La joyera china Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

—¿Ganar qué?

—Olvídalo. —Samuel se levantó y se alejó de la mesa, ignorando la llamada de su tía.

Solo le quedaban nueve dólares después del viaje. Y aunque tuviera más, no se los prestaría a Samuel, que era un jugador de apuestas.

Isaac volvió sonriente; los otros dos fruncían el ceño.

—Tengo buenas noticias que me alegra compartir contigo, Anyu —dijo—.

Hemos hablado sobre un posible trabajo para ti.

Mi tío ha aceptado que nos vendría bien algo de ayuda en el mostrador.

Eres china, así que puedes comunicarte con los clientes locales y ayudarlos a entender las joyas antes de que tomen sus decisiones de compra. ¿Qué te parece?

Ella sonrió, eufórica.

—Suena maravilloso.

—Te proporcionaremos comida y alojamiento y diez centavos al mes.

La oferta era más que generosa, más de lo que jamás hubiera soñado. Tendría todo lo que necesitaba, comida y alojamiento. Y dinero: ganaría su propio dinero por primera vez en su vida. Gracias al joyero que había prometido cuidar de ella.

—¿Has vendido joyas antes? —preguntó Esther frunciendo el ceño.

Anyu negó con la cabeza.

—¿Sabes algo sobre joyas?

—No.

—¿Sabes cómo vender joyas?

—No, y la verdad, no me gusta hablar con la gente.

Después de decirles la verdad, se le ocurrió que tal vez no le darían el empleo. Esther miró a su padre e Isaac levantó las cejas. Luego, esbozó una sonrisa.

—Al menos es sincera al respecto, Esther. Es una chica muy honesta, ya lo ves.

—Pero la honestidad no vende joyas, padre.

—Bueno, Anyu, ¿probarás en el mostrador?

Ella asintió. Solo era vender joyas. No sería tan difícil.

—Entonces está decidido. Anyu, trabajarás en la tienda con Esther.

—¿Y dónde dormirá? No tenemos suficiente espacio.

—Puede dormir en el ático contigo.

—Ya me imaginé que no le darías el suelo de la cocina —dijo Esther.

Las dos tías trajeron la cena a la mesa. Comida rusa, al parecer. Una cesta de pan, albóndigas en caldo y un plato de borscht . Tenía tanta hambre que se habría conformado con las migas de la cesta.

Pero el resto de las personas de la habitación aún no estaban preparadas para comer.

Isaac carraspeó y comenzó a cantar, y todos se le unieron cantando en un idioma que ella no reconocía.

Anyu se quedó sentada allí, incómoda, escuchando, esperando a que terminaran y preguntándose si era un ritual que hacían en cada comida; si así era, ¡qué innecesario!

Por fin, el canto terminó e Isaac le pasó una barra de pan. Anyu tomó un trozo esponjoso de corteza dorada y le dio un mordisco. Sabía maravilloso, incluso mejor que el khleb que había probado de niña en Harbin.

A su alrededor, todos comían con apetito y charlaban en voz alta.

Parecían haberse olvidado de ella. Las tías, Isaac y el tío conversaban en un idioma que más tarde supo que era ídish , pero Esther, aunque parecía que también lo comprendía, solo respondía en ruso.

Entonces, Anyu oyó a Isaac mencionar a Samuel; de pronto, todos dejaron de masticar y pareció que Esther se atragantaba.

—Samuel volverá pronto —dijo ella, sin mirar a los ojos a su padre.

Más tarde, Esther llevó a Anyu a la habitación del ático que compartía con sus tías.

Anyu la siguió con cuidado, subiendo por una estrecha escalera que había en el pasillo.

Arriba estaba oscuro y le costó que la vista se le acostumbrara a la penumbra.

El ático era más pequeño que el cuarto que Anyu había compartido con su madre y más cálido, con una ventana de cristal.

Había cestas llenas de agujas de tejer y lana, una estantería alta con algunos libros en inglés, una bonita lámpara de mesa con una pantalla de cuentas, un baúl pintado en color crema, dos camas pequeñas contra la pared y un tocador con un gran espejo ovalado.

—Qué bonito —dijo Anyu, impresionada por la variedad de muebles. Su casa de Harbin era muy austera.

Esther se acercó al espacio entre las dos camas y encendió la lámpara de mesa.

—¿Qué te pasa en la pierna? —le preguntó Anyu.

Esther se sonrojó bajo la luz.

—No es asunto tuyo.

—Es que eres tan guapa… Qué pena que estés tullida.

Esther no la golpeó como lo habría hecho el casero, pero parecía a punto de hacerlo.

—Te conviene guardarte tus opiniones para ti misma, huerfanita de Harbin.

—Está bien. ¿Dónde voy a dormir?

Esther sacó una cama nido de debajo de una de las otras dos, desenrolló una colchoneta de bambú y se la puso en las manos a Anyu.

—Allí.

Esther señaló el rincón del suelo que estaba cerca de la otra cama.

Anyu tomó la colchoneta y la extendió. No estaba mal, un rincón para ella sola.

Se sentó, se quitó el abrigo mojado y se secó la cara con él.

Luego, se desabrochó la chaqueta de algodón y se quitó otra capa más de ropa hasta quedarse solo con una camiseta de manga corta.

Se sintió más ligera y relajada: nunca había llevado mangas cortas en mayo y le sentaba bien.

Mientras se frotaba los brazos desnudos, levantó la vista.

Los ojos curiosos de Esther la seguían como una linterna.

—Si vas a quedarte aquí, tendrás que seguir algunas reglas —dijo.

—¿Qué reglas?

—Número uno: no robes ninguna joya.

—Yo no robo nada.

—Regla número dos: no entres en el taller de joyería.

El taller de joyería. Por supuesto, Isaac debía de fabricar sus joyas allí.

—Regla número tres: debes vender al menos una joya en tres meses.

—El señor Mandelburg no dijo tres meses.

—Mi padre es demasiado bondadoso. Está obedeciendo una mitzvá porque eres huérfana.

Quiere mantenerte con los ingresos de la tienda, pero son muy escasos.

Tenemos que pagar impuestos y el alquiler, y comprar comida.

Si quieres quedarte aquí, debes ayudar con las ventas y demostrar que no eres solo una boca más que alimentar.

—¿Y si no consigo vender nada?

Esther se encogió de hombros.

—Entonces tendrás que buscarte el ático de otra persona.

¿Tres meses para hacer una venta? Podía intentarlo.

Era demasiado temprano para irse a dormir, pero Anyu estaba completamente agotada.

Se acostó. La colchoneta de bambú, fría y dura, se le clavaba en la espalda; era muy diferente del cálido kang al que estaba acostumbrada.

Pero le sentó bien tumbarse y estirar las piernas.

Con la cabeza apoyada en el saco, miró hacia la pared de madera del ático, oyendo la lluvia que goteaba fuera de la ventana y observando un globo de luz dorada que proyectaba la lámpara.

Tenía un rincón para ella sola, un lugar donde quedarse; ya no era una vagabunda.

Por primera vez desde la muerte de su madre, después de días y noches de empujones en el tren, temerosa, en estado de alerta, se sentía segura.

El sueño la invadió como una manta de seda. Los párpados se le cerraron y la respiración se volvió más lenta. Se le ocurrió una última idea: se había olvidado de preguntarle a Isaac por su tesoro. ¿Todavía tenía el huevo? ¿Podría verlo?