La joyera china Capítulo 8
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Capítulo 8

El ambiente en la casa fue gélido durante los siguientes días, a pesar de que era verano.

La revelación inoportuna de Anyu sobre la adicción de Samuel al juego la había convertido en una marginada.

Las tías le dieron la espalda, los hombres la evitaban y Esther estaba tan fría como una estatua de hielo.

—¿Cómo lo supiste? —le preguntó Esther en el mostrador, con la cara hinchada y ojerosa. No había podido dormir y había pasado la noche dando vueltas en la cama.

Era temprano por la mañana y aún no había clientes.

—Me pidió dinero prestado el día que llegué —respondió Anyu mirando fijamente la vitrina.

—Es un buen chico. Ha seguido las órdenes de mi padre toda su vida, escondiéndose primero en un pueblo de pescadores y, después, en un sótano, trabajando como joyero, pero tiene veinte años.

No puede vivir como un ermitaño; quiere tener una vida fuera del taller.

Le gusta Shanghái. Le gustaría ver a algunas chicas, tomar una copa con ellas.

¿Quién puede culparle? Trató con todas sus fuerzas de mantenerse alejado del hipódromo, créeme, lo intentó.

Pero la vida es una broma pesada para un hombre sin pasaporte, un hombre sin futuro.

Las chicas no lo toman en serio. Es infeliz.

Anyu se dio cuenta de que Esther era una hermana cariñosa que quería a su hermano. ¿Todas las hermanas eran como Esther? Anyu deseó que Esther fuera su hermana.

—El otro día me prometió que no volvería a acercarse al hipódromo. Pero entonces se lo contaste a papá. No va a perdonártelo, ni a mí. —A Esther se le quebró la voz.

Primero, las lágrimas de Isaac, y ahora, esto. Anyu deseaba poder cavar un agujero y enterrarse en él. Ojalá hubiera podido retractarse o hacer retroceder el tiempo. Ojalá hubiera algo que pudiera hacer para aliviar su dolor.

Un momento después, la puerta de la tienda se abrió con un fuerte estruendo; Anyu levantó la cabeza, sobresaltada.

Cinco jóvenes chinos irrumpieron en la tienda como un torbellino de piernas largas y brazos extendidos.

Llevaban gorras de tela verdes y los seguía un hombre chino de mediana edad que vestía una brillante túnica de seda azul.

Era claramente el líder: alto, con varias cadenas de oro que le rodeaban el cuello grueso.

Tenía una mirada malvada, como una víbora: la cara era de forma triangular y las orejas sobresalían como dos pequeñas manos listas para el saqueo.

Anyu no sabía quién era el hombre de mediana edad, pero reconoció las gorras verdes que llevaban. La famosa Banda Verde que dominaba la ciudad. Nerviosa, miró a Esther.

Esther esbozó una sonrisa forzada.

—Buenos días, señor Du —le dijo al hombre de la cara triangular—. Me alegra volver a verlo.

¿Al líder de la banda de gánsteres? Anyu se sorprendió.

Pero parecía que el señor Du no había oído el saludo de Esther.

Con las manos detrás de la espalda, inspeccionó las vitrinas de la tienda y la licencia que colgaba de la pared, y se dirigió a la sección de collares.

Se asomó para mirar. En un instante, sus hombres se agolparon a su alrededor y se apiñaron frente al mostrador de cristal que estaba cerca de Anyu.

Asentían y se reían, con los ojos fijos en las joyas y codicia intensa en la mirada.

—¿En qué puedo ayudarlos? —preguntó Esther acercándose a ella, para alivio de Anyu.

—Tú eres la hija, ¿verdad? Lo recuerdo —dijo un hombre con una chaqueta negra sin cuello—. Bueno, el señor Du está por el barrio, haciendo algunas compras, y pensó en pasar por aquí.

—Es un honor tener al señor Du en la tienda.

—¿La tienes lista?

—¿La tasa? Disculpe. Creía que se pagaba dentro de dos días.

Normalmente, esa era la tarea del representante de la banda, un hombre que siempre vestía túnica y tenía modales amables.

—Correcto. Pero ya que estamos aquí, queremos hacer nuestros recados y ahorrarnos otro viaje. ¿Le parece bien?

—Por supuesto… Se la traeré enseguida.

Pero Esther no se marchó y miró a Anyu, vacilante.

Esther tendría que ir a buscar el dinero a la casa, ya que no se guardaban grandes sumas en el cajón al comienzo de la jornada laboral.

El tío David habría tenido el dinero preparado si hubiera estado allí, pero había salido de la tienda con Isaac para reunirse con la señora Brown, una mujer cuyo nombre Anyu había oído a menudo.

Samuel no estaba por ninguna parte y las dos tías se habían ido de compras.

Anyu y Esther eran las únicas personas presentes en el edificio, aparte de la Banda Verde.

—¿Señorita? —preguntó el empleado del señor Du.

Esther vaciló, indecisa entre quedarse o marcharse. Nunca había dejado sola a Anyu en la tienda. Finalmente, le indicó que se quedara donde estaba.

—Ahora vuelvo —dijo, y se dirigió al pasillo.

Anyu se sintió abrumada al mirar a los cinco integrantes de la banda.

Eran ruidosos, caminaban dando pisotones, golpeaban las vitrinas y comentaban sobre el oro, la plata y las piedras preciosas en el dialecto de Shanghái, con el que ella aún no estaba familiarizada.

El señor Du examinaba los collares delante de ella, tarareando una melodía conocida de ópera que Anyu había oído en la calle.

Estaba tan cerca del líder de la pandilla que sentía el olor de su cigarrillo.

—Este. Quiero verlo. —El hombre señaló un collar de oro con forma de copo de nieve. Era una pieza cara, valía setecientos dólares chinos.

—Ah. Tendrá que esperar.

—¿Esperar?

—No puedo sacar el collar de la vitrina. No tengo permiso para hacerlo.

—¿Está cerrada con llave?

No estaba cerrada; Esther no había previsto que iba a tener que alejarse del mostrador.

Pero Anyu se mantuvo firme: después de haber pasado meses en su puesto, había aprendido a no discutir con los clientes.

Sin embargo, su instinto le decía que obedecer al señor Du le acarrearía problemas, y, sencillamente, no estaba dispuesta a romper su acuerdo con Esther y enfadarla aún más.

—Aquí tiene. —Esther volvió jadeante. Debía de haber corrido tan rápido como le permitían sus piernas.

El hombre del señor Du tomó los billetes.

—Una cuota mensual de doscientos dólares chinos para mantener alejados a los ladrones y atracadores. Una ganga. Si no fuera por nosotros, les habrían robado hasta la camisa.

—Les estamos muy agradecidos —dijo Esther.

—Me gustaría ver ese collar —repitió el señor Du—. ¿Me lo vas a enseñar? La inepta de tu ayudante no coopera.

Esther se sonrojó. El señor Du no se ofreció a comprarlo, pero ella no debía ofenderlo. Vacilante, abrió la puerta del armario, levantó el collar con ambas manos y lo colocó en una bandeja de plata sobre el mostrador.

—A todo el mundo le encanta este collar de copos de nieve. Es precioso.

El señor Du asintió, lo sostuvo en la mano, lo sopesó y, después, mordió un eslabón de la cadena para comprobar la pureza del oro.

Meneó la cabeza, no muy impresionado, por la baja calidad del metal, pero a Anyu le quedó claro que le gustaba el diseño del collar.

Entonces, el hombre de la chaqueta sin cuello pidió ver un anillo con un topacio de talla marquesa.

Esther abrió el estuche y sacó el anillo; estaba sudando y sonreía con torpeza.

Después, otro hombre pidió ver un brazalete de oro que estaba al final del mostrador en forma de L.

Esther se enjugó la cara, nerviosa, e iba cojeando de un lado a otro.

Casi parecía que la banda se estaba aprovechando de su discapacidad, pero Anyu no podía ayudarla; Esther le había prohibido tocar las joyas.

Por fin, pareció que ellos habían visto suficiente. Empujaron las bandejas hacia Esther y abrieron la puerta.

—Volveremos el mes que viene.

La puerta se cerró detrás de ellos; Anyu sintió que necesitaba sentarse.

Esther seguía enjugándose la cara y guardaba las bandejas.

—¿Has visto a ese hombre? Da miedo. No sabía qué hacer. No pude decirle que no.

—Espero que no vuelva nunca más —dijo Anyu mirando las bandejas y los soportes que estaban dentro de una vitrina, y entonces se dio cuenta de que el soporte en el que se exhibía el collar de copos de nieve estaba vacío.

—¿Dónde está el collar?

—Debe de estar por ahí. —Esther se inclinó para ver las joyas y empezó a levantar las bandejas y buscar en todos los rincones de las estanterías. No lo encontró.

—Se lo enseñaste al señor Du —dijo Anyu—. ¿Te lo devolvió?

—No… no me acuerdo. Sus hombres me exigían ver otras piezas. Me distrajeron. —Empezó a temblar—. Espera. Ahora lo recuerdo… No me lo devolvió. Se quedó con él.

Anyu tragó saliva. El collar de copos de nieve valía setecientos dólares.

Esther se cubrió la cara con las manos.

—No puedo creer que haya pasado esto. ¡Dios! ¡Soy tan estúpida! Me han engañado. ¿Qué voy a hacer? Papá va a volver y se va a dar cuenta. Se va a poner furioso y nunca me va a perdonar. Ya está enfadado conmigo.

Anyu volvió a tragar saliva.

—No es culpa tuya, Esther.

—Claro que sí. Se lo di a ese gánster. Es culpa mía. —Le temblaban los hombros.

Ah, las lágrimas de Esther. Anyu nunca había pensado que lloraría y deseó con todo su corazón poder consolarla, pero no sabía cómo.

En su casa no había aprendido a hacerlo: nunca había consolado a nadie antes y las palabras le parecían insignificantes.

Esther tenía razón: Isaac se iba a enfadar mucho con ella, después de haberle ocultado el secreto de Samuel y de haber perdido el collar.

Y Anyu no podía hacer nada para ayudarla, a menos que lograra volver a poner el collar en manos de Esther.

—Lo voy a recuperar.

Esther levantó la cabeza, con el rostro empapado de lágrimas.

—Voy a recuperar el collar. Así tu padre no sabrá que desapareció y no te va a echar la culpa.

—¿Cómo lo vas a recuperar?

—No lo sé, pero confía en mí. —Y salió corriendo de la tienda.