Capítulo 18
Esa noche, cuando Anyu llegó a casa, volvió a sen tirse envuelta en una ola de euforia.
Todos estaban exultantes y la pequeña cocina se encontraba abarrotada: Esther la abrazaba, el tío David sonreía ansioso por que se concretara la venta del fénix por mil dólares, Isaac estaba radiante y las dos tías aplaudían como niñas.
Incluso Samuel, magnánimo, le sonrió con calidez y le dio una palmadita en la espalda.
Toda la familia celebró compartiendo una opulenta comida compuesta por pollo asado, pan de ajo y borscht con abundante col. El tío David aportó una botella de whisky, lo sirvió en cuencos, ya que no tenían vasos, y gritó: “¡ Lejaim! ”.
Anyu se bebió el whisky de tres tragos; le bajó por la garganta y la mareó.
Empezó a toser, pero le gustó todo: el sabor del alcohol, el pollo, el brindis y los Mandelburg, con los ojos rebosantes de alegría.
Ella les había llevado eso, esa felicidad, ese giro de la fortuna, y estaba contenta y orgullosa.
Y se dio cuenta de que eso era lo que siempre había deseado: que la aceptaran, hacerlos felices y formar parte de verdad de su vida.
Cuando llegó al apartamento a los dieciséis años, perdida, a la deriva como la nieve, se había preguntado si alguna vez encontraría un lugar donde quedarse. Ahora sabía dónde pertenecía.
Al día siguiente, llegaron más buenas noticias.
Esther despertó a Anyu y le mostró un montón de periódicos con enormes fotos de ella y la señora Brown.
Aún medio dormida, Anyu leyó los titulares que la anunciaban como ganadora del prestigioso concurso de joyería.
Los artículos alababan su talento, se maravillaban de su corta edad —dieciocho años—, se compadecían de que fuera huérfana y predecían, sin reservas, que, como la joyera más joven, una chica que había ganado un premio importante, una joyera china que había diseñado el broche para el generalísimo y su prometida, tendría el toque de Midas y todo lo que diseñara se vendería.
Ella se rio. La fama: ser conocida, alabada y adorada.
Era una sensación maravillosa. Ya no era una huérfana sin nombre.
Y, después, la predicción de los periódicos se hizo realidad: durante los cinco días siguientes, la tienda se llenó de compradores que buscaban las joyas que ella había diseñado y de clientes ansiosos por hacer encargos: uno de Liza Hardoon para hacer veintidós collares con colgantes de Buda para sus veintidós hijos adoptivos, otros encargos de la esposa de un diplomático chino, de una estrella de cine, de un cónsul británico, de un oficial de la marina italiana e incluso del jefe de la Concesión Francesa, que, según Isaac, había sido cliente de Bellefeuille.
Todas las piezas de joyería diseñadas por Isaac también se vendieron. Los pedidos se aceptaron con una fecha de entrega fijada para seis meses después.
Más tarde, llegó el pago por el broche. ¡Mil dólares!
Las ganancias levantaron el ánimo de todos.
Isaac le compró a Anyu una nueva mesa de trabajo, porque creía que, como maestra joyera, debía tener su propio espacio, y la colocó junto a la suya.
El tío David dijo que ya no era necesario que ella trabajara en el mostrador y, enseguida, le pagó un salario de joyera: diez dólares.
¡Diez dólares al mes! ¿Cómo iba a gastárselos todos? Se sentó ante su mesa de trabajo, que tenía la altura adecuada para ella. Se sentía capaz de trabajar y dormir allí y no volver a salir del taller nunca más.
Con la fabulosa suma de diecinueve dólares en el bolsillo, Anyu llevó a Esther a una sastrería del Asentamiento y le pidió que eligiera cualquier vestido que le gustara.
A Esther se le iluminó la cara. Pasaron cuatro horas en esa tienda y, después, Anyu se detuvo en una librería, donde compró un diccionario Webster y se lo entregó a Esther.
Entonces, una tarde, Anyu estaba elaborando uno de los colgantes de Buda cuando Isaac le pidió que lo acompañara.
—¿Adónde vamos? —preguntó ella.
Él respondió en voz baja: —A la Cámara de las Gemas y los Tesoros.
A Anyu se le detuvo el corazón por unos segundos al pensar en lo que él le iba a mostrar.
Tomaron un taxi hasta la ribera del río Huangpu, pasaron un control y se bajaron en un muelle que estaba frente al imponente Edificio Sassoon, un inmenso complejo de estilo art déco de nueve pisos, casi terminado, cuya singular cúpula verde esmeralda brillaba bajo la luz del atardecer.
Caminaron a lo largo del río Huangpu, bajaron a un paso subterráneo y, luego, subieron unos escalones de piedra hasta el nivel del suelo.
Atardecía y la oscuridad descendía rápidamente. Los imponentes olmos y robles se mecían con el viento.
—Por aquí. —Isaac la guio hacia un camino de guijarros bordeado de edificios de ladrillo rojo, que parecía un centro comercial, y luego, llegaron a una tienda de dos pisos que vendía cubertería y tenía un cartel de “Cerrado”.
Isaac llamó a la puerta y un hombre indio con un turbante de color café la abrió solo un poco.
—¿Qué tipo de cuarzo vale más: el rosa o el ahumado? —preguntó.
—Ninguno de los dos. Se sabe que el cuarzo más valioso y popular es la amatista —respondió Isaac.
El hombre miró a Anyu, vaciló y abrió la puerta para dejarlos entrar.
La tienda estaba tenuemente iluminada por una lámpara situada en el mostrador; había filas de cuchillos con filos curvos como dagas alineados en la pared, y cubiertos, bandejas y candelabros expuestos en las estanterías.
No había palillos. Al parecer, esa tienda solo atendía a clientes extranjeros, pero Anyu tenía el presentimiento de que no atendía a nadie en absoluto.
—¿Prefiere cuchillos de oro, platino, plata de ley o acero inoxidable, señor? —preguntó el hombre con las manos cruzadas a la espalda. Estaba armado con una pistola.
—Platino.
El hombre se hizo a un lado e Isaac se dirigió hacia la pared donde estaban los cuchillos.
Aferró el mango de marfil de uno y lo giró.
La pared se abrió hacia un lado para revelar un espacio oculto detrás.
Sorprendida, Anyu miró a Isaac, quien sonrió y le indicó que entrara.
En cuanto ella pasó, la pared se cerró detrás de ellos.
Se encontraba en un jardín rodeado por cuatro paredes cubiertas de enredaderas. Iluminada por la luz tenue, alcanzó a ver en el centro una estatua de bronce sobre un pedestal de marfil.
—La diosa de la paz, diseñada por un arquitecto muy conocido —dijo Isaac.
La diosa tenía un cuerpo largo y esbelto, y un águila de dos cabezas posada en el brazo derecho.
—Es preciosa. Pero ¿dónde está la cámara?
—Un momento —dijo Isaac mientras levantaba la mano derecha, en la que llevaba su anillo de cabujón de piedra lunar, y presionaba el lateral del anillo con la otra mano.
Para sorpresa de Anyu, el cabujón se levantó para revelar la imagen de un águila bicéfala, similar a la del brazo de la diosa.
Isaac colocó el águila en el hueco de la mano de la diosa, lo hizo encajar como una llave en una cerradura y la mano se levantó.
El pedestal de marfil se deslizó hacia un lado y dejó al descubierto una escalera oscura debajo.
Anyu se quedó sin aliento.
—Entra. —Isaac hizo un gesto con la mano y bajó las escaleras.
Anyu lo siguió al interior. Alcanzó a ver un pasillo largo y oscuro frente a ella, con dos lámparas eléctricas parpadeantes en el otro extremo.
—¿Dónde estamos?
—Ya lo verás —respondió Isaac con voz resonante.
Finalmente, llegó a un alto vestíbulo iluminado por unos apliques eléctricos en la pared. Isaac se detuvo ante una puerta y apoyó el anillo en una placa de latón que estaba en el marco. La puerta se abrió deslizándose.
Una habitación secreta.
—Bienvenida a la Cámara de las Gemas y los Tesoros —dijo Isaac.
Anyu parpadeó y entró en la habitación, que tenía la forma de un tren estrecho, con esculturas en las cuatro esquinas y cajas de cristal hexagonales en estantes empotrados en las paredes.
Bañadas por la luz de los apliques, brillaban como una colmena dorada.
Impresionada por la vista, se quedó mirándolas como en trance.
La caja de cristal que tenía cerca contenía un enorme diamante de talla rondelle , que debía de pesar doscientos quilates, multifacetado, de una claridad impecable, deslumbrante y un tono azul verdoso.
Una placa debajo del diamante indicaba que este tenía un parecido sorprendente con el diamante Orlov, que el conde ruso Grigory Orlov le regaló a su amante, la emperatriz Catalina la Grande.
Al lado, había una lujosa corona de oro filigranada que había llevado Mumtaz Mahal, una princesa persa, la amada esposa del emperador mogol Shah Jahān, quien construyó una de las maravillas del mundo, el Taj Mahal de mármol blanco, para honrarla tras su muerte.
A continuación, un collar eduardiano con un enorme diamante de talla rosa que, según se decía, perteneció a la reina Isabel I.
Y un collar de platino con el diamante Maximiliano, de treinta y tres quilates, color amarillo lima y de talla estilo cojín con una fluorescencia asombrosa, uno de los dos que poseía el archiduque Fernando Maximiliano José.
Y más: un collar antiguo de Tiffany fabricado en 1870, con un intrincado trabajo de filigrana y granulado; un dosel de diamantes que, según se dice, formaba parte del Trono del Pavo Real creado para la corte mogol de la India; un amuleto maorí de jadeíta del siglo xvii ; un caballito de mar de precioso jade amarillo tallado a mano por una chica de dieciséis años en Tailandia.
Y allí, el espléndido Huevo Conmemorativo de Alejandro III, incrustado con hileras de diamantes de talla rosa ensartados como si fuesen cuentas. A Anyu le costaba creer lo que veía.
—¿Son reales estos tesoros?
—Sí.
—¿Qué es este lugar?
—Ya te lo dije, la Cámara de las Gemas y los Tesoros.
—No puedo creer que exista una cámara así. ¿Quién es su propietario?
—El único e inigualable Gremio de Maestros Artesanos.
—¿El gremio?