La joyera china Capítulo 9
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Capítulo 9

No había señales de los hombres en la calle.

Obsti nada, Anyu siguió buscando, zigzagueando entre una flota de coches y carruajes y la multitud de peatones, y casi la atropelló un burro que tiraba de un carro cargado con rollos de seda.

Miró en las tiendas de ropa, en la botica y en la barbería, pero no había ni rastro del señor Du ni de sus hombres.

Anyu no sabía cuánto tiempo llevaba buscando cuando un joven que estaba frente a una casa de té con techo de tejas grises le hizo un gesto con la mano.

Ella lo ignoró; no se sentía con ganas de hablar con un desconocido.

Entonces, se dio cuenta de que el joven le resultaba familiar.

Era el gánster al que había ayudado a escapar.

Empujaba una bicicleta y vestía una camisa blanca y pantalones negros.

Al aire libre, parecía decente, incluso amistoso.

Ella retrocedió a la casa de té justo cuando él se subía a la bicicleta.

—Sabía que nos volveríamos a encontrar. ¿Te acuerdas de mí? Soy Confucio —dijo agitando el cabello, que llevaba largo hasta los hombros.

—¿Como el filósofo? ¿Qué clase de nombre es ese?

—¡Ese mismo! Pero yo soy más joven.

Se habría reído si no hubiera estado tan concentrada en encontrar al señor Du.

— You peng zi yuan fang lai, bu yi yue hu? —recitó él.

—¿Qué?

—Significa “¿No es una alegría que un amigo lejano venga a visitarte?”. Es del viejo Confucio.

Anyu carraspeó.

—Muy bien. Soy Anyu. Escucha, necesito tu ayuda. Estoy buscando al señor Du. Puede que haya pasado por aquí hace un momento con sus hombres. ¿Por casualidad lo has visto? —Describió la túnica azul del señor Du y su rostro triangular.

—Oh, no hace falta que me digas cómo es.

—¿Lo conoces?

—Todo el mundo lo conoce en Shanghái. Es el líder de la Banda Verde, el señor del inframundo. ¿No lo sabías?

—Vino a visitar mi tienda. —Entonces, con prisa, le explicó lo que había sucedido—. Se llevó el collar. ¿Sabes dónde puedo encontrarlo?

Confucio silbó.

—Tienes muy mala suerte, ¿sabes? Pero si encuentras al señor Du, después, ¿qué? ¿Le quitas el collar? No, no. Nadie le quita nada al señor Du.

—Tengo que saber dónde está. ¿Puedes ayudarme? —Qué ironía; Anyu se alegraba de que él también fuera un gánster.

—No te ayudaría ni aunque pudiera. ¡Y no puedo!

—Yo… yo…

—No llevas mucho tiempo en Shanghái, ¿verdad?

El señor Du es un hombre poderoso, un hombre peligroso.

Se lleva todo lo que se le antoja: oro, restaurantes, casas, mujeres y la vida de los hombres.

Cualquier cosa. Si se llevó tu collar, considéralo un regalo y olvídalo.

Solo es un collar. No vale la pena morir por él.

—Confucio levantó el pie de apoyo de la bicicleta y empezó a pedalear.

Anyu se abalanzó sobre él y se aferró al manillar. Él perdió el equilibrio y se estrelló contra el suelo.

—¿¡Qué haces!? —Se levantó, frotándose la rodilla.

—¡Yo te salvé! Tienes que ayudarme.

Él levantó la bicicleta y gimió. Uno de los radios se había doblado.

—Necesito recuperar el collar, Confucio. Es importante. La chica para la que trabajo está muy alterada. Tengo que ayudarla. —Y añadió en un tono humillante de súplica, del que esperaba no arrepentirse más tarde—: Por favor.

—¿De verdad quieres ir? El señor Du está en todas partes.

—¿Qué quieres decir?

—Shanghái es la guarida del señor Du. Tiene muchas casas y oficinas ocultas. También es dueño de casas de juego, fumaderos de opio y burdeles. Pero no vas a tener oportunidad de entrar en ninguno de ellos, porque están fuertemente vigilados. Y aunque consigas entrar, no vas a poder salir.

—Si me indicas una dirección, lo encontraré.

—Te lo advierto. Vas a perder la cabeza. No me culpes.

—No te voy a culpar.

Él suspiró.

—Está bien. Sube.

Anyu miró la bicicleta; no tenía sillín. Debería sentarse en el cuadro superior. Nunca se había subido a una bicicleta y, por supuesto, ninguna chica decente andaría en bicicleta con un chico en público. ¿Qué diría la gente? ¿Qué pasaría con su reputación?

—¿Queda lejos?

—Son unas dos horas a pie. ¿Qué? ¿Te da vergüenza viajar conmigo? —dijo Confucio.

—No me da vergüenza.

—Entonces, ¿por qué te quedas ahí parada? Está bien. Ve a pie. Nos vemos allá en dos horas.

Ella miró a su alrededor. Algunas personas la miraban con curiosidad desde las tiendas cercanas; se le ocurrió que contarían chismes sobre ella en cuanto desapareciera de su vista, pero ¿por qué iba a preocuparse? Ya no estaba en Harbin.

Anyu se acercó a Confucio y se sentó en la barra metálica superior del cuadro, con las manos aferradas al manillar y el cuerpo a una distancia discreta de él.

—Vamos.

—¡Espera!

Si Anyu hubiera tenido otras opciones, no se habría subido a la bicicleta.

Fue sumergirse en una marea peligrosa de personas que maldecían, navegar a ciegas entre la ropa mojada que colgaba en los estrechos callejones y correr una carrera enloquecedora entre los coches que tocaban el claxon y los carruajes que circulaban a toda velocidad.

Se agarró al manillar con todas sus fuerzas, con el trasero irritado por el roce del metal desnudo.

Podría haber gritado y haberle pedido que redujera la velocidad, pero se contuvo por dignidad.

Cuando Confucio finalmente se detuvo, Anyu se bajó de un salto; el corazón le latía con fuerza, tenía las piernas rígidas y el trasero dolorido.

—Ya llegamos —dijo Confucio.

¿Allí era? Estaban en un callejón lleno de rickshaws y vendedores de fruta que llevaban carritos cubiertos con lonas.

El edificio que señaló Confucio tenía un arco alto de piedra decorado con medallones redondos en relieve y un enorme portón pintado de color rojo intenso.

Delante de él, iban y venían varios hombres corpulentos que vestían gorras verdes y llevaban palos en las manos.

Mientras Anyu los observaba, se abrió el portón, salió un hombre vestido con una túnica larga tambaleándose y maldiciendo, y los hombres de los palos lo subieron a un rickshaw .

—Vuelve cuando tengas dinero —murmuraron.

Una casa de apuestas.

—No veo el coche del señor Du ni a sus hombres.

No creo que esté aquí. —Confucio se sentó en la bicicleta tras bajar el pie de apoyo y entornó los ojos para mirar los edificios cercanos; el sol de la tarde bañaba los tejados grises.

Esa calle estrecha estaba repleta de hombres con el pelo rapado que sostenían carteles con caracteres negros que decían: “¡Juegue a las máquinas tragamonedas en Six Nations!”, “¡Gane la lotería ahora!”, “¡Apueste en las carreras de perros, hay bebidas gratis!”.

—¿Dónde más podría estar?

—No lo sé. —Confucio se encogió de hombros—. Hablas chino con un acento del norte horrible. ¿De dónde eres?

—Necesito saber dónde está el señor Du.

—¿Así que eres de Pekín?

—No. De Harbin.

—¿Dónde queda? Espera, ¿te refieres a Harbin, cerca de Siberia? ¿El lugar donde los mocos se congelan como fósiles? ¡Está muy lejos! ¿Por qué has venido a Shanghái?

Ella lo miró con ira.

—¿Dónde podemos encontrarlo, Confucio?

—Quizás esté en su fumadero de opio favorito.

—¿Sabes dónde está?

—¿El sol sale por el este?

—¿A qué distancia está?

Confucio suspiró.

Desde lejos, el edificio parecía un salón palaciego, con majestuosas columnas de color bermellón, tejas anaranjadas esmaltadas y aleros curvos.

Cuando Anyu se acercó, alcanzó a ver las cortinas rojas de seda y las camas con dosel, en las que se recostaban hombres vestidos con túnicas que fumaban largas pipas.

Un hombre de gorro negro salió corriendo del edificio y la echó: en el local se prohibía la entrada a las mujeres.

Había caído la noche y ella seguía sin ver al señor Du, ni su coche ni a sus hombres.

Ante la insistencia de Anyu, Confucio accedió a llevarla a un último lugar.

—¿Por qué has venido a Shanghái? No me lo has contado. —Pedaleaba despreocupado y llevaba el manillar con una sola mano.

—¿Adónde vamos? —Ella se sujetó al manillar.

—Lo sabrás cuando lleguemos. ¿Me vas a decir por qué?

—¿Ya hemos llegado? —Habría ido caminando, pero la luz del día ya se había desvanecido y las calles estaban a oscuras. No quería perderse.

—Casi. Ya entiendo. Eres viuda.

—¡Tengo dieciséis años!

—Muchas chicas más jóvenes que tú se han quedado viudas. Entonces, ¿no tienes familia? ¿Es eso? ¿Por eso vives con los rusos?

¡La había estado espiando!

—Trabajo para ellos. Son buenos, me tratan bien.

—Pero son extranjeros. No pueden ser buenos contigo; además, apestan. ¿No los has olido? También transmiten enfermedades.

—Eso es absurdo. Tú hueles peor que ellos.

Confucio suspiró.

—Tengo una frase para citar, pero no te la diré. En fin. Ya hemos llegado.

El edificio de dos plantas era precioso, con un largo pasillo que rodeaba la primera planta e hileras de farolas rojas colgadas de los aleros.

Algunas chicas se paseaban por el pasillo, ataviadas con coloridos vestidos ajustados que solo les llegaban hasta las rodillas; tenían los brazos desnudos y los labios rojos bajo el resplandor de las farolas.

Movían algo que llevaban en las manos: pañuelos, abanicos, y se bamboleaban de un lado a otro del pasillo.

Aunque estaba al otro lado de la calle, Anyu alcanzó a oír risas y una agradable melodía de laúd y palmas que bailaban en el aire.

Un burdel.

Anyu se bajó de la bicicleta, con las mejillas enrojecidas.

—Aquí estamos. —Confucio se bajó, pero aún tenía las manos en el manillar.

—¿Estás seguro de que está dentro? —La madre de Anyu le habría prohibido acercarse a esa casa de mala reputación.

—Mira —dijo él asomando la cabeza—. En el pasillo, cerca del árbol.

Estaba demasiado oscuro; ella solo distinguía las siluetas de unos cuantos hombres, pero allí estaba el coche del señor Du con dos de sus hombres apoyados en él, fumando y hablando. Reconoció al de la chaqueta sin cuello.

—Están entrando —dijo.

—Apuesto a que el señor Du también está dentro.

—Voy a entrar.

—¡Estás bromeando!