La joyera china Capítulo 15
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Capítulo 15

El día de la fiesta de la señora Brown, Isaac y Anyu tomaron un taxi hasta la mansión.

Cuando el vehículo se detuvo frente a dos esculturas de piedra de perros rampantes, Anyu se bajó.

Frente a ella se alzaba un palacete de estilo neoclásico inglés de dos pisos con una verja de hierro forjado, ante la cual había cuatro policías.

Isaac les mostró su invitación y ellos les hicieron señas para que pasaran.

Mientras caminaba con Isaac por el sendero sinuoso del jardín, Anyu observó el balcón en forma de media luna del piso superior, la amplia zona de césped con vegetación exuberante y flores, las brillantes lámparas eléctricas del jardín, los sedanes Rolls-Royce negros y a los choferes vestidos con libreas ocres de doble botonadura.

Anyu e Isaac se detuvieron frente a una imponente puerta metálica negra, donde un portero canoso, vestido con un abrigo elegante y botas de cuero, les abrió la puerta.

Anyu se había preparado para ver la grandeza de la mansión de la señora Brown, pero aun así se quedó asombrada.

Con su sencilla camisa y sus pantalones, parecía una criada.

El amplio salón de baile en tonos de verde florecía como el verano en un país de fantasía: el suelo estaba cubierto con una alfombra de color jade con un patrón de nubes blancas flotantes, las paredes eran de un suave verde esmeralda, el revestimiento de paneles de madera en tonos pastel tenía detalles pintados en oro y había una centelleante lámpara de araña enorme con pantallas de cristal en forma de hoja.

Bajo la araña, los hombres vestían sombreros de copa negros y fracs con solapas relucientes y alfileres de oro, y llevaban en las muñecas relojes de diamantes.

Las mujeres lucían vestidos largos de noche y mantones lujosos de marta cibelina para protegerse del frío de finales de primavera.

Todos parecían estar a gusto, circulando entre las columnas de mármol blanco, con sus joyas que destellaban bajo las luces.

—¿Por qué la gente lleva joyas con forma de serpiente, señor Mandelburg? —Anyu observaba con interés los adornos de las mujeres. Un broche de pantera, una horquilla de loro, un brazalete de serpiente, pendientes de filigrana engastados en platino, collares art déco con colgantes enjoyados.

—La serpiente representaba el amor eterno e inmortal en la época victoriana. El príncipe Alberto le regaló a la reina Victoria un anillo de esmeralda con forma de serpiente y puso de moda esa tendencia. Es un motivo muy popular en Europa.

Anyu negó con la cabeza.

—Yo no asociaría la serpiente con pasiones románticas. Las serpientes no evocan buenos augurios en la cultura china. —Pero entendió el simbolismo.

El secretario de la señora Brown, un hombre con gafas redondas de montura negra, le dijo a Isaac que ella lo vería una vez que terminara su reunión. Isaac le dio las gracias.

—¿Dónde está la señora Brown? —preguntó Anyu.

—Ahí. —Isaac señaló a una mujer regordeta con un vestido verde hiedra brillante sentada en un sofá de terciopelo frente a ellos.

Anyu la miró detenidamente. La mujer aparentaba poco menos de cuarenta años.

Lo más impresionante de ella no eran las mejillas redondas, los ojos verde azulado, del color saturado de las esmeraldas más costosas, ni el cabello rubio peinado en forma de nube, sino la tiara eduardiana de diamantes.

Anyu nunca había visto una tiara tan perfectamente elaborada, con ramas intrincadas y hojas adornadas con numerosos diamantes grandes y de alta calidad; alcanzó a identificar al menos treinta diamantes de talla rosa de gran brillo.

Incluso a distancia, el resplandor de la tiara, rebosante de dispersión y fluorescencia, iluminaba la habitación.

La señora Brown tenía treinta y siete años y era viuda.

Vivía en Shanghái desde 1915, cuando su esposo estableció su empresa en China.

Tras la muerte fatal del señor Brown al caer de una montaña durante una expedición, ella se hizo cargo de la empresa.

Sabía ruso, francés y chino, idiomas que aprendió para que los talladores no la engañaran con las piedras preciosas, según ella misma decía.

Cuando Anyu e Isaac se acercaron, estaba hablando con una pareja china: una joven con un vestido negro bordado con orquídeas y un hombre de uniforme militar decorado con insignias y medallas.

Le resultaron familiares. Anyu los miró fijamente y, entonces, recordó que los había visto en los periódicos: eran el generalísimo Chiang Kai-shek y su prometida, Soong Mei-ling.

Alrededor de la señora Brown había ocho hombres con sombreros fedora negros: eran guardaespaldas. Efectivamente, mientras Anyu inspeccionaba el salón de baile, encontró más guardias con camisas y sombreros negros, dispersos discretamente.

—¿Te gustaría conocer a la élite de Shanghái?

Aquel es el señor Morris, el hombre que está fumando un cigarro —dijo Isaac.

Henry Morris, buen amigo de la señora Brown, era también el propietario de varios periódicos de la Concesión Francesa y del Canódromo, donde se hacían carreras de perros; su casa estaba situada en un terreno de sesenta mil metros cuadrados—.

Y ahí está el embajador británico, el señor James, y también un cónsul italiano, el señor Romano.

—Nunca sería capaz de recordar sus nombres.

—Quizás deberías interesarte en recordarlos. Podrían ser tus clientes —dijo Isaac.

—Clientes.

—Un maestro joyero tiene que crear una base de clientes fieles que inspiren y fomenten sus creaciones. Y esto ya lo sabes: un buen joyero hace joyas, pero un maestro joyero construye vínculos. —Isaac levantó dos copas de champán de la bandeja de un camarero y le dio una a ella.

Anyu nunca había probado alcohol, pero como todo el mundo tenía una copa, la aceptó. “Un buen joyero hace joyas, pero un maestro joyero construye vínculos”.

Isaac continuó señalándole discretamente a los hombres: diplomáticos, magnates, empresarios de éxito, coleccionistas, herederos de familias adineradas y joyeros, todos ellos estadounidenses en busca de oportunidades laborales en Shanghái.

Entonces, Anyu captó varias frases en inglés entre el ruido de la conversación.

Giró la cabeza. Cerca de ella había un italiano que lucía un llamativo anillo con un rubí transparente y facetado color sangre de paloma rodeado de diamantes de talla brillante; un arquitecto húngaro con una barba en forma de alas; un oficial naval británico de rostro sonrosado, y un hombre de pie con las piernas abiertas como unas tenazas: el presidente de una compañía petrolera estadounidense.

Estaban hablando de los huevos de Fabergé.

—Estoy dispuesto a pagar cien mil dólares estadounidenses por una pieza. ¿Dónde están? —dijo el estadounidense.

—Las sacaron del depósito… Nadie lo sabe… Ocho. Sí. Oí que faltan ocho, podría estar equivocado, y el informe también podría ser deliberadamente engañoso —dijo el oficial naval británico.

Ella se acercó unos pasos para oír mejor.

—¿Muertos? No, muertos no… El maestro artesano huyó… con los huevos… Sí, alguien lo vio… —Las voces quedaron ahogadas por una carcajada de mujeres.

—Sí, sí. Sé su nombre. Isaac Umansky… Estoy seguro.

—¿Un judío? ¿Alguien lo atrapó?

—Judíos. Oí que acumularon muchos tesoros…

—No… No tengo una foto suya. No sé qué aspecto tiene…

Isaac devolvió su copa de champán y levantó otra; le temblaban las manos. Él también debía de haber oído todo.

—¿Cómo lo han sabido? —susurró Anyu.

Isaac le lanzó una mirada que la hizo arrepentirse al instante de lo que había dicho. Miró a las personas elegantes con la esperanza de que nadie la hubiera oído. ¿Acaso su casero había hecho correr rumores sobre el huevo? ¿Con quién más podía haber hablado?

Isaac parecía imperturbable, pero no volvió a decir ni una palabra a partir de ese momento.

Finalmente, la pareja china se levantó y abandonó el sofá de la señora Brown, y Anyu se abrió paso con Isaac entre la multitud.

Antes de que se acercaran más, uno de los guardaespaldas le pidió a Isaac que le mostrara los bolsillos.

—No hay necesidad de registrarlo. Es Isaac.

Ven, Isaac. —La señora Brown extendió su mano derecha sin guante para que Isaac se la besara.

La mujer británica tenía una voz agradable y ronca y un porte distinguido que hacía que la gente se inclinara y prestara atención a cada palabra que pronunciaba—.

Me alegro de verte, querido. No sueles venir a mis fiestas. ¿Cómo estás?

—Estoy bien, gracias, señora Brown —respondió Isaac—. Es muy amable de su parte recibirnos. Le agradezco que nos dedique su tiempo.

—Eres mi invitado de honor. Siempre tengo tiempo para ti, querido.

—Señora Brown, es usted muy amable. Permítame presentarle a mi aprendiz, Anyu. —Isaac sonrió; tal vez solo se lo había parecido, pero Anyu lo notó nervioso.

La mujer británica se volvió hacia ella; el brillo de la tiara le iluminaba los ojos verde azulado. No habló, sino que examinó el rostro de Anyu, su ropa y sus manos enguantadas.

—Es un honor conocerla, señora Brown —dijo Anyu.

—Si me lo permites, Isaac, ¿podríamos hablar en privado? —dijo la señora.

¿Eso era todo? Solo había intercambiado una frase con ella. Después de semanas de expectativas, Anyu no estaba dispuesta a marcharse todavía.

—Disculpe, señora Brown. ¿El generalísimo está buscando un anillo de boda?

Tanto la señora Brown como Isaac se quedaron completamente atónitos.

—Sí, pero ¿cómo te has enterado? —preguntó la señora mirándola con más atención esta vez.

—Lo leí en el periódico. Decía que se había comprometido con la señorita Soong. Supuse que se casarían pronto.

La señora Brown le entregó su copa de champán a uno de sus guardaespaldas.

—Eres bastante perspicaz. Tu suposición es correcta: está buscando un anillo de boda para su prometida y le hice algunas sugerencias. Encontrará uno que se ajuste a sus gustos.

—Estoy segura de que así será —dijo Anyu.

—Ahora bien, hay algo más que quizá te interese saber, Isaac. El generalísimo también tiene pensado mimar a su prometida con un broche como regalo de boda.

—Un broche —repitió Isaac.

—Les propuse que fueran los jueces de nuestro Concurso Anual de Joyeros. Han aceptado asumir la tarea de examinar las propuestas y elegir al ganador.

—Es una noticia fantástica.

Anyu aprovechó la oportunidad.

—Señora Brown, si me lo permite, ¿puedo pedirle un favor? He oído que ya ha pasado la fecha límite para presentar diseños al concurso. ¿Podría hacer una excepción y aceptar una propuesta más? Todavía estamos en la fase inicial de preparación.

La señora arqueó las cejas.

—Nadie se había atrevido antes a pedirme un favor. Niña, ¿en nombre de quién lo solicitas?

—La Casa Mandelburg.

—¿Así que al final has decidido competir, Isaac?

Él asintió.

—Si le parece bien…

—Muy bien, Isaac. Por ti, haré una excepción. Tu casa se añadirá a la lista de competidores. Sin embargo, espero que me perdones: solo aceptaré una propuesta. —Levantó la mano.

Se les había acabado el tiempo. Anyu se levantó con Isaac y se dirigió a una columna de mármol cerca de una escalera, mientras los demás invitados tomaban asiento.

—Es una mujer de hielo —dijo Anyu.

—Puede ser.

—Creo que no le caigo bien.

—Eso es porque es británica.

—¿Por qué?

—Puede que me equivoque. Los británicos dominan muchas habilidades, pero expresar afecto no es una de ellas. Tiene que ver con su clima.

—¿Como los rusos?

Isaac se rio entre dientes.

—Como los rusos.

—Me gustaría participar.

—Me lo imaginaba. ¿No era esa la razón por la que pediste ver a la señora Brown? Ahora tienes lo que deseabas.

—¿Recuerda lo que me prometió? —dijo Anyu en voz baja.

—Sí. Pero como tu mentor, Anyu, me gustaría advertirte: lamentablemente, las posibilidades de ganar son muy escasas para un diseñador novato. Será una competencia feroz.

—Ya lo sé.

—Creo que también te interesará saber que la Casa Bellefeuille ha sido la ganadora durante cinco años consecutivos, y que la Casa Clemente y la Casa Frost & Satin también cuentan con joyeros de renombre.

Las tres poseen una enorme riqueza y un alto nivel de sofisticación en la elaboración de joyas.

Para superar sus creaciones se necesita ingenio, habilidad y suerte.

—¿Monsieur Bellefeuille fue el ganador? ¿Está aquí?

Isaac negó con la cabeza.

—Él y la señora Brown son enemigos acérrimos.

—No lo sabía.

—Si insistes en participar, adelante. Crea tu pieza.

—¿Usted también va a diseñar una?

—La señora Brown dijo que solo consideraría un diseño de nuestra parte. Debemos respetar su deseo.

—Podemos crear dos y elegir una. Si mi diseño es mejor que el suyo, presente el mío.

Isaac se rio. Se bebió el champán de un trago.

—Si tu diseño es mejor que el mío.

La velada estaba en pleno apogeo, pero Anyu, con el corazón rebosante de alegría, no podía perder ni un minuto más en el salón de baile.

—Tenemos que irnos a casa —dijo.

Cuando salió de la mansión de la señora Brown, ya había imaginado una docena de diseños con animales y aves significativos para la cultura china.