Capítulo 14
Isaac le dio una linterna y un cuaderno de tapas de cuero que contenía sus notas sobre gemología. Ella tenía talento para reconocer el jade, pero ahora necesitaba una sólida comprensión y conocimientos prácticos sobre las piedras preciosas, lo cual era vital para fijar precios y diseñar.
Lecciones sobre las convenciones para etiquetar una pieza de joyería: nombre, año, tipo de joya, tamaño, metal, piedras preciosas y técnicas utilizadas.
Luego, visitas a las joyerías de Shanghái: famosas tiendas francesas, boutiques italianas y empresas estadounidenses situadas en la Concesión y el Asentamiento.
Cartier, Tiffany luego, el esmaltado en ronde-bosse (en altorrelieve) con un broche de flores, y finalmente el esmalte pintado sobre otro colgante.
—Ya he visto esta técnica.
—¿De verdad? —Se dirigió al segundo armario que estaba junto a las herramientas y abrió los cajones que contenían recipientes de esmaltes, cajas de sílice y carbonato sódico, y paquetes de productos químicos para pulir los metales y cloruro de platino para el acabado de óxido.
—La sorpresa que había dentro del huevo ruso que encontré en tu bolsa también estaba esmaltada —dijo ella sin pensar.
—Tienes buena memoria. En los huevos de Fabergé se utilizaban más de 144 colores de esmalte, desde el malva y el verde lima hasta el escarlata.
El Huevo de la Coronación de Alejandro III, por ejemplo, destaca por su tacto aterciopelado y una técnica sofisticada que requería grabar patrones en platino antes de esmaltar, lo que llamamos esmalte guilloché .
El proceso también requería largas horas de pulido con una rueda de madera especial y cuero de lavado.
No es por presumir, pero hoy en día pocos artesanos tienen la paciencia necesaria para llevar a cabo tal hazaña.
—Los huevos de Fabergé. Nosotros los llamamos huevos rusos.
—Te ruego que recuerdes su nombre, Peter Carl Fabergé, todo un ícono.
Muchos orfebres, joyeros y diseñadores tuvieron el honor de trabajar para él y disfrutaron de una gran libertad creativa.
Él creó esta novedosa idea de producir objets de fantaisie , curiosidades con gran valor artístico.
Sus creaciones eran tan famosas que recibía un encargo imperial cada año.
Todavía hoy, sus ingeniosos adornos sirven de modelo para orfebres y joyeros, especialmente los huevos imperiales.
A Anyu se le aceleró el corazón.
—Sé que prometí no volver a mencionarlo, pero ¿todavía lo tiene?
Él se detuvo un momento.
—Por supuesto. Es mi tesoro más preciado.
—¿Puedo verlo?
Él la miró.
—Señor Mandelburg, no puedo dejar de pensar en él. Me trajo hasta usted, desde Harbin a Shanghái, y me inspiró para ser joyera. Es el adorno más bonito que he visto nunca.
—Es una reacción habitual en las personas cuando ven un tesoro: posesión y obsesión.
—No quiero poseerlo, solo quiero verlo. ¿Puedo? —insistió ella.
—Me temo que no. Solo un maestro joyero tiene derecho a verlo.
—¿Por qué?
—Es una regla entre los maestros artesanos.
Antes, se aceptaba exhibir los huevos entre los coleccionistas, pero hubo algunos incidentes violentos que provocaron pérdidas humanas.
Para proteger los huevos de las miradas groseras de los codiciosos, decidieron que solo los maestros joyeros, los privilegiados, podrían contemplarlos.
—Quiero convertirme en maestra joyera —dijo ella.
Él se rio entre dientes.
—No quiero frustrar tu entusiasmo. Ser maestro joyero es un gran honor, digno de elogio, que solo se concede a unos pocos artesanos excepcionales. Por lo general, se considera que es un gemólogo competente, un artista y un ingeniero con habilidades sociales.
Anyu hizo un gesto con la mano.
—¿Cómo se llega a ser maestro joyero?
—Los requisitos tradicionales son que el joyero produzca una obra asombrosa que le haga ganar el reconocimiento mundial por su superioridad e ingenio en el panteón de la joyería, que tenga una base establecida de clientes fiables y que se gane una reputación estelar en el sector.
Se necesitan décadas para alcanzar ese estatus.
—¿Y cuál es la forma no tradicional?
Isaac se rio.
—El camino no tradicional para esos genios sería ganar un premio prestigioso de joyería. Me has recordado a Georges Mauboussin, un joyero parisino que ganó un gran premio en la Exposición de Artes Decorativas de París y obtuvo reconocimiento internacional. Ahora es reconocido como maestro joyero.
—¿El premio que otorga el Concurso Anual de Joyeros de Shanghái se considera prestigioso? —Anyu recordó que Esther lo había mencionado el año anterior.
—No se me ocurre ningún otro premio que pueda presumir de tal prestigio. Es el único concurso que se celebra en Shanghái.
Él no había participado. Anyu recordó lo reticente que se había mostrado cuando el tío David lo animó a intentarlo.
—¿Cuándo es el concurso, señor Mandelburg?
—A mediados de octubre. Está pensado para satisfacer la demanda de la temporada de compras navideñas.
—Eso es dentro de cinco meses.
—La mayoría de las casas empiezan a trabajar en sus diseños durante la primavera.
Ella se inclinó hacia él.
—Si yo ganara el premio, ¿me permitiría ver el huevo?
Él levantó las cejas.
—Ten en cuenta que hay reglas estrictas para la competición y que muchos diseñadores ya son maestros joyeros.
—¿Me lo permitiría?
—De acuerdo. Te dejaré ver el huevo de Fabergé si ganas el concurso y te conviertes en maestra joyera.
—Entonces, será mejor que no pierda el tiempo.
Unos días más tarde, mientras Anyu elaboraba un brazalete baguette , Isaac le dijo que había preguntado por el proceso de inscripción en el concurso y que le habían dicho que el plazo para presentar los diseños ya estaba cerrado.
Tendría que esperar al año siguiente. Anyu se sintió decepcionada.
No podía esperar un año entero para ver el huevo.
Anyu se dio cuenta de que Isaac tenía un horario peculiar.
Trabajaba todos los días, pero los miércoles por la tarde se quitaba el delantal, se lavaba las manos con jabón y se ponía un traje negro y un sombrero.
Cuando salía de la tienda, lo esperaba un sedán Rolls-Royce negro. Volvía a altas horas de la noche.
Una vez, lo siguió. A través de la ventana de la tienda, alcanzó a ver la silueta de una mujer con un enorme sombrero negro dentro del coche.
—Es la señora Brown —dijo Esther cuando Anyu le preguntó—. Es una poderosa proveedora de diamantes y piedras preciosas en Shanghái, y también clienta de mi padre. Es de Gran Bretaña.
—¿Por qué no entra?
—No lo sé. Siempre va acompañada de sus guardaespaldas.
Era una mujer misteriosa y con poder.
—También es la presidenta y patrocinadora del Concurso Anual de Joyeros de Shanghái.
—Ah, ¿sí?
—Has oído hablar de él, ¿verdad? Es el evento más importante de Shanghái. Se elige el mejor diseño y el ganador recibe mucha publicidad y una recompensa económica importante; también, una cantidad envidiable de encargos de los clientes de la alta sociedad de Shanghái.
Anyu se interesó.
—¿Ella es la que establece las reglas?
—Eso se dice.
Anyu asintió con la cabeza.
Al día siguiente, Anyu declaró que le gustaría diseñar y crear sus propias piezas.
—Aquí tienes todo el material que necesitas. —Isaac abrió el cajón de un armario que estaba cerca de su mesa de trabajo, donde guardaba láminas de oro, tubos de plata, alambres, berilos y varios rubíes y topacios, todo el material que el tío David había guardado bajo llave.
—Quizá no todo —refunfuñó el tío David. A su lado, Samuel bostezaba.
Anyu los ignoró y eligió unos tubos de plata.
—Señor Mandelburg, si vendo mi primera joya en un mes, ¿me presentará a la señora Brown?
Isaac y el tío David intercambiaron miradas, e Isaac dijo: —¿Por qué quieres conocer a la señora Brown?
—He oído que ella establece las reglas del concurso. He visto su automóvil varias veces.
—¿Te interesa el concurso? —preguntó el tío David.
—Ella establece las reglas, pero el comprador elige al ganador —dijo Isaac.
—¿Me la presentará?
—De acuerdo, te la presentaré si tu primer diseño se vende en unos meses.
—No, no en unos meses. En un mes —dijo Anyu.
Le llevó dos semanas de trabajo frenético en la mesa de joyería y de soñar despierta hasta que terminó su primera pieza: un collar de oro con rubíes facetados y perlas luminiscentes engastadas en un marco de seis pétalos que formaban un intrincado diseño floral.
Colgante de flor, 42 x 32 milímetros, oro de catorce quilates, pulido, cincelado.
Se lo presentó a Isaac y lo observó mientras él sostenía la lupa y lo examinaba.
Isaac lo colocó en el soporte de collares y se lo dio a Esther para que lo expusiera en la tienda.
Anyu estaba desanimada. ¿Por qué Isaac no había comentado nada sobre el collar? ¿Y si nadie lo compraba?
Durante los días siguientes, permaneció de pie mirando la vitrina; entonces, un día, se alejó del mostrador y, cuando volvió, el colgante ya no estaba dentro.
—¿El nuevo colgante con forma de flor que hizo papá? Se vendió —dijo Esther.
Era la primera pieza de joyería de Anyu. ¡Vendida en una semana!
Anyu irrumpió en el taller.
—¡Mi colgante!
Cesó el ruido de las herramientas. El tío David y Samuel levantaron la cabeza, e Isaac se frotó la cara.
—¿Qué pasa?
—¡Se ha vendido en una semana!
Isaac se enderezó y el rostro plácido que se había grabado en la mente de Anyu y la había visitado en sueños innumerables veces se transformó.
Los labios se curvaron y la piel de las comisuras de los ojos se arrugó para formar una sonrisa impresionante, una sonrisa de orgullo, una sonrisa de profundo afecto.
—Sí que ha sido rápido.
—¿Me presentará a la señora Brown?
Isaac se inclinó sobre la lámpara y tomó un sobre negro de un montón de papeles.
—Dará una fiesta el próximo viernes. Solo se puede acceder con invitación.