La joyera china Capítulo 11
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Capítulo 11

La mano herida le impedía moverse; la curación era un proceso lento y frustrante.

Pasó una semana y casi no podía doblar los dedos, pero no podía darse el lujo de quedarse en cama todo el día.

Anyu se vendó la mano con cuidado, se puso un par de guantes blancos anticuados que le había dado la tía Katya y volvió al mostrador.

Esther, que ahora confiaba en ella, le permitió sacar las bandejas para mostrarles las joyas a los clientes, pero Anyu no podía concentrarse, distraída por el dolor que sentía en el dedo.

Se movía despacio, con torpeza, e incluso se le caían cosas de vez en cuando.

Cuando sostenía la cuchara, su lápiz o la escoba para barrer, le costaba asirlos.

Cuando dormía, era un sueño liviano y difícil, interrumpido por el dolor y la incomodidad, ya que no podía girar hacia el lado derecho.

Se le ensombreció el ánimo. Había perdido un dedo, pero era como si hubiera perdido la flexibilidad de todo el cuerpo.

Decidida a recuperar la destreza, Anyu comenzó a hacer una serie de ejercicios para fortalecer los dedos.

Flexionaba la mano derecha, golpeaba y deslizaba los dedos por el mostrador para aliviar la rigidez; cerraba el puño y luego lo abría; pellizcaba repetidamente el pulgar y el índice para mantener la circulación sanguínea.

Isaac la saludaba con la cabeza cuando la veía y, de vez en cuando, le preguntaba cómo iba la curación de la mano. Su enfado hacia ella se había disipado y parecía tranquilo y cortés, aunque un poco distante.

Mientras él siguiera preocupándose por ella, podría convencerlo para que le enseñara.

Los días pasaban y el tiempo se volvía más frío. El viento cortante azotaba las magnolias marchitas y los arbustos de gardenias caídas; los mirtos temblaban.

En la calle, los peatones caminaban apresurados, con la espalda encorvada y el rostro sombrío como el cielo plomizo otoñal; incluso los locuaces vendedores ambulantes de calamares y corazones de pollo a la brasa parecían desanimados, como si les hubieran comido la lengua los ratones.

Los periódicos decían que el generalísimo Chiang Kai-shek, líder de los nacionalistas, se había comprometido con la hija menor de la familia Soong.

Otro titular decía que, según fuentes aún no confirmadas, varios miembros clave del Ejército de Kwantung japonés, que se rumoreaba que buscaba quitarle el control de Manchuria al jefe militar Zhang, habían sido invitados a un banquete al que asistía el depuesto Puyi (el último emperador de la dinastía Qing, del que se decía que tenía toda la intención de reinstaurar su reinado en Manchuria).

Las letras de los titulares eran grandes, se extendían como patas de arañas.

Ajustándose la chaqueta acolchada, Anyu fue a visitar a Confucio a la casa de té.

No lo veía desde que la había traído de regreso después de que le dispararan, pero había estado pensando en él desde entonces, agradecida por su ayuda.

Sin él, podría haberse desmayado en la calle o haber muerto por la pérdida de sangre.

Y lo habría negado si alguien le hubiera preguntado, pero le gustaba; era el primer y único joven chino con el que había entablado amistad.

Anyu no encontró a Confucio en la casa de té: había renunciado, le dijo el propietario. Confucio no le había dicho su dirección y ella no sabía cómo encontrarlo.

Durante la cena, Esther, Isaac y el tío David volvieron a hablar de finanzas.

Esther recitó todas las cifras: los impuestos, el alquiler, las tasas de protección, las facturas de los servicios públicos, los gastos de alimentación, los costos de la provisión de oro y plata, y los pagos al señor Walters por las piedras preciosas.

La lista seguía y seguía, y el tío soltó un largo suspiro.

—Padre, ¿por qué no participas en el concurso? —preguntó Esther—. Si tu diseño gana, aumentará la visibilidad de nuestra tienda en la ciudad y mejorarán las ventas.

—¿Qué concurso? —preguntó Anyu.

—El Concurso Anual de Joyeros de Shanghái.

—Esther tiene razón —dijo el tío David—. ¿Qué te lo impide?

—Es demasiado tarde para inscribirse —respondió Isaac.

—¿Qué te parece si te inscribes el año que viene?

—Ya veremos.

—Entiendo tu reticencia, Isaac, pero estás en Shanghái. Aquí estás a salvo. Nadie conoce tu pasado. Puedes empezar una nueva carrera como joyero de renombre.

Isaac hizo una mueca y bajó la mirada hacia el anillo que llevaba en el dedo.

—Isaac, cuento contigo. El futuro de la Casa Mandelburg está en tus manos. Eras el diseñador principal y el joyero jefe de tu familia. Puedes reconstruir ese legado en Shanghái.

Isaac no dijo nada.

Anyu lo observó atentamente. Había algo acerca de Isaac que ella no sabía.