Capítulo 21
Ya casi no lo veía; solo lo encontraba en el taller, donde podía disfrutar de un poco de su compañía mientras él golpeaba el yunque y ella molía el fundente seco en el mortero.
Como de costumbre, rara vez hablaban; se pasaban los hilos de oro y las láminas de plata sin necesidad de decir una palabra.
Todo era reconfortante y tranquilizador, pero faltaba algo, algo que ella no podía identificar, solo una sensación: era como si fueran hilos separados que no podían unirse.
Y cuando ella lo invitaba a las fiestas y los banquetes, Isaac se negaba; esas visitas sociales eran fundamentales para que Esther pudiera encontrar pareja, y si él asistía, sería un acompañante indeseable.
Además, su tiempo para la vida social era escaso, dado su compromiso con el diseño y la fabricación de joyas.
Isaac estaba muy ocupado; con la avalancha de encargos, la Casa Mandelburg se había catapultado hasta convertirse en una de las principales joyerías de Shanghái, y él rara vez salía del taller.
Pero ella no podía evitar darse cuenta de que, aunque su relación con el gremio había terminado, seguía en estrecho contacto con la señora Brown y su omnipresente tiara.
Sin falta, la señora Brown, con su extravagante vestido, llegaba a recoger a Isaac en su Rolls-Royce negro con asientos de cuero.
Parecían compatibles, una pareja aceptable, y eso hacía que Anyu se sintiera mareada.
Una noche, Isaac salió del taller después de que cerrara la joyería. Anyu no podía concentrarse en su trabajo y salió. En la calle, vio el Rolls-Royce negro de la señora Brown que se marchaba.
Anyu volvió al taller, donde Samuel y el tío David estaban inclinados sobre sus mesas de trabajo.
Tomó las pinzas, pero se dio cuenta de que lo que necesitaba era un alicate.
Después, dejó que las piedras preciosas se le escaparan de las manos, desalineadas, e incluso perdió el hilo del siguiente paso.
Se sentía completamente desanimada. No recordaba la última vez que había hablado a solas con Isaac; lo echaba de menos.
Subió al ático. Allí, Esther se estaba quitando el vestido de trabajo y se ponía uno nuevo, un vestido rosa con lentejuelas.
—¿Vas a salir?
—Sí, tengo una cena con el señor Dearborn. —El señor Dearborn era un comerciante estadounidense de Boston que Esther había conocido en una fiesta. Anyu recordaba vagamente a un hombre corpulento con aire caballeroso—. ¿Nos acompañas?
Anyu negó con la cabeza y miró las invitaciones que había sobre el escritorio, cerca de la lámpara.
Todas eran de Pierre Bellefeuille, el propietario de la Casa Bellefeuille, el hombre que había charlado con ella en el concurso.
Anyu recordaba el rostro atractivo, los modales insinuantes y los sofisticados diseños de joyería con flores de lis.
—Es un hombre persistente, monsieur Bellefeuille —dijo Esther—. ¿Vas a responderle?
—No. No me interesa. ¿Sabes adónde va tu padre?
—No me lo ha dicho.
—Creo que salió otra vez con la señora Brown.
—Pasan mucho tiempo juntos —Esther se volvió hacia ella—. ¿Qué tal estoy?
Esther llevaba la cara empolvada, los labios de un rojo intenso, y el vestido rosa le ceñía las caderas y el pecho. A la luz de la ventana, la belleza de Esther era deslumbrante.
—Estás preciosa.
—¿Te gusta? Bien. Bueno, no sé. ¿Qué te parece el vestido blanco?
—Este te queda muy bien, Esther.
—Estoy nerviosa. Me gusta mucho. ¡He estado pensando en él todo el día en el mostrador!
Qué tonta soy. Creo que yo también le gusto.
Tal vez me pida que me case con él, nunca se sabe —dijo Esther examinándose el pelo, y continuó diciendo que el señor Dearborn había alquilado un apartamento y abierto una tabaquería cerca del hipódromo. Tenía pensado radicarse en Shanghái.
Parecía prometedor que este romance tuviera un final feliz y que Esther encontrara un esposo que le diera seguridad.
—Eso es maravilloso, Esther. A tu padre le encantará.
—No, no le gustará. Patrick es un gentil.
—¿Gentil?
—No es judío, pero no me importa. Es un auténtico caballero. Me gustaría que cenaras con nosotros y lo conocieras. ¿Por qué no vienes?
—La próxima vez. Esta noche tengo que trabajar.
Esther la miró fijamente.
—¿Estás enferma, Anyu?
—Estoy bien. Me voy a trabajar.
Anyu bajó las escaleras; desde el taller se oían el ruido sordo del martillo al golpear el yunque y la voz de Samuel. Se volvió hacia el ático.
—Está bien. Conoceré a tu novio. ¿Dónde comerán?
—En el Hotel Majestic —dijo Esther, y se pasó las manos por los largos rizos rubios otra vez. Se estaba convirtiendo rápidamente en una vieja, como ella decía, pero parecía una niña y estaba nerviosa.
Así era como el amor y el matrimonio podían cambiar a una mujer, pensó Anyu. Ella también quería casarse. Había conocido a muchos hombres en fiestas y reuniones, pero, aun así, la única persona por la que sentía algo era Isaac.
El señor Dearborn las recibió en la gran entrada del Hotel Majestic, uno de los más lujosos de Shanghái.
Era un hombre de unos treinta años; llevaba un sombrero fedora y vestía traje azul.
Tenía la cara redonda, los ojos azules y la nariz en forma de cigarro.
La saludó cortésmente con una inclinación de cabeza, tomó la mano enguantada de Esther, la besó y no la soltó. Y Esther se inclinó sobre él, riendo.
Después de eso, ninguno de los dos le prestó atención a Anyu, que caminaba detrás de ellos, pasando junto a lujosos ramos de flores, sillas de mimbre y sofás Chesterfield de cuero; mujeres extranjeras con vestidos de verano y trajes de lentejuelas, y hombres que circulaban con copas de champán en la mano y fumando cigarrillos.
Después de dos años de banquetes y fiestas, había aprendido a vestirse mejor; llevaba un largo vestido de seda bordado con prímulas rosas, pero aún no se sentía acostumbrada a esa vida de ocio y lujo.
Diseñar y crear era lo único que quería hacer.
De pronto, Anyu se sintió sola. Nunca había cenado en un hotel con el hombre que amaba y nunca había tenido la oportunidad de besarlo. ¿Cómo sería cenar con Isaac en un hotel elegante? ¿La besaría Isaac alguna vez?
Esther y el señor Dearborn estaban pegados el uno al otro en un sofá del gran salón de baile, con capacidad para más de mil invitados, y Anyu se sentó en una silla tapizada sin nada que hacer.
El hotel era propiedad de Horace Kadoorie, uno de sus clientes, y era enorme.
El aire era embriagadoramente dulce, perfumado e iluminado por suaves notas musicales.
Esther y el señor Dearborn conversaban entre susurros al oído, sumergidos en su mutua adoración.
Anyu decidió atacar la comida; el señor Dearborn había pedido, con gran generosidad, comida suficiente para cien personas: pasteles dorados relucientes de mermelada, ternera en rebanadas, un pollo asado entero, una montaña de verduras, manzanas y plátanos.
¡Y bebidas! El hotel ofrecía ginebra y whisky gratis, según había dicho el señor Dearborn.
—¿Qué te parece? —preguntó Esther con las mejillas sonrojadas, cuando el señor Dearborn se ausentó para ir al baño.
—Tienes razón. Parece un auténtico caballero.
—¡Lo es! No sonríe mucho, ¡pero sonríe! Y Patrick es muy inteligente.
Le encantan el whisky y un tipo especial de comida llamada pastel.
Pastel de crema de Boston, ¿o es pastel estadounidense?
Pastel de crema de Boston, sí. Creo que ese es el nombre.
Dijo que instalaría un horno si aprendo a hornear.
—¿Te va a pedir matrimonio hoy?
—¿Hoy? —Esther tomó un vaso de whisky y se lo bebió de un trago—. ¡Dios te oiga!
Cuando el señor Dearborn volvió, Anyu puso una excusa para marcharse y dejar a la pareja a solas.
Caminó por un pasillo decorado con azaleas y margaritas frescas y pasó por un jardín que tenía una colección de estatuas de marfil y latón.
Una suave música provenía de la parte trasera del hotel; se detuvo para observar.
Bajo una pérgola adornada con luces y flores, muchos huéspedes cenaban en mesas cubiertas con manteles blancos.
Cerca de un enrejado con azucenas blancas, vio a una pareja que le resultaba familiar; el hombre vestía una camisa negra y estaba frente a una mujer que lucía un vestido dorado y el cabello adornado con una tiara de diamantes.
A pocos pasos detrás de ella estaban sus guardaespaldas trajeados.
Isaac y la señora Brown estaban absortos en una conversación, ajenos a las personas que los rodeaban.
La escena la irritó. Anyu se quedó clavada en el suelo, furiosa.
Era más de lo que podía soportar. Debería haber sido ella quien estuviera sentada allí con él en ese hermoso jardín, escuchando música; ella, no la señora Brown.
Isaac la amaba. Aunque no lo hubiera dicho, ¡le había dado el anillo del gremio, el huevo!
¡La había elegido como su sucesora! ¿Qué hacía con la señora Brown?
Con la mirada fija en Isaac, Anyu corrió hacia el magnolio que estaba en una terraza cercana, dispuesta a enfrentarse a ambos. Entonces, oyó la voz de la señora Brown: —Ya has hecho suficiente, Isaac.
—No lo sé —dijo él.
—¿Cuántos años tiene? ¿Diecinueve? ¿Veinte? Es muy popular, le gusta a mucha gente.
—Ella no se da cuenta.
—No hace falta que te diga lo que está pasando, Isaac. Ambos sabemos a quién le entregó el corazón.
Isaac se frotó la cara, levantó la cabeza y cruzó la mirada con la de Anyu.
Anyu se quedó paralizada; después, se dio la vuelta y se alejó rápidamente. Isaac la siguió; ella alcanzó a oírlo. Se detuvo cerca de una estatua de mármol. Casi no podía articular palabra, ahogada por la ira.
—Anyu, no sabía que estabas aquí. —Se le acercó.
—He venido con Esther —dijo ella.
—Qué coincidencia.