La joyera china Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

—Tengo que hacerlo. Necesito recuperar el collar.

—Está bien. Entra tú. Yo me voy a casa. —Se subió a la bicicleta.

¡Iba a abandonarla! Allá él. Ella recuperaría el collar por su cuenta.

Anyu se acercó a un vendedor de cigarrillos que estaba en la calle y compró un paquete con el dinero que tenía. Después, subió al porche. Nadie la detuvo: las chicas, que se abanicaban la cara con los pañuelos, estaban ocupadas charlando con sus clientes.

En cuanto entró en el edificio, parecía que todos intentaban ponerle las manos encima.

Un mar de hombres: hombres con caras redondas, hombres con caras sudorosas, hombres con camisa, hombres sin camisa.

Todos estaban ocupados allí, ocupados riendo, ocupados hablando, ocupados tirando del brazo a alguien.

Gritaban en voz alta: “¡Vino! ¡Aquí! ¡Más! ¡Cinco dólares por diez minutos, veinte por una hora! ¡Es un buen trato! ¡La primera puerta al fondo!”.

Anyu sentía que la sangre se le subía a la cabeza al encontrarse en un vestíbulo pintado del color de la granada, esquivando a unos y a otros.

La envolvió una oleada de hedor insoportable, mezcla de humo de cigarrillo y perfume barato.

Y, de pronto, sonó un gong ensordecedor, seguido de una voz que anunciaba la hora.

Alguien la aferró del brazo. Una cara borracha se le acercó.

—¿Cuánto?

Ella lo empujó.

—No seas grosera. —El borracho se atrevió a apretarle un seno.

Ella le dio un golpe en la mano.

—Cigarrillos para el señor Du. ¿Dónde está el señor Du?

El borracho murmuró algo y se alejó tambaleándose.

—¿Dónde está el señor Du?

—En el primer piso, a la izquierda. La quinta habitación —respondió alguien.

Anyu subió la escalera que estaba junto a un cuadro de una pagoda colgado en la pared, esquivando a los clientes que bajaban abrochándose los cinturones.

Cuando llegó al rellano del primer piso, oyó algo en una habitación cercana: eran gritos, rítmicos, agudos, diferentes a todo lo que había oído antes.

Incapaz de resistir la curiosidad, abrió la puerta y miró dentro.

Una mujer, desnuda, estaba tumbada en la cama cubierta con cortinas de seda roja, y un hombre se abalanzaba sobre ella, de pie entre sus piernas.

Los dos se insultaban y se maltrataban mutuamente: el hombre abofeteaba a la mujer y ella lo empujaba con las piernas sobre los hombros; apretaban los dientes, se agazapaban y gruñían; parecía que querían matarse a golpes, destrozarse mutuamente, pero, a la vez, ninguno de los dos sufría dolor.

Anyu nunca había visto copular a nadie. Se dio cuenta de que así era como se hacía y le pareció agotador.

De pronto, vio a la mujer, agotada, desplomada sobre la cama; un hilo de sudor, mezclado con maquillaje blanco y rubor rojo, le corría por la cara. La mujer captó su mirada y abrió mucho los ojos. Avergonzada, Anyu se giró y salió corriendo por el pasillo.

—Se la veía muy contenta con el collar. ¿Le viste la cara? Qué zorra.

Anyu se detuvo. La voz provenía de su derecha, a la vuelta de la esquina.

—No dejes que te oiga. El señor Du adora a esa chica. Recuerda que acaba de comprarle una mansión nueva.

—¿Dónde queda? No he estado allí.

—Cerca del cine de la calle Fuxing. Una casa elegante con ladrillos grises y tejas de terracota. La señorita Liao quería algo acorde con su estatus, porque es famosa.

Anyu recordó que la señorita Liao era una popular cantante de una compañía discográfica. Su dulce voz se oía a menudo en los callejones.

—¡Pero esa mujer es muy avariciosa! Acaban de regalarle ese collar y quiere más. El señor Du le concertó una cita con el joyero francés, ¿cómo se llama…?

—Odio a ese francés.

—Bellefeuille, sí. Ese es su nombre.

—Ella puede conseguir todo lo que quiera ahora…

—¡Eh, tú! ¿Buscabas al señor Du? ¿Lo has encontrado? —Un anciano sin camisa apareció junto a Anyu.

—Vete.

Ella retrocedió tambaleándose, pero era demasiado tarde; los hombres del señor Du estaban llegando al pasillo para ver qué pasaba. Cruzaron miradas y los gánsteres se abalanzaron sobre ella.

Anyu bajó corriendo las escaleras, esquivando a las parejas que subían en busca de placer mientras los hombres gritaban y la perseguían.

En un instante, saltó al vestíbulo, que estaba aún más abarrotado que antes.

Desesperada, se abrió paso a empujones, apretujada entre mujeres con abanicos y hombres con billetes, cuyas risas estridentes le perforaban los oídos.

Alguien le dio un codazo en las costillas; otra persona le pisó los pies.

Se inclinó más y utilizó el hombro para abrirse paso.

Cuando llegó al porche, miró atrás. Los gánsteres no estaban a la vista; había escapado.

Caminando rápidamente entre las chicas de sonrisas coquetas, Anyu llegó a la calle y suspiró.

Era la primera vez que entraba a un burdel y sería la última.

Pero no había sido del todo inútil; había descubierto qué había pasado con el collar: el señor Du se lo había regalado a su amante.

Deseaba que Confucio estuviera allí para contarle todo sobre el burdel, pero él, fiel a su palabra, había desaparecido. El camino de vuelta a la tienda se le haría largo.

Anyu había empezado a caminar cuando sintió un cambio en el aire a sus espaldas.

Al darse la vuelta, vio a los hombres del señor Du abalanzarse sobre ella desde debajo de las farolas.

Echó a correr, pero la atraparon de un salto, la levantaron y la llevaron a un coche negro que estaba aparcado cerca de un pasillo.

La ventanilla del coche se bajó y salieron volutas de humo azulado.

—La pescamos espiando, señor Du —dijo el hombre de la chaqueta sin cuello.

Un haz de luz le iluminó la cara a Anyu, que entrecerró los ojos; el corazón le galopaba por el miedo. El hombre la sujetaba con fuerza, como si sus manos fueran tenazas de hierro.

—Vaya, miren esto. Una putita. —El hombre, que apestaba a alcohol, apareció delante de ella, con la cara triangular completamente blanca y las orejas protuberantes a la luz de la farola—. Regístrenla.

Dos manos le tocaron los pechos, la cintura y los muslos.

—No lleva armas, señor Du —dijo el hombre de la chaqueta sin cuello.

—Sin armas. ¿Me estabas espiando, putita? —A Anyu se le heló la sangre.

—No.

—¿Qué haces aquí?

—Vine por… por trabajo.

—No pareces ese tipo de chica. —Sacó un cigarrillo y lo encendió con un mechero.

—Yo… estoy desesperada.

—Mientes. ¿Quién te ha enviado? ¿Los nacionalistas? ¿Los japoneses?

—Nadie. Vine por mi cuenta.

El señor Du exhaló una nube de humo apestoso.

Ella sintió pánico; le corrían gotas de sudor por los ojos. Esos hombres parecían peligrosos y capaces de todo.

—Quería buscar trabajo…, pero cambié de opinión. Ya no quiero trabajar allí. Déjeme irme.

El señor Du sostenía el cigarrillo; la punta parpadeaba.

—No puedes entrar y salir cuando te plazca, zorrita. Y sabes muy bien que, si vienes a verme, debes traer un regalo. ¿Dónde está tu regalo?

—¿Qué? ¿Qué regalo?

—¿No hay regalo? Qué pena. Nadie me visita con las manos vacías. Esa es la ley. Has infringido mi ley. Y eso merece un castigo. —Asintió con la cabeza en dirección a sus hombres.

El de la chaqueta sin cuello sacó algo del bolsillo y se lo mostró. Una pistola.

—¡No! —Anyu se resistió, pero fue incapaz de escapar de aquellas manos como tenazas. Se le ocurrió, demasiado tarde, que debería haber escuchado a Confucio.

—¿Sus órdenes, señor Du? —preguntó el hombre.

—Me siento generoso. Una mano bastará.

—Sí, señor Du.

—¡No, no!

Alguien la tiró al suelo y le empujó la cabeza contra la superficie áspera. Alguien pesado se abalanzó sobre su espalda y la inmovilizó. Le tiraron de la mano derecha, su mano hábil, hacia un lado, y la apoyaron sobre el asfalto.

Entonces, Anyu oyó un clic.

El miedo se apoderó de ella al darse cuenta de lo que intentaban hacer.

—¡No, no, no!

Con todas sus fuerzas, se liberó justo cuando se produjo una fuerte explosión, seguida de un destello de luz cegadora, desconcertante; después, vino un dolor insoportable.

Gritó cuando la sangre negra brotó de su mano y su meñique explotó.