La joyera china Capítulo 10
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Capítulo 10

Anyu recordaba poco de lo que sucedió después.

Gri taba y se revolcaba en la calle, por donde pasaban chirriando los rickshaws y los carruajes; nadie se acercó a ella, nadie excepto Confucio, que había reaparecido misteriosamente y la llevó hasta su bicicleta.

Pedaleó como un loco y la llevó a un lugar que tenía un olor sofocante a hierbas.

En medio del aturdimiento, Anyu oyó hablar a un anciano, que le dio de beber una cucharada de un líquido amargo y, después, le limpió la herida y le vendó la mano, y entonces la envolvió una dichosa niebla de paz.

Estaba consciente, pero luego ya no lo estaba.

Luchó por mantenerse despierta, por pensar en lo que significaba lo que le había sucedido; deseaba desesperadamente preguntar: ¿estaba dentro de una pesadilla?

Confucio dijo algo, pero ella no lo entendió.

Él no la abandonó, al fin y al cabo, y por eso ella le estaba agradecida.

Pero sentía todo el brazo entumecido y, por más que lo intentaba, no veía bien.

Cuando cerraba los ojos, podía imaginar con claridad las grandes orejas del señor Du, la pistola y su dedo meñique explotando.

Incrédula, miró el muñón cubierto con tiras de tela blanca, el muñón donde debería haber estado su dedo.

¿Podría convertirse igual en joyera con nueve dedos? ¿Cómo?

Más tarde, Confucio la llevó de vuelta a la tienda y le dio una caja de cerillas llena de píldoras que, según él, contenían opio y eran muy eficaces para aliviar el dolor.

La tía Katya, bostezando, le abrió la puerta.

Anyu cruzó la oscura tienda arrastrando los pies y entró en la cocina, con el brazo derecho rígido.

El taller estaba cerrado. Isaac daba instrucciones, con voz tenue.

Anyu se sentó en la cocina a oscuras, sin velas. Estaba agotada.

Necesitaba dormir, pero casi no tenía fuerzas para subir las escaleras. Apoyó la cabeza en la mesa del comedor, cerró los ojos y se quedó dormida.

Cuando despertó, se sentía mejor; aunque todavía le costaba levantar el brazo, ya no sentía dolor gracias a las píldoras de Confucio.

Lentamente, Anyu se dirigió a las escaleras, subió y entró en el ático.

Las dos tías roncaban en la cama; Esther, con su camisón de algodón, leía Hijos y amantes , de D.

H. Lawrence, un libro que llevaba leyendo desde que Anyu se había mudado allí.

—¿Dónde has estado? —Esther dejó el libro junto a la lámpara de la mesa de noche y su sombra alargada se proyectó sobre el suelo roído por las termitas.

—Mejor que no lo sepas.

Anyu se sentó en el borde de su colchoneta. Cerca de su almohada había un montón de papeles con sus bocetos de joyas. ¿Podría dibujar con nueve dedos?

—¿Lo encontraste?

—Todavía no. Necesito unos días más. ¿Tu padre sabe que ha desaparecido?

—No. Conté y guardé todo yo sola. Nadie lo sabe.

—Eso está bien.

—¿Qué te ha pasado en la mano?

Anyu miró su dedo, vendado con pericia con ungüento y tiras de tela limpias.

—Me han disparado.

—¿Que te han disparado? —Esther se acercó. Levantó la mano de Anyu y examinó los vendajes—. ¿Qué ha pasado?

—Perdí el meñique.

Lentamente, Anyu relató su búsqueda y cómo la habían capturado.

Esther respiró hondo.

—No pensé que fueras a arriesgar así la vida. No deberías haber hecho eso. Tienes suerte de estar viva.

—Sé dónde está el collar. El señor Du se lo dio a su amante. Oí a sus hombres cuando lo dijeron. Voy a recuperarlo.

Esther negó con la cabeza.

—Mira, te agradezco la ayuda, pero esto es demasiado peligroso.

—Tengo un plan.

—Olvida el plan, Anyu.

—Tengo que hacerlo. Te lo prometí.

—¿Siempre eres tan terca?

—Déjame recuperar el collar, Esther. Siento mucho lo que pasó. No debería haber dicho nada sobre Samuel. Me siento responsable. Es lo mínimo que puedo hacer. Recuperaré el collar para que me perdones.

Esther abrió la boca y el rostro perfectamente simétrico se le impregnó de algo que Anyu nunca había visto antes: una mirada de compasión, de afecto, y se veía tan bella como una diosa. Si hubiera estado dibujando, habría creado una obra memorable, pero, agotada, cerró los ojos para dormir un poco.

Durmió durante dos días. A veces, se despertaba con la voz de Esther.

La joven le había dejado comida y agua a su lado.

Otras veces, Anyu se despertaba en silencio, bañada en dolor y sudor.

“Debo curarme rápido”, se decía. Tenía mucho que hacer: recuperar el collar perdido, vender una joya en el mostrador…

Se acercaba el vencimiento del plazo de tres meses.

Después de cuatro largos días, Anyu sintió que su cuerpo recuperaba las fuerzas. Duplicó la dosis de las pastillas y comenzó a trabajar en su disfraz: bajo ninguna circunstancia debía dejar un rastro que el señor Du pudiera seguir hasta la tienda de los Mandelburg.

Con cierta dificultad, se recogió la larga trenza en la cabeza y se puso una túnica larga de algodón.

Después, se coló en la habitación que Isaac compartía con Samuel y el tío, en busca de algunos accesorios masculinos.

Tomó prestado el bombín de Isaac, la bolsa de cuero color chocolate que solía llevar cuando salía a sus reuniones y los guantes de trabajo que le había visto usar mientras martillaba las placas de metal, lo suficientemente grandes como para que le cupiera la mano vendada.

En la tienda, Esther estaba hablando con dos mujeres mayores. Anyu se escabulló, sosteniendo la bolsa con la mano izquierda, que estaba sana, y se dirigió a la casa de la amante del señor Du.

Esta vez, recuperaría el collar ella sola.

Había cuatro casas de dos pisos de ladrillo gris con techos de tejas de terracota en la calle Fuxing, cerca del cine, todas ellas lujosas.

Anyu llamó a cada puerta hasta que finalmente encontró la casa de la señorita Liao, un recinto amurallado.

Un sirviente con ojos legañosos abrió la puerta y la miró con recelo.

—Buenos días. —Se tocó el bombín que había tomado prestado de Isaac—. Soy joyero y mi jefe me ha enviado a trabajar para la señorita Liao. Vengo a tomarle las medidas para su collar.

—Ella no tiene cita con ningún joyero hoy.

—¿Quiere preguntárselo? Soy joyero —repitió.

El sirviente parecía escéptico, pero la dejó pasar.

Anyu entró en el patio y, luego, en una sala de visitas elegantemente decorada.

Era última hora de la tarde; el aire vibraba con las risas de las mujeres y la música de jazz que salía de un gramófono.

La señorita Liao estaba organizando un juego en la parte trasera de la casa, explicó el sirviente. Tardaría un rato.

Por fin, llegó la señorita Liao. Era hermosa; vestía una túnica de seda con amapolas y pantalones largos, y llevaba una peonía enganchada en el pelo. Tenía el rostro ovalado, la barbilla afilada y ojos negros que destellaban picardía.

—¿Un joyero, has dicho? ¿Quién es tu maestro?

Tenía la voz tan dulce como la de una niña, y la forma en que movía las caderas y hacía ondular los brazos le recordaba a Anyu a las bailarinas folclóricas de una compañía itinerante, pero la señorita Liao era más glamurosa y atractiva.

—La Casa Bellefeuille.

—Ah, ese francés. ¿Por qué no viene él mismo?

—No se encuentra bien. Yo soy nuevo. Me gusta conocer las preferencias y el gusto del cliente en cuanto a joyería antes de crear mi diseño. Mi objetivo es elevar su estrellato como cantante famosa en la ciudad con mi creación.

Ella se rio.

—Sabe hablar, ese francés. Tú también. Debo de haber confundido los días. Pensaba que la cita era la semana que viene. Estoy en medio de una partida de mahjong . ¿Podrías esperar?

Anyu dudó.

—Tengo que visitar a otros clientes.

La señorita Liao frunció el ceño.

—¿Otros clientes? ¿Te los recomendó el señor Du?

—No puedo hablar de eso con usted, señorita Liao.

Ella puso mala cara.

—El señor Du dijo que iba a venir hoy. ¿Va a venir?

¿Iba a venir el señor Du?

—Bien. Hablaré con él cuando llegue. ¿Qué quieres saber? Tengo que volver pronto a la partida de mahjong .

Manteniendo la calma, Anyu dijo:

—Normalmente pregunto sobre sus intereses y trato de saber cuáles son sus gustos. Como tiene que volver a su partida, podemos ahorrar tiempo si me muestra sus joyas favoritas para que me haga una idea de sus preferencias. ¿Qué le parece?

—Por mí está bien. —La señorita Liao hizo un gesto a su sirvienta para que trajera su cofre con joyas.

Con el rabillo del ojo, Anyu vio a la sirvienta recorrer el pasillo al final de la habitación y subir unas escaleras; menos de cinco minutos después, la mujer regresó con un joyero lacado.

Anyu dedujo que el dormitorio no debía de estar muy lejos.

Cuando la amante del señor Du abrió el estuche, encima del montón de accesorios de oro y diamantes estaba el collar de copos de nieve.

Con calma, Anyu le pidió que se pusiera cada collar y los dibujó en su papel con la mano herida, sin prestar atención al dolor.

Después de unos cuantos dibujos, dijo que era suficiente y la criada de la señorita Liao devolvió el joyero arriba.

Para matar el tiempo, Anyu fingió examinar cuidadosamente sus bocetos y, por fin, cuando la criada volvió, se levantó para marcharse.

Recordando cómo trataba Madre a sus clientes, Anyu le hizo una reverencia a la señora.

—Tendré su diseño listo en breve.

La señorita Liao se encogió de hombros y se fue a jugar, y la criada acompañó a Anyu al patio. En la puerta principal, Anyu dijo:

—Lo siento. Creo que me he dejado el cuaderno de bocetos en la sala. ¿Podría hacerme el favor de ir a buscarlo? Puede que se haya caído detrás del sofá. Esperaré aquí.