Capítulo 17
En cuanto entró en el gran salón de baile del hotel donde se celebraba la ceremonia, sumergida en una nube de humo de cigarros, colonia y champán, Anyu se sintió como un pez que salta al agua hirviendo.
Sentía el calor de la lámpara de araña dorada, que ardía como el sol del mediodía, mientras la marea de hombres y mujeres que se apresuraban la empujaba, primero hacia dentro y luego hacia fuera.
La música de los violines flotaba en el aire; los tacones resonaban en el suelo de mármol.
Todo el mundo hablaba: los hombres, que se reunían en grupos; las mujeres, que lucían vestidos elegantes, y los periodistas, que llevaban cámaras fotográficas.
¡Periodistas! Con solo imaginar la posibilidad de perder delante de todo el público, Anyu no podía respirar, el sudor se le acumulaba en la piel. El vestido de Esther le apretaba.
Cuando encontró a Isaac en su estand, él mencionó algunos diseños que habían cautivado a los asistentes.
Un joyero estadounidense de la Casa Clemente había creado un broche en forma de leopardo de las nieves con diamantes coloreados, piedras lunares grises, zafiros negros y oro blanco.
Otro joyero de Frost ella se rio y la tiara resplandeció.
—Voy a ver los estands de otros joyeros —le dijo Anyu a Isaac.
Muy nerviosa, entró a trompicones en la sala llena de humo de la Casa Clemente, que zumbaba por el sonido de saludos suaves y susurros, luminosa por los rayos dorados de las joyas exhibidas.
La multitud rodeaba las cinco vitrinas de cristal del centro, en cuyo interior había piezas que superaban la imaginación de Anyu: brazaletes con jirafas enjoyadas, broches de jadeíta en forma de mariposas, horquillas con cabezas de león y hebillas de cinturón en forma de salamandras.
Las impresionantes piedras preciosas estaban engastadas en metal grabado, texturizado y fabricado a mano, y adornadas con diamantes, lapislázuli, oro, coral y cualquier tipo de piedra preciosa que pudiera imaginar.
También vio las miradas fascinadas de los hombres y las mujeres, el intenso anhelo, el deseo descarnado.
Ese era el poder de las joyas: su belleza y riqueza encendían un brillo en los ojos, provocaban un estremecimiento de emoción, una aguda apreciación de la maravilla y un instinto primario de posesión.
Se sintió fatal.
La Casa Clemente era candidata a ganar.
Arrastró los pies hasta la sala de la Casa Bellefeuille, decorada con banderas de premios y reconocimientos; al fin y al cabo, Bellefeuille había sido la ganadora del concurso durante los cinco años anteriores.
La colección de la casa tenía un hilo conductor que demostraba confianza y estilo artístico.
Todos los brazaletes, los colgantes e incluso los anillos proponían un único tema: una planta que se asemejaba a un iris, grabada, granulada, incrustada y esmaltada en una deslumbrante variedad de dorado, malva y verde hierba.
Se detuvo ante una vitrina de cristal que exhibía dos pulseras de platino con iris de aguamarina, un diseño sencillo de una flor de tres pétalos transformada en elegancia.
Era impresionante que una sola flor pudiera ser idolatrada y representada de tantas maneras diferentes.
Se abanicó. Estaba a punto de desmayarse. La reputación artística y la sofisticación de Bellefeuille estaban a la vista. La Casa Bellefeuille podía volver a ganar.
Alguien le dijo algo. Levantó la vista. A su lado había un hombre de alrededor de cuarenta años, más o menos la edad de Isaac; tenía rasgos afilados, bigote delicado y brillantes ojos castaños. Era muy atractivo y desprendía un aroma especiado con notas de lima, nuez moscada y lavanda.
—Ah, no habla francés. Es una lástima. El francés es el idioma más bello del mundo, mademoiselle , y usted está contemplando las joyas más refinadas: joyas francesas, conocidas por tener una exquisita artesanía y superioridad artística.
—Son preciosas. —Anyu dejó de abanicarse, pero el sudor se le acumulaba en los guantes y le preocupaba que pudiera gotear en el suelo.
—En francés, lo llamamos fleur-de-lis . Esta belleza de tres pétalos es la flor nacional de Francia, un símbolo de la realeza, un ícono asociado al rey de Francia. Y muchos de los diseños que ve aquí presentan hojas. Bellefeuille, como usted sabe, significa “hoja hermosa” en francés.
—¿Cree que la Casa Bellefeuille ganará el concurso?
Él la estudió.
—Bellefeuille ha ganado los últimos cinco años.
—Lo sé.
—¿Qué tipo de joyas prefiere, mademoiselle ?
—Las joyas rusas. —Estaba dispuesta a defender a Isaac. Había aprendido todo de él.
—¿Joyas rusas? Debe saber que son famosas entre los joyeros por sus colores bárbaros y el tamaño obsceno de las piedras preciosas, que requieren usar una sierra eléctrica. Algunas personas bromean diciendo que las joyas rusas son otra forma de mineralogía.
Si hubiera oído a otro hombre decir eso, le habría señalado su arrogancia, pero este tenía una forma de expresar confianza en sí mismo que incluso tenía carisma para insultar.
—Me resulta familiar. ¿Nos conocemos? —preguntó.
—Creo que no.
—Déjeme adivinar. Usted es la princesa de un magnate de Shanghái y encarga collares y anillos de diamantes como los hombres compran cigarros. Tengo muchas clientas como usted, jóvenes y hermosas. Y su vestido es exquisito.
—Me lo prestó una amiga. No es mío.
—Ah, ¿sí? Qué sincera es usted. Está preciosa. Soy Pierre Bellefeuille, bijoutier-artiste , propietario de la Casa Bellefeuille.
—Ah.
—No me ha dicho su nombre.
—Soy Anyu, de Harbin. También soy joyera.
—¿De verdad? ¿Y para qué casa trabaja?
—La Casa Mandelburg.
Él arqueó las cejas.
—¿David Mandelburg es su mentor?
—No. Isaac Mandelburg.
—Ya veo. El recién llegado. No he tenido ocasión de conocerlo. Es bastante escurridizo, ¿verdad? ¿Cómo la trata a usted?
Había algo en el tono que Anyu no lograba descifrar.
—Muy bien.
Se inclinó hacia ella y la envolvió en una espesa nube de colonia.
—Tiene una mancha. ¿Me permite?
Le tocó la barbilla con los dedos limpios y suaves. Una extraña sensación le recorrió el cuerpo. Ningún hombre le había tocado la cara en sus dieciocho años de vida.
—Disculpe.
Anyu se abrió paso entre la multitud y salió corriendo. En la puerta, miró hacia atrás. Bellefeuille, con el brazo apoyado en la vitrina, la observaba como si fuera un diamante recién descubierto.
Al final de la exposición, Anyu creyó haber descubierto algo.
A los ricos de Shanghái les encantaba la riqueza, pero les molestaba llevarla como si fuera una roca pesada.
Lo importante eran el glamour y la gloria.
Y todas las joyas expuestas compartían un tema común: animales exóticos como panteras, salamandras, leones, jirafas y las omnipresentes serpientes, excepto las flores de la Casa Bellefeuille.
Ninguna de las joyas, salvo la que ella había creado, hacía alusión a leyendas o mitos chinos.
Su diseño del fénix era único, rico en connotaciones culturales, una bocanada de aire fresco en medio de los diseños occidentales, y perfectamente elaborado. ¿Apreciaría su referencia la señorita Soong, una mujer nacida en China y a punto de casarse con un líder chino?
—¡Anyu, aquí estás! Te estaba buscando.
Isaac apareció junto a ella. Parecía acalorado, tenía la cara brillante; junto a él estaba la señora Brown, seguida de otro grupo de periodistas con cámaras.
—Señora Brown…
—Ven, querida. Me muero por tomarme una foto contigo. —La señora se inclinó, y rozó con el borde de su tiara la oreja de Anyu.
Anyu casi no tuvo tiempo de decir nada más antes de que las cámaras dispararan sus flashes y estallara un coro de voces.
—Señorita Anyu, ¿de dónde sacó la inspiración para el pájaro?
—¿Señorita Anyu? Señorita Anyu, ¿cuál es su apellido?
—Señorita Anyu, se nota que no es de Shanghái. ¿De dónde es?
—Señorita Anyu, parece muy joven. ¿Cuántos años tiene?
Miró a Isaac, desconcertada, sin saber muy bien cómo reaccionar ante tanta atención y tantas preguntas.
—Sería un honor, señora Brown, que se lo contara usted personalmente —dijo Isaac.
La señora Brown abrió mucho los ojos.
—Querida, acabo de hacer el anuncio. Quizá no lo hayas oído. Eres la ganadora del concurso.
—¿Qué ha dicho?
—Hablaré con Isaac sobre los detalles, pero sí, querida. Me lo ha comunicado el asistente del generalísimo. El generalísimo y la señorita Soong han elegido tu fénix ascendente como regalo de boda. Se han ofrecido a comprar tu broche.
Una oleada de flashes cegadores la deslumbró.
Lo único que podía ver Anyu eran las miradas de curiosidad de las mujeres y las expresiones de incredulidad de los hombres.
Anyu se volvió hacia Isaac, cuya silueta parecía una lámina de metal pulido.
Empezó a temblar y quiso preguntarle de nuevo si era verdad lo que estaba pasando o si se trataba de un sueño.
Su segundo diseño había ganado el primer premio.
¡Parecía mentira! Pero la señora Brown permanecía a su lado, los periodistas seguían haciéndole preguntas y allí, cerca del escenario, vio su fénix expuesto en una vitrina.
Un estruendoso aplauso estalló a su alrededor; las cámaras, los diamantes y los vestidos de colores se fundieron en una masa indistinguible.
Se sintió mareada bajo los focos. No era lo que había imaginado: era mejor.
Era maravilloso que la vieran, que la reconocieran, que se le hubiera cumplido algo parecido a un sueño.
No recordaba cómo llegó hasta la vitrina, cuántas personas la felicitaron ni qué respondió.
Durante horas, permaneció de pie frente a las cámaras, mirando a la gente, sonriendo a los famosos joyeros a cuyos diseños había vencido.
Anyu pensaba que había visto mucho, pero en realidad había visto muy poco.
Se sentía como una impostora. ¿Todos creían que ella era la joyera? ¿Una maestra joyera?
—Enhorabuena, maestra joyera —dijo Isaac.
Anyu sonrió. Lo habría besado, si no hubiera sido porque la rodeaban la multitud de gente, los periodistas y las cámaras. Estaba eufórica, embriagada por el éxito.
Ese era un momento que cambiaría su vida, un momento que consolidaría su nuevo estatus en la ciudad como artesana en ascenso, un momento que saborearía y reviviría innumerables veces durante muchos días y meses.
Y con razón. Pero se habría sentido diferente si hubiera sabido lo que le esperaba: una nueva vida.