Capítulo 4 #2
En la puerta había dos hombres: uno era anciano, corpulento y calvo, y el otro era Isaac Mandelburg, el hombre por el que había cruzado el país.
¡Por supuesto, era el aspecto que ella recordaba!
Alto, reservado, con un aire esquivo. Llevaba un delantal negro cubierto de manchas, un jersey también negro de cuello alto y una camisa del mismo tono con un solo bolsillo, en el que guardaba una lupa, un lápiz y algunos papeles.
No había desesperación en su rostro ni tampoco la efusiva gratitud que ella recordaba; de hecho, parecía distinguido, frío, con una mirada de cansancio, como si hubiera caminado penosamente durante diez mil kilómetros y ansiara un lugar donde sentarse.
Pero lo más decepcionante de él fue que, cuando la miró, pareció que no la reconocía.
—Padre. —La mujer le entregó el pañuelo y le explicó rápidamente en ruso—. No tengo ni idea de dónde ha sacado esto. ¿Es tuyo?
Anyu miró a Isaac Mandelburg con esperanza, deseando que la reconociera.
—En efecto, es mío —respondió el joyero volviéndose hacia ella—. Mucho gusto, señorita. No sé dónde ha encontrado mi pañuelo, pero le agradezco que me lo haya devuelto. ¿Nos conocemos?
Su manera de hablar chino seguía siendo la misma, confusa y difícil de entender, con algunas palabras rusas entremezcladas; su voz era grave y metálica. Anyu preguntó:
—¿Lo ha olvidado? En Harbin. En la estación de tren. Soy Anyu. Encontré su bolsa.
Durante un largo momento, la miró sin mostrar ningún signo de reconocimiento, pero luego le cambió la expresión.
—¡Por supuesto, es usted, señorita! ¿Anyu? Anyu. ¿De Harbin? De la estación de tren. Sí, por supuesto. La recuerdo. Me alegro mucho de verla. Ha pasado mucho tiempo.
¡Se acordaba de ella!
—¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Un año?
Anyu sonrió radiante.
—Nueve meses y dos días.
Él sonrió con una expresión de auténtica alegría que le dio a ella mucha seguridad.
—Qué buena memoria. El tiempo ha pasado rápido. Estoy encantado de volver a verla aquí, en Shanghái. ¿Tiene un momento? ¿Quiere pasar?
—Isaac —dijo el hombre calvo y añadió algo en un idioma que ella no entendía.
Isaac parecía indeciso y miró primero el mostrador de cristal y después a Anyu.
—Esther, tú puedes encargarte de recoger. ¿Verdad, Esther? Tío David, si no te molesta, me gustaría hablar con Anyu. ¿Le apetece un té, Anyu? ¿Le gusta el té?
—Me gusta todo.
—¡Estupendo! Venga conmigo.
Anyu siguió a Isaac hasta una sala de espera con dos sillas al final de la tienda. Detrás de ella, Esther refunfuñaba:
—Mira, tío David. Está chorreando agua por todas partes.
En la sala de espera, Isaac corrió la cortina que había cerca de un biombo y dejó al descubierto una pequeña puerta de madera. Sonriendo, la abrió y le indicó que entrara.
Anyu cruzó el umbral y entró en un pasillo estrecho y oscuro repleto de armarios. El aire olía a metal, acidez y algo picante, un contraste fuerte con la luminosa tienda llena de joyas. Aferró su saco, tratando de no chocar contra la pared.
Fue a parar frente a una mesa cuadrada rodeada de seis sillas en una sala pequeña que parecía ser un comedor; al lado estaba la cocina, con una estufa de carbón.
Cerca de ella había dos mujeres mayores, una vestida de negro y la otra, de blanco, preparando la comida.
Tenían la misma nariz, los mismos ojos y la misma piel arrugada.
Gemelas. La miraron y murmuraron algo que Anyu no entendió.
Entonces olió algo delicioso: comida. Le rugió el estómago.
—Son mis tías, la tía Hannah y la tía Katya. Siéntese, siéntese. —Isaac hizo un gesto y rebuscó en un armario cerca de la mesa. Al cabo de un rato, se rindió y se sentó frente a ella—. Lo siento, parece que se nos ha acabado el té.
—Qué pena. Tengo sed —dijo Anyu.
Isaac se rio entre dientes.
—Vamos a cenar pronto. Quizá quiera acompañarnos. ¿Le gustaría?
—Sí, me gustaría. —También tenía hambre; su última comida había sido una mazorca de maíz en el tren—. Tiene usted una tienda muy bonita, señor Mandelburg.
—Es la tienda de mi tío. Fue muy amable al dejarme unirme a él cuando llegué el año pasado.
—¿Solo lleva aquí un año? Pensaba que ya vivía aquí cuando lo conocí en Harbin.
—No, en aquel entonces vivía en Harbin.
—No lo entiendo. ¿No era usted de San Petersburgo?
—Bueno, es una larga historia.
Había vivido en muchos lugares del mundo, dijo.
Nació en un remoto shtetl de Crimea; luego, emigró a un pueblo en una colina de Kiev; más tarde, se estableció en Varsovia, y, finalmente, encontró un hogar en un luminoso apartamento de San Petersburgo, donde prosperó.
Con la rebelión bolchevique se vio obligado a huir.
Primero buscó refugio en un granero de Moscú; luego, en un pueblo pesquero de Vladivostok, y, por último, en el sótano de una posada, en Harbin.
—Viví allí durante dos años, hasta que la ciudad volvió a ser insegura. Afortunadamente, me puse en contacto con mi tío, que llevaba nueve años aquí, así que tomé el tren para venir. Fue entonces cuando nos conocimos en la estación.
—Ya veo. Pero usted es joyero, ¿no?
—Sí, y también lo eran mi padre y mi abuelo. Yo era el maestro joyero, el diseñador principal de mi familia, antes de la revolución —continuó.
Había tenido muchos sueños en su vida, pero descubrió que solo una profesión era su vocación verdadera: la de joyero.
Había tenido cinco tiendas y las había perdido todas: una, saqueada por una turba enfurecida; otra, incendiada por un competidor celoso; la tercera la habían confiscado las autoridades; la cuarta quebró, y la última se vio obligado a abandonarla después de que sus colegas fueran asesinados a sangre fría durante la masacre que puso fin al reinado del zar.
Anyu pensó por un momento.
—Ha pasado por muchas cosas. ¿Le gusta estar aquí?
—Sí. Y usted, Anyu, ¿cuánto tiempo lleva en Shanghái?
Esther y el tío David pasaron junto a ellos cargando montones de cajas. No miraron en su dirección y Anyu notó, con sorpresa, que Esther cojeaba al caminar.
—¿Qué? Oh. —Se volvió hacia él—. He llegado hoy.
—Hoy. ¿Desde Harbin?
—Sí, en tren.
—¿Qué tal el viaje?
—Bien.
—Si no le importa que le pregunte, ¿qué la ha traído a Shanghái?
Anyu lo miró y apartó la vista.
—¿Acaso vino a visitar a sus familiares?
Un joven entró en la cocina; era rubio y tenía ojos grises.
Parecía joven, pero la abundante barba lo hacía parecer mayor.
Samuel, le dijo Isaac. Era su hijo. El joven se dejó caer en la silla frente a Anyu, secándose las gotas de sudor de la frente, mirándola a ella y luego al saco que tenía en el regazo.
—Isaac —dijo el tío David, el hombre calvo, al entrar y sentarse a la mesa. Detrás de él venía Esther—. Después de cenar, quizá podamos continuar con nuestra conversación.
—Sí, tío David —asintió Isaac con tono deferente.
—¿Habéis terminado el té? —preguntó Esther. El pequeño espacio parecía abarrotado y Anyu se preguntó si era normal que en las familias hubiera tantos hombres.
—Me equivoqué. Se nos ha acabado el té, así que he invitado a nuestra amiga a cenar con nosotros. —Isaac la presentó a su familia como una amiga que había conocido en el norte de China y a la que había estado deseando volver a ver, según dijo—. Ha venido a visitar a sus familiares.
—No. No he venido a visitar a mis familiares. No tengo familiares en Shanghái —dijo Anyu.
Esther y el tío David intercambiaron miradas; miradas de alarma, de preocupación.
—Ya veo. ¿Has venido aquí sola? ¿Dónde están tus padres? —preguntó Isaac, tuteándola por primera vez.
—No tengo padres.
Durante semanas, Anyu había evitado pensar en Madre y, ahora que Isaac le preguntaba, parecía algo definitivo: ella era una más de los miles de huérfanos desafortunados de ese país.
No tenía a nadie en quien confiar ni ningún lugar adonde ir.
Brevemente, les habló sobre Madre y su vida junto a la estación de tren.
—Eres huérfana —dijo Isaac con voz suave.
—Señor Mandelburg —dijo ella—. Tenía la esperanza de poder trabajar para usted.
—¿Trabajar para mí? ¿Cuántos años tienes?
—Dieciséis.
—Parece que tienes doce —dijo Esther.
Anyu levantó la cabeza.
—No miento. Cumpliré diecisiete en otoño.
—De acuerdo. ¿Qué sabes hacer? —preguntó Isaac.
—Sé dibujar.
—Bien. ¿Qué más?
Anyu negó con la cabeza.
—Tío David, ¿te gustaría tener una ayuda extra en la tienda? —preguntó Isaac.
—No es necesario. Esther está haciendo un buen trabajo.
—Ya veo. —Isaac carraspeó—. Anyu, puedes quedarte con nosotros unos días si no has encontrado un lugar donde vivir.
—No tenemos suficiente espacio, padre —dijo Esther.
Anyu miró a Esther y luego al resto de las personas sentadas a la mesa: el tío David, la autoridad que tenía la última palabra, la miró con el ceño fruncido; el joven, Samuel, observaba fijamente el saco que Anyu sostenía, y las dos tías la miraban y cuchicheaban.
Si no podía quedarse allí, ¿adónde iría, entonces?
Estaba a punto de hablar cuando Isaac se levantó y pidió hablar un momento con Esther y el tío David en el pasillo.
Los tres se marcharon, conversando en voz baja.
La voz de Isaac era tranquila y firme, pero la respuesta del tío David fue brusca y Esther parecía desconcertada.
Anyu podía oírlos, pero no entendía el idioma.
Anyu se sentó en la silla, con la espalda rígida.
Había pasado calor en el rickshaw , pero ahora sentía frío con su abrigo húmedo y pesado, y tenía los zapatos llenos de agua, que se le metía entre los dedos cuando los movía.
Deseaba poder quitarse los zapatos empapados, cambiarse y acostarse a dormir la siesta, porque estaba cansada.
Y hambrienta. Tenía tanta hambre que no podía concentrarse.
—¿Cuánto dinero tienes? —Samuel se inclinó hacia ella; era el que mejor hablaba en chino de todos los Mandelburg.
Ella levantó la cabeza.
—¿Por qué quieres saberlo?
—Necesito diez dólares. ¿Tienes diez dólares? Te los devolveré cuando gane.