La joyera china Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

El taller se ubicaba al final del pasillo de la primera planta, y estaba cerrado con un candado de latón con un tirador en forma de anilla, en lugar de un candado chino tipo caja.

En el marco de la puerta habían instalado una pieza de metal, una mezuzá , que los hombres tocaban antes de entrar.

Desde el interior se oían fuertes golpes y sonidos metálicos, a veces incluso por la noche.

El humo del horno, el óxido y el polvo, el hedor acre del metal quemado y el fuerte olor de los productos químicos se extendían desde el taller hasta la cocina y el ático.

A veces, cuando la puerta del taller quedaba entreabierta, Anyu alcanzaba a oír la voz frustrada y apagada de Isaac: “Samuel, despierta. ¿Dónde está la cadena que te pedí?”.

Tal como había prometido, Anyu se mantuvo alejada del taller, aunque su creciente curiosidad le hacía preguntarse cómo había fabricado Isaac las joyas.

A Anyu le habían dicho que los Mandelburg eran judíos, lo cual era algo nuevo para ella, ya que nunca había oído hablar del judaísmo, y solo conocía el budismo.

No quemaban varitas de incienso como los budistas ni tenían un altar en la cocina dedicado a la diosa de la compasión o al dios de la fortuna, con su envidiable barriga desbordante.

De hecho, le daban la impresión de ser discretos con respecto a su religión.

Los hombres rara vez llevaban sus kipás en la tienda cuando había clientes, y solo conversaban en chino y, de vez en cuando, en un mal inglés.

Trabajaban todos los días de la semana. Los viernes, antes del atardecer, cerraban la tienda y las tías preparaban una mesa con dos velas, una copa de vino y una barra de pan.

Una de ellas encendía las velas, se tapaba los ojos con la mano y recitaba de memoria una bendición en un idioma que Anyu no entendía.

Luego, todos bebían el vino y comían, mientras la tía Hannah, que siempre se quejaba de algo, refunfuñaba que no había ningún lugar en la ciudad donde asistir a los servicios religiosos y encontrar comida kosher era tan difícil como cazar unicornios.

Pasaron dos semanas. Ninguno de los clientes con los que Anyu habló compró nada.

Vender joyas era más difícil de lo que había pensado.

Conversar era una tarea ardua, y conseguir que unos desconocidos estuvieran dispuestos a gastar dinero era tan difícil como subir en trineo una colina de Harbin en pleno invierno.

Aprendió a seguir a los clientes mientras miraban las vitrinas, a hacerles cumplidos e incluso a sonreír, como le había enseñado Esther, pero se sentía como una aduladora y estaba aburrida hasta la médula.

Pero vendería algo; aún tenía mucho tiempo.

Al atardecer, después de cerrar, cuando ya no tenía nada más que hacer, Anyu salió a pasear por la calle frente a la tienda.

Pasó por una tienda de bolsos, una botica y un establecimiento que vendía rompecabezas de madera, galletas en lata y tigres de peluche.

En un puesto de periódicos, buscó noticias sobre Harbin, pero no encontró nada.

Se sentía animada, cautivada por las vibrantes escenas callejeras.

Esto era lo que había estado anhelando, un mundo diferente al de la estación de tren.

Con los oídos llenos del chirrido de los rickshaws y los cláxones de los coches, echó un vistazo a los vendedores de largas túnicas que ofrecían varitas de incienso penetrante, a los artistas que demostraban sus habilidades con papel recortado y a los hombres que vendían unos bollos humeantes rellenos de carne picada que le hacían agua la boca.

Frente a un edificio imponente, a través de una ventana de cristal, vio a unos extranjeros sentados en un bar beber un líquido oscuro que parecía agua de alcantarilla, y se preguntó quién sería tan tonto como para beber algo así.

Un delicioso olor llegó hasta ella y la tentó.

Siguiéndolo, encontró puestos que vendían cuencos de wontons y fideos, y otros que exhibían brochetas de calamar a la parrilla chisporroteantes de grasa.

Nunca había probado el calamar y le hubiera gustado hacerlo.

Pero solo tenía nueve dólares, así que decidió pasar de largo para ahorrar dinero.

Entonces, al ver a las mujeres elegantes con vestidos largos ajustados en los rickshaws , Anyu sintió una oleada de tristeza.

La cara alegre de su madre apareció en su mente.

La vio agitando la cesta de huevos de codorniz y gritando: “¡La cena!”.

Y su mirada serena mientras hacía de traductora en el mercado nocturno.

Y su cuerpo cálido acurrucado junto al suyo en el kang , su voz extasiada contando historias de animales mientras la tormenta de nieve azotaba la tierra helada fuera de su habitación. “Ay, Madre”.

Anyu la echaba de menos: su rostro, su voz, sus manos, sus caricias, sus sonrisas y sus suspiros.

Echaba de menos la forma en que Madre le sostenía la cara y le preguntaba: “¿Te duele?”.

Echaba de menos verla cortarse las uñas con el cuchillo de cocina y lavarse el pelo.

Echaba de menos verla masticar jugosos dientes de ajo y sorber ricas sopas de hueso con rábanos.

Madre era la única persona en el mundo que la quería, la cuidaba, la toleraba y se preocupaba por ella; era su cielo, su tierra, su hogar.

Y ahora se había ido. Anyu tenía ganas de llorar.

La tienda de Isaac no era un hogar; ella no sentía que encajara allí.

Isaac era amable, pero los demás habían encontrado la manera de levantar un muro invisible que la alejaba de ellos.

Esther casi no le dirigía la palabra; las tías gemelas, Hannah y Katya, formaban un frente unido para hacerla sentir incómoda a la hora de comer, charlando en ídish sin dar muestras de que se percataran de su existencia; el tío a menudo gruñía al verla, y Samuel apenas le prestaba atención desde que ella se había negado a darle dinero.

—¿Qué tal el día? —le preguntó Isaac mientras Anyu estaba en el mostrador.

Isaac solía quedarse en su taller y rara vez entraba en la tienda durante el horario comercial.

Cuando lo hacía, mantenía un perfil bajo, era discreto y callado.

Ese día había ido para ver a unos clientes a quienes les había reparado un anillo y, con su voz paciente, había respondido a sus preguntas y les había descrito los tipos de tallas de diamantes: la talla rosa, la talla calibre, la talla en forma de pera y la talla marquesa.

Al final de la reunión, los clientes hicieron un pedido de un collar y unos pendientes a juego.

—Todavía no he vendido nada —dijo ella.

—No te preocupes. Ya venderás algo.

Isaac se marchó. Anyu se quedó mirándole la espalda hasta que desapareció, y se sintió más animada.

Isaac era un hombre amable y se preocupaba por ella.

Deseaba que se quedara, quería hablar con él y escuchar su voz.

Recorrió con la mirada las joyas expuestas en las vitrinas, todas las bellezas que él había creado: pendientes eduardianos con intrincadas filigranas incrustadas de zafiros y rubíes, collares art déco con simples círculos y triángulos, anillos flapper con diseños asimétricos, dijes populares con motivos egipcios como escarabajos esmaltados, pirámides y esfinges. Entonces se le ocurrió una idea.

En el ático, Anyu sacó el lápiz y las hojas de papel que había llevado de Harbin y comenzó a dibujar animales enjoyados fruto de su imaginación: un tigre siberiano de ojos de rubí engastado en un broche eduardiano, un zorro del bosque de platino con tachuelas de diamantes, un collar con una grulla de corona roja encapsulada dentro de un triángulo y un broche en forma de cornucopia incrustado con una constelación de esmeraldas y zafiros.

Dibujaba con fervor, fantaseando con que alguno de ellos se convertiría un día en una joya real.

Volvió a pensar en el huevo de Fabergé de Isaac, en su delicada imagen y su etérea belleza. Se suponía que no debía mencionarlo ni preguntar, pero ahora, más que nunca, deseaba poder verlo.

Pasó un mes y, por mucho que lo intentó, Anyu no consiguió vender nada.