La joyera china Capítulo 12
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Capítulo 12

Recostada en su colchoneta, Anyu oía soplar el viento sobre el tejado.

La casa estaba en silencio. Esther y el resto de la familia habían salido a una fiesta.

Fuera, pasó un coche; los cierres flojos de las ventanas traquetearon.

El invierno llegaba tarde a Shanghái; Harbin ya estaría cubierta de nieve y escarcha antes de octubre.

Ese día cumplía diecisiete años. Anyu pensó en su madre, que siempre se acordaba de su cumpleaños, pero no podía celebrarlo con comida ni regalos.

Para consolarla, le dibujaba un plato de fideos: un montón dorado de deliciosos fideos entrelazados, condimentados con carne, chile rojo y cebollín.

Una vez, para su sorpresa, su madre había llevado a casa medio pato asado para celebrar su cumpleaños.

Qué sabroso estaba el pato, con la piel gruesa y crujiente, la carne dulce y suculenta y la grasa abundante y jugosa.

Madre se había comido la cabeza, alegando que era su parte favorita, y Anyu había devorado el resto: royó los huesos aromáticos, se chupó los dedos grasientos, rio y disfrutó de la mirada amorosa de su madre.

Era la primera vez que probaba pato asado.

Ahora estaba sola, sin madre, sin hogar.

Se preguntaba si alguien celebraría su cumpleaños a partir de ahora, o le traería un pato asado, o siquiera recordaría la fecha.

Las lágrimas le resbalaban por las mejillas, primero calientes sobre la piel y, luego, frías; se le acumulaban en la barbilla y le goteaban hasta el pecho, como una marea de tristeza en caída libre.

No había pensado en que pasaría así su cumpleaños, el primero sin Madre.

¿Todos sus futuros cumpleaños se desvanecerían en la oscuridad, el silencio y la soledad?

No era lo que había imaginado para sí misma, incluso en su orfandad.

Prefería vivir bien, mejor que una huérfana anónima y solitaria; prefería ser conocida y celebrada.

Se oyó un gemido procedente de la planta baja.

Sorprendida, se secó las lágrimas y bajó las escaleras.

No había nadie en la cocina; la luz brillaba en el pasillo.

La puerta del taller estaba abierta; se asomó.

Cerca de su mesa de trabajo, Isaac estaba arrodillado, buscando algo en el suelo, con una lámpara en la mano.

—¿Señor Mandelburg? —Pensaba que Isaac estaba en la fiesta con el resto de la familia—. ¿Está bien? ¿Por qué no está en la fiesta?

—No es para mí. —Movió la cabeza hacia la izquierda y hacia la derecha, con las manos temblorosas—. Se me ha caído un anillo. ¿Dónde puede estar?

Ella estiró el cuello siguiendo el haz de luz de la lámpara. El suelo estaba recién barrido y, cerca del taburete, había un trozo de piel que se utilizaba para recoger las virutas de los metales.

—Ahí. Cerca de la pata del taburete. ¿Es ese el anillo que busca?

—¿Dónde está? Ah, sí. —Isaac se levantó, sosteniendo el anillo—. Gracias. Buenas noches, Anyu.

Ella no quería volver aún al ático. Había estado esperando una oportunidad como esta.

—¿Cuál es su verdadero nombre, señor Mandelburg?

Él giró bruscamente la cabeza hacia ella y la cegó con el resplandor de su linterna. Anyu levantó la mano, entornando los ojos.

—No sé de qué estás hablando, Anyu. —Su voz era tranquila.

—Usted usa el apellido de su tío, ¿verdad? Le preocupa que descubran su identidad.

Él guardó silencio.

—¿Cuál es su verdadero nombre? No se lo diré a nadie, señor Mandelburg.

Él se dio la vuelta y se sentó en el taburete.

—Bueno, no sé cómo lo descubriste. Me llamo Isaac Umansky y soy hijo del maestro Albert Umansky, que fue joyero de la corte en el Palacio de Invierno. Yo era el maestro joyero y diseñador jefe de la Casa Umansky en San Petersburgo.

—¿Qué se siente al abandonar el nombre que se hizo trabajando duro durante toda su vida?

—Estoy agradecido por la vida que tengo ahora, una vida tranquila, con mi familia, pero sin fama. Es lo único que deseo —dijo.

Y añadió que rara vez recordaba con nostalgia los días dorados en los que se deleitaba con la admiración de los eminentes mecenas reales, los nobles excéntricos y los huéspedes de alta estima.

De hecho, había rezado para que la historia de los huevos de Fabergé quedara enterrada en el polvo y esperaba que su nombre, que antes había brillado como las joyas creadas como diseñador jefe de una prominente casa de diseño, perdiera todo significado y cayera en el olvido.

—Pero ¿y sus habilidades, y su destreza superior? —insistió ella—. ¿Dejaría que se desvanecieran y se perdieran con el tiempo?

Él miró el anillo que tenía en la mano derecha y acarició la gema opaca con el dedo. Parecía como si estuviera recordando algo importante.

—¿Prefiere no tener un sucesor?

Isaac soltó un largo suspiro.

—Enséñeme, señor Mandelburg. Solo quiero ser joyera. Debo convertirme en joyera.

—¿Debes hacerlo?

—Usted me ha dejado quedarme en su casa, pero no soy capaz de vender nada.

Sin embargo, tengo talento para la joyería, como usted mismo ha dicho, y me encanta dibujar.

Ya ha visto mis dibujos. Nací para ser joyera.

Quiero aprender técnicas de orfebrería y crear objetos hermosos que perduren en el tiempo.

Quiero saberlo todo sobre las piedras preciosas y sus cualidades, y aprender a engastarlas. Quiero ser la mejor joyera de Shanghái.

Él parecía divertido.

—¿La mejor joyera?

—Usted me ha dado una vida aquí. Puede darme una carrera. —Luego, añadió—: Y a través de mí, puede dejar un legado duradero.

Él la miró; su mirada se volvió más suave.

—¿Cómo está tu mano?

—Está bien.

—Entra.

Ella lo miró fijamente.

—Dijiste que querías aprender técnicas de orfebrería.

¡Iba a enseñarle! Sonriente, Anyu entró en el taller por primera vez desde su llegada, aturdida, deslumbrada.

Inhaló profundamente el olor abrumador de los metales preciosos, el olor penetrante de los productos químicos, del ácido para decapar, y el hedor del fundente para soldadura.

Posó la mirada en los dibujos de la pared, el montón de sobres, los recipientes herméticamente cerrados que contenían trozos de esmalte, distintas herramientas, el yunque con un cuerno, las láminas de metal y los armarios que estaban cerca de la mesa.

Quería tocarlos, sopesarlos en sus manos; quería saber todos sus nombres y funciones.

—Puedo enseñarte, pero nadie más debe saberlo. Al menos por el momento.

Ella asintió.

—Siéntate frente a mi mesa de trabajo —dijo Isaac y abrió un cajón—. ¿Puedes sostener una herramienta?

—Puedo sostener una herramienta.

Le entregó un martillo con un extremo redondeado y una cabeza plana.

—Toma este martillo de cincelado. Es una herramienta versátil. Es bueno para decorar la superficie del metal sin cortarlo, pero también para dar un golpe suave y firme.

Anyu lo sopesó. Era ligero y se adaptaba perfectamente a su mano.

Luego, lo dejó y tomó otros instrumentos: una sierra de joyero, un par de alicates, punzones, limas, brocas, herramientas de soldadura, otras de forja y un bruñidor para pulir las superficies metálicas. Cada uno tenía una función.

—Tómate tu tiempo para familiarizarte con ellas y, en algún momento, descubrirás cuáles son tus favoritas. Ahora bien, dijiste que querías hacer joyas. ¿Cuál dirías que es el principio más importante a la hora de crear una pieza de joyería fina?

Si daba una respuesta incorrecta, ¿él cambiaría de opinión sobre su formación?

Volvió a examinar esas herramientas: las marcas de la regla, los medidores de anillos, el bloque que contenía punzones de diferentes tamaños, las puntas finas de las pinzas, la bolsa que contenía alicates con diferentes cabezales y los compartimentos donde se guardaba cada uno de ellos. La pulcritud, el orden.

—¿La precisión?

—La precisión, la exactitud, la minuciosidad. Para un joyero, es la actitud esencial. Se empieza con el diseño, el trazado, la medición, el grosor del metal, el cálculo de las proporciones, y luego se calcula la simetría, la armonía, la belleza que cautiva el corazón de las personas.

Ella asintió. La precisión equivalía a la belleza.

—Veamos, ¿qué te parece si dibujas una manzana?

Anyu tomó un lápiz del escritorio y dibujó una manzana de dos centímetros de diámetro en una hoja de papel de calco translúcido que Isaac le había dado.

—Bien. Coloca el papel de calco sobre la lámina de metal y prueba esta sierra de joyero.

La sierra de joyero, que tenía marco de acero, estaba unida a la mesa mediante una esteca de calado de madera y tenía una hoja insertada en un extremo. La mesa de trabajo era demasiado alta y estaba demasiado lejos. Anyu se acercó para estar más cerca y levantó los codos.

—Adopta la postura adecuada. Así. Apoya el marco contra tu pecho y recorta la manzana del metal.

Siguiendo sus instrucciones, se inclinó hacia delante para mantener estable el marco de la sierra; lo colocó en posición vertical y comenzó a pasar la hoja y a girar el metal que estaba apoyado en la esteca de calado. Cuando terminó de serrar la manzana, Isaac le dio una lima para pulir los bordes.

Ella miró la manzana con ojo crítico. Los bordes estaban irregulares; podía hacerlo mejor.

—Tienes mano firme —dijo Isaac mirando el dedo meñique ausente.

—No me molesta —respondió ella. “Solo a veces”, pensó.

Él asintió.

—Ahora esperemos que puedas doblar alambres con nueve dedos.

Lo ideal es que los joyeros utilicen los dedos para dar forma a los alambres, así que, como ves, necesitamos dedos fuertes.

Las herramientas te proporcionan la fuerza que necesitas.

Serás más eficiente cuando te sientas cómoda con ellas.

Ahora voy a hacer un gancho en forma de S. Estos son los pasos básicos.

Ella lo observó mientras medía la longitud de un alambre, limaba el extremo para darle forma más estrecha, utilizaba unos alicates para doblar la punta y formar una pequeña media luna y, a continuación, doblaba la mitad del alambre en la dirección opuesta.

Luego, golpeó el vértice de las curvas con un martillo aplanador y allí, sobre la mesa, quedó una forma de S plana, con ambos extremos en punta.

Podría utilizarse como cierre o como eslabón de una cadena completa si hubiera más ganchos en forma de S.

Anyu tomó un manojo de alambres de la misma longitud y grosor y se puso inmediatamente a hacer los ganchos, recordando todos los pasos para afinar y doblar. Cuando Isaac volvió a hablar, había terminado veinte de ellos, y solo había algunos torcidos.

—Buen trabajo. Ya es suficiente por hoy. Los demás acaban de llegar.

Anyu oyó las voces del tío David, Samuel y Esther en la tienda; qué sonido más decepcionante.

—Señor Mandelburg, ¿qué aprenderé la próxima vez?

—Conceptos básicos del trabajo con metales. Uniones en frío, uniones en caliente, como recocido, soldadura, fusión y decapado de tres tipos de metales nobles: plata, oro y platino.

—¿Y después?

—Fundición con hueso de sepia, si te interesa. ¿Has oído hablar de eso?

—No. ¿Y después?

—Cualquier orfebre que se precie debe aprender los tratamientos superficiales, como el repujado, el cincelado y el patinado.

—¿Y después?

—Las técnicas de los especialistas para texturizar y superponer metales: incrustaciones, filigrana, reticulación, esmaltado y quizás grabado.

—¿Puedo volver mañana?

Él miró hacia la puerta y ella estaba a punto de protestar cuando detectó una sonrisa en el rostro de Isaac.