Capítulo 10 #2
La criada no estaba muy contenta, pero giró sobre sus pasos.
Anyu le dio tiempo para que entrara en la sala de visitas vacía y, entonces, corrió de vuelta y se escabulló por el pasillo.
Al final, había un tramo de escaleras con una entrada en forma de media luna.
Subió corriendo e ingresó en el dormitorio de la señora.
El joyero estaba en la mesita de noche; lo abrió, rebuscó entre los anillos y broches de diamantes y se llevó solo el collar de copos de nieve. Cuando bajó las escaleras, alcanzó a oír las voces del señor Du y sus hombres en la sala de visitas.
Sintió pánico. No podría salir por la puerta principal.
Se dio la vuelta, corrió de regreso al dormitorio, vio que el balcón tenía una pared baja y curvada y se precipitó hacia él.
Se asomó por encima del muro y miró hacia abajo.
La distancia entre el balcón y el suelo era intimidante.
Ya había perdido el meñique; ¿quería perder también un brazo o una pierna?
Las voces del señor Du y la señorita Liao se oyeron más fuertes. Estaban subiendo las escaleras.
Anyu, con la bolsa en la mano, trepó por el muro, respiró hondo y saltó.
Aterrizó de pie. Se oyó un crujido, como si se le hubieran roto los huesos, y un dolor agudo le atravesó las piernas como flechas, directamente hasta la pelvis, subiendo por la columna vertebral hasta el cuello.
Tumbada en el suelo, jadeó, reprimiendo un gemido.
Reunió fuerzas, sacó la caja de cerillas y tomó otra píldora.
Cuando sintió la dichosa relajación que le recorría el cuerpo, recogió el bombín del suelo y se puso de pie, temblorosa.
Con la mano sana aferrada a la bolsa en la que había metido el collar y con el guante empapado de sangre, se fue cojeando y pasó junto a un puesto lleno de jaulas con grillos mientras un vendedor de insectos la miraba boquiabierto.
Le llevó una hora avanzar cojeando pesadamente por las callejuelas hasta llegar, finalmente, a la tienda de los Mandelburg.
La luz del día se estaba desvaneciendo. La tienda ya estaba cerrada, pero dentro alcanzó a ver a cuatro guardias sijs con pistolas y a Isaac hablando con el señor Walters.
Para no llamar la atención, Anyu se dirigió a la puerta trasera, pero estaba cerrada con llave.
Golpeó, pero nadie respondió. Mareada y agotada por la caminata, se apoyó en la pared para descansar y, después, fue a la puerta principal del edificio.
El señor Walters y sus hombres ya se habían marchado, así que volvió a llamar; la recibió Esther, con un trapo de limpieza en la mano.
—¿Por qué llevas el sombrero de mi padre? —le preguntó.
—Te lo diré más tarde. Aquí tienes tu collar. —Anyu desabrochó la bolsa de cuero y sacó el collar de oro. Tenía el brazo derecho rígido y casi se le cayó la bolsa.
—¡Lo conseguiste!
Ver la cara de Esther, llena de alegría, le causó mucha satisfacción a Anyu.
—Te lo dije. Ahora lo tienes, de mi mano a la tuya.
—¿Cómo lo hiciste? —Esther sostenía el collar y se le reflejaban en el rostro rayos de luz dorada.
—Te lo contaré un día de estos. ¿Dónde está tu padre?
—En el taller. ¿Te sientes bien? Estás muy pálida. Parece que te estés muriendo.
—Solo estoy cansada, eso es todo. Mejor me voy a nuestra habitación. —Dio un paso, pero tropezó. Esther se acercó para sostenerla y, sin querer, le tocó la mano. Anyu gritó. Temblando, se quitó el guante; el vendaje estaba empapado de sangre.
Esther dio un grito ahogado.
—¡Estás sangrando!
—Tengo píldoras. Voy a estar bien. ¿Podemos ir al ático?
—Sí. Sujétate de mí. Te voy a ayudar a levantarte.
Esther estaba diferente. Anyu nunca la había visto así; era casi como si estuviera tratando de cuidarla. Anyu la tomó del brazo.
—Déjame llevar la bolsa y el sombrero. Estás temblando. Debes de haber perdido mucha sangre. Ten cuidado al caminar. Por aquí. Tranquila, pero ¡Dios mío! ¡Todavía no puedo creerlo! —dijo Esther abriendo la puerta del pasillo.
En cuanto Anyu entró, oyó las voces enfadadas de Isaac, el tío y Samuel procedentes del taller; hablaban en yiddish .
Anyu miró a Esther.
—Papá dice que necesita un sucesor y que no puede ser un jugador de apuestas —tradujo Esther.
Antes de que Anyu pudiera hablar, se abrió de golpe la puerta del taller y salió Isaac, limpiándose las manos en el delantal; su rostro, incluso en el lúgubre pasillo, parecía oscurecido por la furia.
—¿Qué estáis haciendo vosotras dos? —preguntó.
—Vamos a nuestra habitación, padre —dijo Esther apartando a Anyu.
—Quieta ahí. ¿Por qué llevas mi sombrero y mi bolsa?
—Se los iba a devolver.
—He dicho que te pares. ¿Qué te pasa en la mano, Anyu?
Anyu se estremeció, inquieta por la ira de Isaac.
—He perdido el meñique.
—¿Qué?
Esther se apresuró a explicarle todo: la visita del señor Du, el collar de copos de nieve desaparecido que valía setecientos dólares y la decisión de Anyu de recuperarlo.
—¿Lo he entendido bien? ¿Te dispararon y perdiste el meñique por un collar? —exclamó Isaac.
—Aún puedo ser joyera.
Isaac levantó las manos.
—¿Qué está pasando? Samuel, Esther y ahora tú. ¿Soy la última persona de esta familia en enterarse de lo que ocurre? ¿Qué más me están ocultando? Tú, Anyu, tienes un espíritu noble y extraordinario. Es admirable. ¿Por qué no lo aprovechas? Ya te lo he explicado. No puedo enseñarte.
Y entonces, como si no pudiera soportar verla, se alejó y se fue a la cocina, donde las tías estaban vaciando de las cenizas la estufa de carbón.
—Vamos. —Esther la sostuvo y la ayudó a subir.
Anyu se sentía mareada. Apoyándose en Esther, subió un escalón tras otro y llegó al ático. El breve ascenso la dejó agotada y febril. Se dejó caer sobre el colchón y buscó a tientas la caja de cerillas, pero se le resbaló de las manos. Esther la recogió, la abrió y le dio una píldora.
—Creo que tu padre está enfadado conmigo —dijo Anyu.
—Está enfadado con todos nosotros. —Esther se sentó a su lado.
—Tiene el corazón roto. —Era un maestro joyero sin sucesor. Anyu comprendía la tristeza de Isaac y deseaba poder hacer algo por él.
—Quizá deberías descansar un poco. Te llevará al menos seis meses recuperarte.
—Un mes.
—Tienes todo el tiempo que necesites.
—¿Me dejarás quedarme? ¿Aunque no haya vendido nada?
—No soy una persona caritativa, Anyu. Aún creo que estarías mejor si te quedaras con otras personas. ¡Somos judíos apátridas! Pero pienso que es bueno para nosotros que te quedes. Te necesitamos. Descansa un poco, Anyu.
Esther se levantó. Anyu sonrió.
—No, no te vayas. Háblame. Cuéntame cosas sobre ti y tu familia. ¿Tu padre tenía una joyería en Rusia?
—Era más que una tienda. Era todo un edificio cerca del río Neva. Él era el diseñador jefe de la marca de mi familia.
—Siempre he querido saberlo, ¿dónde está tu madre?
—Murió cuando yo tenía diez años. Envenenada.
Esther se sentó. Recordaba vívidamente el envenenamiento: el arsénico se había añadido a escondidas a una sopa picante que era la favorita de su padre, contó.
Pero esa noche él llegó tarde del trabajo y se perdió la cena, por lo que el resto de la familia se comió toda la sopa.
La abuela y la madre de Esther habían ingerido demasiado arsénico y exhalaron su último aliento en la casa.
Esther y Samuel también enfermaron gravemente, pero se recuperaron.
Según Esther, nunca se descubrió al culpable, pero ella creía que había sido uno de los adversarios de su padre que había perdido un encargo.
A pesar de eso, Esther había sido feliz en San Petersburgo.
A los quince años, se había enamorado de su vecino, Sal, pero este fue asesinado por una turba en la plaza y a ella una metralla le atravesó la pierna, dejándola lisiada de por vida.
Durante la revolución, su abuelo y su tío paterno fueron asesinados.
Perdió el contacto con sus primos y el resto de su familia.
Luego, su padre tuvo que huir del país y ella lo siguió con su hermano: vagaron de una ciudad a otra, vivieron en las sombras, desperdició su juventud en tierras salvajes y bosques.
Una monotonía sin fin: vender joyas, cuidar a su hermano, poner comida en la mesa.
—No tengo futuro en Shanghái como mujer soltera y apátrida —dijo Esther—. Quiero casarme. Tengo veintitrés años, pero me siento vieja.
Lo ideal sería casarse con un británico o un estadounidense para poder tener un pasaporte valioso y poner fin a su condición de apátrida, pero su pierna herida había ensombrecido su futuro y las largas jornadas en la tienda limitaban sus oportunidades sociales.
—Un británico. Ah, por eso siempre lees la novela de D. H. Lawrence antes de acostarte.
—La verdad es que no la entiendo. Mi inglés es muy malo.
—Yo puedo enseñarte.
—¿También hablas inglés? En fin, solo quiero encontrar un esposo, y no me importa la edad que tenga. No puedo ser muy exigente. El número de judíos es limitado en Shanghái.
Hasta ahora solo había tenido un pretendiente, un joven oficial británico que la había invitado a una fiesta, pero nunca había vuelto a llamarla.
A Anyu le encantaba hablar con Esther, le encantaba escuchar sus pensamientos, le encantaba la sensación de que no había rencor entre ellas.
—¿Tú también quieres casarte, Anyu? —preguntó Esther.
Ella negó con la cabeza. Eso era lo que quería Madre.
—Solo quiero ser joyera.
—No vas a cambiar de opinión, ¿verdad?
No. Tampoco podía olvidar el hermoso huevo que deseaba ver desesperadamente, pero que no debía volver a mencionar. Sin embargo, Esther le recordó algo muy importante: tenía que hacer lo que fuera necesario para convencer a Isaac de que le enseñara.