Capítulo 5
A la mañana siguiente, Anyu se despertó con el so nido nítido de los timbres de las bicicletas que pasaban por la calle.
Se incorporó, desorientada y sorprendida por el oscuro ático, las camas y el aire cálido.
Entonces, recordó haber encontrado a Isaac en la joyería y su trabajo en la tienda.
Se levantó de un salto. Esther, que se cepillaba el cabello rubio y ondulado, le dijo que se pusiera un vestido decente.
No tenía ninguno, así que sacó su mejor túnica de verano, una de las dos que tenía, y se la puso.
En la cocina, las tías estaban encurtiendo pepinos y zanahorias y limpiando. Anyu devoró dos rebanadas de pan y se preparó para vender joyas.
Cuando entró en la tienda, aún era temprano.
El sol acababa de salir y todavía no la habían abierto.
Cerca de las estanterías vacías, Esther y Samuel sostenían cajas con etiquetas de joyería y observaban al tío David hablar con un hombre que llevaba una gorra de tela verde.
Estaba allí para cobrar las cuotas de protección, dijo en chino.
El tío David le entregó al hombre un sobre grueso y una botella de vodka antes de acompañarlo a la salida.
Más tarde, Anyu se enteraría de que los Mandelburg, denunciados por los bolcheviques, ya no eran ciudadanos de Rusia y vivían en Shanghái como apátridas.
Su joyería no contaba con la protección del consulado ruso, dirigido por los soviéticos, ni de las fuerzas del orden de la Concesión Francesa, la policía francesa.
Estaban obligados a obedecer la ley china, pero con el control inestable de los nacionalistas sobre la ciudad y la falta de una policía adecuada, los Mandelburg eran blanco de los ladrones y atracadores en un sitio plagado de delincuencia.
Para proteger sus objetos de valor, se sometían a las exigencias de la Banda Verde, una enorme organización mafiosa que prometía garantizar la seguridad de la tienda a cambio de una cuota mensual de protección.
Después de que el secuaz del gánster se hubo marchado, el tío David soltó un largo suspiro y cerró la puerta principal con llave. Esther le dijo a Samuel que se diera prisa y los dos comenzaron a abrir los joyeros. Entonces, llamaron a la puerta de la tienda.
—Yo abro —dijo Anyu.
—¡No! —dijo Esther asomándose por encima del mostrador para ver quién llamaba—. Ah. Es el señor Walters, tío David.
—Samuel, ¿podrías decirle a tu padre que venga? —dijo el tío David y abrió la puerta.
Entró un hombre de mediana edad, de ojos verdes muy juntos, cara redonda y gafas también redondas que lo hacían parecer un búho; iba flanqueado por cuatro hombres indios altos que llevaban turbantes: los sijs.
Con una maleta en la mano, el señor Walters echó un vistazo a la sala y miró a Anyu con expresión impenetrable.
—Buenos días, señor Walters. Espero no haberlo hecho esperar.
Isaac apareció detrás de la cortina y lo condujo a la sala de reuniones.
Sin responder, el señor Walters se sentó, sacó una pequeña bolsa negra y vertió su contenido en una bandeja de terciopelo negro que Isaac le había proporcionado: diamantes.
Diamantes blancos, diamantes amarillos, ya tallados, al menos una docena; algunos, con un alto nivel de claridad, producían una brillante fluorescencia bajo la intensa luz de la tienda.
Isaac los examinó con una lupa y una linterna y asintió con la cabeza.
El señor Walters presentó otra bolsa, de la que salieron rubíes, esmeraldas, amatistas y jade, un espectacular despliegue de piedras preciosas de color, que Isaac también examinó.
Luego, revisó y firmó un cuaderno que le entregó el señor Walters.
Finalmente, este cerró su maleta negra, se levantó y se dirigió a la puerta, seguido por los cuatro sijs.
Todo el proceso se llevó a cabo sin ninguna interacción verbal, excepto el saludo de Isaac.
—¿Es el proveedor? —preguntó Anyu a Esther una vez que los hombres se marcharon.
Isaac entró en la casa con las bolsas en la mano.
Volvieron a cerrar la puerta principal de la tienda con llave; Esther, Samuel y el tío David continuaron desembalando las joyas y colocándolas en las vitrinas.
Tal vez fuera producto de su imaginación, pero Anyu pensaba que la entrega de las piedras preciosas había animado el ambiente de la tienda.
—No es asunto tuyo —dijo Esther mientras cojeaba hacia un armario sosteniendo una caja.
—¿Es sordo?
Esther frunció el ceño.
—¡Lo sabía! —Un proveedor sordo. Qué inesperado.
—Vamos a abrir la tienda pronto, pongámonos a trabajar.
—¿Qué puedo hacer? —preguntó Anyu.
—Quédate donde estás —dijo Esther.
Trabajaban con eficiencia, colocando las piezas en soportes forrados con fieltro negro y rojo y metiendo debajo de cada uno una etiqueta con el precio. Parecía que había un orden meticuloso en la disposición. Algunos lugares estaban destinados a los anillos y collares; otros, a los broches.
Cuando todo estuvo listo, el tío David y Samuel volvieron al taller mientras Samuel se quejaba de dolor de estómago.
Las dos tías entraron con sus bolsas de la compra; Esther abrió una gaveta del escritorio que estaba cerca de una estantería, sacó unos billetes y le entregó el dinero para la comida a una de las tías.
Parecía que era Esther quien se encargaba de las finanzas de la familia.
Anyu se inclinó hacia las estanterías de cristal; en el interior había bellezas de finísimo diseño, que ella pronto llegaría a conocer en todos sus detalles: broches de platino con incrustaciones de diamantes alrededor de zafiros y rubíes; collares de oro con colgantes en forma de rombos, rectángulos y otras figuras geométricas; pendientes intrincados con gemas y filigranas finas como hilos; relojes de oro con diamantes de talla rosa; cigarreras esmaltadas en azul océano y cuerdas de yesca de color rojo fuego; cajas de música plateadas decoradas con rayos dorados brillantes como el sol.
—No toques nada. —Con una llave que llevaba en el cinturón, Esther cerró la vitrina que Anyu estaba observando.
—No tocaré nada.
—Lo digo en serio. Si tocas algo sin que yo me entere, te vas.
Anyu se preguntó por qué Esther tenía modales tan bruscos. Le hubiera gustado hacerse amiga de ella. Nunca había tenido amigos.
—No lo haré. —Entonces, se dio cuenta—. Si no tengo permitido tocar nada, ¿cómo les muestro las joyas a los clientes si quieren verlas?
—No las saques de la vitrina. Llámame y yo me encargaré de los clientes.
Anyu asintió.
—Hoy tengo pensado vender una joya.
Esther se puso las manos en la cintura y ladeó la cabeza.
Parecía que iba a echarse a reír. Su rostro era una imagen envidiable de simetría y perfección, con grandes ojos grises, una cara ovalada y suave, y una nariz recta y bien proporcionada.
A Anyu, a quien le encantaba dibujar paisajes para ilustrar ciertas emociones, le pareció que podría dibujar a Esther allí mismo, ya que su aspecto le inspiraba asombro y un profundo sentimiento de adoración.
Era la chica más bonita que Anyu había visto nunca.
—¿Solo una? ¿Qué tal dos? —preguntó Esther.
—Ya veremos —respondió Anyu—. Me gustan todas estas piezas. Son preciosas. ¿Quién las ha hecho?
—Mi padre.
—¿Él solo? —Anyu no se había imaginado que un solo hombre pudiera ser capaz de diseñar y fabricar todas las joyas.
—Está entregado a su trabajo y es un maestro joyero.
—¿Cómo las hizo? —Esos grabados, esos diseños, esas cadenas y esos cierres. Era una muestra magnífica de sofisticada artesanía.
Esther la miró fijo con sus ojos penetrantes.
—Me gustaría responder a tus preguntas, pero estoy ocupada. ¿Podrías apartarte?
Anyu se retiró hacia la estantería alta que había junto a la pared, pero entonces Esther se acercó para abrir un armario y le hizo un gesto para que se apartara.
Se alejó poco a poco para dejarle paso. El espacio detrás del mostrador era suficiente para seis personas, pero al parecer era demasiado pequeño para ellas dos.
A las nueve en punto, cuando la luz dorada del sol se derramaba sobre el escaparate de la tienda y los carruajes y peatones pasaban por la calle, Esther abrió la puerta y giró el letrero de madera para que se leyera la palabra “Abierto”.
Después, se puso junto a Anyu detrás del mostrador con una mirada de enfado que no necesitaba más explicación.
Anyu se mantuvo erguida. Si conseguía vender una joya en su primer día, Esther sería amable con ella. Quizás incluso podría vender algo sin hablar con nadie.
Pasó una hora y no entró ni un solo cliente en la tienda. Esther miraba el reloj de la pared y fruncía el ceño.
Por fin, llegó un flujo irregular de clientes: dos extranjeros altos con trajes y sombreros tipo fedora.
Sorprendentemente, Esther los recibió con calidez y alegría, como si los conociera desde hacía años.
Se le iluminó el rostro, le brillaron los ojos y los labios se le curvaron en una sonrisa.
Incluso le cambió la voz: se volvió tan suave como la miel, al pronunciar una mezcla de ruso y chino.
Su forma de hablar era elegante, cálida y educada, elogiando el gusto de los clientes; era como si fueran sus amigos o vecinos.
—¿Es por algún motivo en especial? ¿Un cumpleaños?
Fabuloso… Sí, este collar tiene toda la feminidad, la belleza y el encanto atemporal de las joyas eduardianas.
¿Le gusta este estilo a su esposa? ¿No está seguro?
Bueno, si busca algo moderno, el diseño art déco está muy de moda…
—Esther continuó hablando del anillo de platino con un elegante zafiro de talla marquesa, del atractivo atemporal de las joyas de filigrana, de los motivos en forma de lazo, siempre populares, y del encanto de los pendientes de ónix negro con esmalte.
Al final, los dos extranjeros compraron el anillo de zafiro que ella les había recomendado.