Capítulo 6
—Los clientes se han estado quejando de ella, pa dre —dijo Esther, de pie junto al escritorio donde guardaba el dinero.
La tienda estaba cerrada; las joyas, guardadas, y el día llegaba a su fin.
Isaac acababa de entrar en la tienda para hablar con el tío David; Anyu, que se había encargado de mantener el mostrador de cristal lo más impecable posible, limpiaba las vitrinas con un trapo húmedo.
Se había tomado su tiempo para hacerlo, sin ganas de irse, sin mirar a Isaac, pero observando de reojo cada uno de sus movimientos.
Últimamente había estado pensando en Isaac; esperaba su presencia en la cena y en el pasillo, y se entusiasmaba al verlo.
Cuando él le sonreía, sentía que se ruborizaba y le cosquilleaba el estómago.
Cuando él le hablaba, las palabras permanecían en su mente como melodías alegres que ella repetía una y otra vez antes de acostarse.
Anyu dejó de limpiar.
—No he oído ninguna queja.
—Ese es el problema. No oyes nada —dijo Esther.
“ ¿Cómo puedo hacer para gustarle a Esther? ” , se preguntaba Anyu. Todavía quería ser su amiga.
—¿De qué se han quejado?
Isaac miró la bandeja que le entregó el tío David; contenía algunos anillos viejos de plata y oro deslucido, baratijas obtenidas en subastas y joyas anticuadas rotas.
Isaac recibía diamantes del señor Walters, pero también buscaba gemas raras en lotes como aquel. Cuando las encontraba, las reutilizaba.
—No tiene sentido repetir lo que dijeron. Es la manera de hablar y la expresión que tiene en el rostro. No sabe sonreír, no habla. ¡Está tan rígida como una momia egipcia recién desenterrada!
—Yo sé sonreír —dijo Anyu.
—Y han bajado las ventas. Está ahuyentando a los clientes.
—Es cierto que han bajado las ventas este mes —dijo el tío David.
—El verano es una temporada floja. Muchos clientes ricos están de vacaciones. —Isaac estudió atentamente con una lupa un anillo que sostenía con una pinza.
—¡Lleva aquí un mes!
—Un mes y dos días —dijo Anyu.
—¿Tanto tiempo ha pasado ya? ¿Le has pagado, Esther?
¡Se había acordado de su salario! A Anyu le daba vergüenza recordárselo a Esther, ya que no había vendido nada.
—¿Por no hacer nada? —La mirada de Esther era como su belleza: aguda, deslumbrante.
—Esther, Esther. No te comportes como una niña. ¿Llevamos esto adentro? —Isaac levantó la bandeja y le hizo un gesto con la cabeza al tío David. Los dos hombres se dirigieron a la puerta que había detrás de la cortina y casi chocaron con Samuel, que salía.
—¿Adónde vas, Samuel? —preguntó Isaac.
—Me duele el estómago. Voy al médico.
Llevaba algo en las manos, que rápidamente se guardó en el bolsillo.
—¿Otra vez?
—¡No puedo evitarlo!
Isaac meneó la cabeza y salió de la tienda con el tío David.
—¿Podemos hablar? —le susurró Samuel a Esther, mirando a Anyu—. ¿Fuera?
—Bien.
Esther lo siguió fuera. Conversaron en la calle.
La tienda quedó vacía y en silencio. Anyu echó un vistazo a las vitrinas relucientes y enjuagó el trapo. A continuación, barrería el suelo, vaciaría la papelera llena de colillas y envoltorios de caramelos, y luego iría al ático a dibujar. Pero deseaba que Isaac se hubiera quedado.
Esther volvió a la tienda. Temblaba y se mordía el labio.
—¿Es grave el dolor de estómago de Samuel? —preguntó Anyu.
Esther la ignoró y abrió el cajón del escritorio. Con una mirada exasperada, dejó caer algunas monedas en las manos de Anyu.
—Toma.
¡Diez centavos! Su salario. Una gran cantidad, suficiente para comprar dos platos de fideos para su madre y para ella. Anyu estaba eufórica, con el corazón lleno de orgullo. Cómo deseaba que su madre estuviera viva para poder compartir su felicidad.
—Es fácil, ¿no? —preguntó Esther ladeando la cabeza.
—¿A qué te refieres?
Esther se puso las manos en las caderas. El llavero tintineó en el cinturón.
—Que te paguen por no hacer nada.
Anyu apretó el puño en el que sostenía las monedas. ¿Acaso su trabajo de limpieza no merecía un poco de reconocimiento? Pero, bueno. No iba a discutir.
—Venderé algo. Ya lo verás.
—Eso dijiste el primer día. ¿Qué vas a hacer con el dinero?
No lo había pensado.
—Puedes hacer algo para que los clientes te vean más atractiva. Cómprate un vestido. Hay muchas tiendas en la calle que venden vestidos.
Anyu miró su sencilla túnica gris de manga larga, sus pantalones largos y sus zapatos de tela con suelas planas y gastadas.
—No.
—¿Un par de zapatos nuevos?
—No.
—¿Un pintalabios?
—¿Por qué iba a gastar dinero en eso?
Esther levantó las manos.
Sonriendo de oreja a oreja, Anyu se guardó las monedas en el bolsillo. Por supuesto, le daría un buen uso al dinero. Podría comprarse un lápiz nuevo, algunos cuadernos para dibujar o, tal vez, un plato de fideos.
Terminó sus tareas de limpieza, se aseguró de que la puerta de la tienda y todas las vitrinas y cajones estuvieran cerrados con llave y apagó las luces. Después, fue a la cocina y salió por la puerta trasera.
Era una tarde agradable; el calor se estaba disipando. Todavía había mucha luz y las calles estaban repletas de gente.
Anyu visitó algunos puestos de comida y, después, una papelería que vendía papel dorado y materiales para caligrafía de los Cuatro Tesoros del Estudio: pinceles, tinta, papeles y piedra de tinta; eran elementos refinados, para estudiosos, nada que ella necesitara.
Se le ocurrió que tal vez sería buena idea seguir el consejo de Esther.
Ya que estaba ganando un sueldo, podía darse el lujo de comprarse un vestido de seda ligera para verse más presentable.
Además, era verano y hacía demasiado calor para usar la túnica.
No tardó mucho en encontrar una tienda que vendía blusas y vestidos.
Eran preciosos, hechos de tejidos suaves y con estampados florales muy vivos.
Curioseó algunas blusas de manga corta que había sobre la mesa y, después, se dirigió al perchero donde colgaban los vestidos largos hasta los tobillos.
Uno por uno, examinó los elaborados botones de nudos, las costuras y los largos.
Le gustaron dos vestidos: uno rosa con flores de peonía y otra túnica verde de seda con flores de loto blancas; cada uno costaba un precio exorbitante de dos dólares.
Descolgó ambos, incapaz de decidir cuál elegir.
Después, volvió a dejarlos en el perchero de madera.
Se oyó un grito procedente de un puesto de comestibles al otro lado de la calle.
Tres hombres que llevaban unas distintivas gorras verdes idénticas a la que usaba el que había ido a la tienda a cobrar el dinero de la protección acosaban a los paseantes.
Buscaban a un gánster que se escondía cerca, dijo uno de ellos.
El gánster había robado el dinero de la casa de apuestas del señor Du, en la Ciudad Vieja, y había huido a ese barrio.
Algunos clientes que estaban cerca de Anyu se apartaron a un lado, asustados.
Susurraron que esos hombres eran miembros de la Banda Verde, el azote de la ciudad: una organización criminal que dirigía fumaderos de opio, casas de juego y burdeles por todo Shanghái.
Eran despiadados y violentos; hasta las autoridades de la Concesión Francesa los dejaban en paz.
Anyu se acercó a la esquina. Solo quería terminar sus compras y volver al apartamento, pero los gritos de los hombres empezaron a ponerla nerviosa.
Decidió comprar el vestido rosa de flores y salir de allí.
Sostuvo la percha, levantó el vestido para sacarlo del perchero y vio un par de ojos negros que la miraban fijamente.
Se quedó sin aliento. Era un joven, casi de su edad, con el pelo largo hasta los hombros, ojos grandes y nariz regordeta.
Al otro lado de la calle, uno de los gánsteres, que empuñaba un garrote, se acercó a ella con paso tranquilo.
—Tú. Tú, la de allí. ¿Has visto al gánster?
Anyu volvió a colocar el vestido en el perchero para tapar la cara.
—Sí. Por allá —dijo señalando a su izquierda—. Lo vi ir por allá.
Los gánsteres echaron a correr en la dirección que ella había señalado. Los clientes que la rodeaban soltaron el aire que habían estado conteniendo y dos mujeres salieron corriendo a la calle para recoger las verduras desparramadas de las cestas que la Banda Verde había tirado al suelo.
Anyu miró el perchero; el corazón le latía con fuerza. El joven apartó el vestido de flores que lo cubría, le guiñó un ojo y se escabulló.
No se lo podía perdonar. Había mentido por un gánster.
Cuando Anyu volvió a la tienda, el apartamento estaba a oscuras y en silencio.
No había nadie en la cocina; las tías debían de haberse retirado y Esther tampoco estaba por allí: quizá se había ido de la tienda con un amigo al que había mencionado.
La puerta del taller estaba cerrada; desde dentro se oían clics y el sonido de un martillo que golpeaba el metal.
Dudó. Ansiaba ver a Isaac y su espacio de trabajo y cómo creaba las piezas de joyería, pero le había prometido a Esther que no entraría.
¿Y si ella estaba por ahí cerca? Con el vestido en las manos, se acercó sigilosamente al final del pasillo y se detuvo a una buena distancia de la puerta.
Alcanzaba a ver un tenue rayo de luz parpadear a través de la estrecha rendija y oía la voz paciente de Isaac: —Para valorar los rubíes, hay que observarlos bajo diferentes luces, ya que un haz incandescente directo intensifica el color, mientras que la luz diurna débil lo atenúa.
”Al evaluar los zafiros azules, hay que buscar aquellos que tengan pureza y un color azul intenso. Lo ideal es que la piedra tenga un matiz violeta.
”Cuando se trabaja con ópalos, hay que prestar especial atención al tipo de metal del fondo, porque la montura realza los colores de la piedra y afecta la intensidad del irisado. ¿Me estás escuchando, Samuel? ¡Samuel! ¡Despierta!”.