La joyera china Capítulo 13
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Capítulo 13

Las lluvias heladas envolvían la ciudad; el aire frío y húmedo se colaba a través de las cortinas de terciopelo y las contraventanas de madera y se posaba alrededor de las lámparas como telarañas. Pero no nevaba como en Harbin y no era necesario llevar parkas ni bufandas.

El meñique se había curado por completo y Anyu ya podía sostener un lápiz y dibujar sin sentir dolor.

Durante el día, se ponía un guante de cuero negro y se quedaba en el mostrador con Esther, mientras ella desplegaba su encanto vendiendo pendientes y collares.

Con la llegada de la festividad china de la primavera, el negocio repuntó; muchos extranjeros y lugareños se fijaban en las joyas expuestas en las vitrinas.

Para que su tío no se enterara, Isaac enseñaba a Anyu a medianoche o unas horas antes del amanecer, cuando todo el mundo dormía.

Le daba pequeñas tareas, como hacer ganchos para collares y aros simples para anillos y pendientes.

También le enseñaba diversas técnicas, como taladrar, cincelar, limar metal, fundir con molde de sepia y a la cera perdida.

Para no hacer ruido, se saltaba la forja en el yunque con forma de cuerno.

Lo que Isaac decía sobre que la orfebrería requería manos fuertes no era una exageración.

Anyu había adquirido un agarre firme gracias al ejercicio, pero se cansaba al texturizar el metal utilizando técnicas de estampado con rodillo, reticulación y cincelado.

Y la soldadura requería un manejo cuidadoso del calor.

En varias ocasiones se quemó con el soplete y le cayeron gotas de soldadura fundida sobre una placa de metal.

El remachado de alambre y el de tubos requerían una inserción firme de los dedos, y muy pronto las puntas se le endurecieron y le empezaron a doler, hasta que se le formaron callos.

—Más —decía cuando terminaba las pequeñas tareas que Isaac le asignaba: cadenas tejidas, un colgante con un medallón, un anillo con una corona.

En dos semanas, había fabricado ganchos para collares, cadenas, broches y cierres, bisagras para cajas y muchos otros pequeños accesorios.

En cuatro semanas, Anyu había dominado los fundamentos de la orfebrería: cincelado, fundición, engaste de piedras y fusión y soldadura con el soplete de latón.

En cinco semanas, había memorizado los pasos de la filigrana, el calado ornamental más apreciado, comúnmente visto en la joyería eduardiana.

Era un trabajo laborioso, pero gratificante, que requería una mano firme para manipular los alambres estirándolos, tirando de ellos y retorciéndolos hasta darles la forma deseada, para luego mezclar el fundente en un mortero y, finalmente, soldarlos.

De vez en cuando, los dedos perdían el agarre de la lámina de metal mientras pulía y el ácido decapante le quemaba los ojos, pero nada alcanzaba a describir su alegría cuando conseguía hacer un engaste con bisel para un colgante o uno con puntas para un anillo.

No importaban la lluvia helada, el aire frío, los dedos entumecidos ni el dolor creciente de los músculos, Anyu acudía al taller en cuanto la llamaban.

Entonces, ocurrió lo inevitable.

Una noche, Anyu estaba haciendo un engaste con bisel para un colgante de zafiro cuando oyó una tos. El tío David y Samuel estaban de pie junto a ella. Dejó el punzón de bisel. Estaba tan absorta en su trabajo que no había notado su presencia, y se hallaba sentada en el taburete de Samuel.

—¡Isaac! ¿Qué es esto? ¿Por qué está esta chica aquí? —El tío David parecía exasperado, le temblaba la barba gris. Samuel se acercó. Anyu dudó, pero se levantó.

Isaac dejó la sierra de joyero.

—Tío, tiene mi permiso para estar aquí.

—¿Qué?

—Creo sinceramente que será una excelente joyera.

—¿Cuánto tiempo llevan haciendo esto? ¿Dos meses? ¿Tres meses?

“Tres meses y dieciséis días”. Anyu sentía el peso de los nervios de Isaac sobre los hombros. Isaac respetaba mucho a su tío, pero Anyu no creía que el anciano se lo mereciera. No era justo castigar a Isaac, el maestro que creaba todas las joyas y mantenía a la familia.

El tío gritó: —Isaac, no sé en qué estás pensando. Trajiste a una desconocida a nuestra joyería y ahora la estás formando. Tienes una gran responsabilidad como maestro joyero y diseñador jefe. ¿Cómo piensas dirigir la Casa Mandelburg?

—Tío, te aseguro que estoy haciendo todo lo posible para atraer más clientes a la tienda.

—¿De verdad? Los días pasan y tenemos que pagar el alquiler, los impuestos y los gastos diarios.

Las ventas de joyas han sido pésimas. La tienda no se sostiene, Isaac.

Hiciste algunos contactos a través de la señora Brown y yo esperaba que construyeras tu clientela en Shanghái.

Lo último que deberías hacer es perder el tiempo con alguien que no tiene nada que ver con nosotros.

—Tío, déjame explicarte…

—¿Qué hay que explicar sobre formar a una chica, una forastera, y tirar por la borda el legado de tu familia?

Isaac respiró hondo. Tras un momento, dijo: —Ahora es una de nosotros, tío.

—¿Qué dices?

—Ha aprendido todas las técnicas de joyería. Se perfeccionará y ayudará en el taller si te parece bien, tío.

—No puedo creerlo, Isaac. ¡Tu padre se revolcaría en su tumba!

El tío David salió furioso; Samuel se paseaba por el taller con los brazos cruzados.

“Ahora es una de nosotros”.

Anyu aferró el mango del pulsador de bisel, eufórica. Tras la pérdida de su dedo, después de tantas noches de entrenamiento, lo había conseguido: sería joyera.

Todos los días, Anyu acudía al taller después del cierre de la tienda.

Lo único que quería era trabajar: engastar piedras, serrar láminas de metal, soldar y decapar para eliminar el óxido y el fundente.

En esa pequeña habitación repleta de armarios y herramientas, de tintineos y zumbidos metálicos, sentía la calma, ese ritmo monótono y envolvente de la seguridad; la misma sensación que había experimentado en el cuchitril húmedo que compartía con Madre.

No había ningún otro lugar en el que prefiriera estar; ese taller era su hogar.

Le gustaba estar cerca de Isaac, compartir las herramientas, respirar el mismo aire acre de metal y productos químicos.

Cuando sostenía el martillo de cincelado que él le había pasado, pensaba en cómo sería tocar las manos de Isaac, tocarlo a él.

Se sonrojaba con esos pensamientos y se le aceleraba el corazón.

Isaac era diferente de Confucio, pero a ella le gustaban los dos.

Recordó que Madre quería que se casara y pensó que podía imaginarse casada con Isaac algún día, o con Confucio si es que volvía a verlo.

Un día de abril, Anyu acababa de cerrar la tienda con Esther y se disponía a ir al taller cuando oyó que llamaban a la ventana. Era Confucio. Dejó el trapo, se limpió las manos y le dijo a Esther que volvería enseguida. Esther la miró.

—No sabía que tuvieras novio —dijo, pero no insistió.

Sonriendo, Anyu abrió la puerta que daba a la calle.

Con la tenue iluminación de la tienda y las luces traseras de los coches que pasaban, alcanzó a divisar a Confucio de pie junto a su bicicleta.

Le había preocupado no volver a verlo nunca más y se alegró de que hubiera ido a la tienda, pero no quería que hablara con Esther.

—Confucio, no puedes quedarte aquí. Vamos a dar un paseo. ¿Dónde estuviste?

—Trabajando. —Le entregó una bolsa de papel y empujó la bicicleta hacia delante—. Castañas. ¿Te gustan? No te he visto en varios meses. Has estado trabajando duro, ¿verdad?

—Soy joyera. —Caminó a su lado. Hacía frío por la noche; había pocos peatones en la calle. Las castañas estaban calientes, cremosas y dulces; le encantaron. Nunca había comido castañas asadas.

—¿Joyera?

—¡He estado aprendiendo, Confucio! Isaac es un maestro joyero.

—¿El viejo ruso?

Isaac y su familia podían ser apátridas, pero para los chinos seguían siendo rusos por su lugar de origen.

—No es tan viejo.

—Es extranjero.

—¿Qué tienes en contra de los extranjeros?

—Nada. Me sorprende que haya aceptado enseñarte, eso es todo. ¿Ganarás mucho dinero?

Pasaron por un callejón donde había unas cuantas personas fumando; la punta de sus cigarrillos titilaba.

—Quizás.

Ella tropezó en un bache que no había visto y él se apresuró a sujetarla, pero perdió el equilibrio y la bicicleta se le cayó al suelo. Cuando Anyu se inclinó para levantarla, se golpeó la cabeza con la de Confucio.

—¡Ay! —Se frotaron la cabeza al mismo tiempo. Luego, al unísono, dijeron—: Lo siento.

Se miraron y se rieron. Y entonces, Anyu se sintió extrañamente emocionada y feliz, y apartó la mirada.

Confucio levantó la bicicleta y comenzaron a caminar de nuevo.

Durante un momento, ninguno de los dos habló y ambos miraron fijamente al frente.

A Anyu le gustaban las calles de Shanghái por la noche, el cálido resplandor de las lámparas que se mecían bajo los aleros, las luces de neón que parpadeaban entre las sombras y la quietud silenciosa, con el sonido suave de sus pasos y el traqueteo débil de los carruajes tirados por caballos que se mezclaban con la sinfonía de la ciudad.

Parecía que todo el descontento del día se había borrado, sustituido por una intimidad tácita, un deseo indulgente.

—Ahora, esto es una señal —dijo Confucio imitando la voz de un viejo erudito.

—¿Qué señal? —Ella lo miró, observó la silueta de su perfil, los mechones de cabello largo que rebotaban sobre el hombro. Una sensación de calor se esparció por sus extremidades.

—El mundo se va a acabar.

—¿Qué?

—Dentro de dos mil años.

Ella se rio.

—Las castañas están buenísimas.

—Me alegro de que te gusten. ¿Qué más te gusta comer? —preguntó él. Y el cine. ¿Le gustaría ir al cine? A él le encantó La quimera del oro , que había visto cinco veces. Charlie Chaplin era un gran actor inglés, dijo.

Ella sintió una extraña emoción, envuelta por la noche que resonaba con la música de la ciudad. Cuando la mano de Confucio rozó sin querer la suya, se le aceleró el corazón, lleno de expectativas.

—Nunca he ido al cine.

—¿Vamos mañana, entonces?

—Pero ¿de dónde has sacado el dinero para la comida y las entradas del cine? Me enteré de que ya no trabajas en la casa de té.

—Ah, me ofrecieron un nuevo trabajo y conseguí esto.

—Confucio tocó el timbre de la bicicleta, un vehículo nuevo, último modelo, que ella no había visto antes.

Lo habían contratado para armar un tumulto en una tienda de bicicletas, provocar una pelea y, luego, robar la bicicleta, dijo.

El dueño de la tienda le rompió la nariz y él tenía un corte en el cuello; le enseñó el vendaje.

Anyu se detuvo, consternada.

—¿Te contrataron para pelear y golpeaste a la gente?

Él se encogió de hombros.

—Confucio, no me gusta ver cómo hacen daño a otras personas.

—Estamos en Shanghái. Todo el mundo sale herido, excepto los extranjeros. Pero no te preocupes. Nos habíamos disfrazado de japoneses.

—¿Por qué?

—Los japoneses quieren avivar el sentimiento antijaponés del pueblo chino y así tener una excusa para decir que sus ciudadanos han sido atacados y que necesitan protegerlos, para así poder afianzarse en Shanghái.

Es un truco que han estado utilizando en Nankín.

Pero ¿a quién le importa? Conseguí una bicicleta nueva y me pagaron generosamente.

Todos sus planes de ir al cine se evaporaron. Anyu le puso la bolsa de castañas en la mano.

—Me voy. No vuelvas a la tienda, Confucio. No quiero verte.

—Espera, espera. ¿Por qué?

—Eres un delincuente, no tienes moral. Yo soy joyera. No quiero que me relacionen contigo.

Caminó rápido, sin mirar atrás, sin responder la llamada de Confucio.

El viento nocturno se intensificaba y le hacía ondular la fina túnica.

Tembló al doblar una esquina. Frente a una tienda con dos farolas, un hombre hablaba en voz baja con un portero que llevaba a hombros a una niña con los pies vendados.

Le entregó unos billetes y se dirigieron a un callejón que estaba detrás de la tienda.

Anyu apartó la mirada y se apresuró hacia la tienda de los Mandelburg.

En aquel momento, estaba decidida a no volver a ver a Confucio, convencida de que su carácter y su profesión entraban en conflicto con los suyos.

Muchos años después, cuando se volvieron a encontrar, ninguno de los dos era el mismo de antes y ella se preguntó cómo habría sido su vida si no hubiera dejado a Confucio aquella noche.