Capítulo 16
Anyu comenzó a dibujar en cuanto llegó a la tienda.
Inclinada sobre la mesa de la cocina, esbozó la imagen de un fénix alzando el vuelo con una bola de fuego en las garras y marcó las medidas exactas de la cabeza, el cuerpo, las alas, la cola y las garras.
Utilizaría tres espinelas talladas especialmente para el cuerpo, gránulos de oro de distintos tamaños para la cabeza, diamantes de talla rosa montados en platino para los ojos, esmalte rojo en la cola y filigrana para crear alas de oro caladas para simular las plumas.
Cuando terminó, ya era pasada la medianoche.
Al día siguiente, presentó el diseño a Isaac y al tío David, que se había enterado del concurso y parecía muy entusiasmado. Pero al ver el diseño, al tío David se le cayó la mandíbula. Isaac respondió:
—Un diseño atrevido. Bien hecho. Sin embargo, la granulación de la cabeza requerirá que hagas una gran cantidad de gránulos y te llevará horas colocarlos y fusionarlos.
—Puedo hacerlo.
—El calado de las alas es todo un reto, porque el calor del soplete podría no ser suficiente para fundir el metal, pero se puede conseguir cincelando y dando forma.
—Puedo empezar ahora mismo.
—Solo tienes cuatro meses —dijo el tío David—. No hay tiempo suficiente. No podrás completar un diseño como este.
—Puedo hacerlo.
Isaac asintió.
—Le pediré al señor Walters los diamantes en préstamo. Tío, dado que tiene cuatro meses para completar el diseño, ¿podrías liberarla de sus obligaciones en el mostrador para que pueda trabajar en el taller durante el día?
Al principio, el tío David se negó, pero ante la insistencia de Isaac, cedió. Isaac incluso sacó un tocador de su dormitorio y lo convirtió en una mesa de trabajo para ella.
Anyu casi no tenía tiempo para comer o dormir; solo podía pensar en el pájaro.
Cuando estaba en el taller, trabajaba en el diseño, lavaba la lámina de metal con un estropajo, forjaba la lámina de oro y le daba forma de cuentas, bolitas, delicados remolinos, rizos y alambres.
Luego, semanas más tarde, comenzó a fundir, esmaltar y grabar.
A mitad del proceso, dejó el cincel y examinó su trabajo.
Tomó un martillo de cincelar y destrozó toda la pieza.
—¿Qué pasa? —preguntó Isaac desde su escritorio. Estaba trabajando en un elaborado diseño eduardiano para el concurso.
—No es lo suficientemente bueno.
Empezó de nuevo.
Midió. Recortó el diseño. Forjó. Fundió los gránulos.
Decapó. Pulió. Finalmente, las cuentas quedaron colocadas en la cabeza redonda, tal y como las había dibujado.
Pero el calado de las alas era realmente muy difícil de ejecutar.
Le ardían los ojos por la intensa concentración; la piel de los dedos se le había irritado y sangraba por el pulido.
Se envolvió la mano con un paño limpio y se quedó dormida en la mesa después de terminar un ala; al despertar, comenzó de nuevo a doblar y dar forma a los alambres metálicos.
Cuando por fin tuvo las dos alas forjadas, las examinó minuciosamente.
Una vez más, tomó el martillo y rompió lo que había creado.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó Isaac.
—No sé qué le pasa. No tiene movimiento.
Iba a fracasar; nunca podría ser una maestra joyera.
—No es fácil, ¿verdad? —refunfuñó Samuel desde su escritorio.
—Tómate un descanso —dijo Isaac.
—No. —Resopló para contener las lágrimas que amenazaban con escapar y recogió la pieza destrozada. No se detendría ni descansaría hasta que el calado en filigrana de las alas y toda la pieza se vieran justo como en el dibujo.
Solo faltaba un mes para la fecha límite de entrega.
Empezó de nuevo con el pájaro. Después, los gránulos. El decapado. El pulido. Las filigranas. Después, el engastado de los diamantes y las espinelas. Trabajó sin descanso.
Comía dos huevos duros y dormía en el taller. En cuanto se despertaba, continuaba. Trabajaba veintidós horas al día y solo descansaba dos.
Ocho días antes del concurso, terminó su broche: un pájaro en posición de vuelo en tremblant .
Observó a Isaac sostener el broche y examinarlo. Su rostro parecía una lámina de metal estirada, inmaculada, lisa, sin ceño fruncido ni sonrisa, con una mirada intensa.
—¿Qué valor le ponemos? —preguntó Isaac.
—Mil dólares.
Tomó la tabla de precios que ella había rellenado, revisó los tipos de metal, el corte y el color de las piedras preciosas, los precios correspondientes por quilate, los costos de mano de obra, los costos de diseño y el porcentaje de margen de ganancia, y luego anotó el precio.
—¿Cuál de los dos deberíamos usar para el concurso? —preguntó el tío David. El diseño de Isaac era un medallón redondo con miles de delicadas filigranas que parecían un nido, hecho en oro de catorce quilates, cincelado. Quinientos dólares.
Anyu se mordió el labio. El diseño de su mentor era más sofisticado y elegante. Si fuera él, elegiría el suyo. Pero Isaac tomó el pájaro, lo colocó dentro de una caja forrada de terciopelo y dijo que se lo llevaría a la señora Brown.
—Estás cometiendo un error, Isaac —dijo el tío David con un profundo suspiro.
Por primera vez, Anyu estuvo de acuerdo con el anciano.
Los días posteriores a la presentación del fénix transcurrieron lentos hasta la agonía; las horas se alargaban, la puerta de la tienda se abría y se cerraba, y ella se quedaba de pie junto al mostrador, con la mente en otra parte.
Todavía faltaba una semana para la ceremonia de entrega de premios, durante la cual se anunciaría el nombre del ganador.
—Mira, Anyu. —Esther agitó un montón de periódicos frente a ella.
Era el North China Daily News , publicado en inglés.
Había un artículo entusiasta acerca de la ceremonia y la exposición que la acompañaría, y describía en detalle la reputación de la señorita Soong por su estilo visionario en joyería.
Según el artículo, el concurso había atraído a sesenta y dos participantes que habían presentado broches.
Sesenta y dos.
Dos días después, el periódico publicó: “Se llevó a cabo una revisión preliminar y se seleccionaron diez participantes finalistas”.
A continuación, se incluía un análisis en profundidad de los joyeros de Shanghái, todos excepto la Casa Mandelburg. Se pronosticaba un ganador: la Casa Bellefeuille, ganadora habitual del premio.
Después: “¡Los tres broches más impresionantes están bajo consideración de la futura esposa de Chiang Kai-shek!”.
Después, el día anterior a la ceremonia: “¡Ya se ha elegido al ganador!”.
Anyu se sintió mal. Ni una palabra sobre su fénix.
Llegó el día de la ceremonia. Por la mañana, Isaac, el tío David y Samuel fueron a la sala de exposiciones para montar su estand con una selección de artículos. Anyu no fue, con la excusa de que tenía que cuidar la tienda.
Cuando llegó la hora de salir para ir a la ceremonia, a última hora de la tarde, Anyu le dijo a Esther que había decidido quedarse en casa.
—¿Por qué? —preguntó Esther.
—No tengo un vestido decente —respondió Anyu.
—¿Quieres ponerte el mío? —dijo Esther.
—No puedo.
—Vamos, antes de que cambie de opinión. —Esther la llevó al ático.
Desplegó un vestido blanco de muselina con corte imperio y la ayudó a ponérselo, abrochándole los botones de la espalda y ajustándole los pliegues alrededor de las caderas.
Lo había estado cosiendo por las noches y esperaba que fuera su vestido de novia, dijo.
—¿Tu vestido de novia?
—Te queda muy bien. —Se llevaban siete años, pero Esther solo pesaba unos kilos más que ella.
Anyu se miró en el espejo que Esther le sostenía. Una mujer la miraba fijamente: ¡cuánto había cambiado su cuerpo! Tenía el busto más grande y las caderas más anchas. Era casi tan alta como Esther, una mujer adulta. Ahora se daba cuenta de que había cumplido dieciocho años.
—Eres una chica atractiva —dijo Esther.
—¿Estás segura? —Pensó en lo que le habían dicho sus vecinos: “Tienes ojos en forma de flor de melocotonero. Te convertirás en alguien como tu madre, seducirás a otros hombres y arruinarás a sus familias”.
—¿Estás tratando de ser modesta?
“¿Modesta?”.
—Ahora, no olvides esto. Una joyera debe llevar algo que brille. —Esther le colocó un collar eduardiano de oro alrededor del cuello. Era de su madre, le dijo.
Anyu rompió a llorar. Los nervios y la ansiedad de los últimos meses la habían afectado mucho y sentía que iba a derrumbarse. Había sido ingenua. Solo era una joyera novata. No debería haber pedido competir; la humillarían públicamente.
—¿Qué pasa, Anyu?
—Esther, no voy a ganar.
—¿Cómo lo sabes?
—¿Has leído las predicciones en el periódico?
Esther sacó su pañuelo y le secó las lágrimas.
—Son solo predicciones. Nadie sabe el resultado todavía, excepto los jueces.
—¿Vendrás conmigo a la ceremonia?
—No puedo, Anyu, tengo que vigilar la tienda. Pero ve. Pase lo que pase, eres una joyera excelente.
—Si gano, te compraré un vestido nuevo.
—¡Prométemelo! Quiero un vestido nuevo.
Anyu se puso unos guantes blancos largos que ocultaban convenientemente su dedo amputado. Se sintió mejor.