraldas en las alas traseras; también había un gran diamante amarillo hexagonal en el tórax y una cuerda de oro trenzado en el abdomen.
Las alas eran de oro brillante, que parecía ser de más de veintidós quilates.
Ella la levantó, reconoció su brillo, su atrevido diseño y el uso audaz de oro de alta calidad.
—¿Quién lo ha hecho?
—Una joyera de París. Suzanne Belperron.
Una mujer.
—En mi opinión, es una diseñadora novata. Su estilo es extravagante, poco convencional, y algunos dicen que, si miras fijamente sus mariposas durante mucho tiempo, podrían perforarte los ojos.
Pero el oro con ese nivel de pureza era muy maleable, y manipularlo requería habilidad y visión.
—Impresionante.
—Te gusta. —Le tomó la mano que sostenía el broche de mariposa—. Quédatelo. Es mi regalo, ma chérie .
—¿Me lo vas a regalar?
—Un regalo adecuado para una diseñadora como tú. Si trabajas para mí, te mostraré las joyas francesas más sofisticadas. Van Cleef sí, había sido coronado repetidamente en el concurso anual de Shanghái, pero eso había ocurrido antes de que ella llegara a la ciudad.
—No sabes nada de mí.
—¡Sí que sé! Lo he leído todo sobre ti. Eres una huérfana de Harbin, en el norte; perdiste a tus padres a una edad temprana. Eres hermosa, talentosa y la joyera más popular de Shanghái. Quiero casarme contigo. Estoy enamorado de ti.
Ella negó con la cabeza.
—No puedo. ¿Me puedes dar mi ropa?
Él suspiró.
—Por supuesto. Tengo algo perfecto para ti. —Cruzó corriendo la gruesa alfombra persa azul y volvió—. Pruébatelo. Creo que te encantará.
Llevaba en las manos un vestido largo y elegante de color crema, hecho de seda fina, de corte imperio y con exquisitos bordados.
A Anyu no le importaban los vestidos tanto como a Esther, pero nunca había visto uno tan bonito como ese.
Deslizó los brazos dentro; se le derramó sobre la piel como si fuese de agua.
El escote pronunciado resaltaba el cuello y los pechos, y cerca de la cintura, la silueta del vestido se estrechaba para ceñirse a sus curvas.
Con asombro, se quedó mirando la imagen juvenil, atrevida y lujosa que se reflejaba en el espejo de cuerpo entero junto a la cama.
—¿Te gusta, princesa? —preguntó él.
Ella se miró de nuevo.
—Está bien.
—Tengo más. —La tomó del brazo, y juntos cruzaron la gran habitación de molduras doradas y paneles de madera plateada hasta detenerse frente a dos armarios gigantes que llegaban hasta el techo.
Con un gesto exagerado de la mano, abrió el primer armario y luego el segundo: dentro había vestidos rojos, violetas, negros y de color marfil, sombreros con velos, guantes de delicada piel de serpiente y de cabritilla, y zapatos de cuero con hebillas.
Eso, y eso y también eso. Todo sería suyo si se quedaba.
La belleza de cada prenda era innegable; se notaba que eran de alta costura y valían una fortuna.
—No sé si me quedarán bien.
—Sé que te quedarán bien. —Le guiñó un ojo—. ¿Tienes hambre? ¿Desayunamos antes de que te vayas?
Ella dudó. Tenía hambre. Unos bocados no le harían daño.
Asintió y salió con Bellefeuille. En el pasillo, cubierto por una lujosa alfombra negra estampada con triángulos y círculos, un joven de nariz fina como un palillo se inclinó ante ellos.
Era el mayordomo Huang, dijo Bellefeuille, y después le presentó a sus sirvientes vestidos de librea negra, treinta y tres en total, todos lugareños: seis cocineros de delantal, cinco lavanderos, cinco amas de llaves, cinco peones y diez jardineros, además de dos asistentes personales de Bellefeuille.
Todos le hicieron una reverencia de cortesía.
Anyu se sintió ridícula delante de ellos. Se preguntó quién creían que era ella.
—Puedes elegir a tu propia amah , ma chérie , si te quedas.
Lo dijo como si una sirvienta fuese un vestido.
—Me muero de hambre.
—¿Está listo el desayuno, mayordomo Huang?
—Sí, señor —respondió el mayordomo.
—Lo tomaré en la terraza del jardín. Ven, por aquí, ma chérie .
Pasaron por delante de varios dormitorios más, una piscina, una sala de música y un salón de banquetes con suelo de parquet.
Cada habitación parecía más grandiosa que la anterior, con revestimientos blancos de madera y techos altos decorados con murales.
En una sala alargada, todas las paredes estaban cubiertas de espejos con diferentes formas geométricas: era el salón de los espejos, dijo él.
—Ya llegamos. —Bellefeuille la condujo hasta unas puertas francesas dobles que dos sirvientes les abrieron para que pasaran.
Ante ella se extendía un paisaje como nunca había visto.
Había brillantes estatuas de bronce de carros y dioses, fuentes de mármol blanco que lanzaban chorros de agua, macetas de arcilla con enormes flores rojas y un bosquecillo de sauces y arces.
Cerca de una valla de hierro forjado había un estanque, donde una docena de sirvientas vestidas con pantalones grises, arrodilladas en el suelo, recortaban el césped con tijeras.
De vez en cuando, se detenían para medir la longitud de la hierba que habían cortado.
—Qué vista tan bonita —dijo. Bellefeuille se esforzaba por impresionarla y hacer que se quedara.
—Como puedes ver, soy un francés orgulloso. He imaginado mi propio Versalles en mi jardín. A mis clientes del consejo de administración municipal de la Concesión Francesa les encanta. —La condujo a una mesa redonda que había en la terraza y se sentó en una silla roja con un cojín.
—Prueba los éclairs , si quieres, y los boudoirs .
O los financiers , hechos con almendras laminadas.
¿Te gustan las almendras? Los financiers fueron creados por las monjas de la Orden de la Visitación, en Nancy.
Pruébalos. —Señaló la mesa llena de platos de fruta, quesos, embutidos y una bandeja de pasteles. Exquisita comida francesa.
Anyu tomó un financier .
—Sabe a cera de abejas.
—¿Cera de abejas? Qué raro. Está muy rico. ¿Lo habías probado antes? La comida que se hace en Francia es mucho más sabrosa. Si me lo permites, estaré encantado de invitarte a una cena francesa de lujo. Supongo que nunca has probado auténtica comida francesa. ¿Qué me dices?
Bellefeuille tenía un estilo grandilocuente; era un hombre exagerado, a diferencia de Isaac.
—Tengo que irme cuando terminemos.
—Vas a volver con Isaac Mandelburg. —Él suspiró.
—Por supuesto que no.
—¿No? Me alegra saberlo. No quiero entrometerme. ¿Fue él quien te hizo llorar?
Ella dejó el financier y no lo miró a los ojos.
—Lo sabía. Ese joyero ruso es un hombre de carácter dudoso.
Hay pocas personas en Shanghái que lo conozcan bien, que sepan sus antecedentes o incluso cuándo llegó a la ciudad.
Casi no aparece en los eventos sociales, no gana premios, maneja una tienda de poca monta con su tío y, si no fuera por ti, habrían quebrado hace años.
Anyu dijo: —Le guardas rencor porque su joyería te quitó el negocio.
Bellefeuille hizo un gesto con la mano.
—No voy a negar que he perdido clientes desde que tú llegaste.
Soy un hombre sincero. Pero, para que lo sepas, Isaac Mandelburg era mi bête noire antes de que tú hicieras famosa la marca de su familia.
Es él quien me guarda rencor, ma chérie .
Quizá no te convenga decirle que estás aquí, o se pondrá furioso.
—¿Furioso? —Anyu prestó más atención.
—¡Por supuesto! ¿Cómo crees que se sentiría si tú, su famosa sucesora, te acostaras con su rival? Se quedaría destrozado.
A Anyu no se le había ocurrido que Isaac pudiera sentirse herido. Pero, para su sorpresa, la idea de verlo sufrir y romperle el corazón la complacía. ¿No era hora de que le tocara a él el turno de sufrir?
—Quédate y cásate conmigo, ma chérie . No te arrepentirás. Te trataré bien y te daré todo lo que quieras. Serás feliz aquí.
El sabor a almendras del financier empezó a gustarle. Bellefeuille tenía razón. Estaba delicioso.
—Monsieur Bellefeuille…
—Llámame Pierre.
—Pierre. —¿Sería feliz si se casaba con un hombre al que solo había visto dos veces? Lo dudaba, pero dijo—: Me casaré contigo.
—¿De verdad?
—Sí.
—¡Me haces un hombre feliz! —La abrazó con tanta fuerza que ella sintió que le iba a aplastar los huesos—. Tengo que anunciar esta maravillosa noticia a todo el mundo.
Anyu tomó una uva del plato; casi no prestó atención mientras Bellefeuille la colmaba de elogios; casi no prestó atención mientras él imaginaba su futuro, una fiesta de compromiso en un mes y una boda en seis meses; casi no prestó atención mientras el mayordomo prometía organizar una gran fiesta de compromiso digna de la unión entre él y la joyera más popular de Shanghái.
Solo un pensamiento ocupaba su mente en ese momento: cuando Isaac se enterase de su compromiso, se arrepentiría de haberla rechazado, la buscaría y le pediría que se casara con él.