Capítulo 3 #3
Anyu salió a buscarla. Pasó junto a mujeres que lloraban y hombres que gemían; pasó junto a muros derruidos, plataformas desplomadas y carros en llamas; pasó junto a los cadáveres de ponis mongoles, y por una pira de metal y carne.
En la noche fría atravesada por haces de luz y aullidos desgarradores, se tambaleó entre la multitud, dando vueltas y vueltas, ahogada por el olor acre del petróleo y el pelo quemado.
Cerca de un montón de carbón esparcido, rojo como ampollas, vio una silueta y cayó de rodillas.
Alguien le preguntó si estaba buscando a su madre; otra persona le preguntó si estaba segura de que esa era Madre.
Después del entierro de Madre, Anyu, en estado catatónico, se sentó en el frío kang sin carbón.
Tenía mucho frío: le castañeteaban los dientes, como si estuviera deslizándose sobre un bloque de hielo en el río Songhua, a la deriva, sin rumbo fijo.
Se decía que los japoneses habían lanzado bombas sobre los barracones cercanos a la estación de tren y habían matado a legiones de hombres del jefe militar Zhang y a los civiles inocentes a su paso.
Pero ella se negaba a creerlo y permanecía con la mirada fija en la puerta.
Madre aún estaba viva; entraría muy pronto, con una cesta de huevos de codorniz en las manos.
Dormía de a ratos; luego, se despertaba y comía unas rodajas de ñame seco que Madre había envuelto en un periódico.
Cuando se cansaba, se volvía a dormir. Debían de haber pasado muchos días y muchas noches cuando llegó el casero con una escoba.
Le había dado tiempo suficiente para llorar su pérdida, dijo, pero Anyu ya llevaba veinte días de retraso en el pago del alquiler.
Rebuscando en el armario, Anyu solo encontró veinte centavos en el fondo de la gaveta.
Le faltaban ocho dólares de plata para pagar el alquiler.
Gruñendo, el casero dijo que se llevaría todo lo que había en la habitación como pago y le ordenó que se marchara.
Con la boca seca, Anyu miró a su alrededor: la silla de mimbre, el armario, los dos cuencos, el jarrón azul que Madre atesoraba, la lámpara de queroseno y la cálida ropa de cama de algodón.
Buscó las palabras, pero no encontró ninguna.
Al final, empaquetó su ropa, sus dibujos y su lápiz y los metió dentro de la funda de almohada que Madre había bordado. Después, salió tambaleándose.
En la calle, se aferró a su saco. El sol borroso parecía un cubito de hielo derritiéndose; los vecinos estaban dispersos a lo lejos, indistinguibles, con sombras oscuras como lobos. Una ola de pánico le recorrió el cuerpo. No podía ser; se había quedado sin madre ni hogar.
Se sentía mareada, tenía las piernas débiles y le rugía el estómago.
Por el camino fangoso, pasó junto a los barriles de patatas, los tenderos que regateaban y los vendedores ambulantes que recogían billetes.
Al caer la noche, durmió cerca de una estatua en la amplia plaza frente a la catedral de Santa Sofía.
Unas noches más tarde, se despertó al sentir que tres matones borrachos le tiraban de los pantalones y le desabrochaban el abrigo; huyó rápidamente.
Los días siguientes, descansó detrás de una lápida en el cementerio hasta que una mujer sin hogar que llevaba un hatillo y una manta raída la echó.
Luego, un alivio momentáneo en un callejón oscuro que apestaba a orina y, más tarde, una esquina detrás de una duna de arena a orillas del río Songhua.
El hielo se había derretido, el agua corría con fuerza y la zona estaba llena de mujeres que recogían pescado, pescadores que limpiaban sus redes y bañistas rusos que se apostaban en la playa, mostrando descaradamente sus barrigas gordas.
Con su saco en la mano, Anyu ignoraba dónde más podía buscar refugio.
No sabía los nombres ni la dirección de sus abuelos ni conocía a ningún otro pariente.
La última persona a la que podía acudir era el jefe militar Zhang, que vivía a una hora de distancia.
Pensar en él le llenaba el corazón de nostalgia y miedo.
Nunca había conocido a ese hombre, solo había visto su rostro serio en los periódicos y había oído hablar de su insaciable apetito por las pupas de gusano de seda fritas y de su naturaleza caprichosa y cruel.
Sin embargo, había pensado en él, había sentido profundamente su ausencia y envidiado a cada pareja de padre e hija que veía pasar, e incluso, a veces, la atormentaba un deseo indescriptible de conocer a ese hombre, de estar simplemente en la misma habitación que él.
¿Y si se presentaba ante él? ¿Le sonreiría y la saludaría con la cabeza? Era poco probable. Pero tampoco podría mandarla a ejecutar por ser su hija.
Anyu se colgó el saco al hombro y se dirigió a la mansión del señor Zhang, edificio que conocía desde su infancia.
Durante horas, esperó fuera de los portones.
Estos permanecieron cerrados y, finalmente, un guardia comenzó a interrogarla.
Mientras el corazón le latía con fuerza, Anyu le explicó la relación entre su madre y el jefe militar Zhang y le mostró el collar con el colgante de Guandi que llevaba alrededor del cuello, con la esperanza de que significara algo.
“¿De dónde lo has sacado? Dámelo”, le exigió el guardia.
Ella huyó, pero se quedó, obstinada, al final de la calle.
Cuando, finalmente, se abrieron las enormes puertas, contuvo la respiración, buscando, mientras un ejército de soldados de infantería con rifles marchaba seguido por la caballería y, luego, por ocho automóviles negros: al militar, siempre preocupado por los intentos de asesinato, le gustaban los señuelos.
Anyu intentó acercarse, pero la detuvo la multitud de soldados de infantería.
Cuando uno de los automóviles negros pasó junto a ella, por un instante, alcanzó a ver el rostro anguloso de un hombre en el interior: el rostro del padre al que nunca había conocido.
En la esquina cerca de la estación de tren que había sido su refugio, Anyu se desplomó en el suelo y rompió a llorar. Harbin era enorme, pero no había lugar para ella; sus parientes consanguíneos estaban por allí, pero nadie la quería.
Con las mangas empapadas, buscó a tientas algo con lo que secarse las lágrimas y, allí, en su bolsillo, estaba el pañuelo que le había regalado el joyero.
Se quedó mirando las elegantes letras y la dirección de la joyería en la tela suave.
Habían pasado ocho meses y dos semanas desde que se había encontrado con el joyero ruso.
Ya no recordaba su rostro, pero sí que él le había prometido cuidar de ella.
Y ese magnífico huevo…, le gustaría volver a verlo.
Fue una decisión impulsiva, una decisión que la llevaría por callejones oscuros y a un mundo secreto, pero, como solía ocurrir cuando una idea se le metía en la cabeza, le costaba deshacerse de ella.
Anyu se secó las lágrimas y se levantó. En una casa de empeños que estaba cerca del edificio de piedra rosa del Hotel Moderno, se desabrochó el collar con el dije del señor Zhang y lo cambió por un billete de cincuenta dólares chinos, un pago demasiado bajo, en su opinión, por el valor del collar, pero suficiente para comprar un billete de tren de ida a Shanghái.
Más tarde, con su saco en la mano, trepó por el andén derruido de la estación de tren, subió al vagón y se sentó junto a un fornido hombre de negocios con bigote y un anciano que abrazaba una jaula con gallinas en el regazo.
Cuando el tren se puso en marcha y ganó velocidad, un escalofrío le recorrió el cuerpo.
Era la primera vez que viajaba en tren; su vida avanzaba a toda velocidad.
El traqueteo rítmico de las ruedas le resonaba en los oídos con una cadencia emocionante y el aire estaba impregnado del humo de carbón del motor.
Fuera, la zona donde ella había nacido, donde había crecido y donde estaba enterrada Madre se desvanecía rápidamente; Anyu se apretó contra la ventana de cristal, fría como un diamante; su rostro no revelaba ningún rastro de miedo.