Capítulo 20
Para cuando cumplió veinte años, Anyu ya había ga nado el Concurso Anual de Joyeros tres veces consecutivas; era la joyera más joven de Shanghái y había diseñado y entregado numerosas piezas para la más alta sociedad de la ciudad.
Su clientela aumentaba a un ritmo constante, incluyendo compradores que amasaban grandes fortunas en el Banco de Shanghái, esposas de diplomáticos chinos, hijas de magnates inmobiliarios y amantes de empresarios estadounidenses, franceses y británicos.
También tenía clientes locales muy conocidos, como el famoso cantante de ópera Mei Lanfang, la estrella de cine en ascenso Ruan Lingyu y muchos más.
Pedía reunirse con todos sus clientes en persona en la tienda, donde tomaba las medidas de cuellos y manos y bocetaba las piezas antes de finalizar el diseño.
Creía que el propósito de las joyas era expresar el gusto de una mujer, resaltar sus mejores rasgos y acentuar su belleza.
Las joyas de una mujer eran algo personal.
Se elogiaba su atención al detalle en todo Shanghái; se la alababa por su talento y sus creaciones únicas, y con la fama le llegaron más encargos. En dos años, las joyas de la Casa Mandelburg se convirtieron en un artículo muy codiciado en Shanghái.
Por el aumento de las ganancias, el tío David consideró mudarse a una casa más grande y cómoda, pero pronto se percató de que era arriesgado, ya que el señor Du le comunicó que tendría que enviar más hombres para vigilar su tienda, debido al intenso tráfico, y las tasas de protección se multiplicarían por diez.
Al darse cuenta de que el traslado se percibiría como una ostentación de riqueza, el tío David decidió que se quedarían donde estaban.
Como alternativa, se ofreció a reformar el ático y dividirlo para mejorar las condiciones de vida de Anyu y darle más privacidad, pero Anyu se negó.
Estaba acostumbrada a la compañía de las mujeres y le gustaba el ático tal y como estaba.
Sí aceptó una cama nueva para ella junto a la de Esther.
El gremio cumplió su palabra; el señor Walters le entregó una generosa selección de piedras preciosas: ágata, granate, lapislázuli y ópalo, tal y como ella había solicitado.
A veces, visitaba la cámara para admirar el Huevo de Invierno.
Estar cerca de él la tranquilizaba; a veces, con un guante puesto, levantaba el huevo y examinaba sus finos detalles.
Podía replicarlo, pero siempre habría un único Huevo de Invierno.
Su vida social se volvió muy ajetreada. El señor Morris le pidió una entrevista para su periódico.
Diversas organizaciones la invitaban a asistir a desfiles de moda, estrenos de ópera y de películas, fiestas de aniversario y jubileos.
Incluso recibió un ramo de flores con una nota de Pierre Bellefeuille, que le pidió que cenaran juntos.
Decidió asistir a varias fiestas y siempre invitaba a Esther, que se lamentaba de su falta de vida social, para que la acompañara.
Esther tenía veintisiete años y, según ella, se estaba convirtiendo rápidamente en una solterona.
En esas fiestas, Anyu esperaba que Esther pudiera ampliar su círculo social y encontrar un esposo ideal.
Ataviadas con largos vestidos elegidos por Esther, que se enorgullecía de su buen gusto, Anyu y ella visitaron a los peculiares clientes británicos en salones de té donde las geishas japonesas, con la cara pintada de blanco, interpretaban sus danzas.
Fueron a un casino de dos pisos en el Asentamiento y se sentaron en la mesa de ruleta mientras los magnates canosos jugaban; esperaron en un salón con paredes negras en una mansión que, según los rumores, estaba embrujada por fantasmas vengativos; bebieron ginebra con soda en un club nocturno donde los jóvenes adinerados pagaban diez peniques por bailar el charlestón con mujeres rusas blancas que llevaban jabots de encaje y que, según se decía, eran antiguas vizcondesas y condesas.
Anyu aprendió a fumar cigarrillos, lo que la ayudaba a concentrarse, y a menudo fumaba paquetes enteros para poder trabajar durante diez horas seguidas.
También se hizo amiga de sus admiradores, unos jóvenes chinos adinerados con educación occidental que rechazaban la cultura china tradicional y restrictiva.
Organizaban borracheras para poner a prueba su tolerancia al alcohol y, una vez, cuando ella se quitó el guante para limpiar el vino derramado y dejó al descubierto su mano por error, la examinaron con admiración: las cicatrices de los cortes, las gruesas marcas del soplete, los callos en las yemas de los dedos y el muñón ennegrecido donde antes había estado su meñique.
Uno de los jóvenes, cuyo padre era un rico comerciante de seda de Shanghái, la invitó a sus aposentos privados, cubiertos de cojines y almohadas, y le ofreció largas pipas de madera para fumar opio de alta calidad, el Gran Humo.
Ella sintió curiosidad por probarlo y se notó apaciguada por la sensación calmante que le recorría las venas.
Cuando despertó, habían pasado cinco días.
Aprendió a rechazar esos viajes de opio, pero las conversaciones con las taitais , las ricas esposas de los magnates, eran difíciles de evitar.
Deambulando por los estrechos senderos de sus jardines privados con puentes en forma de media luna, sentada con un grupo de niños que jugaban con caballitos de madera y observando a las chicas vestidas de seda inclinarse y servir té a sus mayores de una manera sorprendentemente piadosa, se dio cuenta de su falta de gracia y refinamiento, y de su absoluta falta de roce social y obediencia.
Algunas de las mujeres le preguntaban por su ascendencia. Al saber que era huérfana, respondían con un suspiro dramático: “Pobrecita”.
Después: “¿Estás casada? ¿No? Tienes veinte años. ¿No deberías formar una familia?”.
A veces, estas conversaciones la agotaban y se ponía de mal humor, convencida de que su madre, al elegir vivir separada de sus parientes, le había robado la compañía, el ruidoso desorden de una familia numerosa y las enseñanzas de la tradición y los valores defendidos por muchos; a veces, deseaba que su madre hubiera encontrado la manera de reunirse con el jefe militar Zhang.
Tiempo después, en una fiesta de alto nivel a la que habían asistido algunos funcionarios nacionalistas y sus esposas, se encontró con el joven mariscal, hijo del jefe militar Zhang de Manchuria, en un salón de fumadores.
Habían pasado dieciocho meses desde el asesinato del jefe Zhang, que, según los periódicos, había sido orquestado por el Ejército de Kwantung japonés.
El joven mariscal había heredado las fuerzas militares de su padre y había jurado vengar su muerte.
Era un hombre alto, de rostro alargado y nariz recta. Pero tenía los ojos iguales a los de ella, con forma de flor de melocotonero.
—Yo también soy de Harbin —dijo Anyu. Solo estaba charlando con un militar; no era un pariente de sangre y no esperaba nada más de él, se dijo a sí misma.
El joven mariscal, ocho años mayor que ella, asintió.
—Su tierra natal está orgullosa de usted, señorita Anyu.
—¿A usted también le gusta comer crisálidas de gusano de seda? Al señor Zhang le encantaban —dijo ella con naturalidad. Si el joven mariscal se fijaba en el parecido de sus ojos, se sentiría intrigado.
—Es un manjar.
—Me pregunto si esto le parecerá extraño; tiene que ver con su padre. Una chica que conocí tenía un collar con un colgante de Guandi. Decía que él se lo había regalado a su madre.
El joven mariscal exhaló una bocanada de humo.
—¿Todavía tiene el collar?
—Creo que no. Lo empeñó. ¿Era una joya especial?
—Era un capricho de mi padre. Cada vez que tenía un romance con una mujer, le regalaba un collar con el emblema del dios de la guerra, símbolo de nuestra familia, y después le decía que se marchara.
Esas mujeres se sentían atraídas por el poder de mi padre como las polillas a la luz de una vela.
Quién sabe cuántas estaban encantadas con tal de acostarse con él, darle hijos y tratar de extorsionarlo. No significan nada para mi familia.
“No significan nada para mi familia”. La frase le resonó en los oídos mucho después de abandonar la fiesta. Tal vez fuera la hija ilegítima del militar, pero también era una amenaza para el joven mariscal. La mera existencia de Anyu era un tabú, una burla; nunca formaría parte de la familia Zhang.
Se dio cuenta de que su madre no había tenido otra opción y que, después de todo, la infancia que había tenido había sido un regalo: vivir aislada en la estación de tren le había permitido convertirse en una mujer con criterio propio, sin las ataduras de la tradición ni los lazos de la familia.
A partir de entonces, su vida era suya, solo suya; construiría su futuro y su propia familia.
Como siempre, pensó en Isaac.