La joyera china Capítulo 7
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Capítulo 7

Dos semanas antes de que venciera el plazo de tres meses, Anyu limpió la tienda, cerró con llave la puerta principal y reunió todos los bocetos que había hecho en el ático. Después, fue a la cocina, donde estaba cenando la familia.

Esa noche tenían una comida sencilla: col, pan y galletas saladas, y las tías se lamentaban por el dinero que habían perdido para la comida. Se habían guardado los billetes en los bolsillos, pero cuando llegaron al mercado, no los encontraron. ¿Cómo podían haberlos perdido? Estaban desconcertadas.

Isaac masticaba una galleta con la boca cerrada, escuchando a Esther, que también se lamentaba de sus problemas económicos: las ventas escasas y los gastos elevados.

—Habrá que ajustar el presupuesto el mes que viene —dijo el tío David.

—¿Señor Mandelburg? —preguntó Anyu, con sus bocetos en las manos.

Isaac se limpió la comisura de la boca.

—¿Sí?

Anyu dijo: —No quiero estar detrás del mostrador, señor Mandelburg. Me gustaría ser joyera. Quiero aprender a fabricar joyas para ayudarlo con la tienda. ¿Me enseñará?

Todos la miraron fijamente: el tío David, Esther y las tías.

Excepto Samuel, que bostezó. Tenía una habilidad especial para soltar bostezos perfectamente ejecutados, fuertes y prolongados, con deliberación y una potente capacidad vocal, que llenaban la habitación de un hechizo de somnolencia que flotaba en el aire.

Isaac lo miró y frunció el ceño. Samuel no se dio cuenta, levantó con lentitud un tenedor y lo miró como si se hubiera convertido en oro. Tenía veinte años, cuatro más que Anyu, y le había crecido una barba espesa.

—Hacer joyas es una tarea difícil, Anyu. Es un trabajo manual, duro, tedioso y sucio —dijo Isaac.

—No me importa. Dibujo bien. He estado aprendiendo a dibujar como una diseñadora de joyas. ¿Quiere verlo? —Le tendió sus dibujos.

—Seguro que son muy buenos.

¡Pero él ni los miró!

—Tome. —Puso los papeles cerca de las galletas.

—Muchacha, estamos cenando —dijo el tío David.

—No se arrepentirá, señor Mandelburg —insistió Anyu.

Isaac suspiró, sacó unas gafas del bolsillo y tomó los dibujos. Posó la mirada en el broche del tigre siberiano, el zorro de platino y la grulla de corona roja.

—Estas imágenes son originales e innovadoras. Eres una artista talentosa, Anyu.

—¿Le gustan?

—Tienes potencial.

—Puedo ser una excelente diseñadora de joyas si usted me enseña.

Él se rio entre dientes y meneó la cabeza.

—Olvido lo joven que eres, Anyu.

—Cumpliré diecisiete años dentro de dos meses, señor Mandelburg. —Le gustaba verlo reír y deseaba que riera más a menudo.

—¿Por eso has estado husmeando en el taller? —preguntó Esther.

Anyu abrió la boca.

—No se te permite entrar en el taller —dijo el tío David.

—No entré.

—¿Te llevaste algo del taller?

—¿Qué? ¡No! —Anyu se alarmó. “La reputación de una mujer es como un jarrón de porcelana: una vez rota, nunca se puede reparar del todo”, decía Madre—. ¡No me llevé nada!

Isaac le devolvió el montón de papeles.

—No puedo enseñarte, Anyu.

—¿Por qué?

—Eres una chica. En Rusia, las mujeres no pueden ser joyeras —dijo Esther.

No se equivocaba. La idea de una joyera era inimaginable para muchos. Pero ella insistió.

—Estamos en Shanghái.

—Bueno, dime. ¿Conoces a alguna joyera en Shanghái? —preguntó Esther.

—¿Dices que no hay ninguna joyera en todo el mundo?

—Bueno —dijo Isaac—. Lo creas o no, la industria de la joyería ha visto muchas joyeras excelentes con un talento artístico asombroso.

Esther quizá no lo sepa, pero Fabergé tenía dos maestras diseñadoras.

Una de ellas era la ingeniosa Alma Pihl, que diseñó para la emperatriz Alexandra Fiódorovna el Huevo Mosaico, inspirado en las labores de bordado.

Tenía un talento asombroso y se hizo conocida por sus diseños en forma de copos de nieve con montura de platino y plata decorados con diamantes de talla rosa.

—Aun así, la joyería no es un oficio para mujeres —dijo el tío David.

—Pero el señor Mandelburg dijo que había joyeras —replicó Anyu.

El tío David carraspeó.

—Había joyeras, no te discuto eso, pero quiero recordarte que no les enseñamos a personas ajenas a la familia. Somos una familia de joyeros; la orfebrería ha sido nuestro oficio durante siglos.

Anyu parpadeó. No lo había olvidado; solo era una ayudante contratada por Isaac.

—Pero…

—Somos judíos. Durante cientos de años, los sultanes, emperadores y zares impusieron políticas brutales y restrictivas para matarnos de hambre y, como resultado, muchos de los nuestros perecieron.

Nuestra familia ha sobrevivido gracias a nuestras habilidades como orfebres.

El padre y el abuelo de Isaac eran joyeros, y yo también provengo de una familia de joyeros.

Trabajé con el padre de Isaac desde que mi hermana se casó con él.

Gracias a nuestras habilidades, nos hemos ganado la vida desde que estábamos en Crimea, cuando gobernaba el Imperio otomano. Este es el oficio de nuestra familia.

Anyu no se había dado cuenta de la tradición familiar en la elaboración de joyas.

—Pero yo puedo ayudar con el negocio de su familia.

El tío David negó con la cabeza.

—No trabajamos con gente de fuera. Nuestros medios de supervivencia deben transmitirse de padres a hijos; así ha sido durante muchas generaciones. Se queda en nuestra familia. No tengo la suerte de tener hijos, pero Isaac tiene a Samuel.

El legado familiar y la tradición de transmitir los conocimientos a través de los hijos. Los judíos y los chinos eran muy parecidos, ya que impedían a las mujeres acceder a algunas profesiones. A Anyu no le gustaba nada; miró a Samuel.

—Pero él no es joyero, es jugador de apuestas.

Se hizo el silencio en la habitación; Samuel dejó caer el tenedor al suelo. Isaac dejó la galleta que estaba comiendo.

—Perdona, ¿qué has dicho, Anyu?

No lo sabía.

—¿Es cierto eso? ¿Es lo que estuviste haciendo estos días? ¿Tenías dolor de estómago y necesitabas ir al médico?

Samuel apartó la mirada.

—¡Mírame, Samuel! ¿Cuándo empezó esto?

—¿Qué importa? ¿Qué más puedo hacer? Odio esto. ¡Odio mi vida! —Se marchó enfadado.

—¿Esther? ¿Lo sabías? ¿Por qué no me lo dijiste? —Isaac tenía la voz ronca.

—Padre, quería decírtelo. Lo intenté…

—¿Le has estado dando dinero?

—No, padre.

—Entonces, ¿de dónde lo sacó?

—Le di unos centavos…, pero no lo volveré a hacer. Lo prometo.

Isaac se desplomó en su asiento, con los hombros encorvados y cara de tristeza.

—Mi hijo, mi único hijo…

Después, apartó la silla y se levantó con los ojos llenos de lágrimas.

A Anyu se le encogió el corazón. Debería haber mantenido la boca cerrada.

—Tienes dos semanas —dijo Esther. Se levantó y se marchó con el tío David y las tías. La casa se sumió en un silencio sombrío.

¿Cómo había hecho para enemistarse tanto con la familia que la había acogido? No había sido su intención causarles dolor. Mucho menos a Isaac. Debería haberse esforzado por aprender algunas técnicas de venta, y ahora ya tenía un pie fuera de la casa. ¿Qué había hecho?

Anyu se quedó sentada, sola.