Capítulo 4
Shanghái
Después de dos días en el tren, Anyu dudaba de ir a Shanghái.
Tenía calambres en las piernas y dolor en el trasero; deseaba haberlo pensado mejor antes de gastarse una buena parte de su dinero en un billete de tren.
El viaje fue una prueba insoportable de fuerza y paciencia.
No podía caminar por el pasillo, abarrotado de montones de equipaje, ni podía dibujar con el incesante vaivén y las sacudidas del tren.
Una vez, se despertó a medianoche y sintió una mano que le tocaba la camisa.
Presa del pánico, gritó. Por suerte, un hombre al que le faltaba un diente delantero se compadeció e intercambió su asiento con el de ella.
A medida que el tren seguía avanzando por las vías, se le llenaban los oídos de las voces de la gente y se sentía atormentada por pensamientos erráticos que nunca antes se le habían ocurrido: ¿qué pasaría después de encontrar la tienda?
; ¿y si el joyero le decía que se largara?
; ¿y si no estaba allí?; ¿y si se había olvidado de ella?
Quince días después, Anyu llegó a Shanghái.
Llovía cuando bajó a la concurrida estación.
Siguiendo el flujo de gente que descendía del tren, llegó a la calle, donde un ejército de porteadores de rickshaws esperaba bajo la llovizna.
En el tren, había preguntado por Shanghái y algunas personas bienintencionadas le habían indicado cómo llegar a la joyería.
Le dijeron que la forma más fácil y rápida era en rickshaw y que costaba dos centavos.
Pero ella nunca había montado en rickshaw y quería ahorrar dinero, así que decidió ir a pie hasta la tienda.
Acababa de salir de la estación cuando un grupo de hombres armados con palos pasó corriendo por la acera de enfrente. Gritaron, atraparon a un hombre que llevaba un paraguas y lo golpearon violentamente. Eran gánsteres.
Anyu vaciló, aferrada con fuerza a su saco.
En el tren, había oído que el Gobierno nacionalista tenía una política de control débil en la ciudad, que estaba invadida por gánsteres.
Entre la posibilidad de ser acosada y gastar dos centavos, decidió, después de todo, ponerse a salvo.
Se acercó al conductor de un rickshaw , un hombre delgado vestido con un chaleco, y le dijo la dirección de la joyería; el hombre la miró con curiosidad y asintió.
Con cautela, Anyu se subió al vehículo, se sentó en el borde del asiento y se sujetó al apoyabrazos.
El conductor levantó los palos y salió corriendo por la calle.
Era difícil mantener el equilibrio en el asiento resbaladizo de bambú; el trayecto era accidentado y el rickshaw iba muy rápido y de forma temeraria, zigzagueando entre coches y carruajes y abriéndose paso entre la multitud que estaba en la acera, casi rozando los hombros de la gente.
Las normas de tráfico, obviamente, no se aplicaban a los rickshaws .
Al cabo de un rato, Anyu se acostumbró a las curvas y a los baches y empezó a observar el entorno.
No había imaginado que Shanghái fuera así, muy parecida a Harbin.
Había grupos de hombres ociosos sentados en cuclillas al borde de la calle, mendigos sin piernas que se arrastraban por el suelo sucio y trabajadores bronceados por el sol que correteaban cargados con cestas de bambú.
Sin embargo, la ciudad era diferente en algunos aspectos: no había montones de nieve en la calle ni catedrales rusas con cúpulas parecidas a tocados de estilo kokoshnik .
Permaneció en silencio mientras el conductor del rickshaw le lanzaba una pregunta tras otra —“¿De dónde eres? ¿Cuántos años tienes? ¿Qué haces en Shanghái? ¿Por qué estás sola?”— con un extraño acento.
Entonces, se dio cuenta. Ya no estaba en Harbin; allí, la gente hablaba chino melodioso; el de ella sonaba como disparos de pistola.
El trayecto le pareció interminable y la lluvia le sentaba bien en la cara, suave como un arroyo.
Anyu tenía calor, mucho calor, como si estuviera dentro de un horno: Shanghái era mucho más cálida y húmeda.
Llevaba cuatro capas de ropa: un abrigo, una chaqueta de algodón y dos camisetas para el frío clima primaveral de Harbin.
Podría haberse quitado el abrigo, pero habría sido indecente desvestirse en un rickshaw en público.
Se removió en el asiento y estuvo a punto de resbalarse cuando el rickshaw se hundió en un bache; el agua fangosa le salpicó los zapatos.
Después de cruzar un puente, el paisaje comenzó a cambiar.
Había elegantes y altísimos edificios art déco; templos budistas amarillos que parecían palacios; coloridos jardines taoístas con columnas rosas y moradas; casas alineadas en las callejuelas estrechas, conectadas entre sí por cuerdas llenas de ropa colgada, y tiendas que vendían recipientes con víboras enroscadas y cuerdas hechas de penes de buey.
Y coches. Muchísimos coches. Tocaban el claxon y rugían, expulsando nubes de humo al aire.
Dentro iban jóvenes de trajes impecables de estilo occidental, mujeres elegantes con vestidos de gala adornados con flores de ciruelo y extranjeros de mediana edad con sombreros de copa y esmoquin.
Shanghái, al igual que Harbin, era un destino que recibía a muchas personas de todo el mundo.
Y al igual que Harbin, la ciudad tenía zonas gobernadas por las autoridades chinas junto a distritos controlados por potencias extranjeras, un triste legado de las concesiones de la dinastía Qing tras su derrota en las guerras del Opio, décadas antes.
Estos distritos controlados por extranjeros incluían el Asentamiento Internacional, administrado principalmente por británicos y estadounidenses, y la Concesión Francesa, supervisada por los franceses.
La joyería que buscaba Anyu se encontraba en la Concesión Francesa.
El rickshaw redujo la velocidad al llegar a una barrera: un puesto de control, donde un guardia vestido de uniforme negro los detuvo.
Al parecer, los lugareños que viajaban entre los distritos debían mostrar sus pases.
El conductor se inclinó varias veces, sonriendo obsequiosamente mientras sacaba un pase del bolsillo, y luego les hicieron señas para que pasaran.
—Nos estamos acercando —anunció el conductor con su extraño acento y, finalmente, se detuvo frente a un edificio de dos pisos con un sencillo letrero: “Joyería”, en chino e inglés, junto a una tienda que vendía bolsos.
Anyu le pagó y subió a la acera, con los zapatos húmedos y la larga trenza empapada por la lluvia.
La idea de entrar en la tienda y hablar con desconocidos la ponía nerviosa, así que pasó de largo deliberadamente.
Y después, porque sabía que debía hacerlo, se dio la vuelta, empujó la puerta y entró en la primera joyería que había visitado nunca, el lugar que cambiaría su vida.
La tienda era silenciosa y pequeña, pero muy luminosa.
Tanto que Anyu tuvo que entornar los ojos.
Pudo distinguir una lámpara trapezoidal dorada en el techo, que proyectaba un resplandor de luz incandescente.
Debajo de ella, un mostrador de cristal en forma de L con brillantes marcos de latón exhibía filas de collares con diseños geométricos, broches con lazos y flores brillantes, y anillos de oro con piedras preciosas de colores.
También había cortinas de terciopelo púrpura brillante, una alfombra redonda, una leve fragancia mezclada con olor a cigarrillo y estantes ordenados en la pared.
Deslumbrada por el brillo de la electricidad, que no había tenido el privilegio de conocer hasta entonces, y asombrada por las lujosas joyas, que nunca antes había visto, no se fijó en las sillas baratas, los alféizares agrietados ni los bordes deshilachados de la alfombra.
—Lo siento. Estamos cerrando.
La joven que estaba detrás del mostrador de cristal la miraba con atención.
El tono de voz era impaciente y su chino era apenas comprensible debido al fuerte acento ruso con el que hablaba.
Parecía tener unos veintipocos años; tenía grandes ojos grises y una melena rubia voluminosa.
Llevaba un elegante vestido de terciopelo burdeos sujeto por un cinturón negro con un llavero; alrededor del cuello le colgaba un collar de oro, elaborado con círculos de diferentes tamaños.
Pero la mirada que le dirigió la mujer, una mirada que debería haber estado reservada para los vagabundos de la estación de tren, le indicó a Anyu que no era bienvenida a ese lugar.
Sintió ganas de darse la vuelta y salir corriendo de la tienda, pero no. Se acercó al mostrador.
—No busco joyas… He venido a ver al señor Mandelburg —dijo en ruso.
La mujer pareció sorprendida al oírla hablar en su idioma, pero frunció el ceño.
—¿Quién?
—Mandelburg. El joyero.
En su nerviosismo, Anyu no había conseguido recordar el nombre de pila.
—¿Puedo preguntarle quién es usted?
—Soy Anyu; Anyu, de Harbin.
—Lo siento. Le tengo que pedir…
—Espere. No puedo irme. Tengo que encontrarlo. No me iré hasta verlo. Él me conoce. Sabe quién soy. Mire, tengo su pañuelo. Me lo dio él. —Rebuscó en su bolsillo y se lo entregó a la joven, dándose cuenta demasiado tarde de que estaba mojado.
La mujer rusa sostuvo el pañuelo, pero frunció aún más el ceño.
—¿Se lo dio él?
—Sí. Encontré el huevo y se lo devolví.
—¿El huevo?
—Un huevo ruso.
—Está diciendo disparates. Él no tiene ningún huevo ruso.
—Sí lo tiene. Lo perdió en Harbin, pero yo lo encontré. Quizá no se lo dijo.
La mujer rusa levantó el brazo y Anyu se inclinó instintivamente. Entonces, se dio cuenta de que no iba a abofetearla, como habría hecho su casero; solo se estaba presionando la frente con el dedo medio, pero la ira que le ardía en los ojos podría haber encendido una cerilla si hubiera tenido una.
—Esther, ¿por qué no estás guardando las joyas? —Una voz masculina llegó desde detrás de Anyu. Se dio la vuelta.