Capítulo 18 #2
—Cuando Fabergé contrató a los maestros artesanos para crear los huevos, a finales del siglo xix , estos se enfrentaron a una feroz competencia entre ellos.
A algunos se los acusó de codicia y hubo conspiraciones para dañar a nuestras familias.
Para evitar más pérdidas y proteger el oficio y las piedras preciosas, fundaron un gremio.
Forjaron un fuerte vínculo a lo largo de los años y construyeron una vasta red de influencia en Rusia y el resto de Europa.
Tenían acceso a los yacimientos de diamantes y oro, y se relacionaron con talladores de diamantes, gemólogos, coleccionistas e, incluso, con los miembros de la realeza de varios países.
El Gremio de Maestros Artesanos.
—¿Cómo tenían acceso a los diamantes en Rusia?
—Es complicado. Muchos joyeros conocen las minas de diamantes de Sudáfrica, pero pocos saben que Rusia tiene varias minas de diamantes y yacimientos de oro en los Urales y Siberia.
De hecho, a una de las minas de diamantes de los Urales se la considera la más grande del mundo.
Los maestros artesanos tenían acceso directo a las minas y utilizaban esas piedras para fabricar joyas para la familia imperial.
También se labraron una gran reputación y establecieron muchos canales ilegítimos con comerciantes, proveedores y magnates de diamantes de todo el mundo.
En el apogeo del gremio, controlábamos el noventa por ciento de los diamantes que se vendían en Rusia y en toda Europa.
Minas de diamantes y yacimientos de oro. Anyu tuvo que tomarse un momento para asimilar lo que había oído.
—¿Cómo vinieron a parar todos esos tesoros aquí?
—Después de la revolución, los maestros artesanos sufrieron la persecución de los rebeldes. A muchos los encarcelaron o asesinaron. Algunos huyeron a Finlandia e Inglaterra, y unos pocos a Asia. Nos llevamos todo lo que pudimos cargar.
Anyu se dio cuenta de que Isaac era miembro del Gremio de Maestros Artesanos. Volvió a examinar los tesoros, cada uno de ellos con un valor equivalente al de un pequeño reino, guardados en cajas de cristal y escondidos bajo tierra.
—¿Dónde está el huevo?
—Aquí. —Isaac se acercó a una caja de cristal que estaba a su izquierda y presionó el anillo de piedra lunar para dejar a la vista otra vez el águila.
—¿Por qué el águila de dos cabezas? —preguntó ella.
—Proviene del escudo de armas de la familia Romanov, adoptado por la familia imperial en el siglo xv. Los maestros artesanos veneraban al zar, pero no querían violar el escudo. Diseñaron una versión más simple del águila bicéfala, sin la corona ni las connotaciones religiosas.
—¿Todos los miembros del gremio llevan el anillo?
Isaac asintió.
—Había cuarenta y dos anillos para cuarenta y dos maestros artesanos. El anillo de sello fue diseñado para ser discreto, pero también identificable. Lo recibí de mi padre.
Sostuvo el anillo y lo colocó en la placa de latón que decía “Huevo de Invierno”. La caja se abrió; ante Anyu se encontraba la belleza que había soñado ver desde que la había contemplado por primera vez. Con la mano enguantada, Isaac levantó delicadamente el huevo.
—¿Lista?
Anyu se apresuró a sacar su pañuelo y abrió las palmas de las manos para que Isaac apoyara en ellas el huevo.
Le pareció más pesado de lo que recordaba, y la superficie, a través del pañuelo, era suave.
Admiró los riachuelos de diamantes resplandecientes y la sorpresa que había dentro: una exquisita cesta de flores.
Lo acunó con delicadeza, temerosa de que se le cayera o se empañara con su aliento.
El huevo que la había inspirado, el huevo por el que había trabajado duro durante todos esos meses, el huevo que la había llevado hasta Isaac, el huevo que había cambiado su vida.
—¿Y bien? —preguntó Isaac.
—Es magnífico.
—¿Pero…?
—Yo puedo hacer algo así.
Él se rio.
Tras echarle un último vistazo al huevo, se lo entregó. Él meneó la cabeza.
—Ahora es tuyo.
Ella lo miró fijamente.
—¿Mío?
—Sí.
—¿Me va a regalar este huevo tan valioso? ¿Por qué?
—Hace años, me prometí que le daría el huevo a mi sucesor. Llevo diez años buscando a quien pueda sucederme. Creo que la he encontrado.
Él la honraba nombrándola su sucesora. A Anyu se le aceleró el corazón.
—No sé qué decir… ¿Eso significa que seguiré haciendo joyas para usted? El huevo… No sé si soy digna… ¿Y Samuel?
—Has demostrado tu valía, Anyu. Eres un regalo especial que Dios me ha hecho.
¿Era su imaginación, el tono de voz suave, la adoración que traslucían los ojos de Isaac? El corazón le latía con un extraño ritmo de felicidad.
—Isaac…
—Una vez me preguntaste qué sentía al renunciar a mi nombre. Creo que te dije que la fama me importaba poco. Solo quiero fabricar joyas en paz.
Pero, aun así, era un gran sacrificio.
—Cuando me entregaron este huevo, hace años, juré protegerlo con mi vida.
Es hora de encontrar una nueva dueña. Pero sería negligente si no te revelara el riesgo que conlleva la propiedad del huevo.
Los hombres tienen una tendencia natural a poseer tesoros, y quienes tienen más medios son quienes tienen menos escrúpulos.
Es peligroso poseer una pieza que todos codician.
Probablemente tú también seas consciente de ello. Entenderé si rechazas mi propuesta.
—¿Rechazarla? ¡No!
Él sonrió.
—No tengo miedo. —Lo miró fijamente mientras pensaba en cómo se habían conocido, en el recuerdo de la sangre que le brotaba del cuello y en los rumores que habían oído en la fiesta de la señora Brown—. Le doy mi palabra. Protegeré el huevo y la reputación de su familia con mi vida.
—Entonces, mi misión está cumplida.
—No lo decepcionaré. Este huevo estará tan seguro como sea posible.
—¿Qué quieres hacer ahora? Puedes llevártelo contigo o guardarlo en otro lugar para mantenerlo a salvo.
Ella volvió a mirar a su alrededor.
—¿Cómo de segura es esta cámara?
—Mucho. Ya viste al hombre de la tienda; es uno de los doce que vigilan este lugar día y noche. La caja de cristal es casi indestructible y solo se puede abrir con el anillo del propietario.
Anyu volvió a guardar el huevo en la caja y la deslizó de nuevo en la pared.
—Entonces, lo dejaré aquí. Vendré a verlo cuando lo necesite.
—Bueno, entonces debes tener la llave. —Isaac se quitó el anillo y se lo deslizó en el dedo mayor de la mano derecha. Le quedaba holgado, pero no se le caía.
Anyu levantó la cabeza, sorprendida.
—Usted dijo que este anillo era para los miembros del gremio.
—Sí, y ahora eres una de ellos.
—¿Y usted?
—Dejaré de ser miembro. El gremio tiene reglas estrictas. La membresía solo se transfiere de un maestro joyero a otro. Mi padre me dio el anillo y ahora yo te lo doy a ti. A partir de ahora, tú serás miembro, no yo.
Anyu pasó el dedo por la piedra lunar y encontró la estrecha franja construida dentro del aro del anillo que ocultaba el águila de dos cabezas. Se maravilló ante el mecanismo.
—Es una pieza elaborada con mucho ingenio.
—Así es.
—Como su sucesora, es un honor para mí llevar este anillo. —Se inclinó hacia delante y cerró la caja.
—Hay una cosa más. Nombrarte miembro del gremio es solo el primer paso. Aún tendrás que ganarte la aprobación de los demás.
—¿Los demás miembros?
—Sí. Hay cuatro que viven en este momento en Shanghái, incluido uno de los miembros originales, que huyó de San Petersburgo.
—Hablaré con ellos. ¿Dónde están?
—De hecho, están asistiendo a su reunión mensual aquí.
—Me gustaría conocerlos.