La joyera china Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

No se lo diría a Madre y no la abandonaría, ni ahora ni nunca.

Quería a su madre. Se harían compañía la una a la otra en esa habitación durante otro año, otros diez años, y serían solo ellas dos, como siempre había sido y como sería siempre.

Anyu intentaba convencerse de que eso era lo único que quería.

Mientras Madre hervía los huevos de codorniz en una cacerola, le dijo que en adelante trabajaría por las noches, ya que necesitaba ganar dinero para prepararse para el duro invierno.

Había encontrado un trabajo extra como intérprete en el mercado nocturno que se celebraba detrás del cementerio, junto a la catedral de Santa Sofía.

Era un mercado secreto donde los rusos exiliados vendían joyas que, según se rumoreaba, provenían de la bóveda imperial de San Petersburgo.

Por sus servicios de interpretación, a Madre le pagarían una buena suma que sería un salvavidas financiero para ellas.

—Quiero ir contigo —dijo Anyu emocionada. Nunca había oído hablar del mercado nocturno.

Madre negó con la cabeza.

—No les gusta tener espectadores.

—Tendré cuidado. No notarán que estoy allí.

—Estaré ocupada. No tendré tiempo para cuidarte.

—Me cuidaré yo sola.

Madre dudó.

—Si no me llevas, iré por mi cuenta.

—No seas terca, hija.

—¿Me dejarás ir?

Suspiró.

—Si prometes no dejarte ver.

El día de mercado, dos horas después de la puesta del sol, Anyu llegó a la parte trasera de la catedral con Madre.

Después de prometerle repetidas veces que sería invisible, Anyu atravesó el cementerio y se agachó detrás de una lápida alta con forma de caballo.

Desde allí, estaba lo suficientemente cerca como para ver a los vendedores y escuchar las conversaciones, pero lo suficientemente lejos como para que no la detectaran.

Sopló aire caliente en los mitones y se ciñó el abrigo.

A poca distancia, Madre se fundió con la oscuridad.

Durante una hora, no hubo luz, ni movimiento, ni voces, ni pasos. El olor débil a tierra húmeda y maleza mohosa impregnaba el cementerio y una capa de oscuridad cubría la catedral y la zona que estaba detrás. Entonces, comenzó a nevar.

Cerca de la medianoche, unos destellos de luz dorada penetraron en la oscuridad y el terreno lindero al cementerio se iluminó con lámparas de queroseno y faroles de papel.

Uno a uno, los cazadores de joyas se acercaron con paso tranquilo bajo la nieve; los ojos brillantes desmentían la máscara de indiferencia que llevaban puesta.

Había jóvenes chinos con el pelo rapado acompañados de sus guardaespaldas, antiguos dignatarios manchúes con faldas de brocado hasta los tobillos seguidos por sus sirvientes, funcionarios japoneses de baja estatura que llevaban espadas samuráis y algunas babushkas rusas de cabello gris que hablaban chino con fluidez.

Se inclinaban sobre los vendedores, veintitrés en total, que estaban sentados junto a una fila de lápidas abrazados a sus maletas y con la mirada alerta.

Los vendedores formaban un grupo más unificado: antiguos guardias rusos blancos vestidos con capas rojas adornadas con medallas y charreteras que indicaban su antiguo rango, hombres aristocráticos de tez pálida con gorros ushankas negros y cosacos de barba cobriza que apestaban a vodka.

Madre estaba de pie junto a los vendedores y se inclinaba ligeramente, con la cabeza envuelta en un pañuelo de color chocolate.

Era la única mujer del grupo, la única mujer china en la que los rusos confiaban para que hablara en nombre de ellos, según se enteró Anyu más tarde.

La honestidad, la discreción y la negativa de Madre a aceptar sobornos la habían ayudado a establecer relaciones sólidas con sus clientes, y la contrataban a menudo gracias al boca a boca, algo que le importaba mucho.

A menudo le recordaba a Anyu que la reputación de una mujer era como un jarrón de porcelana: una vez rota, nunca se podía reparar del todo.

Se oían murmullos sobre la pureza del color de una gema y el brillo de los diamantes, y se hablaba de dispersión y fluorescencia, del fuego y del ojo de gato.

Madre, con su actitud serena, hablaba en voz baja y con paciencia, alternando entre el chino y el ruso.

Anyu escuchaba con atención, memorizando cada palabra.

Una o dos veces, a través de los copos de nieve, por el reflejo de las lámparas en las manos de los hombres, Anyu vislumbró el contenido de las maletas: tiaras con diamantes del tamaño de un botón, collares con gruesos eslabones de oro, mangos de bastones de jadeíta verde translúcida, copas de trofeo de oro puro, brazaletes de rubíes y anillos de zafiros.

Los vendedores aseguraban que las joyas eran reliquias familiares y que las vendían para comprar pieles con las que pasar el invierno.

No había huevos rusos.

El invierno en Harbin era a la vez un sueño y una pesadilla, pero, sobre todo, una pesadilla. La luz del día era fugaz; la noche, interminable. Anyu se sentía cada vez más inquieta; su ánimo cambiaba tan rápidamente como las ráfagas que enturbiaban las aguas del río Songhua.

Algunos días, Anyu se deslizaba con Madre en el trineo tirado por perros, su actividad invernal favorita y uno de los pocos momentos de alegría que disfrutaban.

Las dos, envueltas en capas de abrigos y parkas, se sentaban en el carruaje de bambú de Musher Wang, que arrastraban sus doce feroces huskies siberianos de enigmáticos ojos color azul pálido.

Entonces, comenzaba la diversión del peligroso viaje: volar y rebotar a través de túneles de nieve, navegar sobre el vasto río Songhua helado, elevarse a través de ráfagas de aire helado y los ladridos fieros de los huskies , con el corazón en pausa por el asombro ante la velocidad, la mente invadida por el miedo de volar alto, el miedo de morir, de estar muerta.

Pero a veces había días en los que la temperatura bajaba a 35 grados bajo cero, en los que los palacios de hielo solo alojaban ventiscas, y las canciones y los festivales eran meros recuerdos.

Entonces, la tierra se convertía en una fábula hechicera de escarcha y nieve, y tan solo dos minutos de respirar el aire ártico amenazaban con dañar los pulmones de Anyu y congelarle los ojos.

Durante meses, los gélidos conjuros del invierno se apoderaban de toda la ciudad.

Como dos animales en hibernación, Anyu y Madre se encerraban en su habitación.

Con voz suave, Madre le contaba a Anyu las historias de los animales de esa tierra: el leal fénix, la tortuga guerrera negra, el dios dragón azul, el tigre siberiano blanco llamado Nian, que aterrorizaba a una antigua aldea, y la noble garza condenada a buscar un hogar en un pantano eterno.

Todos los animales tenían su propio carácter, como nosotros, decía.

Anyu asentía con la cabeza, alimentándose de las alegrías del folclore y las fantasías mientras se curaba los dedos de los pies y los nudillos hinchados por la congelación.

Después, dibujaba el bambú, el tigre, la garza y ahora, siempre, los huevos ornamentados.

Por fin llegó la primavera, una invitada tardía.

El cielo brillaba como una cúpula de plata pulida; la luz del sol tejía hilos dorados sobre el campo árido que estaba cerca de la estación de tren.

Un día, Madre volvió a casa con cara angustiada, llevando una cesta de zanahorias arrugadas y cebollas amarillentas.

Le contó a Anyu que la jornada del mercado se había interrumpido por una pelea entre algunos soldados japoneses y los hombres del jefe militar Zhang; dos hombres habían muerto.

Madre sentía una profunda desconfianza hacia los japoneses, que habían aplastado a los rusos en una batalla naval, anunciado al mundo su poder superior y, luego, vencido a los ejércitos de Corea y colonizado la península.

Ella creía que los ambiciosos militares japoneses estaban buscando excusas para provocar al jefe Zhang, con la intención de apoderarse de su territorio y conquistar Manchuria.

—Pero el jefe Zhang tiene bajo su mando a cientos de miles de soldados. Sus hombres saben cómo resolver los conflictos —dijo Madre.

Por un instante, Anyu pensó que, a pesar de haber sido abandonada, a pesar de todo el sufrimiento y la humillación que le había causado su relación con Zhang, Madre seguía enamorada del militar.

Pero Madre resultó ser demasiado optimista, ya que la tensión entre los dos grupos continuó aumentando durante los días siguientes.

Hubo otra ruidosa riña en las calles y, después, los soldados japoneses se encontraron con los hombres de Zhang en un restaurante y se produjo una sangrienta pelea.

Se cerró la estación de tren y se bloqueó la plaza.

Corrían rumores de un inminente conflicto a gran escala.

—Nos estamos quedando sin comida. Voy a ver si encuentro huevos de codorniz en el mercado. Ahora vuelvo —dijo Madre un día, y le pidió a Anyu que cerrara la puerta con llave.

Anyu no le dio mucha importancia y volvió a su pintura: un huevo blanco iridiscente. Muchos años después, desearía haber detenido a Madre, haberle dicho que no se fuera.

Cuando sucedió, fue repentino: una oleada de calor irrumpió por las rendijas de la puerta del apartamento, el aire pareció crepitar, un estruendo atronador resonó en la distancia y temblaron las paredes. Confundida, Anyu dejó el pincel.

El kang se enfrió; se oscureció la habitación.

Madre no volvió nunca más.