La joyera china Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Anyu no había oído esos detalles en el mercado nocturno. Le hubiera encantado escuchar todos los consejos sobre piedras preciosas. Fascinada, no se marchó hasta que oyó pasos que bajaban por las escaleras.

Anyu pensaba que le quedaba muy bien el vestido nuevo; siempre había sido muy consciente de su apariencia, pero el vestido le daba un aspecto elegante y sofisticado.

Le ajustaba bien en el pecho y la cintura, y el color combinaba con su piel.

Cuando se puso detrás del mostrador, le pareció que la expresión de Esther se suavizaba.

Pero, por desgracia, no fue suficiente para que los clientes, bien vestidos y excesivamente adornados con relojes de bolsillo y collares de oro, abrieran sus carteras.

Se alejaban en cuanto ella se acercaba y, a veces, como para confirmar su ineptitud, incluso le compraban joyas a Esther tras haber charlado brevemente con Anyu.

Al final del segundo mes, todavía no había vendido nada.

Anyu temía entrar en la tienda, resignada al hecho de que no se le daba bien persuadir a los clientes. Deseaba estar en cualquier otro sitio que no fuese el mostrador y, a menudo, se distraía pensando en el taller de Isaac.

Aminoraba el paso al sentir el olor acre de los productos químicos y el metal quemado, y aguzaba los oídos cuando resonaban voces desde el interior.

Siempre que podía, se quedaba cerca de la entrada del taller, de donde la luz se escapaba por la puerta entreabierta y se reflejaba en la mezuzá que estaba clavada en el marco.

Recordaba la advertencia de Esther y no entraba.

Cuando Esther le entregó otros diez centavos, Anyu se puso nerviosa.

Solo quedaba un mes. Tenía que vender algo.

No podía imaginar dejar a Isaac y la tienda.

Se había acostumbrado a vivir bajo el mismo techo que él, con las vitrinas de joyas, la marea de clientes e incluso las comidas con toda la familia Mandelburg.

Había un ritmo de charlas ruidosas y una vivacidad en la rutina diaria que no había experimentado en Harbin; había comodidad, seguridad e, incluso, momentos de alegría que le habían faltado en su vida anterior, recluida en la húmeda habitación con su madre.

Y cuando Anyu se encontraba en la luminosa tienda, con Isaac cerca y las joyas brillantes, sentía que estaba en su hogar. No quería marcharse.

Pensó en hablar con él, pero ¿qué podía decirle, en realidad? Era un fracaso y una decepción como vendedora. No podía depender de la caridad de Isaac; debía contribuir a la tienda y demostrar su valía.

Pero ¿qué otra cosa podía hacer, aparte de vender joyas?

Una vez, cuando Anyu bajó las escaleras, vio que la puerta del taller estaba entreabierta y un rayo de luz dorada brotaba del interior y se reflejaba en la pared del pasillo silencioso. Como no había nadie alrededor, se acercó de puntillas, incapaz de resistirse, y se asomó.

Lo primero que vio fue una pared cubierta de dibujos: dibujos de anillos, collares y broches, todos coloreados con tonos vivos.

El más cercano era un collar con ónix tricolor, rubíes y esmeraldas engastados en rectángulos irregulares de diferentes tamaños, todos ensartados para formar un exuberante despliegue de elegancia.

Con su visión perfecta, Anyu alcanzó a divisar que las imágenes tenían marcas y notas acerca de la escala, los tamaños y los tipos de piedras preciosas.

Eran exactamente iguales a las joyas que se vendían en la tienda.

Se dio cuenta de que el dibujo de un joyero no era simplemente una imagen, sino una danza de luz, la auténtica visión de un artesano, y anticipaba lo que luego sería una unión expresiva entre metales y piedras preciosas.

Eso lo podía hacer ella: imaginar los diseños, dibujar los contornos y marcarlos con los metales y los tamaños y tipos de piedras preciosas, y no solo un dibujo, sino miles.

Entusiasmada, abrió la puerta de par en par y vio una mesa cubierta con diversas herramientas inusuales: reglas de acero, pinzas, cuchillos, limas, cepillos, taladros, martillos con caras redondas y planas, alicates con puntas afiladas y otros con puntas redondas.

Cerca de la mesa, Isaac estaba sentado ante una mesa de trabajo curva con numerosos cajones, sosteniendo una sierra de joyero con la que cortaba una pieza de metal sobre un bloque de madera que estaba sujeto al escritorio.

Después, dejó la sierra, desechó los restos de la lámina de metal y obtuvo la forma de un árbol: había calado el diseño en la lámina de metal con la sierra.

Así era como se hacía una joya; así era como un diseño, una idea o una imagen se hacían realidad. Allí. En esa habitación. En las manos de ese hombre.

A Anyu se le ocurrió una idea, brillante como el haz de luz que iluminaba la mesa de trabajo de Isaac, dorada, incandescente, radiante como el resplandor del huevo ruso.

Eso era lo que quería hacer: quería sostener la sierra y los alicates, cortar láminas de metal, forjar placas y retorcer alambres. Quería crear joyas hermosas: collares, anillos, broches y el huevo ruso. Quería convertirse en joyera.

En la tienda, con los clientes circulando a su alrededor, Anyu estaba distraída.

Aunque se esforzaba por concentrarse y trabajar duro para vender, no dejaba de pensar en las herramientas del taller, los dibujos de la pared e Isaac sentado en su mesa de trabajo.

Por las noches, cuando dibujaba, empezaba a imaginar diseños prestando atención a las piedras preciosas, las texturas, los colores, el peso, el tamaño y la escala.

Cuando deambulaba por la ciudad y pasaba por un jardín con puentes sinuosos, imaginaba unos pendientes en forma de puente y pensaba en qué textura tendría; cuando veía una exótica cafetería francesa decorada con postigos morados y mesas rojas, soñaba con un colgante colorido para un collar de oro; y cuando veía los caballos encabritados y sus jinetes en el enorme hipódromo, pensaba en un broche con formas dinámicas.

Diseñar las joyas era fácil, pero quería saber cómo transcribir el diseño a una lámina de metal y aprender a utilizar las herramientas para cortar, grabar y soldar, todas las técnicas y habilidades de la orfebrería. La única persona que podía enseñarle era Isaac.

Si se lo pedía, ¿le enseñaría? ¿La aceptaría como aprendiz para que pudiera ayudarlo en el taller, en lugar de vender las joyas?

Solo había una manera de averiguarlo.